sábado, 16 de febrero de 2019

Gesto



No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.

Chantal Maillard

jueves, 14 de febrero de 2019

Esa puerta

Cruzar esa puerta, pequeña, dispuesta
como los recuerdos
que se levantan sobre el monte
para enmarcar y conservar.
Los recuerdos son redondos,
El deseo es afilado, es el río.
Es el mar
el único que se permite la agresividad.
Mirarlo frontalmente y atreverme a nombrarlo.






domingo, 3 de febrero de 2019

Parpadeo



Comenzar de nuevo cada vez que pestañeo, como si el cerrar de los párpados fuera una especie de control-z, una vuelta a empezar desde cero, un rayo que ilumina y que ciega sin saber cuándo comienza uno o cuándo termina el otro. El marcador no lleva bien lo de acumular puntos, aunque a veces parezca que toda su vida es una acumulación de vueltas y de ciclos poco constructivos. Los párpados no tienen la misma culpa ni la misma ligereza, se deslizan pesados para cerrarse, pero deben levantar un peso mayor cada vez que vuelven a abrirse, como si sus pestañas cargaran más cantidad de polvo difícil de borrar, como si al cerrarse dejaran una huella sobre el soplo que intentan mantener vivo, como si al abrirse levantaran con ellos las sábanas frescas y el olor a dulzura que desprenden. 

Todo lo que no te gusta. 

No podemos predecir cuánto tiempo puede durar el estado en el que una casa deja de ser un laberinto mal construido para empezar a ser una bella estancia iluminada por el blanco de sus bañeras diáfanas. Hay ciertas imágenes que ya no quiero ver, son esos brazos transportando la hierba para alimentar tu insaciable necesidad de imposibles, de correcciones aislantes y construcciones defensivas, para no dejar entrar, para no dejar salir.