Y en los postreros días, dice Dios,Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;Vuestros jóvenes verán visiones,Y vuestros ancianos soñarán sueños;18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos díasDerramaré de mi Espíritu, y profetizarán.19 Y daré prodigios arriba en el cielo,Y señales abajo en la tierra,Sangre y fuego y vapor de humo;20 El sol se convertirá en tinieblas,Y la luna en sangre,Antes que venga el día del Señor,Grande y manifiesto; (Hech 2,17-20)
Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras, no os alarméis; porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambre: esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento (Mc 13,7-8).
Pero para comprender mejor el sentido de este maravilloso texto es necesario enmarcarlo dentro del contexto histórico en el que surge el género apocalíptico, un tipo de literatura que es propia de tiempos de crisis y que ya se había desarrollado en anteriores épocas en la historia del pueblo de Israel. El desarrollo de la literatura apocalíptica fue una forma de responder a los constantes asedios e invasiones de los imperios y las culturas extranjeras. Dios establecería su reino en la tierra, puesto que ninguno de los reinos humanos era capaz de ofrecer respuestas. Este problema todavía hoy sigue muy presente en nuestras sociedades, los ciclos históricos temporales parecen engullir a las civilizaciones y pueblos que no se adaptan a la cultura de los países o civilizaciones dominantes, el ciclo de la ley del eterno retorno hace sucumbir a las culturas más débiles y pequeñas frente a un capitalismo que bien podría ser asimilable a esa Babilonia que devoró y que engulló al pueblo de Israel y lo envió al exilio tras la destrucción del templo. Así también las personas se dejan engullir y devorar por los grandes de sus comunidades. Antes que sacar a la luz un conflicto, la tendencia más generaliza y fácil es someterse a un caudillo, a un cacique o a una figura de poder. Resultan muy interesantes los estudios de Freud sobre la psicología de las masas, y la tendencia acomodaticia del ser humano así descrita pro él:
... el sentimiento individual y el acto intelectual personal son demasiado débiles para afirmarse por sí solos, sin el apoyo de manifestaciones afectivas e intelectuales, análogas, de los demás individuos. Esto nos recuerda cuán numerosos son los fenómenos de dependencia en la sociedad humana normal, cuán escasa originalidad y cuán poco valor personal hallamos en ella y hasta qué punto se encuentra dominado el individuo por las influencias de un alma colectiva, tales como las propiedades raciales, los prejuicios de clase, la opinión pública, etcétera. El enigma de la influencia sugestiva se hace aún más oscuro cuando admitimos que es ejercida no sólo por el caudillo sobre todos los individuos de la masa, sino también por cada uno de éstos sobre los demás.
S. Freud, Psicología de las masas.
El movimiento revolucionario mesiánico no podía ser una revuelta de carácter político precisamente porque lo que trataba de liberar era la tendencia del ser humano a refugiarse en nuevos amos. La historia del pueblo de Israel es, sin lugar a dudas, el ejemplo de cómo un pequeñísimo pueblo no solo fue capaz de sobrevivir a los más grandes imperios de los que hoy no queda ya nada (como el asirio, el babilónico, el griego o el romano) sino que, además exportó a todo el mundo una comprensión y cosmovisión ética del mundo que todavía hoy es la base sobre la que se sigue construyendo nuestra civilización.
Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? 11 Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos (Ap 6, 9-11).
Los especialistas sitúan la edición definitiva del Apocalipsis hacia mediados de los años 90, cuando arreciaba la persecución del emperador Domiciano (81-96 d. C.) contra los cristianos. En el año 70 d. C. se había producido la destrucción definitiva del templo de Jerusalén, cumpliéndose la visión profética de Jesús (Mt 24,2), de que no quedaría piedra sobre piedra del templo judío. La conquista de Jerusalén por parte de los romanos hizo aumentar el sentimiento de crisis entre judíos y cristianos. La actitud de los cristianos frente a los poderes políticos romanos había estado marcada por una actitud distante, conciliadora y de respeto al poder (Rm 13,1-7). El Reino que venía a implantar Jesucristo estaba por encima de todo poder terrenal, por eso nunca centró su mensaje en combatir reinos limitados y finitos como los humanos. Y aún habiendo sido condenado a muerte por un conglomerado entre autoridades judías y romanas, nunca los cristianos centraron su mensaje en derrocar, ni al judaísmo ni al Imperio Romano, es más, al contrario que muchas facciones gnósticas que rechazaban el Antiguo Testamento, los cristianos siempre lo integraron en su canon sagrado. Una gigantesca lección de la historia para los pueblos en los que el odio al hermano está profundamente enquistado y la polarización entre los bandos se convierte en único motor de vida.
La respuesta armada, que el pueblo judío ya había experimentado con la Revuelta de los Macabeos, no estaba en el horizonte cristiano. Las atrocidades cometidas por Antíoco IV Epífanes hicieron surgir por un lado el libro de los Macabeos y por otro el libro de Daniel, de carácter apocalíptico. Ahora, de nuevo, las atrocidades se repiten (nunca dejan de repetirse). Tras el Gran incendio de Roma en el año 64 d.C., el emperador Nerón usó a la comunidad cristiana como chivo expiatorio para desviar los rumores que lo señalaban como el causante de la catástrofe. El historiador romano Tácito documentó que fueron sometidos a suplicios extremos: muchos fueron devorados por fieras en el circo, crucificados, o utilizados como antorchas humanas vivas para iluminar los jardines del emperador durante la noche. Durante esta purga, sufrieron martirio los apóstoles Pedro (crucificado boca abajo) y Pablo (decapitado) en Roma. Fue un precedente que permitió que otros emperadores posteriores tomaran acciones contra la expansión cristiana.
Con Domiciano la situación empeoró todavía más, fue un monarca autocrático, marginó al Senado y exigió ser tratado como un dios en vida, lo que provocó un régimen de terror basado en purgas, delatores y persecuciones. Adoptó el título de Dominus et deus (Señor y dios nuestro) y ante el temor constante a conjuras, fomentó la red de delatores y ejecutó a numerosos opositores políticos y miembros de su propia familia. Se le atribuye una de las primeras y más severas persecuciones a los cristianos y la condena de intelectuales de la época. De todo ello toma conciencia clara el autor del Apocalipsis. Escribe su obra para desenmascarar el peligro que comportaba para su comunidad la propaganda y opresión del imperio (la religión imperial resultó muy popular en la parte oriental del imperio, sobre todo en Asia Menor, lugar en el cual hay que ubicar, probablemente, el origen del Apocalipsis). Con ella quiere ayudarla también a resistir ante la persecución que, por lo menos a corto plazo, resultaba inevitable. Pero sobre todo lo que el autor quiere impedir con su obra es que los fracasos aparentes en la resistencia frente a la prepotencia del imperio lleven a la comunidad a perder la esperanza. Apocalipsis sería, por tanto, un escrito de resistencia, dirigido contra el Imperio romano, opresor y asesino de los cristianos, la clave encriptada en la que está escrito, como ya era común entre los libros apocalípticos, tenía la finalidad de no ser detectado por el opresor, con el fin extender el mensaje (comprensible entre los iniciados) a la vez que evitar posibles represalias.
El autor juega con la leyenda popular de la Antigüedad, que afirmaba que Nerón no había muerto realmente, sino que regresaría al poder. Los primeros cristianos vieron en el emperador Domiciano un reflejo exacto de la crueldad y la persecución de Nerón, considerándolo su reencarnación o sucesor espiritual. En pasajes como Apocalipsis 17, 9-11, se describen siete reyes: cinco que ya cayeron (Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón), uno que reina en el momento de la escritura (Vespasiano) y un séptimo que reinará poco tiempo. Esta es una técnica literaria que ya había utilizado el libreo de Daniel o el de Judit, mediante la cual el autor sitúa la acción en una época anterior (reinado de Vespasiano) para camuflar las "predicciones" sobre los horrores del reinado de Domiciano que estaban sucediendo en el presente.
El lenguaje simbólico que utiliza el texto consigue universalizar el mensaje y trascender los hechos concretos de una determinada época para extenderlos a todos los poderes opresores que, sin duda, se repiten y se repetirán. El lenguaje simbólico ayuda a concienciar de que su mensaje es válido para todas las épocas. Esto aparece muy claro en algunos de los simbolismos utilizados por el Apocalipsis y que han sido tomados de la tradición profética y apocalíptica del Antiguo Testamento, aplicados allí a los imperios de turno que amenazaban al pueblo de Israel. Así, por ejemplo, si en Apocalipsis 17 y 18 el autor quiere hablar del imperio romano que persigue a la comunidad, lo hará denominándola "la gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominacios de la tierra" (17, 5), empleando unas imágenes que ya Isaías y Ezequiel habían utilizado para identificar las ciudades opresoras de Israel, sobre todo Babilonia, que se convirtió en símbolo del mal y del peligro de idolatría para el pueblo creyente. Dentro de la misma línea puede denominarla también "la Bestia de la tierra" (Ap 13,lss), aplicándole así los símbolos que en Daniel 7, 4-6 se atribuían a los imperios babilonio, medo y persa. Así subraya que el poder de Roma es como el de los tres imperios juntos. En todo caso, los símbolos con que pinta a la Bestia muestran, por un lado, que ella quiere hacer la competencia al Cordero degollado. Por otro lado, indica también que su poder, en el fondo, le viene del dragón o serpiente antigua, es decir, del diablo (13, 2; 12, 9). Y si la Bestia tiene siete cabezas en Ap 17, 9 nos dirá que dichas cabezas simbolizan "siete colinas" (Roma era conocida en la Antigüedad como la ciudad de las siete colinas) o "siete emperadores", indicando en Apocalipsis 17, 10-11 que está aludiendo a Domiciano, a quien, por su crueldad y persecución de los cristianos, la comunidad aplica la leyenda que suponía que Nerón volvería a la vida y su reino sería aún más horroroso de lo que lo fue la primera vez.
