archivo del blog

sábado, 13 de noviembre de 2021

El silencio de Dios




Cualquier fotograma cogido al azar y por separado de la película 'El séptimo sello' da pie a la recreación estética más absoluta, toda la película es como un viaje pictórico en el que la belleza de las imágenes, además de ser mágica y maravillosa, no es superflua, tiene relación con el contenido. Sus personajes son arquetípicos, representan en sí mismos una forma de entender la vida, o diferentes momentos psicológicos por los que una persona puede pasar.

En el personaje del caballero y su escudero se ve reflejado el conflicto esencial filosófico-religioso sobre la existencia o ausencia de Dios. Uno creyente pero atormentado, desesperanzado y sumido en el desánimo que le produce la idea de un Dios que tolera tal nivel de sufrimiento y 'sinsentido' en el mundo; y otro ateo pero cínico e impertinente (en nuestros tiempos la mayoría de la gente se identifica con este personaje), sin capacidad para ilusionarse por nada en la vida. Ambos son los dos polos de una misma forma de comprender el mundo, un mundo que gira en torno a Dios, presente o ausente, pero un Dios al fin y al cabo. En lugar de Dios, también podríamos utilizar otras palabras como Arte, Ciencia, Política o todas aquellas materias con las que el hombre trata de buscar respuestas o sentido a la existencia. El conflicto universal entre deseo y realidad, que solo la muerte parece poder resolver. La escena con la procesión de los flagelantes y el discurso que pronuncia el predicador que los encabeza es una de las que me ha parecido más potente y reveladora, y que, por el contexto en el que se sitúa la película podría también ofrecernos algunas claves para el momento actual.

Si bien el tema principal de la película es el silencio de Dios, hay algo que en esta escena observamos directamente derivado del silencio de Dios, y es el discurso que aprovecha ese silencio para hablar en nombre de Dios. Es simbólico como la cámara registra el paso de la procesión hasta que se vacía el espacio, la procesión pasa y lo que queda es el silencio.

La escena comienza con una obra de entretenimiento que representan los juglares en la plaza del pueblo, es la vida que transcurre en un pueblo y que se ve de pronto interrumpida, paralizada, castrada por una procesión de flagelantes encabezados por un predicador que trae consigo su propio teatro. Un comediante más convincente que propaga el discurso de la tortura, el dolor, la condena, la podredumbre, la acusación y el señalamiento, el maltrato psicológico, la muerte por la muerte, el discurso del miedo que engendra la verdadera muerte. El verdadero conflicto mortífero que acecha y hunde a la humanidad en la miseria es la instrumentalización del miedo para convertirlo en irracional y poder así controlar y dominar a las personas.

El encuadre en el que se ve al predicador-torturador en primer plano, la talla de un Jesucristo crucificado perplejo, desencajado, con cara de horror y de no comprender absolutamente nada, y los comediantes en un tercer nivel observando con esos rostros que nos muestran sorpresa, oposición, firmeza y defensa de la humanidad. Ellos, los que no han sido atrapados por las redes del miedo, por el acoso de un Dios externo, son los que pueden vivir libres, no sometidos al miedo pero a la vez capaces de respetar los límites que impone la muerte. Simbolizan el estar en Dios, y son así los únicos que verdaderamente se salvan, los que después de atravesar la noche y la tormenta, despiertan en la luz de un nuevo día.

“La psicología de la purificación depende de la imaginación material y no de la experiencia externa. Mediante la purificación se participa en una fuerza fecunda, renovadora, polivalente. El agua mala es insinuante, el agua pura es sutil. En ambos sentidos, el agua se ha vuelto una voluntad. Todas las cualidades usuales, todos los valores superficiales pasan a rango de propiedades subalternas, porque lo interior gobierna.”
En este texto de G. Bachelard en ‘El agua y los sueños’ las cualidades del agua están directamente vinculadas con las de la muerte, aquello que tiene el poder de dar y de quitar la vida.

Aunque el debate a lo largo de la película parezca centrarse en la dualidad entre el creyente y el ateo, con el transfondo constante de la muerte a la que tratan de engañar, en realidad las dos actitudes derivadas de este enfoque: la ingenuidad del que cree que puede existir un Dios que nos salve y el cinismo del que cree que está por encima de la muerte, traslucen ambas la incapacidad del respeto por la vida, tratando de burlarse de la muerte, se burlan en realidad de la vida, y es así como terminan en esa danza macabra encadenados los unos a los otros y liderados por la que verdaderamente mueve los hilos.

No hay comentarios: