Apocalipsis: exaltación de la vida y el deseo



¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra? (Ap 6,10)





El Apocalipsis es un libro que no goza de muy buena fama, el desconocimiento tan profundo acerca de nuestras raíces como civilización ha extendido una comprensión definitivamente errónea de sus contenidos. Muchos creen que es un relato que tiene el afán de inspirar miedo ante la inminente llegada del fin del mundo y de las amenazas que están a punto de caer sobre nosotros. Sin embargo, se trata de un texto que, cuanto más profundizas en él, más exaltación de la vida y el deseo produce. Nadie puede permanecer igual después de haberse dejado tocar por la riqueza simbólica del Apocalipsis, una profunda teología de la esperanza y de la vida. Es, además, el texto en el que se sostuvo todo el esplender del arte románico y el desarrollo de occidente que, con los famosos Comentarios al Apocalipsis del monje español Beato de Liébana, dio un impulso definitivo a la riqueza espiritual en la que todo arte verdadero se sostiene. Cómo no iba a ser este texto el que mejor resonase en las tierras lindantes con el fin del mundo si precisamente en él se esconde el maravilloso esplendor que surge tras atravesar la tiniebla de la muerte que tenía su máxima expresión en los finisterre del Atlántico. Estamos ya deseosas de adentrarnos en la riqueza de estos Comentarios al Apocalipsis en futuras entradas, pero hoy nos centraremos en analizar el contexto histórico que nos dará la base pare entender y profundizar en sus visiones, las cuales revelan un anhelo de trascendencia total y la victoria definitiva sobre el mal.

No debemos olvidar que los textos sagrados no han sido escritos con los mismos fines con los que se escribe una novela o se hace una película, la complejidad que encierran va mucho más allá de la mirada profana. Por otro lado, y para entender el tipo de fin del mundo al que se refiere este texto basta con observar que es el mismo Jesús quien encarna al Mesías de la tradición apocalíptica de Israel, y por tanto en él se produce el fin de los tiempos. Quizás, las versiones fatalistas del Apocalipsis que lo interpretan como una catástrofe definitiva e ineludible puedan ser comprensibles desde una perspectiva no cristiana, sin embargo, en el cristianismo, Jesús nos ofrece un ejemplo perfectamente visible de un fin de un mundo, en el que incluso el final más terrible imaginable, como es la crucifixión de un Dios, es posible trascenderlo. Antes que Nietzsche, fue el propio Jesús quien no solo habló de la muerte de Dios, sino que la encarnó. En Cristo se ejemplifica que es posible vencer a la muerte, la opresión a los débiles, la tortura y el mal para transformarlos en esperanza. No hay condena cósmica, sino salvación, Cristo vence a la muerte y a la tortura. En la interpretación que hace Pedro de la venida del Espíritu sobre los discípulos de Jesús el día de Pentecostés se ejemplifica el cambio radical a través de imágenes típicas del fin del mundo:

Y en los postreros días, dice Dios,
Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,
Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;
Vuestros jóvenes verán visiones,
Y vuestros ancianos soñarán sueños;
18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días
Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.
19 Y daré prodigios arriba en el cielo,
Y señales abajo en la tierra,
Sangre y fuego y vapor de humo;
20 El sol se convertirá en tinieblas,
Y la luna en sangre,
Antes que venga el día del Señor,
Grande y manifiesto; (Hech 2,17-20)

Para un verdadero apocalíptico, las imágenes simbólicas sobre la destrucción del mundo quieren expresar que todas las desgracias que ahora está padeciendo la humanidad no son sino los dolores de parto de un mundo nuevo que está por surgir aquí y ahora.

Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras, no os alarméis; porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambre: esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento (Mc 13,7-8).

Pero para comprender mejor el sentido de este maravilloso texto es necesario enmarcarlo dentro del contexto histórico en el que surge el género apocalíptico, un tipo de literatura que es propia de tiempos de crisis y que ya se había desarrollado en anteriores épocas en la historia del pueblo de Israel. El desarrollo de la literatura apocalíptica fue una forma de responder a los constantes asedios e invasiones de los imperios y las culturas extranjeras. Dios establecería su reino en la tierra, puesto que ninguno de los reinos humanos era capaz de ofrecer respuestas. Este problema todavía hoy sigue muy presente en nuestras sociedades, los ciclos históricos temporales parecen engullir a las civilizaciones y pueblos que no se adaptan a la cultura de los países o civilizaciones dominantes, el ciclo de la ley del eterno retorno hace sucumbir a las culturas más débiles y pequeñas frente a un capitalismo que bien podría ser asimilable a esa Babilonia que devoró y que engulló al pueblo de Israel y lo envió al exilio tras la destrucción del templo. Así también las personas se dejan engullir y devorar por los grandes de sus comunidades. Antes que sacar a la luz un conflicto, la tendencia más generaliza y fácil es someterse a un caudillo, a un cacique o a una figura de poder. Resultan muy interesantes los estudios de Freud sobre la psicología de las masas, y la tendencia acomodaticia del ser humano así descrita pro él:


... el sentimiento individual y el acto intelectual personal son demasiado débiles para afirmarse por sí solos, sin el apoyo de manifestaciones afectivas e intelectuales, análogas, de los demás individuos. Esto nos recuerda cuán numerosos son los fenómenos de dependencia en la sociedad humana normal, cuán escasa originalidad y cuán poco valor personal hallamos en ella y hasta qué punto se encuentra dominado el individuo por las influencias de un alma colectiva, tales como las propiedades raciales, los prejuicios de clase, la opinión pública, etcétera. El enigma de la influencia sugestiva se hace aún más oscuro cuando admitimos que es ejercida no sólo por el caudillo sobre todos los individuos de la masa, sino también por cada uno de éstos sobre los demás. 
S. Freud, Psicología de las masas.

El movimiento revolucionario mesiánico no podía ser una revuelta de carácter político precisamente porque lo que trataba de liberar era la tendencia del ser humano a refugiarse en nuevos amos. La historia del pueblo de Israel es, sin lugar a dudas, el ejemplo de cómo un pequeñísimo pueblo no solo fue capaz de sobrevivir a los más grandes imperios de los que hoy no queda ya nada (como el asirio, el babilónico, el griego o el romano) sino que, además exportó a todo el mundo una comprensión y cosmovisión ética del mundo que todavía hoy es la base sobre la que se sigue construyendo nuestra civilización.

¿Cómo hacer para sobrevivir en un mundo que tiende a anular las particularidades del individuo y de los pueblos, sin caer en el separatismo y el individualismo? Esta es la pregunta de base que se encuentra en todos los libros del texto bíblico. Los profetas del Antiguo Testamento ya habían usado imágenes para describir simbólicamente el cambio radical que implica la presencia de Dios irrumpiendo en la historia para transformarlo. Progresivamente, había ido surgiendo, dentro de la tradición profética, otro tipo de revelación que iba un paso más allá. La revelación apocalíptica se parece a la profética, pero no es exactamente igual; los profetas anunciaban la intervención de Dios en la historia, en medio de acontecimientos y personas, la apocalíptica habla de una manifestación meta-histórica: Dios mismo rasga los cielos para revelarse de forma clara y definitiva. La apocalíptica es una revelación sobrenatural que completa el ciclo iniciado en la revelación natural, aquella en la que todo lo creado es expresión viva de Dios. Se trata de un mensaje encriptado, misterioso y simbólico, no se puede entender sin ayuda. En la literatura profética la palabra de Dios se comunicaba directamente al profeta, pero en la apocalíptica la revelación se comunica a través de un intérprete que nos guía para que podamos entender las visiones y los sueños. Este mediador es un ser sobrenatural, generalmente un ángel. No utiliza el lenguaje racional ni argumentos lógicos, sino que quiere despertar nuestra imaginación para que podamos ver el mundo desde la perspectiva de Dios. A través de visiones, símbolos y misteriosas apariciones, la literatura apocalíptica nos cautiva para que abramos nuestra mente y corazón a su mensaje de esperanza y desafío. Si bien, la creatividad de Dios se pone de manifiesto en toda la creación, y ésta es, por tanto, una revelación en sí misma, del creador, así también el género apocalíptico desarrolla específicamente la cualidad artística a través de una profusión simbólica muy rica y compleja. En el género apocalíptico se completa el plan de Dios creador, es la cuadratura del círculo expresada en la ciudad santa que desciende del cielo y convierte el jardín del Edén en la Jerusalén Celestial, el paraíso terrestre en paraíso celestial.

Los permanentes conflictos con las naciones extranjeras y los imperios que asolan al pueblo de Israel juegan un papel muy importante en el perfil apocalíptico y mesiánico, pues estos enemigos son vistos como instrumentos mismos de Dios y su castigo divino. A partir de la caída de Jerusalén y el templo, en el 587 a.C., la concepción mesiánica del pueblo de Israel irá dando un giro hacia la literatura apocalíptica. El mesianismo religioso posee una supremacía sobre el político-real, y estos dos planos, a menudo han sido confundidos y entremezclados. Es por eso que el género apocalíptico reconduce el mesianismo hacia el plano espiritual, el único garante de la verdadera lucha de los pueblos contra todo poder opresor. En este tipo de literatura se menciona a menudo a los falsos mesías, algo que de hecho, también prolifera en la actualidad, figuras carismáticas que se proclaman salvadores para explotar vulnerabilidades, utilizando un falso carisma con el que obtienen poder, control o beneficio personal y económico.

Además de la primera destrucción del templo, otro momento clave en el desarrollo de la apocalíptica en Israel, serán las crueles persecuciones de Antíoco IV Epífanes y la respuesta armada del pueblo que se fragua en la revuelta de los Macabeos. La apocalíptica tomó fuerza para explicar el sufrimiento como una "prueba" y asegurar que Dios triunfaría, introduciendo el concepto de resurrección y juicio final. El libro de Daniel es el mayor exponente de esta época. Pues bien, otro momento de crisis importante será el que sirva de germen a la escritura del libro del Apocalipsis de San Juan. Xavier Alegre hace un análisis que compartimos plenamente acerca de la comunidad del Apocalipsis de Juan, como una comunidad perseguida por el Imperio romano y que, además, cuenta entre sus filas con numerosos mártires, como podemos ver por Ap 2,13; 7,9-17; 11,7-10; 13,15; 16,5-6; 17,6; 18,24;20,4.

Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? 11 Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos (Ap 6, 9-11).

Los especialistas sitúan la edición definitiva del Apocalipsis hacia mediados de los años 90, cuando arreciaba la persecución del emperador Domiciano (81-96 d. C.) contra los cristianos. En el año 70 d. C. se había producido la destrucción definitiva del templo de Jerusalén, cumpliéndose la visión profética de Jesús (Mt 24,2), de que no quedaría piedra sobre piedra del templo judío. La conquista de Jerusalén por parte de los romanos hizo aumentar el sentimiento de crisis entre judíos y cristianos. La actitud de los cristianos frente a los poderes políticos romanos había estado marcada por una actitud distante, conciliadora y de respeto al poder (Rm 13,1-7). El Reino que venía a implantar Jesucristo estaba por encima de todo poder terrenal, por eso nunca centró su mensaje en combatir reinos limitados y finitos como los humanos. Y aún habiendo sido condenado a muerte por un conglomerado entre autoridades judías y romanas, nunca los cristianos centraron su mensaje en derrocar, ni al judaísmo ni al Imperio Romano, es más, al contrario que muchas facciones gnósticas que rechazaban el Antiguo Testamento, los cristianos siempre lo integraron en su canon sagrado. Una gigantesca lección de la historia para los pueblos en los que el odio al hermano está profundamente enquistado y la polarización entre los bandos se convierte en único motor de vida.

La respuesta armada, que el pueblo judío ya había experimentado con la Revuelta de los Macabeos, no estaba en el horizonte cristiano. Las atrocidades cometidas por Antíoco IV Epífanes hicieron surgir por un lado el libro de los Macabeos y por otro el libro de Daniel, de carácter apocalíptico. Ahora, de nuevo, las atrocidades se repiten (nunca dejan de repetirse). Tras el Gran incendio de Roma en el año 64 d.C., el emperador Nerón usó a la comunidad cristiana como chivo expiatorio para desviar los rumores que lo señalaban como el causante de la catástrofe. El historiador romano Tácito documentó que fueron sometidos a suplicios extremos: muchos fueron devorados por fieras en el circo, crucificados, o utilizados como antorchas humanas vivas para iluminar los jardines del emperador durante la noche. Durante esta purga, sufrieron martirio los apóstoles Pedro (crucificado boca abajo) y Pablo (decapitado) en Roma. Fue un precedente que permitió que otros emperadores posteriores tomaran acciones contra la expansión cristiana.

Con Domiciano la situación empeoró todavía más, fue un monarca autocrático, marginó al Senado y exigió ser tratado como un dios en vida, lo que provocó un régimen de terror basado en purgas, delatores y persecuciones. Adoptó el título de Dominus et deus (Señor y dios nuestro) y ante el temor constante a conjuras, fomentó la red de delatores y ejecutó a numerosos opositores políticos y miembros de su propia familia. Se le atribuye una de las primeras y más severas persecuciones a los cristianos y la condena de intelectuales de la época. De todo ello toma conciencia clara el autor del Apocalipsis. Escribe su obra para desenmascarar el peligro que comportaba para su comunidad la propaganda y opresión del imperio (la religión imperial resultó muy popular en la parte oriental del imperio, sobre todo en Asia Menor, lugar en el cual hay que ubicar, probablemente, el origen del Apocalipsis). Con ella quiere ayudarla también a resistir ante la persecución que, por lo menos a corto plazo, resultaba inevitable. Pero sobre todo lo que el autor quiere impedir con su obra es que los fracasos aparentes en la resistencia frente a la prepotencia del imperio lleven a la comunidad a perder la esperanza. Apocalipsis sería, por tanto, un escrito de resistencia, dirigido contra el Imperio romano, opresor y asesino de los cristianos, la clave encriptada en la que está escrito, como ya era común entre los libros apocalípticos, tenía la finalidad de no ser detectado por el opresor, con el fin extender el mensaje (comprensible entre los iniciados) a la vez que evitar posibles represalias.

El autor del Apocalipsis tiene muy presente la manera en la que Dios, según la tradición del Antiguo Testamento, se ha ido revelando a lo largo de la historia de Israel. Una historia que ha culminado en la muerte y resurrección de Jesús, expresión de una "lógica divina" que ha sido comunicada al ser humano por puro don gratuito de Dios. El autor del Apocalipsis en ningún caso pretende hacer un retrato o una representación de lo que sucederá en los últimos tiempos, lo que hace más bien, es desvelar el velo que oculta el sentido último de la historia, un plan de Dios que ha sido revelado a los hombres, pero del que no podemos saber sus detalles concretos, precisamente porque sin la fe y la esperanza humana no se puede completar el plan divino. Con ello espera poder ayudar a los miembros de su comunidad a no dejarse engañar por las seducciones y amenazas del Imperio Romano. Esta finalidad explica también que el Apocalipsis esté lleno de himnos litúrgicos, unos himnos en los cuales se proclama, por activa y pasiva, que Dios (y Jesús) es el auténtico Señor del mundo y de la comunidad que ha lavado sus vestidos con la sangre del Cordero (Ap 7,14). 

El autor juega con la leyenda popular de la Antigüedad, que afirmaba que Nerón no había muerto realmente, sino que regresaría al poder. Los primeros cristianos vieron en el emperador Domiciano un reflejo exacto de la crueldad y la persecución de Nerón, considerándolo su reencarnación o sucesor espiritual. En pasajes como Apocalipsis 17, 9-11, se describen siete reyes: cinco que ya cayeron (Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón), uno que reina en el momento de la escritura (Vespasiano) y un séptimo que reinará poco tiempo. Esta es una técnica literaria que ya había utilizado el libreo de Daniel o el de Judit, mediante la cual el autor sitúa la acción en una época anterior (reinado de Vespasiano) para camuflar las "predicciones" sobre los horrores del reinado de Domiciano que estaban sucediendo en el presente.

El lenguaje simbólico que utiliza el texto consigue universalizar el mensaje y trascender los hechos concretos de una determinada época para extenderlos a todos los poderes opresores que, sin duda, se repiten y se repetirán. El lenguaje simbólico ayuda a concienciar de que su mensaje es válido para todas las épocas. Esto aparece muy claro en algunos de los simbolismos utilizados por el Apocalipsis y que han sido tomados de la tradición profética y apocalíptica del Antiguo Testamento, aplicados allí a los imperios de turno que amenazaban al pueblo de Israel. Así, por ejemplo, si en Apocalipsis 17 y 18 el autor quiere hablar del imperio romano que persigue a la comunidad, lo hará denominándola "la gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominacios de la tierra" (17, 5), empleando unas imágenes que ya Isaías y Ezequiel habían utilizado para identificar las ciudades opresoras de Israel, sobre todo Babilonia, que se convirtió en símbolo del mal y del peligro de idolatría para el pueblo creyente. Dentro de la misma línea puede denominarla también "la Bestia de la tierra" (Ap 13,lss), aplicándole así los símbolos que en Daniel 7, 4-6 se atribuían a los imperios babilonio, medo y persa. Así subraya que el poder de Roma es como el de los tres imperios juntos. En todo caso, los símbolos con que pinta a la Bestia muestran, por un lado, que ella quiere hacer la competencia al Cordero degollado. Por otro lado, indica también que su poder, en el fondo, le viene del dragón o serpiente antigua, es decir, del diablo (13, 2; 12, 9). Y si la Bestia tiene siete cabezas en Ap 17, 9 nos dirá que dichas cabezas simbolizan "siete colinas" (Roma era conocida en la Antigüedad como la ciudad de las siete colinas) o "siete emperadores", indicando en Apocalipsis 17, 10-11 que está aludiendo a Domiciano, a quien, por su crueldad y persecución de los cristianos, la comunidad aplica la leyenda que suponía que Nerón volvería a la vida y su reino sería aún más horroroso de lo que lo fue la primera vez.

Además, todo el texto del Apocalipsis está plagado de ángeles y demonios, que participan activamente en la lucha entre el bien y el mal. Aunque, en efecto, los autores de la apocalíptica, tengan una visión pesimista de la historia, tratan de confrontar el dualismo del mundo con un doble reto, por un lado alertar a la comunidad de las seducciones sutiles del imperio de turno, y por otro integrar a esa misma bestia dentro del plan divino, haciéndola presente en la lucha que tiene lugar en el interior de cada uno. El combate entre el bien y el mal es una realidad interior y la trascendencia de Dios, con las visiones de la sala del trono divino, destacan la inaccesibilidad y la grandeza de Dios que todo lo gobierna y que está más allá de toda dualidad y polaridad. Por este motivo, Dios puede actuar en el mundo a través de sus enviados (los ángeles), evitando así que las fuerzas del mal (los demonios) acaben triunfando sobre los creyentes. Esta concepción no resultaba nada sorprendente en la época, pues les parecía obvio que todo en el mundo (incluso los vientos, los ríos o las estrellas) estaba impulsado por ángeles.


22 Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, 2 en medio de la calle de la ciudad. Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones. 3 Y ya no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará allí, y sus siervos le servirán. 4 Ellos verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. 5 Y ya no habrá más noche, y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos (Ap 22,1-5).