domingo, 3 de febrero de 2019

Parpadeo



Comenzar de nuevo cada vez que pestañeo, como si el cerrar de los párpados fuera una especie de control-z, una vuelta a empezar desde cero, un rayo que ilumina y que ciega sin saber cuándo comienza uno o cuándo termina el otro. El marcador no lleva bien lo de acumular puntos, aunque a veces parezca que toda su vida es una acumulación de vueltas y de ciclos poco constructivos. Los párpados no tienen la misma culpa ni la misma ligereza, se deslizan pesados para cerrarse, pero deben levantar un peso mayor cada vez que vuelven a abrirse, como si sus pestañas cargaran más cantidad de polvo difícil de borrar, como si al cerrarse dejaran una huella sobre el soplo que intentan mantener vivo, como si al abrirse levantaran con ellos las sábanas frescas y el olor a dulzura que desprenden. 

Todo lo que no te gusta. 

No podemos predecir cuánto tiempo puede durar el estado en el que una casa deja de ser un laberinto mal construido para empezar a ser una bella estancia iluminada por el blanco de sus bañeras diáfanas. Hay ciertas imágenes que ya no quiero ver, son esos brazos transportando la hierba para alimentar tu insaciable necesidad de imposibles, de correcciones aislantes y construcciones defensivas, para no dejar entrar, para no dejar salir.

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