sábado, 28 de noviembre de 2015

Tolerancia mil



Muertes por violencia machista, por violencia yihadista, por atreverse a huir de la guerra, muertes que activan campañas de sensibilización, que despiertan conciencias. No entiendo la sensibilización ni las campañas. Sucesos que siempre ocurren a otros. Muerte acompañada de mensajes de repulsa. Mensajes de apoyo, velas y flores. Mensajes y campañas de sensibilización, mensajes de sensibilización en campaña, campañas de mensajes que no entiendo. Son lejanos y extraños a mi. Camufladas formas de reconfortar la culpa y la rabia. Y detrás la represión y el dominio.

Un día me vi inmersa en una de esas historias que cuentan en el apartado de sucesos de los telediarios, cómo hablan de lo que le ocurre a tu familia. Es una sensación extraña estar dentro de esa historia en la que no te reconoces, y que siempre cuentan otros por ti. Un espectáculo que nada tiene que ver contigo, puedes incluso verte desde el patio de butacas. Los protocolos de reacción están activados, qué pensar, qué hacer con eso, dónde meterlo y cómo llamarlo, cómo llorarlo. Hay un número de teléfono al que puedes llamar y que está siempre dispuesto a derivarte al especialista oportuno. No hay tiempo de buscar palabras, igual las ha pensado alguien previamente, y solo hay que empujar un poco para encajar en ellas. Los especialistas saben qué hacer. Entre la suerte y la muerte.

Hay otras cosas sin embargo que no me resultan tan lejanas, no es lejano por ejemplo la permanente búsqueda de reconocimiento, la renuncia a uno mismo, a tu tiempo, al desarrollo como persona, al cariño. No son extraños por ejemplo el uso de métodos de machaque para obtener mejores resultados, no es extraño que no haya tiempo ni lugar para los niños, para los ancianos, para la comprensión y el cariño, para el goce, el disfrute y el placer, para saber cómo te encuentras o qué sientes. No es extraño el machismo, la misoginia, el desprecio hacia todo lo femenino, no son nada extrañas las conductas desvalorizantes y violentas hacia las mujeres. En la familia, en el trabajo, entre la gente que quiero y entre la gente que no quiero tanto.

Tolerancia cero es uno de esos mensajes que no entiendo.

La competitividad y la lucha son los medios para lograr el éxito, también la violencia. Invadir, atacar, conquistar, violentar, confrontar, vencer, dominar y saquear. No importa. Un minuto de silencio y el insulto continua. En el extrarradio queda lo femenino, la comprensión, el cariño, la ternura, la tolerancia, la bondad, la compasión, la percepción, el amor, el respeto, la flexibilidad, la interpretación o el entendimiento. Un minuto de silencio y todo vuelve a girar. Celebridad y celeridad, agresividad y éxito asegurado.

Escoger el momento en el que solo cabe la repulsa, la resignación y la rabia no sirve más que para perpetuar la sumisión. En una civilización represiva la muerte se convierte en un instrumento más de la represión.



Bajo las condiciones de una existencia humana auténtica, la diferencia entre sucumbir a la enfermedad a la edad de diez, treinta, cincuenta o sesenta años, y morir una muerte "natural" después de una vida plena puede ser muy bien una diferencia por la que merezca la pena pelear con toda la energía instintiva. No aquellos que mueren, sino aquellos que mueren antes de lo que deben y quieren morir, aquellos que mueren en agonía y dolor, son la gran acusación. También testimonian contra la culpa irredimible de la humanidad. Su muerte despierta la dolorosa conciencia de que fue innecesaria, de que pudo ser de otro modo. Se necesitan todas las instituciones y valores de un orden represivo para tranquilizar la mala conciencia de esta culpa. Una vez más, la profunda relación entre el instinto de la muerte y el sentido de culpa llega a ser aparente. El silencioso "acuerdo profesional" sobre el hecho de la muerte y la enfermedad es quizá una de las más amplias expresiones del instinto de muerte —o, mejor, de su utilidad social. En una civilización represiva la muerte misma llega a ser un instrumento de la represión. Ya sea que la muerte sea temida como una amenaza constante, o glorificada como un sacrificio supremo, o aceptada como destino, la educación pare el consentimiento de la muerte introduce un elemento de rendición dentro de la vida desde el principio —de rendición y sumisión. Sofoca los esfuerzos "utópicos". Los poderes que existen tienen una profunda afinidad con la muerte; la muerte es un signo de la falta de libertad, de la derrota. Hoy, la teología y la filosofía compiten entre sí en la celebración de la muerte como una categoría existencial: pervirtiendo un hecho biológico al convertirlo en una esencia ontológica le dan la bendición transcendental a la culpa de la humanidad que ayudan a perpetuar —traicionan la esperanza de utopía. En contraste, una filosofía que no trabaja como la servidora de la represión responde al hecho de la muerte con el Gran Rechazo —la negativa de Orfeo, el libertador. La muerte puede llegar a ser un signo de libertad. La necesidad de la muerte no niega la posibilidad de una liberación final. Como las otras necesidades, puede ser hecha racional —sin dolor. El hombre puede morir sin angustia si sabe que lo que ama está protegido de la miseria y el olvido. Después de una vida plena puede aceptar para sí mismo el morir —en un momento elegido por él mismo. Pero ni siquiera el advenimiento último de la libertad puede redimir a aquellos que mueren en el dolor. Es el recuerdo de ello y la culpa acumulada de la humanidad contra sus víctimas, el que oscurece la posibilidad de una civilización sin represión.

 Herbert Marcuse. Eros y civilización.

lunes, 2 de noviembre de 2015

clin-clin


Te escribo desde mi libretita, que como bien dijiste vale oro. Hace un calor infernal en el aeropuerto, 17 grados fuera y dentro prefiero no pensarlo. Me he gastado 6 euros en un bocata de jamón y me ha dolido mucho el alma. Los viajes me suelen dejar así como un regusto nostálgico en el cuerpo.
Me descubro cada día más sentimental, siempre lo fui pero antes me avergonzaba, intentaba ocultarlo. Cierto pudor hacia lo emotivo..., el sudor y las lágrimas. A veces me confunden las formas de hacerse fuerte.

El aeropuerto se vacía, cada vez menos gente. Más y menos gente, más o menos gente, todo señalizado, velocidad y quietud. Aprovecho antes de volver al engranaje cotidiano, tengo ganas de escribir. Me vienen a la mente los recuerdos de cuando éramos niñas y te iba a timbrar a tu casa para ir al instituto. Yo tan comedida y prudente y tu más lanzada. Empiezo por migomisma. Un día hace algunos años y no muy lejos de cuando iba a timbrarte al portal me dije por primera vez "quiero ser yo misma".

Ya solo se ven medio-personas incrustadas en las sillas como malamente pueden, y yo, una de ellas. Algunos merodean de vez en cuando porque no pueden dormir, no pueden morir. Por ahora no me entra el sueño. Es la 1 de la madrugada y quedan 7 horas para mi vuelo. Creo que voy a ir oliendo a perros y por aquí no dejan de pasar los cacharros de la limpieza. El aeropuerto está cada vez más limpio y yo cada vez más sucia. "Gasbutano es limpieza, limpieza es tranquilidad". Todo a mi alrededor se ocupa de recordarme qué es eso de limpieza. No oler, no sudar, no gritar, no moverse. Ahora se apagan las luces, debe ser la hora de dormir aquí, aunque los mensajes de megafonía nunca cesan, sin interrupción, siempre tienen algo importante que decir, siempre alerta.

En los momentos del despegue o aterrizaje se respira casi siempre una ligera angustia, cuando el avión empieza a tomar altura o a descender y se tambalea ligeramente. En ese momento ponen una especie de música de ascensor de fondo para hacer el momento más liviano y pasajero. Lo que no consiguen tapar es el llanto de los niños. La ansiedad es incómoda, la angustia y la culpa, no son fáciles de tapar... El momento incómodo pasa y ya está. Te echaré de menos otro poquito y ya está.