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domingo, 30 de enero de 2022

El ojo del corazón


Al igual que hemos visto como el cristianismo en sus orígenes sirvió de matriz y canalizador de la experiencia religiosa hacia lo simbólico, también hemos visto el riesgo que esta experiencia religiosa tiene de convertirse en patológica, fundamentalista, fanática; de corromperse con el poder de lo absoluto. Aunque las épocas de mayor florecimiento simbólico hayan terminado con el inicio de la modernidad no podemos olvidar que ese mundo espiritual del que forma parte el símbolo es eterno y que esa misma experiencia religiosa de antaño hoy se canaliza a través de nuevas divinidades, con nuevos nombres y caretas.

En ese sentido, me interesa traer a la actualidad esta bifurcación en los caminos que parte desde la experiencia religiosa y que puede conducir tanto a lo diabólico (separación) como a lo simbólico (unión). Desde las nuevas divinidades a las que rendimos culto en la actualidad (la época en que más creímos haber superado el asunto de lo religioso) más sometidos estamos justamente a su vertiente más patológica que viene de la mano del principal enemigo de lo simbólico y que es la literalización, la rotura de los lazos entre los conceptos y los cuerpos físicos.

Y sin embargo no hay más mundo que el imaginario. El ojo del corazón, órgano de la intuición intelectual, de la intensidad y la asociación.

"Contra los que suponen que sólo lo utilitario vale, y que es utilitario lo técnico material, Gaston Bachelard afirma: "Ninguna utilidad puede legitimar el riesgo inmenso de partir sobre las ondas. Para afrontar la navegación son precisos intereses poderosos. Pero los verdaderos intereses poderosos son los intereses quiméricos". Nosotros hemos obedecido la orden de la quimera, si ella es la hablante; y lo hemos hecho no sólo por un deseo abstracto de conocimiento, como se sobrentiende. Indiferentes a la erudición por ella misma, sentimos con Goethe animadversión hacia todo aquello que sólo proporciona un saber, sin influir inmediatamente en la vida. Esa influencia se traduce en modificación y rememoración de lo trascendente."

J. E. Cirlot





"The kind of heart that I can only have in my imagination."

viernes, 28 de enero de 2022

Derrota





El valor de la derrota.

En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge.

En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados.

En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser.

Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde. Es un ejercicio que me parece bueno y que me reconcilia conmigo mismo. Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud.

Pier Paolo Pasolini

sábado, 22 de enero de 2022

Trocitos de madera

 


La alerta de alguien que me despierta en la noche, es un sueño vestido de hada madrina, me despierta y desaparece, solo me invita a observar. En su cara lleva tatuado un precioso dibujo de un bosque con hojas y ojos y preciosas ramas de colores. Lleva un collar grande y dentro hay varios insectos que parecen figuritas de plástico. Pero las figuritas empiezan a moverse y me hacen dudar acerca de si los insectos están realmente vivos. Son como pequeñas orugas, que cada vez se mueven más y saltan al suelo.

Una habitación, llena de habitaciones a su vez, muy grandes y con grandes ventanales. Hoy pienso, pasaba por aquí, tan ingenua, sin darme cuenta de la lluvia de hombres que acechaba en las ventanas.

Abro la persiana y veo, desde mi ventana, el escaparate acristalado de lo que parece ser una peluquería, situada en la intersección entre dos calles amplias. Alado de la peluquería, en la parte más amplia de la esquina, hay una gasolinera, allí todo está en orden, todo arde. Me asusta lo que veo, pero vuelvo la vista hacia el escaparate acristalado y observo que en el interior hay personas que transportan sacos de patatas, en lugar de patatas, trozos de cuerpos, sangre por el suelo y prisas por trasladar los sacos fuera del local. Una cabeza, sillas de peluquería. Me fijo en el hombre que transporta los sacos, trato de recordar su cara. Paralizada por el miedo. La escena se repite, más adelante, mismo hombre, mismo local, misma locura, sé quién es en realidad, solo tengo que no olvidar.

Gruta

 




"En lo alto del puerto se alza un frondoso olivo/y a su lado se encuentra una grata y sombría cueva/consagrada a las Ninfas que se denominan Náyades./En su interior hállanse también crateras y ánforas/de piedra en las que las abejas fabrican sus panales/y también pétreos telares de grandes dimensiones, donde las Ninfas/tejen sus mantos coloreados de púrpura marina, encanto visual./Igualmente, manantiales de agua perenne, y dos accesos:/uno, hacia el norte, se destina como entrada a los mortales;/el otro, orientado al mediodía, se reserva a los dioses,/y nunca por él penetran los hombres porque es el camino de los inmortales."

Porfirio, La Gruta de las Ninfas. Ediciones Clásicas, Madrid, 1991.

miércoles, 19 de enero de 2022

El fuego del cielo


Podríamos decir que al contemplar la bóveda celeste la experiencia de inmensidad, fuerza, transcendencia y elevación es universal. El cielo revela su trascendencia con anterioridad a toda valoración religiosa. Simboliza la transcendencia, la fuerza, lo infinito, inmutable, poderoso, sólo por su simple existencia. Pero la experiencia de lo poderoso y elevado va siempre de la mano con la experiencia de lo terrible, lo intenso, lo numinoso, lo misterioso. ¿Pero qué es propiamente lo misterioso? El “espectro”. Lo heterogéneo en absoluto, lo extraño y lo chocante, lo que se sale del círculo (supracósmico) de lo comprendido, familiar, íntimo, oponiéndose a ello y, por tanto, colma el ánimo de intenso asombro (paradoja y antinomia). Según Mircea Eliade en su Tratado de historia de las religiones, los dioses uranios o celestes (ouranos significa cielo) aparecen en todas las mitologías, y de ellos descienden el resto de dioses más próximos a las tareas cotidianas del ser humano.
En la tradición griega, Zeus es el descendiente del dios Urano. Y también su nombre desciende de una raíz indoeuropea “dyeu” que significa luz diurna, al igual que la palabra latina “deus”, así como su variante “divus” que significan ser de luz. Los romanos (al revés de la creencia popular) no tomaron (en general) a sus dioses de los griegos, sino que hay una coincidencia porque estos son los principales dioses del panteón indoeuropeo primitivo, que ambos pueblos, griegos y romanos, heredan. Sólo a partir del s. IV a.C. algunos dioses griegos como Apolo o Dioniso-Baco son tomados por los romanos, pero no es el caso de Zeus, el Júpiter romano es tan antiguo como Zeus, y con el contacto cultural sólo se identificaron. Esta particularidad se puede observar hoy en día en culturas en las que todavía perduran tradiciones paganas como es el caso de la cultura del 'entroido' en Galicia y que nos permite observar los mismos arquetipos evolucionados desde la tradición pagana y la cristiana, que en muchas ocasiones confluyen, pero en muchas otras, conviven.
Así mismo, no puedo evitar relacionar el tema de la Vía Láctea con Galicia. Además de simbolizar el camino jacobeo de peregrinación a Santiago hay quienes defienden que el propio nombre de Galicia procede del griego Galaxia (lácteo).
Pero la Vía Láctea no sólo resulta mágica y enigmática para los caminantes jacobeos, podemos observar que ha sido objeto de culto y admiración en muchas otras culturas. Dos son las relaciones principales: los ríos y las serpientes. A través de estos dos elementos totémicos la Vía Láctea se convierte en un camino de enlace entre la tierra y el cielo, entre lo efímero y lo sagrado, entre lo alto y lo bajo.
Los indios relacionan en sus orígenes su río sagrado, el Ganges, con la Vía Láctea. Los antiguos egipcios la vinculaban al Nilo, que tras hacer fértiles las tierras, se elevaba al cielo para regar también la morada de los dioses. Para los chinos este rastro de luz en el cielo era el camino de las almas hacia el otro mundo, a través del río celeste. En esta línea, los pueblos antiguos llegados al Occidente veían en la Vía Láctea una guía hacia la isla de los muertos, en una ruta que concluía en el lugar donde comenzaba lo que los romanos llamaron el “mare tenebrosum”. Los vikingos la interpretaban también como el camino seguido por el alma de los muertos. Por sus propias características, el Camino de Santiago ha sido visto como una ruta vinculada en sus orígenes remotos a la Vía Láctea, en esencia la ruta de las estrellas y de la luz.
En La Visión, de Hermes Trismegisto podemos leer acerca de la Vía Láctea:
"Fíjate, Hermes, que en la Octava Esfera hay un gran misterio, porque la Vía Láctea es el semillero de las almas, que desde allí caen en los Anillos, y a ella regresan otra vez desde las ruedas de Saturno. Pero algunas no pueden subir la escalera de siete peldaños de los Anillos, de modo que deambulan por la oscuridad inferior y son arrastradas a la eternidad con la ilusión de los sentidos y la practicidad."

Además de la transcendencia, la visión del cielo nos transmite lo infinito, la eternidad. Heráclito relacionó la eternidad con el fuego, el fuego que Prometeo, bienhechor de los hombres, dio a la humanidad, para liberarlos del miedo a la muerte.
"Prometeo. -Sí! He liberado a los hombres de la obsesión de la muerte. / El Corifeo. -¿Qué remedio has descubierto pues a este mal? / Prometeo. -He instalado en ellos las esperanzas ciegas. / El Corifeo. -¡Poderoso consuelo, el que en este día has traído a los mortales! / Prometeo. -¡Aún he hecho más! ¡Les he obsequiado con el fuego! / El Corifeo. -¿Cómo! ¿El fuego llameante está hoy entre las manos de los efímeros? Prometeo. -¡Sí! Y de él aprenderán artes sin número.”
Desde luego, no se trata del fuego de nuestra cocina, sino del fuego del cielo, aquél de quien dicen los Oráculos Caldeos: “Quien toque el fuego del éter, ya no podrá separarlo más de su corazón.”
He aquí, pues, como Prometeo, el gran bienhechor de la humanidad, fundador de las iniciaciones santas, ha liberado a los hombres de la obsesión de la muerte."

Conferencia de Emmanuel d’Hooghvorst pronunciada en Bruselas en 1975 y publicada en la revista «Astrología y tradición» de la colección «La Puerta».

Explorar

“Con apoyo en las Sagradas Escrituras y los Padres, declaramos unánimemente, en el nombre de la Santísima Trinidad, que se rechazarán y se quitarán y maldecirán de las iglesias cristianas cada imagen que se haya hecho de cualquier material y color cualquiera que sea el malvado arte de los pintores... Si cualquiera se atreve a representar la imagen divina del mundo después de la Encarnación con colores materiales, ¡será anatema!... Si cualquiera pretende representar las formas de los Santos en pinturas sin vida con colores materiales que no son valiosas (pues esta idea es vana y la ha creado el demonio), y no representa más bien sus virtudes como imágenes vivas en sí mismas, ¡será anatema!"

“Satán confundió a los hombres, de manera que veneraron a la criatura en lugar de al Creador. La Ley de Moisés y los Profetas cooperaron para eliminar esta ruina... Pero el anteriormente mencionado demiurgo del mal... gradualmente trajo de nuevo la idolatría bajo la apariencia de Cristianismo”.

Fragmentos de las actas de concilio de Hiereia, año 754


“La representación de Cristo no se encuentra en la semejanza con un hombre corruptible [...] sino en la semejanza con el hombre no corruptible [...] porque no es un simple hombre, sino Dios hecho Hombre”

San Juan Damasceno:
Los apóstoles han visto corporalmente a Cristo, sus sufrimientos y sus milagros y ha oído sus palabras; también nosotros queremos ver y oír para ser beatos. Ellos lo vieron cara a cara ya que estaba presente corporalmente; también nosotros puesto que no esté presente corporalmente, escuchamos sus palabras a través de los libros y por ellos somos santificados y beneficiados, y lo adoramos venerando los libros que nos han hecho oír sus palabras. Lo mismo ocurre para el icono dibujado; nosotros contemplamos sus trazos y por cuanto a Él está en nosotros captamos en espíritu la gloria de su divinidad”

Teodoro de Estudita

Los griegos usaban la palabra βίος (bios) para hablar de la vida finita en el planeta y la palabras Ζωή (zoé), sin embargo, para expresar la vida que permanece eterna en el planeta gracias a la finitud de los seres que la habitan. En ese sentido el hombre muere pero la cultura es eterna y es alimentada permanentemente por el conocimiento y las creaciones humanas. En el primero de los textos se condena la realización de imágenes "sin vida", esta definición podría hacer alusión a aquellas creaciones desconectadas, desligadas de la vida eterna y puestas el foco en la fatuidad o narcisismo del que las crea (mortal). La conexión de la creación con la Verdad o lo Sagrado convierte al hombre en un mediador que canaliza lo divino que crece en su interior. En ese sentido observamos como con la sucesiva laicización de la sociedad y el consiguiente desprendimiento de lo sagrado se ha incrementado enormemente la banalidad de las imágenes y los contenidos, hasta tal punto que incluso aquellas imágenes que deberían despertar en nosotros algún tipo de conciencia, de compasión ante el dolor ajeno, incluso ésas quedan neutralizadas. Las imágenes tienen una enorme capacidad de impresionar, conmover o perturbar al público. Ahora bien, esa afectación no siempre genera una conciencia, no siempre genera conocimiento. Susan Sontag, en referencia a las fotografías que retratan el sufrimiento, lo expresa así “Sufrir es una cosa; otra es convivir con las imágenes fotográficas del sufrimiento, que no necesariamente fortifican la conciencia ni la capacidad de compasión. También pueden corromperlas. Una vez que se han visto tales imágenes, se recorre la pendiente de ver más. Y más. Las imágenes pasman. Las imágenes anestesian” (Sobre la fotografía 29).
Por tanto, las imágenes son un arma de doble filo. Afectan y anestesian, su sobreexposición también puede adormecernos, insensibilizarnos e, incluso, paralizarnos.

Corruptible sería todo aquello que nos separa y divide en lugar de religarnos, conectarnos y hacer crecer en nosotros la vida y la continuidad. Sobre el poder corruptor de las imágenes tratan ambos textos y ciertamente podrían ser aplicables a la realidad con la que convivimos en nuestros días. Imágenes y relatos que nos separan del conocimiento, que nos dividen, multiplican, encapsulan o clasifican según los gustos o las tendencias de cada uno, creamos nuevas palabras y nuevas imágenes con el afán de protegernos del dolor que supondría acercarnos a la Verdad, pues al igual que ocurre con la luz del sol, no podemos mirarla frontalmente, es la luna y la oscuridad la que nos dan la posibilidad de, al menos, observar su reflejo durante unas horas. Si en la antigüedad los sabios miraban al cielo para tratar de comprender el mundo, hoy día miramos al dedo que señala la luna, para evitar así observar cualquier cosa que quede fuera del radio de nuestra ombligo. Pero quienes no hayan contactado y aceptado la profunda dimensión de su drama personal, vivenciarán como agresión cualquier intento de mostrarles la verdad. Quienes, dotados de coraje, hayan madurado la necesidad de enfrentar su temor a la verdad, su apertura hacia la sanación se hará inequívoca. Es este temor, el principal escollo que obstaculiza la recuperación del ser. 

“Dreyer es una demostración de aquello que Pascal llamaba "estilo natural ". "Cuando lo encontramos nos sorprendemos-dice Pascal-porque esperábamos ver un autor y vemos un hombre". Sí, siempre andamos buscando, como Diógenes, un hombre; y normalmente no encontramos nada más que autores, de cuyas obras puede decirse aquello que añade Pascal: "Plus poetice quam humanus locutus est ", donde "poetice" debe traducirse por retóricamente. En Dreyer tenemos, pues, algo rarísimo en el arte: no personajes vistos por un autor, sino hombres visto por un hombre. Él siempre tiene presente que una persona es una intimidad y que, como hemos dicho, sólo puede ser comprendida desde dentro. Por eso el centro, el núcleo, la médula de todas sus películas son sus actores-sus actrices- y más concretamente el rostro de esto: el rostro humano. "Lo único que me interesa -dice- es mostrar tan sinceramente como sea posible sentimientos lo más sinceros posible. Penetrar en los pensamientos de mis actores a través de sus expresiones más sutiles, esas expresiones que desvelan el carácter de los personajes, sus sentimientos inconscientes (... ). El rostro humano es un territorio que uno nunca se cansa de explorar".




jueves, 13 de enero de 2022

Río do esquecemento

Na mitoloxía grega, o mito de Orfeo cóntanos que Dionisos dixo a Orfeo que para atopar o reino de Hades, éste debería chegar ao oeste do río Océano, buscar alí unha pradería cuberta de asfódela, unha maleza de aspecto triste, logo seguir un carreiro bordeado de salgueiros e álamos estériles que o conduciría ata a brumosa lagoa Estigia, que estaba atravesada polo Aqueronte, río dos infortunios, o Cocitos, río dos queixumes, o Flegetón e o Periflegetón os ríos de lume, ata chegar ao Leteo, o río do esquecemento, onde as almas dos mortos bebían das súas augas para esquecer a súa existencia terreal. Os romanos, cando chegaron a Galicia, viron feita realidade a imaxe que esta mitoloxía trasladara ás súas mentes. O que hoxe coñecemos como río Limia, foi para eles o río Leteo ou o río do esquecemento. 

A través dun río, dunha árbore, dunha fonte, unha montaña, un cruce de camiños ou a través do noso corpo, o simbólico capta o indecible ou inexpresable, recoñécese porque cando entramos en contacto co simbólico, entón conseguimos rescatar un anaquiño desa memoria perdida no río Leteo, e lembramos por un intre o camiño que nos trouxo ata aquí.

Strabón di: Despois destes o Lethes, ao cal uns chaman Limeo e outros Belión ( Lib. III, Cáp. 3); e Plinio chámalle Limæ, engadindo con Pomponio Mela, que era coñecido tamén co sobrenome de Flumen Oblivionis, río do esquecemento. Platón conta na República (Libro X) que os mortos chegan á «chaira de Lete», que é cruzada polo río Ameles (‘descoidado’). No Canto VI da Eneida, Eneas divisa nas amenas beiras do Leteo unha multitude de almas parecidas, di Virgilio, a abellas libando as flores das praderías e revoloteando cos seus zumbidos á luz serena do verán. Na Divina Comedia, a corrente do Leteo flúe ao centro da terra dende a súa superficie, pero o seu nacemento está situado no Paraíso Terrenal localizado na cima da montaña do Purgatorio, no caso do río Limia é o monte Talariño. 

Algunhas relixións mistéricas privadas ensinaban igualmente a existencia doutro río, o Mnemósine, cuxas augas ao ser bebidas, facían lembrar todo e alcanzar a omnisciencia. Aos iniciados ensinábase que se lles daría a elixir de que río beber.

Lete ou Leteo, cuxo nome significa «esquecemento» era unha divindade nada do *Éride (A Discordia), concibida como unha abstracción, e irmá de Hipno (o Soño) e Tánato (a Morte).












“Pues si las almas transportaran con ellas hasta el cuerpo el recuerdo de las cosas divinas, de las cuales tenían conocimiento en el cielo, no habría ningún desacuerdo entre los hombres a propósito de la divinidad; pero lo cierto es que todas, al descender, beben el olvido, si bien, unas más, otras menos. En consecuencia, aunque en la tierra la verdad no es evidente para todo el mundo, todo el mundo, sin embargo, tiene una opinión, porque la falta de memoria es el origen de la opinión. Ahora bien, quienes bebieron menos del olvido, descubren mejor la verdad, porque recuerdan fácilmente lo que previamente conocieron allá arriba. He aquí por qué lo que en latín se llama “lectura”, en griego se llama “conocimiento recuperado”, porque cuando estamos aprendiendo la verdad, reconocemos aquellas cosas que naturalmente sabíamos antes de que la afluencia de materia embriagara a las almas cuando llegan a sus cuerpos.”

Cicerón, "Comentario al sueño de Escipión"