Priscilianismo



El tiempo de residencia artística de creación en el Coliving artístico de Lugo es el propicio para indagar en el territorio y su historia, e invitarnos, así, al diálogo a través del tiempo, el que profundiza en el sentido y el significado de lo que somos. La visita a la catedral de Lugo ha posibilitado la apertura a un encuentro con mis anteriores estudios en la historia del cristianismo en Galicia y también con otros autores gallegos que han marcado profundamente la comprensión de la identidad cultural de Galicia. La polémica priscilianista se ha puesto sobre la mesa, una polémica que invita al diálogo, al debate, a la reflexión.

Para entender el sentido de la reivindicación moderna del priscilianismo conviene diferenciar entre lo que hoy se entiende por herejía y lo que se entendía por herejía en el siglo IV. A menudo los malentendidos provienen del choque frontal entre dos cosmovisiones, una que pone en el centro a Dios y otra que pone en el centro al dinero. Partiendo de este matiz estructural, comprobamos que hoy el priscilianismo es reivindicado desde algunos sectores ideológicos de manera un tanto artificial, acomodándose más a la realidad actual que a la del siglo IV, en el que se originó y también se disolvió. Las virtudes priscilianistas que tan ideales se muestran a ojos modernos, tales como que enfrentó la opulencia eclesial y que defendió la igualdad entre mujeres y hombres, no tienen un asiento real en el contexto del siglo IV. El concepto de herejía moderno se refiere más bien al rechazo, o la negación de los dogmas de fe ideológicos, mientras que el concepto de herejía medieval se refiere a la negación de los dogmas de fe teológicos. Prisciliano no fue considerado hereje por defender la igualdad entre hombres y mujeres, (defensa que estaba, de hecho, en los propios Textos Sagrados cristianos) sino por negar el misterio de la Trinidad y la Resurrección de la carne.

La significación del reino suevo dentro de la comprensión historiográfica de Galicia se ha movido, a menudo, en una línea confrontativa, por un lado entre las interpretaciones peninsulares más católicas de la figura de Martín de Dumio que están asociadas a un espectro político de derechas, y aquellas interpretaciones que enfrentan a Martín de Dumio con Prisciliano, identificando a este último con una visión más romántica e igualitarista, más afín a una ideología de izquierdas. Esta "ideologización" de la teología estuvo presente, en mayor o menor medida, en casi todos los autores gallegos. Ramón Otero Pedrayo, siguiendo la estela del Rexurdimento y de Manuel Murguía, adopta una postura particular frente a la figura de Prisciliano, considerándolo una pieza clave en la identidad galaica que lo enfrenta a la historiografía española tradicional, la cual solía denostarlo por heterodoxo. Otero Pedrayo busca "salvar" o integrar a Prisciliano dentro de la historia de Galicia, no como un hereje, sino como un símbolo de la disidencia, el celtismo y la peculiaridad espiritual gallega, a pesar de su profunda formación católica. Otero Pedrayo, como antes Murguía, encuentra en Prisciliano ese escollo que lo enfrenta con la historiografía española, este enfrentamiento es, de hecho, una de las cuestiones que más motivó a los autores de esta época. Y aunque Otero Pedrayo tuviera una base católica en su pensamiento, trata de salvar a Prisciliano precisamente para diferenciarse de la historiografía española, haciendo un entrelazamiento entre las figuras de Martín de Dumio y de Tours, en donde hace confluir a Santiago Apóstol con Prisciliano y el reino suevo. El elemento de integración que Murguía había señalado se reflejaba a nivel político en un conflicto entre catolicismo de derechas y priscilianismo de izquierdas. Pero Otero Pedrayo salva estas cuestiones, por un lado poniendo a San Martín de Dumio como el que convierte al catolicismo tanto al rey, como al pueblo, y por otro unificándolo con la figura de Martin de Tours, defensor de Prisciliano, tratando de integrar tanto el elemento identitario nacionalista de Murguía y el más tradicionalista católico.

Es así que, aún a día de hoy, el priscilianismo mantiene esa pátina nacionalista y bucólica por la cual se desliga del contenido teológico y se lleva al campo ideológico. Resulta fácil convencer a los sectores populares cuando se dice, por ejemplo, que los adeptos de Prisciliano rechazaban la jerarquía eclesiástica, se reunían en celebraciones nocturnas en bosques o cuevas y allí bailaban como parte de la liturgia, en la que participaban tanto hombres como mujeres, o que no comulgaban con pan y vino, sino con leche y uvas, aspectos paganos que, de hecho, resultan especialmente atractivos en la actualidad, puesto que el conocimiento de los aspectos teológicos es, en su mayoría, nulo.

También Sánchez Dragó fue un gran defensor de Prisciliano, quien dirigió en Pontevedra, en el año 1981, un congreso dedicado por entero a este personaje: «cabeza visible de una tropilla nómada de predicadores que vindicaban el ayuno, el amor libre, el éxtasis, la magia blanca, el corpus hermeticum de los gnósticos alejandrinos (...), la libertad de interpretación de los textos sagrados, el panteísmo emanista y naturalista, el uso de métodos y sustancias psicodélicas, la vida comunitaria, la igualdad entre hombres y mujeres, la desigualdad entre personas y homúnculos —y en líneas generales— el eterno retorno al cristianismo de los orígenes y la progresiva ascendencia hacia formas impalpables de existencia».

Pero en este blog sabemos muy bien que detrás de lo que uno dice ser, existe una realidad más profunda, una realidad atravesada por la teología. Detrás de quienes se nombran grandes defensores de la mujer encontramos, a menudo, a los más detractores de lo femenino, así también, detrás de los que se dicen grandes defensores de la libertad aparecen los peores esclavistas, y detrás de los que se dicen creyentes, aparecen también muchas personas carentes de fe. Pero no es casualidad que en todas las tradiciones sagradas encontremos un arduo y difícil recorrido, que solo los grandes sabios alcanzan, para llegar a alinear pensamiento y acción. La ideología, sin embargo, cree que es suficiente con colocarse etiquetas. Pero vayamos a ahondar en el transfondo teológico, que es el que le corresponde, para poder comprender si, en efecto, el priscilianismo fue o no una herejía.

Prisciliano fue el primer cristiano en la historia sentenciado a muerte por herejía por el poder civil, un poder civil que, de hecho, tampoco podemos confundir con el poder civil actual, puesto que la figura del Emperador, en la tradición pagana, era considerada divina. Hacemos de nuevo hincapié en la necesidad de recordar que la cosmovisión de este momento histórico estaba estructurada en torno a Dios, por eso los asuntos teológicos eran también asuntos civiles y de importancia vital para el desarrollo y estructuración de toda la sociedad. 

Fue en el año 385 cuando el emperador Máximo ordenó la ejecución de Prisciliano. Tan solo habían pasado 5 años desde que el cristianismo había sido declarado religión oficial del Imperio Romano en el año 380. Era la primera pena de muerte aplicada, en este caso, a un obispo acusado de haber divulgado en Hispania la herejía gnóstica y de haber practicado artes mágicas e inmorales. San Martín de Tours, san Ambrosio y otros obispos se opusieron y condenaron tal determinación imperatorial. La Iglesia todavía no tenía mucho poder y los cristianos, en este momento de la historia, provenían de un contexto de persecución y de marginalidad, por lo que pintar a Prisciliano como un combatiente del poder eclesiástico es un tanto desmedido. En todo caso, lo que caracterizó el cristianismo de esta época fue precisamente la diversidad de herejías que surgieron, tales como el arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo o el macedonianismo, que negaba la divinidad del Espíritu Santo. En este momento del desarrollo cristiano ni siquiera estaban claros los dogmas de fe, pues estos fueron tomando forma precisamente a partir de las herejías y de las diferentes formas en las que el Evangelio era entendido al comenzar a expandirse por el mundo.

Es importante destacar que el cristianismo surgió y se desarrolló en el oriente del Imperio Romano, las grandes proposiciones de carácter teológico nacieron y se forjaron en Oriente, donde había mayor mezcla cultural y los debates teológicos eran más complejos. También las primeras herejías aparecieron en oriente, estrechamente vinculadas a la expansión del cristianismo, intensificándose especialmente a medida que la fe se difundía fuera de Palestina y se integraba en el mundo helenístico durante los siglos II y III. En su expansión, al interactuar con filosofías orientales y griegas, generó diferentes interpretaciones sobre los aspectos fundamentales de la fe, particularmente sobre la naturaleza de Cristo (divinidad y humanidad) y la Trinidad. Ya en el primer siglo aparecieron corrientes como los judaizantes y el docetismo, intensificándose en el segundo siglo con el gnosticismo y el montanismo. Estas herejías funcionaron como un catalizador que impulsó a la Iglesia a definir, articular y consolidar sus creencias (dogmas) a través de los primeros concilios, como el de Nicea en el año 325. Durante los últimos años del siglo III, el emperador Diocleciano había dividido en dos secciones el Imperio Romano, para mejorar su administración y frenar la crisis, creando la T
etrarquía (dos Augustos y dos Césares), aunque la división final y definitiva llegaría con Teodosio en el 395 d.C. El concilio de Nicea responde a la aparición de una herejía que tuvo mucha fuerza en la historia del cristianismo y que incluso sobrevivirá durante siglos después del concilio. Se trata del arrianismo, una herejía anti trinitaria. Arrio era un presbítero del clero del patriarcado de Alejandría, de origen libio, y había sido estudiante en la escuela teológica de Antioquía, lo cual le permitió tener una visión considerable de la teología cristiana del siglo III. Arrio va a presentar una doctrina en la que se llega a concluir que el misterio de la Trinidad no es tal, es decir, que no tendría fundamentación en la Revelación, y por tanto él considera erróneo decir que hay un solo Dios en tres personas diferentes. Arrio señalaba que el Logos del Padre, el Verbo de Dios, no podía ser de la misma sustancia que el Padre, sino que el Hijo carecía de la divinidad del Padre y por tanto tenía un rango menor. Gracias a las herejías, el cristianismo experimentó un enorme crecimiento, no en vano, también ha sido el cristianismo quien más valor ha dado al error como medio de aprendizaje y conocimiento. Muchas de estas herejías surgen, en los primeros años del cristianismo, precisamente por querer saber, y por querer saber se llegó a una mayor profundización y clarificación de la fe cristiana. Arrio niega la divinidad de Jesús pero también hubo otras herejías que negaron la humanidad de Jesús, el llamado monofisismo, que en el siglo V concluye que la naturaleza humana queda subsumida por la divina, de hecho aún en la actualidad hay iglesias en oriente que se rigen por esta doctrina monofisista. También el docetismo es una herejía anterior a Arrio, que afirmaba que Jesús no había tenido un cuerpo humano, y que los discípulos habían tenido una visión de un cuerpo aparente. El docetismo tiene sus raíces en la doctrina gnóstica, que es también la de Prisciliano, la cual le daba una mayor fuerza a la dimensión espiritual en detrimento de la realidad corpórea. Consideraba que el cuerpo era pecaminoso, malo, y que había sido creado por un Dios dualista, principio del mal. El dios bueno era el que creaba el espíritu y el dios malo el que creaba el cuerpo, una especie de demiurgo que había alterado los planes de Dios, de manera que el alma quedaba prisionera del cuerpo. Por eso no era concebible que Dios tuviera un cuerpo, es así que se consideró la realidad corpórea más como un símbolo que como una realidad.

Prisciliano era de noble familia, rico, frugal y asceta, bien dotado intelectualmente, amigo de novedades, aficionado a las artes mágicas y divulgador en Hispania del gnosticismo.
Muy posiblemente era originario de Lusitania o de la Bética, como lo eran también Instancio y Salviano, los dos primeros afines a su causa y compañeros inseparables de Prisciliano, obispos de sedes lusitanas, próximas a la ciudad de Ávila. Nada permite afirmar su ascendencia gallega, y mucho menos iriense como proponen algunas fuentes de forma infundada. Solo Próspero de Aquitania (390-455) le designa Priscillianus episcopus de Gallaecia, pero Próspero, que no es coetáneo de Prisciliano, parece referirse de un modo genérico a la fase de difusión del priscilianismo en Gallaecia romana, de la que Prisciliano nunca fue obispo en ninguna de sus sedes, pues la ciudad de Ávila romana, siempre perteneció, desde Diocleciano y Constantino, a la provincia administrativa Carthaginensis y a la metrópolis eclesiástica de Toletum, aunque si pudo tener influencia de movimientos lusitanos. Incluso, como sugieren algunos autores es probable que Prisciliano nunca estuviera en Galicia en vida. Sus ideas tuvieron amplia resonancia en el sur de la península y en toda Hispania. El gnosticismo de Prisciliano consideraba la materia como origen del mal y pecaminosa, lo que le llevaba a la negación del cuerpo y de la resurrección, y por tanto no aceptó la naturaleza humana de Cristo. Las fuentes antiguas dan algunos rasgos importantes de la personalidad ascética de Prisciliano, como que renunció a sus riquezas, que llevó vida pobre, que fue de una extraordinaria sobriedad, resistencia al hambre, a la sed y al sueño y que vestía pobremente, señales todas de un gran ascetismo, que en los medios rurales y pobres de Lusitania y Galicia debió impresionar profundamente a los habitantes. Estas prácticas parecen coincidir con la forma de vida de los esenios, de la cual hemos hablado en anteriores entradas. Prisciliano debió ser un hombre de atractivo personal no común, con habilidad para persuadir, como en general fueron los fundadores del monacato: San Antonio, San Pacomio, San Simeón, San Efrén, etc. Predicaba su ascetismo como doctor laico itinerante y encontró seguidores en otras diócesis, de donde eran obispos Instancio y Salviano. Según nos dice José María Blazquez, se ha supuesto que estas diócesis podían ser las de Coria y la de Salamanca, estando ya por entonces la de Ávila ganada para esta corriente rigurosa de ascetismo. Pero el nombramiento de Prisciliano como obispo de Ávila fue ciertamente irregular y coincide, casualmente, con las mismas prácticas que él, aparentemente, criticaba. Prisciliano fue nominado por la vía rápida, obispo de Ávila, creada exprofeso para él, haciéndolo por encima, según Henry Chadwick, de algunas normas de la ordenación del derecho canónico, pues como seglar y asociado al movimiento maniqueo, Prisciliano estaba incapacitado para el sacerdocio y más aún para el obispado; sin embargo pasó en un instante de seglar a obispo.

En un primer período más mundano Prisciliano se alimenta de textos Apócrifos, en los que el trasfondo maniqueo o gnóstico es la característica principal, aunque progresivamente, y para ser aceptado en la ortodoxia cristiana, se inicia en la lectura de los Textos Sagrados. No es conocido el nombre del maestro que inicia a Prisciliano en el estudio de las Sagradas Escrituras y en la interpretación alegórica, en la que muchas figuras preclaras del judaísmo y del cristianismo habían aterrizado, tales como Filón y Orígenes, Cirilo de Alejandría, Gimeno de Cirene, San Atanasio, Dídimo el Ciego, Eusebio de Cesarea, Cirilo de Jerusalén, Macario de Magnesia y Teodoreto de Ciro, por no citar más que autores del siglo IV o de comienzos del siguiente. El tratado sexto de Prisciliano defiende la interpretación espiritual del Antiguo Testamento, al igual que muchas tendencias gnósticas, rechaza el contenido literal e histórico del Antiguo Testamento, escollo que parece ser piedra común entre las tendencias, también ascéticas, de Lutero y el protestantismo. Prisciliano no logró nunca un gran conocimiento teológico, sino más bien buscó en la Biblia una justificación al tipo de ascetismo que predicaba, algo que tampoco difiere mucho de lo que hizo Lutero. Fue precisamente a través del ascetismo y de su atractivo para convencer a las personas, como consiguió hacerse con apoyos importantes y la suficiente autoridad religiosa como para lograr seguidores entre dos obispos, acompañados por su clero, y entre la capa superior de la sociedad hispana.

Poco a poco Prisciliano se convirtió en un reformador de las costumbres, que atraía a su ideal ascético a un número grande de gentes. Antes había intentado cambiar las costumbres del episcopado; ahora procuraba infiltrar el ascetismo en el mayor número de miembros de la comunidad cristiana, para lo que encontró en la situación económica y social de Lusitania y de Galicia un caldo de cultivo extremadamente favorable. Y, aunque sus prácticas ascéticas pudieran no ser muy diferentes de las ortodoxas, lo que sí difería era su comprensión teológica. La importancia dada al ayuno, a la oración, a la limosna, a los salmos, a los himnos y a las canciones acercaban el priscilianismo al maniqueísmo, aunque todos estos aspectos se daban también en la ortodoxia más rigurosa, por eso, la clave de los aspectos heréticos de Prisciliano está en su escasa comprensión teológica de los misterios de la fe católica. Así sucede también hoy entre quienes se vuelven defensores de un supuesto contenido esotérico y oculto en la numerología o los astros, prefieren refugiarse en secretos no aptos para la mayoría precisamente porque niegan los misterios fruto de la Revelación (éstos sí verdaderamente esotéricos) de la teología ortodoxa, tales como la Trinidad, la Resurrección de la carne, o el don de la gracia por el Espíritu Santo. El dualismo gnóstico que estuvo en la base de estas tendencias falsamente esotéricas, ve una confrontación entre cuerpo y alma, motivo por el cual, promulga unas prácticas ascéticas criticadas por la ortodoxia precisamente por no ser éstas últimas fruto de la gracia y más de la imposición legal y el rechazo del cuerpo. Este es el motivo por el cual es comprensible que Prisciliano fuera acusado tanto de exaltar el celibato y el ascetismo extremo como al mismo tiempo, de entregarse a orgías sexuales y a la lucha dualista que le llevó a rechazar el misterio de la naturaleza corporal y humana de Jesús, así como el concepto de la Trinidad.

Podemos ver que también la Iglesia cayó muchas veces en los errores de Prisciliano pues, ciertamente, el rechazo de la naturaleza corporal ha sido una tónica habitual en la historia de la humanidad que todavía hoy se observa en la sociedad. Motivo por el que, con más razón, se deben proteger los dogmas de la Trinidad y la Resurrección, sin ellos también hoy el núcleo espiritual cristiano se corrompe con facilidad. La diferencia entre una vocación verdaderamente ascética (fruto de la gracia) y otra fruto de la retracción de la líbido (a partir de un rechazo del mundo exterior), fue esclarecida a partir de los estudios que hizo Freud sobre el narcisismo primario y el secundario, y fue también este punto el que motivó la ruptura entre Freud y Jung. Mientras Jung, para explicar el proceso de retracción de la libido, lo identifica con la psicología de un anacoreta ascético, Freud, más libre de prejuicios, entiende que no necesariamente un anacoreta tendría que tener alguna patología en ello. Así lo describe:
Inapropiada comparación, incapaz de llevarnos a decisión alguna, según lo enseña esta reflexión: un anacoreta así, que «se afana en desarraigar todo rastro de interés sexual» (vale decir, sólo en el sentido popular de la palabra «sexual»), ni siquiera tiene que presentar necesariamente una colocación patógena de la libido. Pudo haber extrañado enteramente de los seres humanos su interés sexual, sublimándolo empero en un interés acrecentado por lo divino, lo natural, lo animal, sin que ello le hiciera caer en una introversión de su libido sobre sus fantasías ni en un regreso de ella a su yo. Parece que esta comparación desdeña de antemano el distingo posible entre un interés procedente de fuentes eróticas y otras clases de interés.

Sobre este tema hemos tratado en otra entrada a la que remitimos para no desviarnos ahora de nuestro tema. 

San Agustín llama a los seguidores de Prisciliano “mentirosos herejes” que “hacen de la mentira un dogma” (contra mend., 1, II c. 19) y al priscilianismo como una “cloaca” a la que han ido a parar todas las herejías. También San Martín de Dumio combatió la herejía prisciliana y desde luego es del todo absurdo identificar a Martín de Dumio con una ideología de derechas. Tal concepto no existía ni de lejos en la época en la que él vivió. Sin embargo los testimonios que nos dan sobre él sus contemporáneos son bien distintos. Martín de Dumio fue considerado por san Isidoro de Sevilla y san Gregorio de Tours como el hombre letrado más importante de su tiempo, el último escritor de la Antigüedad en España. Y lo cierto es que no hace falta más que leer los consejos que le da al rey Miro de Galicia en la obra "Como llevar una vida honesta" (traducida recientemente al gallego por el Consello da Cultura Galega), para comprobar que, en efecto, su base intelectual es bastante más profunda que la de Prisciliano:

"Que non te mova a autoridade do que fala nin atendas por quen é, senón polo que di, nin penses a cantos senón a cales agradas. Busca o que pode atoparse, aprende o que pode saberse, desexa o que podes desexar diante de todos e non te apliques a algo demasiado elevado para ti, de xeito que só con manterte en pé esteas a tremer de medo e, se descendes, des en precipitáreste ao baleiro."

El priscilianismo caló entre la gente pobre y humilde pero también entre la aristocracia y las clases más pudientes. El proletariado podía encontrar una evasión a su desastrosa situación económica en el movimiento priscilianista, a lo que se unen la autoridad espiritual de los patronos ejercida sobre él y las tendencias mágicas y astrológicas que hubo en este movimiento, vinculadas con los cultos astrales, a los que fueron tan inclinados los pueblos del noroeste y de Lusitania.

Recogemos a continuación algunos textos extraídos del estudio que hace José María Blázquez Martínez: "Prisciliano, introductor del ascetismo en Hispania, Las fuentes. Estudio de la investigación moderna"

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En la Península el clima de exaltación religiosa era grande en los años de Prisciliano, como lo prueba el hecho contado por Sulpicio Severo en su Vita Martini (29, 1) de que un joven, que alcanzó gran autoridad haciendo prodigios, decía que era Elías. Una gran multitud le creyó y se proclamó Cristo. El engaño llegó a tal punto que un obispo, de nombre Rufo, le adoró como si se tratase de Dios, por lo que fue arrojado del episcopado. Hacia el año 383, Filastro, obispo de Brescia, en un libro suyo que trata sobre diversas herejías, afirma que «hay herejes en la Galia, en Hispania y Aquitania, que son a manera de abstinentes. Siguen la perniciosa secta de los gnósticos y maniqueos y no dudan en predicar sus doctrinas. Con sus consejos separan a los esposos y profesan una abstinencia, que ha sido concedida por Cristo a los hombres, como gracia, no impuesta por precepto legal, sino sólo para hacerlos avancen en el camino del cielo y elevar su dignidad... Hacen esto a fin de que, [-89→90-] despreciando poco a poco los alimentos, lleguen a la idea de que son malos y de esta suerte sostienen que no han sido proporcionados al hombre por Dios, para su sustento, sino que son obra del diablo».

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El pensamiento de Toribio sobre las creencias de los priscilianistas es el siguiente,
según el resumen de H. Chadwick:
«1. Los priscilianistas niegan la verdadera doctrina de la Trinidad y son sabelianos o patripasianos. (Esta acusación aparece en el Commonitorium de Orosio.)
»2. Dicen (con los arrianos) que ciertos poderes («virtutes») que proceden de Dios no son poseídos por Dios desde el principio, ya que su esencia es anterior a ellos. (Esta acusación sobre la existencia de emanaciones divinas no aparece en ningún otro sitio.)
»3. Dicen que el Hijo de Dios es el «solo-engendrado», porque sólo El ha nacido de una virgen. (Esta acusación aparece en el Indiculus 16, y puede estar conectada con la doctrina de que Cristo no es engendrable, «innascibilis».) [-91→92-]
»4. Ayunan en la Natividad de Cristo y en el Día del Señor (cf. canon 4 de Zaragoza, 380).
»5. Dicen que el alma humana es de sustancia divina (también en el Commonitorium de Orosio y en la retractación de Dictinio en Toledo, 400).
»6. Condenan el matrimonio y la procreación (cf. canon 1 de Zaragoza; Filastrio, 84; Agustín, Haer. 70).
»7. Dicen que el demonio no es un ángel caído, sino que surgió del caos y de la oscuridad.
»8. Dicen que el demonio forma los cuerpos humanos (cf. Orosio).
»9. Dicen que los «hijos de la promesa» son nacidos de mujer, pero concebidos por el Espíritu Santo (cf. Indiculus 16).
»10. Dicen que las almas encarnadas fueron previamente incorpóreas y pecaron en el cielo, cayendo después y siendo aprisionadas por los poderes aéreos y sidéreos en diferentes clases de cuerpos (cf. Orosio).
»11. Creen en el sino astral (cf. Orosio).
»12. Asignan las partes del alma a los patriarcas y las partes del cuerpo a los signos del Zodíaco (cf. Orosio).
»13. Afirman que hay que acoger el conjunto de las escrituras bajo los nombres de los patriarcas, como símbolo de las doce virtudes que colaboran en la reforma del hombre interior. (Esta doctrina no está recogida en ningún otro sitio.)
»14. Colocan las partes del cuerpo bajo el control de las estrellas y de los signos del Zodíaco (cf. núm. 12 y Orosio).
»15. Desvirtúan los códices de la Biblia y leen apócrifos atribuidos a los apóstoles. (La acusación de desvirtuar los textos bíblicos aparece aquí por primera vez.)
»16. Admiran en gran manera el libro de Dictinio, aunque fue condenado por su mismo autor (cf. las "Actas de Toledo", 400).»
Algunas acusaciones coinciden con otras fuentes de información. Así, la acusación, como señala Chadwick, de creer que el demonio no era en principio un ser creado por Dios y que los cuerpos humanos son de formación diabólica, se encuentra como típica de los maniqueos en el Tractatus V, p. 63, 21. La proposición 9 es muy parecida al final del VI tratado. La teoría priscilianista de que los límites del canon bíblico son un misterio, que se explica por principios numerológicos, se encuentra en el primero y tercero de los tratados. Lo mismo veía en los patriarcas. Toribio, según el sabio inglés, conserva en este punto una auténtica noticia priscilianista: la creencia de que los patriarcas simbolizan también las doce virtudes, que logran la reforma del hombre interior, se repite en un documento chino de teología maniquea.

Acerca del priscilianismo en el reino suevo y su posterior erradicación por parte de Martín de Dumio/Braga traemos este texto extraído de este blog especializado en la ruta jacobea.

En el momento en que Galicia pasa a ser invadida y dominada por los suevos, el movimiento priscilianista encuentra cobijo en esta Gallaecia sueva y rural, menos romanizada y en cierto modo aliándose al paganismo gallego prerromano aún existente. No toda Gallaecia era priscilianista como algunos proponen; el gallego Orosio en el 414 escribe un alegato dirigido a San Agustín, en contra del priscilianismo, e Hidacio obispo de Chaves (Orense) en el 433 luchó abiertamente contra el priscilianismo que consideraba una secta blasfema y perniciosa, y algo después, hacia el 445, Toribio de Astorga, un tiempo ausente, al retornar a su sede lucha abiertamente para erradicar la que considera peligrosa herejía priscilianista. Carmen Cardelle de Hartmann en “Ortodoxos y priscilianistas en la época sueva”, sitúa a Pastor y a Siagrio en las sedes de Iria y Aquis Celenis—, supone que Agrestio de Lugo era ortodoxo pero partidario de la coexistencia con los priscilianistas, y que la ordenación de Pastor y Siagrio, dos activos adversarios del priscilianismo, representan el intento de otros obispos más duros de imponer en el distrito de Agrestio una política anti-priscilianista más decidida. Conviene citar esto porque suele creerse que toda Galicia asume el priscilianismo como algo autóctono, lo que está lejos de la realidad, pues la iglesia galaica estaba fraccionada en un cisma irreconciliable en que en las ciudades como Lugo, Orense, Astúrica Augusta, Iria Flavia, Aquis Celenis… no viven los suevos y no ejercen su poder ni su administración, y sigue vigente la estructura, la legislación y el orden romano, sus gentes eran hispano-romanos, y sus obispos ostentaban el poder romano y la iglesia oficial contraria al priscilianismo que no obstante puede prosperar porque el dominio suevo lo permite, pero centrándose en las áreas rurales. Con Requiario el reino suevo abraza el catolicismo parece que instado por Valconio de Braga, verosímilmente tras un concilio local católico celebrado en Caldas en el 447 que condena el priscilianismo. Galicia es dominantemente católica y el priscilianismo queda recluido aún más a zonas rurales donde desaparecen aspectos doctrinales y perduran solo aspectos costumbristas de corte ascético. El priscilianismo pervive ciertamente en Galicia, pero más que una larga y activa pervivencia habría que hablar más bien de una lenta desaparición ante el aislamiento y la permisividad sueva, hasta su plena desaparición gracias a la labor de san Martín de Braga y San Andrés de Iria, que supieron, sobre todo el primero, conciliar los postulados de la Iglesia oficial, con el paganismo local, los movimientos ascéticos y los de los propios priscilianistas ya muy amortiguados, hasta que en el segundo concilio de Braga de 572, presidido por el propio Martin de Braga, se informa que no queda rastro del priscilianismo ni del paganismo y se acaba de configurar el Parroquial Suevo nacido en el concilio de Lugo del 569, cuando los suevos han adoptado el catolicismo.