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sábado, 26 de marzo de 2022

Mirar mejor

 



Comenzar de nuevo cada vez que pestañeo, como si el cerrar de los párpados fuera una especie de control-z, una vuelta a empezar desde cero, un rayo que ilumina y que ciega sin saber cuándo comienza uno o cuándo termina el otro. Los párpados no tienen la misma culpa ni la misma ligereza, se deslizan pesados para cerrarse, pero deben levantar un peso mayor cada vez que vuelven a abrirse, como si sus pestañas cargaran más cantidad de polvo difícil de borrar, como si al cerrarse dejaran una huella sobre el soplo que intentan mantener vivo.

"El parpadeo es interrupción, interior y exterior al ojo, asume ceguera más busca luz.
A la intermitencia entre aparición y desaparición hace referencia el parpadeo, pero también indica algo que estorba al ojo, como, por otra parte, alude a un esfuerzo por mirar mejor, entre la luz y la sombra."
Marcos Canteli


Encrucijada


Cruceiro de Melide, siglo XIV
considerado por algunos como
el más antiguo de Galicia

Uno de los elementos más característicos del paisaje gallego son los cruceiros, una obra de arquitectura popular que según los datos podrían superar los 12.000 monumentos dentro del territorio de la actual Galicia. Y catalogar todos los posibles es lo que pretende el proyecto Cruceiros de Galicia que cuenta con más de 12.600 fotografías pertenecientes a 4.300 cruceiros y más de 6.000 localizados en un mapa. Galicia es sin lugar a dudas una tierra proclive a la encrucijada.

Los ‘cruceiros’ son esculturas hechas en piedra, mayoritariamente granito, formadas por una cruz en su parte superior y asentadas sobre un pilar. Suelen ubicarse en cruces de caminos, en las proximidades de ermitas, iglesias, cementerios u otros lugares que tengan que ver con el culto religioso. En la cara que mira al camino principal (la parte principal), suele estar representada la figura de Jesucristo Crucificado, en la otra cara la Virgen o diferentes Santos.

Según nos cuenta Xosé Álvarez en un artículo de la revista Cedofeita, “As imaxes dos cruceiros de Lérez”, la simbología de estos cruceiros comienza con su orientación, ya que la figura principal siempre debe estar orientada al camino principal, por eso han sido de mucha utilidad para los caminantes. La posición de las manos de Jesús también guardan un significado. Si éstas permanecen cerradas es señal de omnipotencia, en caso de representarse abiertas muestran misericordia y bendición si tiene los dedos índice y corazón extendidos.

Incluso la cruz esconde un mensaje que no se descifra únicamente observando la imagen. Su representación más habitual es prismática y en forma de rama de árbol. “Se trata de vincular la redención, a través del sacrificio de Cristo, con el pecado original. Dice la leyenda que su cruz estaba construida con madera procedente del árbol de la ciencia que estaba en el paraíso”, así nos lo cuenta Xosé Álvarez.

También el autor gallego Castelao recopila los cruceiros gallegos en su libro “Cruces de pedra na Galiza”, según él “ONDE HAI UN CRUCEIRO houbo sempre un pecado, e cada cruceiro é unha oración de pedra que fixo baixar un perdón do Ceo, polo arrepentimento de quen o pagóu e polo gran sentimento de quen o fixo”.

En el simbolismo dual confluyen o más bien se reúnen, después de haberse separado, la idea de lo terrenal con lo divino, lo húmedo con lo seco, la oscuridad con la luz, el movimiento con lo estático, lo fugaz con lo perenne. De la misma forma que en el viaje iniciático el héroe sale de su centro para regresar a él transformado, metamorfoseado o vuelto a nacer, podemos encontrar en el simbolismo de la cruz esta idea de expansión del centro y retorno al origen. El cielo (la vertical) se encuentra con la tierra, que es lo horizontal, la manifestación y las multiplicidades.

La ley de la correspondencia es, como nos dice René Guénon, el fundamento mismo de todo simbolismo, “en virtud de la cual toda cosa que proceda esencialmente de un principio metafísico del que obtiene toda su realidad, traduce y expresa este principio a su manera y según su orden de existencia, de tal forma que, de un orden al siguiente, todas las cosas se encadenan y corresponden para concurrir a la armonía universal y total, que es, dentro de la multiplicidad de las manifestaciones, como un reflejo de la misma unidad principial.”

Por tanto la multiplicidad de sentidos y de despliegues del símbolo es infinita. En el caso de la cruz cristiana tradicional vemos como también se despliega en su polo opuesto: la cruz invertida, particularmente misteriosa.


Giotto. Crucifixión de San Pedro (1320 aprox.) –
Polípitico Stefaneschi. Pinacoteca Vaticana


La cruz invertida es un símbolo poco conocido, aunque muy antiguo: se remonta al martirio del apóstol Pedro que, considerándose indigno de una crucifixión semejante a la de Cristo, habría pedido sufrir su crucifixión cabeza abajo.

En San Juan 1:42 podemos leer esto:
Luego Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús; cuando Jesús lo vio, le dijo:
—Tú eres Simón, hijo de Juan, pero tu nombre será Cefas (que significa Pedro).

El nombre de Pedro pone en relación la piedra con la cabeza, puesto que la cruz de Pedro actuaría de reflejo de la cruz de Cristo y en ambas encontraríamos la dualidad entre corazón (de Cristo) y cerebro (de Pedro).

Desde la prehistoria hasta nuestros días este dualismo entre corazón y cerebro no ha dejado de estar presente en todos los planteamientos existenciales. Además, parece transportarnos hacia esas encrucijadas en las que tradicionalmente se ponía una cruz que debía servir de guía, puesto que es en la encrucijada donde nos vemos obligados a tomar una decisión, decisión que pasa, en muchas ocasiones, por escoger entre el camino del corazón o el camino de la razón. Y al igual que un peregrino desarrolla una intuición especial para encontrar el camino y orientarse en el tiempo y en el espacio, de la misma manera el símbolo ofrece caminos para acercarnos a la verdad a partir de los cuales reconocemos rápidamente aquellos cosas que naturalmente sabíamos previamente a la caída. Y es así como el camino de regreso es el de aquel que, vuelto al «Centro del Mundo», se alimenta del «Árbol de la Vida». De esto nos habla también el origen etimológico de la palabra “lectura”, que en griego se llamaría “conocimiento recuperado”, porque cuando estamos aprendiendo la verdad, reconocemos aquellas cosas que naturalmente sabíamos antes de haber bebido del río del olvido. Comprender es pues recordar, por el camino del corazón, que es también el de Cristo en esa cruz reflejo de la cruz de Pedro y que juntos nos trasladan a la encrucijada entre razón y corazón.

Como nos explica René Guénon: «la idea del corazón como centro del ser es común a todas las tradiciones antiguas, procedentes de esa tradición primordial cuyos vestigios se encuentran aún en todas partes para quien sabe verlos.» 
«Advertirán también la idea de la caída que rechaza al hombre lejos de su centro original e interrumpe para él la comunicación directa con el “Corazón del mundo”, tal como estaba establecida en modo normal y permanente en el estadio edénico.» 
«Cristo es más que un hecho, más que el gran Hecho de hace dos mil años. Su figura es de todos los siglos. Surge de la tumba a donde baja el hombre relativo, para resucitar incorruptible en el Hombre divino, en el Hombre rescatado por el Corazón universal que late en el corazón del Hombre, y cuya sangre se derrama para salvación del hombre y del mundo.» (1) 





martes, 1 de marzo de 2022

La herida de la luz



«¡Reclama la visión y no temas ser fulminado (sa˓q)!» (Ibn Arabī).

«La herida es el lugar de la gnosis”» (Rūzbihān Baqlī)

«La herida es aquel lugar por donde la luz entra en ti» (Ğalāl al-Dīn Rūmī)

«Cuando vislumbres una herida en el alma, es conveniente que la cicatriz sea visible en el exterior» (Farid al Din)

La herida de la luz o la muerte fotosensible: la luz que mata del cine de Dreyer, Garrel, Halperin, Murnau, Tourneur, Ulmer.


Se llega al conocimiento a través del padecimiento.


A pesar de que el espíritu de la modernidad rechace hoy día todo aquello que tenga que ver con lo religioso existe también en el mundo moderno una fuerza instintiva de oposición al capitalismo que no hace más que evidenciar un anhelo más profundo de trascendencia, un anhelo de cosmovisión, o lo que es lo mismo, de un centro estable. Inconscientemente se aspira (caótica y contradictoriamente) a algo (lo que sea) que se oponga al sentido de productividad comercial, consumo y utilidad propios del pensamiento racionalista que usa la ideología como instrumento coercitivo del pensamiento profundo. Pensar es espinoso, es doloroso pero simbólicamente se accede al conocimiento a través de un padecimiento interno que tiene su correlato en un padecimiento físico, externo. La herida de la luz, el relámpago que ilumina y que fulmina a la vez. Como bien lo expresa María Zambrano, lo que hiere las pupilas abre las cosas del otro mundo.

La paradoja de la visión la encontramos en Edipo, doblemente herido, en los pies, porque anda torcido, está mal encaminado, y también en los ojos, porque se los arranca con sus propias manos cuando consigue conocer su verdadero destino. Pero además de Edipo, el héroe trágico por excelencia, la herida está presente en todos los grandes mitos heroicos: Aquiles, Odiseo, Quirón, Odín, Thor… y también en la tradición cristiana puesto que Cristo es un héroe herido, su manifestación, después de morir, se hace patente en los estigmas, las sagradas llagas de Cristo (generalmente en las manos y en los pies), pero también la sangre del costado, atravesado por la lanza de Longinos. De este costado brota (es fuente de vida) la sangre que recoge José de Arimatea y que viaja a tierras de Britania en la leyenda del Santo Grial, en la cual volvemos a encontrarnos con la herida de la luz. Lucifer (el que porta la luz) en su caída, pierde el tercer ojo, que es una esmeralda, el ojo que todo lo ve desde la eternidad, es un ojo que no tiene lagrimal porque no es ni el derecho ni el izquierdo. Los ángeles recuperan esta esmeralda, crean una copa y se la confían a Adán y Eva en el paraíso en donde nuevamente a raíz de su caída, la pierden cuando son expulsados del Edén. El deseo y la búsqueda del Grial revela el constante anhelo de una recuperación paradisíaca, la búsqueda de un centro estable y cósmico. Pero además, el personaje que custodia el Grial (símbolo de transcendencia metafísica) también está herido, es El Rey Pescador, Rey Tullido o Rey Herido y como Edipo, doblemente herido, en las piernas (no puede avanzar, no puede caminar) y herido también en la ingle, por lo tanto es impotente, no tiene potencia viril. Hasta que no aparezca un legítimo caballero capaz de descubrir la esencia del Grial, el reino estará impedido, tullido, y por eso no puede avanzar.

En la leyenda artúrica conviven elementos tradicionales célticos y cristianos. Lo que debía conservarse de unos fue, de alguna forma, incorporado a los otros. Son elementos de orden propiamente iniciático que, desde entonces, son parte integrante del esoterismo cristiano. Todo símbolo verdaderamente tradicional presenta un lado esotérico, es decir, que a su significado exterior (exotérico) y generalmente conocido se superpone otro de un orden más profundo, sólo accesible para aquellos que han conseguido llegar a un cierto grado de comprensión e identificación.

Todas las culturas y civilizaciones se han valido de símbolos parecidos para dar a su pueblo una enseñanza común acerca del Gran Misterio. Budismo, hinduismo, taoísmo, islam, shinto…


En la tradición hindú, el Grial se corresponde con el vaso sacrificial que contiene el Soma o bebida sagrada del antiguo ritual védico y en tradiciones aún más antiguas es la copa de Asura o el Cuenco del Paché Titán del que habla el Rig Veda. Esta Copa de Asura es en realidad el disco del Sol, el Mandala sobre el que todo se proyecta. Por otro lado, Soma es el nombre sánscrito que recibe la Luna, que a su vez se presenta como un recipiente que en la oscuridad de la noche recoge la luz del Sol, que es precisamente la que la hace brillar. De ahí que la Luna sea considerada por los hindúes como el Cáliz donde beben los antepasados y los Dioses.