Según una vieja tradición mediterránea, recogida por Proclo y Plutarco, en el Adytum de un templo de Sais (Egipto) existía una enorme estatua de la diosa Isis con un tupido velo negro cubriendo su rostro, acompañada de la enigmática frase: “Yo soy todo lo que ha sido, es y será, y ningún mortal ha levantado mi velo”.
13 Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último.
14 Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para que tengan derecho al árbol de la vida y para que entren en la ciudad por las puertas.
15 Pero los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira.
16 Yo, Jesús, he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.
17 Y el Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡Ven! Y el que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida.
(Ap 22,13-17)
El origen etimológico de la palabra Apocalipsis tiene que ver con desvelar el velo. El velo, o las puertas, son el traspaso de un umbral, la conexión con una realidad que está más allá de lo evidente. El término "revelación" debe su origen al griego apokalyptein, que significa quitar el velo, hacer manifiesto, y se refiere al acto de hacer algo conocido que estaba oculto o no era visible a simple vista. Pero también los relatos apocalípticos se caracterizan por su carácter encriptado y oculto, más que descubrir pareciera que cubren. Si acudimos a la etimología vemos que la palabra griega se compone del prefijo apo- (separar, alejar), el verbo kalyptein (estorbar, esconder) que se relaciona con la raíz kel- (cubrir, ocultar) y el sufijo -sis (acción). Tanto las acciones de separar como de cubrir nos dan una idea de ocultar y volver algo invisible, más que de hacer algo visible o de mostrarlo. El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, también popularizó la connotación de eventos finales y misteriosos. La revelación posee su propia naturaleza que hay que respetar. En efecto, «revelar», si por una parte indica levantar el velo, por otra parte señala también que es indispensable volver a poner el velo sobre lo que se había desvelado. La dialéctica del desvelar y del velar es constitutiva de la revelación cristiana, si no se quiere perder el carácter sobrenatural de su contenido.
Por eso resulta oportuno rescatar su valor oculto, aquel que requiere de un detenimiento más profundo, pues muchos han creído que es un relato que tiene el afán de inspirar miedo ante la inminente llegada del fin del mundo y de las amenazas que están a punto de caer sobre nosotros. Sin embargo, se trata de un texto que, cuanto más profundizas en él, más exaltación de la vida y el deseo produce. La riqueza simbólica del Apocalipsis nos traslada una profunda teología de la esperanza y de la vida. Es, además, el texto que está en la base del desarrollo artístico de Occidente y en particular de todas las representaciones del Románico, desarrolladas a partir de los famosos Comentarios al Apocalipsis del monje español Beato de Liébana. El texto apocalíptico y el sistema de representación visual gestado en el pergamino se convirtieron en la fuente directa para la decoración de las portadas y capiteles de las iglesias románicas de peregrinación. Cómo no iba a ser este el texto que mejor resonara en las tierras lindantes con el fin del mundo si precisamente en él se esconde el maravilloso esplendor que surge tras atravesar la tiniebla de la muerte que tenía su máxima expresión en los finisterre del Atlántico. Las visiones del fin del mundo conectaron muy bien con un periodo histórico de transición entre el fin de una época (la del Imperio Romano de Occidente) y el surgimiento de una nueva (la Edad Media). Mientras que en el Imperio Romano de Oriente (el Bizantino), el libro del Apocalipsis generaba recelo teológico y su lectura litúrgica pública no era habitual, en contraste, en la cristiandad occidental medieval, las representaciones del fin de los tiempos se convirtieron en la temática más abundantemente representada.
Para los bizantinos, su Imperio terrenal era una imagen del Reino de Dios en la Tierra. Su arte representaba un estado de eternidad ya alcanzado, por lo que abundaban los iconos del Pantocrátor (Cristo soberano) y las jerarquías celestiales, en lugar de visiones de destrucción. Sin embargo, la fascinación medieval por el Apocalipsis de San Juan y los bestiarios impulsó un arte profundamente simbólico y expresionista, plagado de monstruos, criaturas híbridas, cuerpos retorcidos, rostros grotescos, que a menudo son interpretados hoy como representación de los vicios o castigos divinos. Sin embargo, lo que está detrás de este expresionismo tan colorido y fascinante de la Edad Media es mucho más esperanzador de lo que muchos han creído.
Para entender el tipo de fin del mundo al que se refiere este texto basta con observar que es el mismo Jesús quien encarna al Mesías de la tradición apocalíptica de Israel, y por tanto en él ya se ha producido el fin de los tiempos, no se trata de un evento futuro, sino que la victoria sobre la muerte es ya un hecho. Quizás, las versiones fatalistas del Apocalipsis que lo interpretan como una catástrofe definitiva e ineludible puedan ser comprensibles desde una perspectiva no cristiana, sin embargo, en el cristianismo, Jesús nos ofrece un ejemplo perfectamente visible de un fin de un mundo, en el que incluso el final más terrible imaginable, como es la crucifixión de Dios, es posible trascenderlo. Antes que Nietzsche, fue el propio Jesús quien no solo habló de la muerte de Dios, sino que la encarnó. En Cristo se ejemplifica que es posible vencer a la muerte, la opresión a los débiles, la tortura y el mal, para transformarlos en esperanza. No hay condena cósmica, sino salvación. Cuando todo parece derrumbarse, como de hecho había sucedido con la caída del Imperio Romano en Occidente, entonces, aparece tras la tiniebla de la fatalidad, Cristo venciendo a la muerte y a la tortura.
No resulta extraño, por tanto, que fuera precisamente en el norte de la península, en donde se dió el paso de la miniatura a la escultura monumental articulando gran parte de la estética románica. Los territorios que tan frontalmente habían combatido contra las legiones romanas se convierten, ahora, en epicentro artístico y cultural en donde los talleres locales adoptan la tradición de los códices miniados y la orfebrería para desarrollar la escultura monumental en piedra que definió la revolución artística del románico. Esta transición artística, impulsada a través del Camino de Santiago, dio a la estética románica su marcado carácter narrativo y simbólico.
Para los bizantinos, su Imperio terrenal era una imagen del Reino de Dios en la Tierra. Su arte representaba un estado de eternidad ya alcanzado, por lo que abundaban los iconos del Pantocrátor (Cristo soberano) y las jerarquías celestiales, en lugar de visiones de destrucción. Sin embargo, la fascinación medieval por el Apocalipsis de San Juan y los bestiarios impulsó un arte profundamente simbólico y expresionista, plagado de monstruos, criaturas híbridas, cuerpos retorcidos, rostros grotescos, que a menudo son interpretados hoy como representación de los vicios o castigos divinos. Sin embargo, lo que está detrás de este expresionismo tan colorido y fascinante de la Edad Media es mucho más esperanzador de lo que muchos han creído.
Para entender el tipo de fin del mundo al que se refiere este texto basta con observar que es el mismo Jesús quien encarna al Mesías de la tradición apocalíptica de Israel, y por tanto en él ya se ha producido el fin de los tiempos, no se trata de un evento futuro, sino que la victoria sobre la muerte es ya un hecho. Quizás, las versiones fatalistas del Apocalipsis que lo interpretan como una catástrofe definitiva e ineludible puedan ser comprensibles desde una perspectiva no cristiana, sin embargo, en el cristianismo, Jesús nos ofrece un ejemplo perfectamente visible de un fin de un mundo, en el que incluso el final más terrible imaginable, como es la crucifixión de Dios, es posible trascenderlo. Antes que Nietzsche, fue el propio Jesús quien no solo habló de la muerte de Dios, sino que la encarnó. En Cristo se ejemplifica que es posible vencer a la muerte, la opresión a los débiles, la tortura y el mal, para transformarlos en esperanza. No hay condena cósmica, sino salvación. Cuando todo parece derrumbarse, como de hecho había sucedido con la caída del Imperio Romano en Occidente, entonces, aparece tras la tiniebla de la fatalidad, Cristo venciendo a la muerte y a la tortura.
No resulta extraño, por tanto, que fuera precisamente en el norte de la península, en donde se dió el paso de la miniatura a la escultura monumental articulando gran parte de la estética románica. Los territorios que tan frontalmente habían combatido contra las legiones romanas se convierten, ahora, en epicentro artístico y cultural en donde los talleres locales adoptan la tradición de los códices miniados y la orfebrería para desarrollar la escultura monumental en piedra que definió la revolución artística del románico. Esta transición artística, impulsada a través del Camino de Santiago, dio a la estética románica su marcado carácter narrativo y simbólico.
El arte románico y los Beatos se nutrieron profundamente de la herencia abstracta y simbólica europea. Al igual que la orfebrería celta, el arte de las miniaturas en los Beatos y el románico prescindieron del realismo anatómico o la perspectiva. Las formas geométricas (espirales, entrelazos, grecas) y el esquematismo sirvieron para representar ideas trascendentales y conceptos espirituales antes que la imitación fiel de la naturaleza. Elementos como los nudos celtas y la estilización extrema sobrevivieron en las tradiciones locales de la Península Ibérica y las Islas Británicas, aportando un lenguaje visual libre de representaciones literales (aniconismo) que se fusionó con la iconografía cristiana. Mientras que la herencia griega clásica buscaba el retrato fiel, la proporción realista y la tridimensionalidad al servicio del poder político, el espíritu medieval de los siglos XI y XII priorizó la fuerza expresiva, el mundo de los sueños y la fe, por encima de las leyes terrenales de la óptica y la proporción.
Uno de los temas que narra el Apocalipsis de San Juan es el Juicio Final, que junto con la Parusía y la Gloria de Cristo se convirtieron en el programa iconográfico dominante en portadas y pórticos de iglesias y catedrales. Por este motivo queremos hoy traer, de nuevo, las pinturas de la iglesia de San Fíz de Donís, sobre las que ya hemos hablado en otra entrada, y aunque no tienen inspiración en los Beatos, sí nos permiten adentrarnos en la riqueza simbólica del Apocalipsis.
Iglesia de San Fiz de Donis
En una pequeña iglesia del corazón de Os Ancares, en San Fiz de Donis, la cual es probable que no haya sido tan pequeña, encontramos unas pinturas murales en su interior que nos hablan de la importancia de esta localidad como núcleo aglutinador de la comarca, conocida popularmente como la catedral de Donís. Descubrimos, maravilladas, que también las visiones de Juan, retirado en la isla de Patmos, llegaron a las montañas convertidas en puerta de entrada a los Ancares lucenses y a Galicia. También aquí el velo se retiró cuando un conjunto de frescos del siglo XVI, ocultos bajo capas de cal durante siglos, salieron a la luz a mediados de 2008 durante los trabajos de restauración integral del templo. Son muchos los tesoros, cargados de expresividad y color, que todavía hoy siguen aflorando en los rincones más aparentemente olvidados de nuestro mundo dominado por las ciudades. Esas pequeñas aldeas que parecían no tener relevancia ninguna en el mundo del arte, hoy se abren ante nuestros ojos estupefactos para dar una bofetada a toda insulsa pretensión de arte contemporáneo.
11 Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos.12 Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.13 Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras.14 Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.15 Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.
(Ap 21, 11-15)
En la pared que está a la derecha del Pantocrator vemos representadas las puertas del cielo o de la Jerusalén Celestial, con San Pedro portando las llaves y las almas de los salvados que se disponen a subir las escaleras que parecen de oro, acompañados de los ángeles que tocan las trompetas. Vemos también una representación de María con nimbo, pues ella, por ser "vaso de elección" y "llena de Gracia" participó con Jesucristo en su muerte, resurrección y ascensión al cielo. Según la tradición ortodoxa y católica del cristianismo, la Inmaculada Madre de Dios, cumplido el curso de su vida terrestre, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial (sin morir), lo que se conoce como arrebato, asunción o dormición. Entre la asunción de María y los cristianos que serán "arrebatados" en los últimos tiempos no hay diferencia esencial sino solamente de tiempo. No sabemos si la que la acompaña es su madre Santa Ana, intuimos que el coro de personas arrodilladas tras ella simbolizan a los "arrebatados" como ella.
Honor a ti, gran dios, señor de las dos verdades. He acudido a tu presencia. Al llegar he visto tu perfección. Te conozco, conozco tu nombre y conozco el nombre de los cuarenta y dos dioses que están contigo en esta sala de las dos verdades, que viven como guardianes de los malvados, que beben su sangre en este día en que se juzga nuestro temperamento ante el Ser bueno.
Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras, no os alarméis; porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambre: esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento (Mc 13,7-8).
El desarrollo de la literatura apocalíptica fue una forma de responder a los constantes asedios e invasiones de los imperios y las culturas extranjeras. Dios establecería su reino en la tierra, puesto que ninguno de los reinos humanos era capaz de ofrecer respuestas. Este problema todavía hoy sigue muy presente en nuestras sociedades, los ciclos históricos temporales parecen engullir a las civilizaciones y pueblos que no se adaptan a la cultura de los países o civilizaciones dominantes, el ciclo de la ley del eterno retorno hace sucumbir a las culturas más débiles y pequeñas frente a un capitalismo que bien podría ser asimilable a esa Babilonia que devoró y que engulló al pueblo de Israel y lo envió al exilio tras la destrucción del templo. Así también las personas se dejan engullir y devorar por los grandes de sus comunidades. Antes que sacar a la luz un conflicto, la tendencia más generaliza y fácil es someterse a un caudillo, a un cacique o a una figura de poder.
Algo de la particularidad cristiana está encerrada precisamente en esta cuestión de cómo Dios se revela a través de la historia, una historia que aún siendo colectiva tiene los mismos códigos de lectura trasladables a nuestra historia personal. El Imperio Romano es también Babilonia, es también el globalismo, el capitalismo o incluso el peor de los males (por ser el más difícil de identificar), aquel que viene de dentro y habita en nosotros pero que proyectamos en otros. Un mal que tiende a engullir a los débiles y a los pequeños, expresados en ese niño vulnerable que nace de la mujer y que nos da una idea opuesta a toda lógica aparente. Es lo pequeño, lo indefenso y lo vulnerable lo que tiene el poder de derrotar a los grandes imperios, a los opresores de los pueblos y de los individuos.
Su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo cuando ella diera a luz. 5 Y ella dio a luz un hijo varón, que ha de regir a todas las naciones con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono (Ap 12,4-5).
A diferencia de otros panteones, donde los dioses bajan temporalmente o son manifestaciones simbólicas, la encarnación cristiana sostiene que Dios se hizo hombre real y verdadero en la figura de Jesús. El combate espiritual, además de entre luz y oscuridad, también se da entre inmanencia y trascendencia y pone de manifiesto que es necesario involucrarnos hasta el fondo de lo real para poder salir renovados.
Por último, hacer referencia al Tríptico del Juicio Final, de Hans Memling, pintado entre 1466 y 1473, pues podemos ver prácticamente la misma iconografía representada en la pintura mural de Donís. El Cristo como Maestas Domini entronizado sobre un arco iris, con los pies apoyados en un globo que representa la tierra. Vemos la espada que simboliza la Justicia, y el lirio que simboliza la Misericordia. También en Donis vemos los ángeles que portan los instrumentos de la Pasión, y San Pedro recibiendo a las almas en la puerta de la Iglesia celestial. La propia capa roja abrochada en el centro del cuello, con el torso desnudo, nos parecen muy similares.
ESTAS ARMAS ESTAVAN PUESTAS Y FIXADAS EN LA CAPILLA MAIOR DE ESTA SANTA IGLESIA DE DONIS ASTA PUEDE AVER OCHO O DIEZ ANNOS QUE SE DESHICOLA? DE LA CAPILLA MAIOR PARA SE VOLVER A LARGAR IMEN DE MVOSTIGILDEMOSTOTE? LIC DO DONIS SUS SOBRINO DESCENDIENTES POR VARON DE LA CASA DE DONIS PATRONOS DESTA SANTA IGLESIA LAS MANDARON PONER EN EL PROPIO LUGAR DONDE ESTAVAN DE ANTIGUO. (Esto es lo que hemos transcrito a partir de la fotografía, seguramente algún especialista pueda explicarnos mejor este texto)
Una inscripción que nos indica la fecha 1578, de la cual no tenemos más confirmación.





















