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sábado, 13 de noviembre de 2021

El silencio de Dios


Fotograma extraído de la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman


Cualquier fotograma cogido al azar y por separado de la película ‘El séptimo sello’ da pie a la recreación estética más absoluta, toda la película es como un viaje pictórico en el que la belleza de las imágenes, además de ser mágica y maravillosa, no es superflua, tiene relación con el contenido. Sus personajes son arquetípicos, representan en sí mismos una forma de entender la vida, o diferentes momentos psicológicos por los que una persona puede pasar.  

El deseo de encontrar el verdadero significado de la existencia mueve a uno de estos protagonistas (Antonius Block, un caballero que regresa de las cruzadas a una Europa medieval asolada por la peste negra) a emprender un viaje simbólico a partir del período de tregua que la muerte le concede. Este viaje simbólico transcurrirá en paralelo a la partida de ajedrez que enfrenta a Antonius Block con la mismísima muerte.

El caballero vuelve de las cruzadas acompañado de su escudero Juan, que representa la razón y el nihilismo propios de nuestra época, en ambos personajes se ve reflejado el conflicto esencial filosófico-religioso acerca de la existencia o ausencia de Dios. Uno creyente pero atormentado, desesperanzado y sumido en el desánimo que le produce la idea de un Dios que tolera tal nivel de sufrimiento y ‘sinsentido’ en el mundo; y otro ateo pero cínico e impertinente, sin capacidad para ilusionarse por nada en la vida. Ambos son los dos polos de una misma forma de comprender el mundo, un mundo que gira en torno a la fantasía de Dios, presente o ausente, pero un Dios al fin y al cabo. En lugar de Dios, también podríamos utilizar otras palabras como Arte, Ciencia, Política o todas aquellas materias con las que el hombre moderno trata de buscar respuestas y sentido a la existencia tras la ilusión de haber matado a Dios. De transfondo a lo largo de la película está el conflicto universal entre deseo y realidad, ante el que la muerte nos obliga a tomar consciencia.

Además de estos dos personajes, la película nos muestra también a una pareja de comediantes cuyos nombres (nada casuales) son María y José, y que con su bebé viven la felicidad del presente junto a otro personaje fundamental de la película: la Naturaleza. No es casual tampoco que la película transcurra en la época medieval ya que también en esta época fue habitual en la literatura la personificación de la diosa Natura. En estos personajes parecen cumplirse las palabras de Alain de Lille y Jean de Meun acerca de la naturaleza como vicaria de Dios.

A. de Lille, De Planctu naturae 6, 21:
“que a tua ineunte etate, dei auctoris vicaria rata dispensatione, legitimum tue vite
ordinavi curriculum?”, “¿quién, desde tu primera infancia, fue encomendada como
vicaria del Dios creador, para guiar el curso de tu vida adecuadamente?” (1)

La Naturaleza es pues, también en esta película, una intermediaria esencial entre lo humano y lo divino. 

La escena con la procesión de los flagelantes y el discurso que pronuncia el predicador que los encabeza es una de las que me ha parecido más potente y reveladora, y que, por el contexto en el que se sitúa la película podría también ofrecernos algunas claves para el momento actual.

La escena comienza con una obra de entretenimiento que representan los juglares en la plaza del pueblo, es la vida que transcurre en un pueblo y que se ve de pronto interrumpida, paralizada, castrada por una procesión de flagelantes encabezados por un predicador que trae consigo su propio teatro. Un comediante más convincente que propaga el discurso de la tortura, el dolor, la condena, la podredumbre, la acusación y el señalamiento, el maltrato psicológico, la muerte por la muerte, el discurso del miedo que engendra la verdadera muerte. El verdadero conflicto mortífero que acecha y hunde a la humanidad en la miseria es la instrumentalización del miedo para convertirlo en irracional y poder así controlar y dominar a las personas.

Si bien el tema principal de la película es el silencio de Dios, hay algo que en esta escena observamos directamente derivado del silencio de Dios, y es el aprovechamiento de ese silencio para hablar en nombre de Dios. Es muy simbólico como la cámara registra el paso de la procesión hasta que se vacía el espacio, la procesión pasa y lo que queda es el silencio, un silencio por otra parte entendido a partir de la visión racionalista y literalista del mundo. 




Fotogramas extraídos de la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman


El encuadre en el que se ve al predicador-torturador en primer plano, la talla de un Jesucristo crucificado perplejo, desencajado, con cara de horror y de no comprender absolutamente nada, y los comediantes en un tercer nivel observando con esos rostros que nos muestran sorpresa, oposición, firmeza y defensa de la humanidad. Ellos, que parecen quedar fuera de la red de tortura que lanza este predicador, los que no han sido atrapados por el miedo, por el acoso de un Dios externo, son los que pueden vivir libres, no sometidos al miedo pero a la vez capaces de respetar los límites que impone la muerte. Simbolizan el estar en Dios, y son así los únicos que verdaderamente se salvan, los que después de atravesar la noche y la tormenta, despertarán en la luz de un nuevo día.

Aunque el debate a lo largo de la película parezca centrarse en la dualidad entre el creyente y el ateo, con el transfondo constante de la muerte a la que tratan de engañar, en realidad las dos actitudes derivadas de este enfoque: la ingenuidad del que cree que un Dios vendrá a salvarlo y el cinismo del que cree que está por encima de la muerte, traslucen ambas la incapacidad del respeto por la vida, tratando de burlarse de la muerte, se burlan en realidad de la Vida, y es así como terminan en esa danza macabra encadenados los unos a los otros y liderados por la que verdaderamente mueve los hilos cuando la conexión con la divinidad se rompe.


Referencias:
(1) José Luis Quezada Alameda. La κατάβασις en el canto X de la Alexandreis.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Montaña



“ El Sabio se glorifica únicamente de estar en Dios, es decir, que reposa y calla lo más a menudo posible, ya que la unión de los hombres en Dios sólo puede realizarse sobre la montaña santa en la unidad del silencio reposante." (El Mensaje Reencontrado, § 8, 56)

 

martes, 2 de noviembre de 2021

Ánimas

 




Se por algo se caracterizaba a cultura galega é polo seu grao de dedicación aos mortos, pola marabillosa simbiose e profundo respecto que amosou por todos os que xa non están con nós. O vínculo que a cultura galega tiña coa natureza mantívoa sempre moi consciente da importancia e o valor das raíces, iso que os demáis non podían ver pero nós si, iso que se oculta baixo as árbores máis fermosas e impoñentes da nosa xeografía, iso que outros chaman indecisión ou 'duda' é en realidade a capacidade de escoitar o tempo vivo, non se pode explicar nin comprender, o vínculo co alén é algo que, ou se vive ou deixa de exisitir.
As divindades ctónicas que prevaleceron sempre en Galicia e que nin o cristianismo conseguiu encerrar nas igrexas, foron esas que se agochan nas pedras, na auga, nos acubillos das covas e dos penedos. As mouras foron substituídas polas virxes, ou polas santas, pero a súa realidade seguiu viva e alimentándose dende o interior da terra, de onde nacen as fontes, os pozos, os ríos, as árbores e máis as ermidas, os galegos decidiron ata que punto deixaron entrar ao cristianismo, a resistencia pasiva deulles un triunfo sobre as súas crenzas e sobre os seus defuntos. O noso vínculo coa auga, xa seña a través do mar, da choiva, das rías e ríos ou dos regos e regatos, lémbranos constantemente esa viaxe do barqueiro Caronte (tamén coñecido como Carón) cara o alén ou o máis alá. Temos o privilexio de pertencer a un país que fai fronteira entre esta e a outra vida, entre o alén e o aquén.
Para os galegos había dous tipos de mortes, a morte boa e a morte mala, esta última é xustamente a que os novos valores da cultura actual enxalza como positiva. Trátase da morte repentina, sen tempo para a despedida, para deixar as cousas atadas, sen tempo para prepararse, sen tempo vivo, porque o que morría en Galicia non eran as persoas, era o tempo. En Galicia tiñamos comunidades virtuais cos nosos devanceiros, as VISIÓNS (en lugar de vídeos de youtube) eran as ánimas dos defuntos coas que aínda había cousas que arranxar. A comunicación e a comunidade con eles era importante, como tamen o era deixar ben pechadas as cousas desta vida para que non supuxeran un lastre na outra. Os que quedaban nesta tiñan a responsabilidade de axudar aos da outra, para que á súa vez tamen éstes mirasen por eles.
As ánimas estaban presentes durante todo o ano, pero en especial o día de defuntos, ese día poñíaselles un prato na mesa para lembralas, ou deixábase o lume aceso para que se quentaran toda a noite, tampouco debía pecharse violentamente as cancelas, por se había algunha ánima entrando e puidera mancarse. O animeiro era a persona encargada das tarefas que atinxen ás ánimas, que non eran poucas... Hai quen pensa que o progreso fixo que deixaramos de crer en supersticións e en maxia, pero iso soamente demostra ignorancia e falta de respecto á nosa orixe. Na cultura dun pobo o único que fai falta para que algo exista é a necesidade de poñerlle un nome, hoxe cremos en cousas como a democracia, a representatividade ou os virus, que non deixan de ser supersticións. Como ben di a miña tía Lola, cando ela e os seus irmáns chegaron á cidade, deixaron de ter visións, as ánimas e a compaña desapareceron. As palabras desapareceron tamén xunto coas realidades (por moito que pensemos que se poden forzar ás palabras para que creen realidades) e deixouse de facer compañía aos mortos. Resulta moi simbólico que como aparente forma de defender unha tradición propia fronte a unha festa allea como é a de Halloween, empreguemos outra palabra allea como é o Samaín, en lugar de empregar o noso Día de Defuntos.
Tíñamos un valor incalculable do que aprender para facer fronte á cultura da positividade e a banalidade que agora nos afoga, pero o que non conseguira o cristianismo empezou a conseguilo a tecnoloxía, a vida na cidade, e os novos credos do catecismo moderno.
Tal grado de dedicación aos mortos na cultura galega ten tamén outros referentes na cultura milenaria china, eles chegaron a un coñecemento máis profundo da implicación psicolóxica destes "espíritus".

'El anima, llamada po, escrita con el signo para “blanco” y el signo para “demonio”, por ende “fantasma blanco”, es el alma corporal inferior, ctónica, perteneciente al principio Ying y, por lo tanto, femenina. Después de la muerte se hunde y pasa a gui, demonio, explicado a menudo como “lo que retorna” (scil., a la tierra), el alma en pena, el espectro. El hecho de que tanto el animus como el anima se separen después de la muerte y vayan independientemente por sus caminos demuestra que, para la conciencia china, son factores psíquicos distinguibles, que tienen también un efecto claramente diferente, y a pesar de que originalmente sean uno en la “esencia una, efectiva y verdadera”, son dos en la mansión de lo creativo. El animus está en el Corazón celestial, durante el día mora en los ojos (es decir, en la conciencia), por la noche sueña desde el hígado. Es aquello “que hemos recibido del gran vacío, lo que es de una figura con el origen”. El anima es, en cambio, “la fuerza de lo pesado y turbio”, fijada al corazón corporal, carnal. “Deseos carnales y excitaciones coléricas” son sus efectos. “Quien al despertar hállase sombrío y deprimido está encadenado por el anima.'
'El secreto de la flor de oro', C.G. Jung.