sábado, 4 de julio de 2020

Camiño inglés

Somos tempo e tempo é ademáis o que se require para poder chegar camiñando a pobos, aldeas e cidades. A vida moderna imponnos ritmos bastante incompatibles con isto pero o certo é que practicalo de vez en cando axuda a invertir por completo as prioridades e as perspectivas. No caso de pobos e aldeas aumenta considerablemente a súa beleza e tamén a receptividade tanto do que chega como do que recibe, no caso das cidades é o revés, as proporcións superan con creces a medida dun corpo, e resulta necesario compensar a falta con outras cousas, ou con outras persoas convertidas en cousas.
Cando usamos o coche sucede simbólicamente algo parecido nas nosas mentes, crecémonos un pouco e os escasos centímetros que nos separan do chan fan que os pés e a cabeza deixen de estar na terra, sepárannos tamén do territorio e os seus vínculos co lugar, os porqués da sua existencia. Xa non digamos cando imos en avión, a pesar de ser un dos medios de transporte máis incómodos, e con todo o cómodo que resulta chegar antes aos sitios. Os lugares aparecen diante dunha como aparece tamén o bric do leite cando abrimos a nevera, ou como aparecen as diferentes canles no televisor, por arte de maxia e non polo arte de atravesar un territorio ou un cortello das vacas para ir munxir o leite. É curioso que cantas máis cousas facemos por arte de maxia máis pensamos que a maxia é inutil. Do mesmo xeito aprendimos na escola as materias, de xeito instantáneo memorizamos datos que aparecen e desaparecen a demanda, sen vínculos que poidan establecer relacións entre ximnasia e matemáticas ou entre Betanzos e Vilalba. É moi difícil aprender o nome das árbores sen telas vivido en directo, sen camiñar ao seu lado ou durmir baixo a súa sombra, un saber que require do tempo, coma todos os saberes, pero quizáis no mundo vexetal, máis discreto e reservado, isto seña ainda máis evidente.
Cando chegamos, por exemplo, a Betanzos en coche, é habitual pararse nun deses cafés elegantes a tomar un refrigerio, máis por aquelo de mirar e deixarse mirar que por retomar forzas esgotadas na viaxe. Pola contra, cando chegas a pé, o último lugar ao que queres ir son esas terrazas de postureo que invaden as prazas, e tratas de atopar xustamente o sitio ao que non irías nunca se chegases de visita en coche. Unha taberna cero hipster e con cero encanto, atendida por un señor sen dentes pero con ganas de conversa. Un lugar oscuro e frecuentado por traballadores humildes, dispostos a falar cunha forasteira que non trae consigo a fieles conversadores. O que necesitas é un descanso de verdade, sen miradas escudriñantes. Cando chegas andando descobres todos eses lugares que dende o coche parecían tugurios, porque o coche é unha desas cousas coas que compensar a desproporción, un fetiche e un arma contra o outro que reforza a nosa fantasía de pertenza a unha identidade na que non cabe o pobre, o mendigo, o derrotado, o infeliz ou o tolo, dende a que escudriñar e saborear o poder baseado na negación do outro. As historias que escoitas neste tipo de tugurios da a casualidade que sempre están conectadas co territorio, e que unha vez retomas o camiño, haste atopar con elas dunha ou doutra forma, collen corpo e sentido.
Chegar a pé fainos tamén máis conscientes de todo o baleiro necesario que hai entre un pobo e outro, da vida necesaria que habita neses espacios e tempos mortos que deixan de existir ata que un día temos algo que ir buscar a eles.






















Mapa





sábado, 16 de mayo de 2020

Cuarentena XXI




"Cuando un paciente acude al médico, presenta una queja, y ésta se transforma en demanda de curación. La demanda puede enmascarar un deseo de hacer fracasar al médico, o la aspiración de lograr que él le confiera un status privilegiado, el de inválido, por ejemplo. Es propio de la función del médico establecer, después de examinar al paciente, un diagnóstico, un pronóstico y un tratamiento, que pone en juego una mirada clínica y un oído atento. La posición del médico supone que el facultativo sabrá responder a la demanda del paciente, es decir, comprender los engaños y las trampas que aquella demanda oculta (esto vale tanto para la psiquiatría como para la medicina en general). Lo que se denomina medicina psicosomática no es otra cosa que el desciframiento de lo que el enfermo da a entender con su síntoma. Se trata de una palabra que remite a una mirada, a ciertas voces: desde el lugar de ese cuerpo dolorido el sujeto interroga al saber médico, exige la revelación de la naturaleza de un mal escondido, enmascarado. Hay una distancia que es difícil definir entre el saber objetivado de un mal objetivable, que la ciencia sabe cómo atacar, y lo que ese cuerpo sufriente (ese cuerpo que encuentra los límites de su goce en el sufrimiento) puede darle a entender al médico y revelarle al sujeto como verdad (verdad que huye). Al nivel del dolor se sitúa en una forma de encuentro entre el médico y el enfermo que le otorga, más allá de lo que se acostumbra a describir en términos de relaciones interpersonales, un cierto privilegio a algo que es del orden de la estructura del sujeto que habla, es decir de ese sujeto deseante cuya verdad puede manifestarse en un lugar diferente de aquel donde la buscamos. Esta verdad, censurada por la conciencia, surge en el síntoma o en las distorsiones del discurso."





sábado, 9 de mayo de 2020

Cuarentena XIX




"Hay un movimiento naciente que se sostiene en su nacimiento mismo, una efusión, un don, un verter creativo. «Nacer: el nombre del ser.» (Nancy 2006, 115) Cuando el nacimiento se detiene, el espacio se resorbe – lo que en otro siglo se llamaba nihilismo. Ningún código rige los movimientos de los bebés al nacer y todos los códigos que rigen el comportamiento de las parturientas son opresivos. Nacer es asunto de idiotas.
¿Cómo traducir el odio a la estupidez de Deleuze al campo de la inteligencia corporal? Creo que cualquiera que se acerque a la obra de Deleuze comprenderá que en ella no se invita a odiar a aquellas personas de comprensión más lenta, a las que les resulta arduo visualizar una operación lógica anodina e inofensiva. La stupidité o la bêtise es más bien la inteligencia nefasta. No es tan estúpida la persona que no entiende algo como la persona que pone su inteligencia al servicio de algo perverso y nefasto que perjudique la creación rizomática, el extrañamiento, la diferencia. El filósofo coreano Byung-Chul Han da este ejemplo para comprender la estupidez en el marco del pensamiento de la diferencia. Dice que el más potente de los ordenadores es estúpido a pesar de la gran cantidad de datos que puede computar en tiempos récor porque le falta otredad, le falta la capacidad de vacilar, de perder el tiempo, le falta la capacidad de ser afectado por cosas que no están en sus parámetros. Inteligencia es leer entre, es desarrollar una comprensión sobre la marcha (Han 2014, 127). No es realizar operaciones lógicas sino improvisar ahí donde la lógica común no se aplica o donde se carece de guía clara. Entre personas que comparten el mismo suelo conceptual, la inteligencia circula como los datos en un ordenador. Si una persona no es capaz de explicarle Nietzsche a alguien que nunca oyó este nombre antes, aunque sea un experto reconocido, tiene una comprensión estúpida del asunto, pues no sabe cómo relacionar su saber con la otredad. ¿Traducción al movimiento? El desarrollo de una técnica particular no ayuda necesariamente a relacionar el cuerpo con la otredad. La técnica no genera cuerpos inteligentes de por sí, incluso puede entorpecer la inteligencia, la relación con lo otro. Imaginemos a un gran solista de danza clásica en una discoteca bailando reggaetón. En resumen, la inteligencia tiene que ver con el despliegue de la singularidad en relación a lo que la extraña, la pierde, la pone en duda o patas arriba. La inteligencia del movimiento no es distinta."


sábado, 2 de mayo de 2020

Cuarentena XVI



La visión, mayoritariamente extendida como dogma, de que son los gérmenes los causantes de la enfermedad se contrapone a otra visión, estigmatizada como superstición, que habla de la teoría del terreno, o el medio ambiente, la ecología interior y un ecosistema humano que facilita o dificulta las condiciones necesarias para que se desarrolle la enfermedad, entendida ésta como un proceso de adaptación. El primero de los enfoques es ese del que nos hemos nutrido a lo largo de nuestra vida (al menos en España) y que nos hace pensar en términos bélicos acerca de un enemigo que se encuentra al acecho y dispuesto a atacarnos, esta idea nos hace creer que cuanto menos expuestos estemos a esos agentes provocadores de enfermedad más seguros estaremos, o de que las enfermedades se combaten a base de artillería farmacológica. Se trata de una guerra contra un enemigo exterior que no es otro que la propia vida.
Y toda esa manera inconsciente de entender la salud se cortocircuita cuando comprobamos que esos gérmenes acechantes son caprichosos como un dios maligno que ataca a unos sí y a otros no (lo que creíamos que nos protegía resulta que no) y que la salvación no está en nuestras manos (al menos antes la religión ofrecía una salida de salvación mediante el arrepentimiento, ahora ya ni eso). También la reforma luterana eliminó cualquier tipo de salvación posible, al entender que el listado de justos y pecadores estaba escrito desde el inicio de los tiempos, y no existía posibilidad de redención, tan sólo la posibilidad de aparentar en vida la pertenencia a la lista de los justos.
Conscientemente creemos tener superada y dominada nuestra irracionalidad, aferrándonos a la medicina y a la ciencia como opositora fulminante de la religión, pero inconscientemente acabamos por convertirnos en eso que despreciábamos de partida, y nuestra vida se convierte en pura superstición. La superstición de que estaremos mucho más seguros evitando el contacto con enfermos y en última instancia, por lógica aplastante, estaríamos también más seguros muertos.
Inmersos en esas lógicas, estamos acostumbrados a decir cosas como "fulanito me contagió el catarro" o una gripe o lo que sea. La enfermedad se entiende como culpabilidad, y el enfermo como un rechazado, un pecador, en ese sentido (y con toda la razón) todos rechazamos esa culpabilidad propia, pero si recae en el otro ya no nos importa tanto. Si es el otro el culpable o el pecador entonces sólo tendremos que aislarnos de él para estar tranquilos.
Pero existen también en el mundo muchas otras científicas y virólogas y médicas y biólogas y todas esas palabras tranquilizadoras para aquellos a los que les aterra lo espiritual, que no tienen ese enfoque culpabilizador de la vida. Que se acercan al misterio de la vida sin la ególatra pretensión de dominarla, someterla, y reducirla a una lucha entre buenos y malos, tienen una visión mucho más racional e integrada de la vida, menos infantilizada, que entiende la necesidad de la enfermedad sin estigmatizarla ni culpabilizarla, de la vida como un proceso de dependencia necesaria entre opuestos que se complementan, y de la necesidad de profundización en ellos.
Si en épocas de superstición religiosa el camino del conocimiento fué la ciencia, en épocas de superstición científica el camino del conocimiento será el espiritual.



miércoles, 15 de abril de 2020

Cuarentena XIII






"¿Qué ancestros hablan en mi? No puedo vivir al mismo tiempo en mi cabeza y en mi cuerpo. Esa es la razón por la que no puedo ser solo una persona. Puedo sentir en mi una infinidad de cosas simultáneamente. El verdadero mal de nuestro tiempo es que ya no quedan grandes maestros. La senda del corazón está llena de sombras. Debemos escuchar las voces que parecen inútiles. Hacen falta cerebros llenos de largas tuberías de desagüe, de muros de colegio, de asfalto y de prácticas asistenciales. ¡Que entre el zumbido de los insectos! Debemos llenarnos los ojos, los oídos, con cosas que sean el inicio de un gran sueño. Alguien debe gritar que construiremos las pirámides. ¡No importa si después no las construimos! Debemos alimentar el deseo y debemos estirar el alma por todas partes, como si fuera una calle infinita. Si queréis que el mundo siga adelante, debemos tomarnos de las manos. Debemos mezclar lo que se considera sano, con lo considerado enfermo.

La libertad es inútil, si no tenéis el coraje de mirarnos a la cara, comer, beber y dormir con nosotros. Es lo considerado sano lo que ha llevado al Mundo al borde de la catástrofe!"

Monólogo final de Erland Josephson (Nostalghia, Andrei Tarkovski, 1983)




Cuarentena XII


Todo lo transitorio
no es más que símbolo;
lo Imperfecto
aquí halla su acabamiento;
lo inefable,
aquí se torna acto;
lo Eterno Femenino
nos lleva a lo alto

Fausto



viernes, 10 de abril de 2020

Cuarentena X


La fase oscura de la Luna debía de entenderse como la dimensión invisible de la que surgía lo visible –donde la nueva vida se gestaba en el vientre de la vieja-, de la que renacía la luna vieja convertida en la luna nueva. Por lo tanto, el descenso de Inanna a los dominios de su hermana, que señala un vínculo entre el Gran Arriba y el Gran Abajo, reúne en una sola visión los dos aspectos de la diosa lunar: los ámbitos de las tinieblas y la luz, de la muerte y la vida. Cuando Inanna ha renacido y el círculo vuelve a empezar, se establece una distinción entre fases y ciclo, entre lo que vemos en el cielo y lo que debemos tener en mente para dar sentido a lo que vemos y a lo que no.
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Es posible que la facultad del pensamiento abstracto surgiera de la idea de que la Luna no tenía tres fases sino cuatro. Las tres fases visibles exigen una cuarta invisible para volver al principio, completar el ciclo y empezar de nuevo. Cuando la fase oscura de la Luna se incluye como parte invisible del ciclo continuo, el astro deviene objeto del pensamiento, no de la visión; idea, no objeto inmediato de los sentidos. En el lenguaje del mito, tanto Inanna como su hermana Ereshkigala reciben el nombre de Reina del Inframundo, pero en ese inframundo Inanna, la hermana del mundo de la luz, La Luna Brillante, es un cadáver, no una reina, y el principio vital del ciclo continuo es conservado in potencia por la hermana oscura, Ereshkigal, la Luna Negra, la única que puede vivir en el inframundo. En el mundo de luz que existe arriba, Ereshkigal fue antaño una diosa del grano, pero ahora vive en las tinieblas, como la fase de gestación en la que la simiente del fruto del año anterior se transforma en el brote del año siguiente.
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Los motivos básicos de este mito se repiten en muchos relatos posteriores sobre el entrelazamiento de la muerte y la vida: Isis y Osiris, Deméter y Perséfone, Cibeles y Atis, Afrodita y Adonis (muerto también por un jabalí), e incluso la Bella Durmiente del cuento de hadas europeo.
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Al relatar el mito íntegro de Isis y Osiris a los griegos del siglo I d.C., Plutarco encontró paralelismos entre Osiris y Dioniso e Isis y Deméter, como los primeros cristianos los encontraron entre Osiris y Jesús e Isis y María.
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Osiris vence a la muerte, pero sólo gracias al amor de Isis. Podría decirse que Isis es la Luna como ciclo, como la vida eterna de la zoé, mientras que Osiris es la Luna en sus fases, como bíos, la forma de la zoé que vive y muere en el tiempo. Isis, su hermana-esposa, se convierte en madre, que lo devuelve a la vida, primero insuflándole el aliento vital con el viento de sus alas y después recomponiendo su cuerpo desmembrado. En el templo ptolemaico de Dendera hay una incsripción que dice: “Él (Osiris) se despierta del sueño (de los muertos), vuela como el Ave Bennu y ocupa su espacio en el cielo como la Luna”. Horus, su hijo, concebido después de que Isis lo haya devuelto a la vida, se convierte en bíos ocupando el lugar de su padre, como la forma de Osiris manifiestamente renovada, que batalla cada mes con las tinieblas de Seth. A Horus se lo llama “El Niño Mayor (…), El que Circula (…), tu nombre es Luna”,
Cada año, a partir de la Dinastía XII, y probablemente mucho antes, se organizaba una fiesta en el templo de Osiris en Abidos para celebrar su resurrección y la que concedía a todos los seres. Llegaban gentes de todo Egipto para participar en la pasión de su vida y muerte; en el momento culminante, el rey, con ayuda de cuatro bueyes y con el brazo sujeto por la diosa Isis, elevaba el tronco de un enorme árbol al clamoroso grito de “Osiris se ha alzado”. La columna o pilar Dyed, como se la llamaba, que al alzarse se convertía en el Árbol de la Vida, sostenía las cuatro ramas cruzadas de las cuatro partes del universo y las cuatro fases de la Luna.
El cristianismo también elevaría un Árbol de la Vida, en forma de Cruz, para los dos mil años siguientes, con vistas a celebrar la “Resurrección del Cuerpo y la Vida Eterna”. Jesús, el hijo de la Virgen María, también murió, fue enterrado y descendió al infierno, hasta que el tercer día resucitó, siguiendo el ciclo de la Luna. Su resurrección coincide, como las demás, con el renacimiento de la Tierra, la fiesta de la Pascua, ligada a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, como reflejo del paso del invierno a la estación florida.


La luna, símbolo de transformación. 

Jules Cashford.




Perséfone, Dante Gabriel Rossetti -1874
Comiendo uno de los 6 frutos del inframundo por los cuales quedó obligada a regresar a él cada 6 meses, una granada por cada mes.


Deméter y Perséfone. Figura de terracotta, perteneciente al período Helenístico, datada en el año 100 a.C. en Myrina (Asia, Turquía)


Gather Ye Rosebuds While Ye May, John William Waterhouse - 1909.
Perséfone recogiendo flores, acompañada de algunas ninfas


El despertar de Adonis, John William Waterhouse (1899-1900)



Sleeping Beauty, by John Collier - 1921


Cibeles, consideraba la personificación de la fértil tierra, una diosa de las cavernas y las montañas, murallas y fortalezas, de la Naturaleza y los animales (especialmente leones y abejas).
Construida entre los años 1777 a 1782, los artistas encargados de su ejecución fueron Francisco Gutiérrez (figura de la diosa y el carro), Roberto Michel (los leones) y el adornista Miguel Ximénez, de acuerdo con el diseño de Ventura Rodríguez.


Dormición de la Virgen María, retablo de la Resurrección, temple sobre tabla, Jaime Serra, hacia 1361-62, monasterio de la Resurrección del Santo Sepulcro, Zaragoza


The Sleeping Beauty, Sir Edward Coley Burne-Jones - 1890


Osiris como dios de la Luna con una luna creciente y una luna llena sobre la cabeza. Sostiene el pilar Dyed, con el signo de la fuerza surgiendo de él. El mayal y el cetro a la izquierda y a la derecha del pilar son símbolos de su poder. Templo de seti I, Abidos, ca. 1300 a.C.


El rapto de Proserpina, de Gian Lorenzo Bernini entre los años 1621 y 1622


La Bella Durmiente. De Louis Sussmann-Helborn. 1880


Izquierda: escultura del despertar de Osiris. Derecha: estatuilla de Isis con su hijo Horus. Crédito: Jean-Pierre Dalbéra / Flickr / Walters Art Museum / Wikimedia commons.



Isis, Osiris & Horus (trilogía sagrada)