Castro de Viladonga en Lugo
Es habitual encontrarnos, hoy en día, con relatos que se extienden como la pólvora entre la población e instalan ideologías maniqueas, por ejemplo, a partir de ideas tales como que la espiritualidad pagana tenía un carácter horizontal, sincrética, vivencial, centrada en la naturaleza (romantizada) y no impositiva, a diferencia de una espiritualidad cristiana sostenida en dogmas, verticalidad e imposición. Sin embargo, al indagar en la historia, los matices de colores que surgen entre el blanco y el negro, propio del pensamiento polarizado, enriquecen enormemente la cuestión.
El Imperio Romano fue el contexto social de Jesús, de sus discípulos y de los misioneros que expandieron el Evangelio a través de las calzadas y vías romanas que conectaron a toda Europa con oriente. Fue sucesor del imperio helenista, y también su heredero, pues no siempre sucede así, hay imperios que arrasan con todos los vestigios de quienes les han precedido. Roma es el paradigma clásico de la continuidad histórica. En lugar de arrasar con el mundo helenístico al que conquistó (un proceso que culminó con la anexión de Egipto en el 30 a.C.), Roma actuó como su gran conservadora y transmisora. Quedó fascinada por su cultura, adoptando su filosofía, su mitología, sus cánones artísticos y su lengua, logrando la célebre síntesis conocida como cultura grecorromana. Esta misma integración cultural es la que se desarrollaría en el seno del cristianismo entre judaísmo y helenismo, que daría lugar, más tarde, a la expansión territorial de la cultura católica.
Pues bien, en el caso de la tradición celta (que es la propia de occidente), hay estudios que hoy nos dan una visión un poco más amplia y de una antigüedad mayor a la supuesta hasta ahora. Resulta complicado indagar en los orígenes de esta tradición, aunque a la vez, resulta evidente que existen pruebas de ella en todos los pueblos europeos. Se establece el comienzo de esta cultura en un contexto del intercambio comercial de las costas atlánticas europeas, probablemente en los finisterres atlánticos y sus inmediaciones, donde florecen por un lado el destino comercial británico como proveedor de estaño, y el mundo Tartésico en el suroeste de la península ibérica donde florece un reino que atrajo el interés de los fenicios y los griegos. A finales de la Edad del Bronce suceden cambios que nos dejan indicios que nos hablan de la decadencia de la parte suroccidental del comercio atlántico y se produce una intensificación de las relaciones comerciales y culturales entre el occidente atlántico insular y centro Europa cuando llegan las influencias de gentes del continente a las islas, sobre todo a la futura Britania. Los intercambios culturales y económicos estuvieron estrechamente vinculados a las rutas marítimas y a la explotación estratégica de los recursos, de lo cual ha quedado constancia en gran parte de las producciones literarias de los relatos de transmisión oral celta.
Los relatos de navegación prodigiosa en la tradición celta pertenecen al género literario de los immrama. Estas epopeyas marítimas cuentan cómo héroes o monjes navegaban hacia el oeste, encontrando islas fantásticas, el Otro Mundo y la tierra de los muertos. En la cosmología celta el mundo de los muertos es una dimensión paralela, en estas tierras más allá del horizonte no existe el dolor, el hambre ni la vejez, el tiempo se detiene y está gobernado por deidades como los Tuatha Dé Danann. Se creía que estas islas paradisíacas flotaban en el océano occidental, a menudo alcanzables tras cruzar una niebla mágica. El "Más Allá" de la cosmología celta coincide con la descripción del paraíso que se relata en el Génesis, aunque en una se relata como origen y en otra como destino o final. Esta coincidencia no es del todo casual. Gran parte de lo que hoy se conoce sobre la cosmología celta proviene de los monjes copistas medievales de Irlanda y Gales. Al poner por escrito la tradición oral, estos monjes entrelazaron la cosmovisión cristiana y bíblica con los antiguos mitos paganos, anteponiendo el nivel espiritual trascendente sobre el inmanente, de ahí que el celtismo integrado en el cristianismo pueda sobrevivir en el tiempo, más allá de la actividad de las rutas marítimas, el trabajo de la tierra o los intercambios comerciales.
Resulta fácil comprobar que uno de los legados más duraderos de Roma fue, sin duda, la lengua, no en vano se ha definido muchas veces a los idiomas romances como latinos mal hablados. La abundancia de textos latinos escritos sobre piedra de época romana indica una voluntad de dominio territorial basada en la expansión de la cultura y de la lengua, herramienta del imperio y aliada de la paz. La epigrafía latina fue el vehículo propagandístico y administrativo más eficaz de Roma. Al grabar leyes, decretos y monumentos en piedra, el Imperio no solo marcaba el territorio físicamente, sino que imponía una mentalidad jurídica y cultural unificada que cimentaba la llamada Pax Romana. La piedra convertía las leyes, el culto imperial y los edictos en elementos inalterables del paisaje. El uso del latín y del derecho romano asimilaba a las élites locales y normalizaba la administración en todas las provincias. En la romanización de la península, el dominio se ejerció a través de los centros urbanos (mucho más jerarquizados que los rurales), las legiones, la construcción de calzadas y el control fiscal.
En el noroeste de la península no desaparecieron las creencias anteriores, este fue un proceso que no terminó ni siquiera a finales del Imperio (al igual que sucedió posteriormente con el cristianismo). Muchas divinidades se agregaron al panteón local, como por ejemplo Marte, la asimilación más común para las belicosas deidades locales del noroeste, o Júpiter, dios del rayo y señor del cielo, que fue asociado con antiguas deidades celtas de las alturas, surgiendo advocaciones locales como Iupiter Candamius en la órbita astur-galaica. Mercurio, considerado en el mundo clásico como dios de los caminos y el comercio, fue el equivalente romano adoptado para el dios local Eiduorio, patrón de los caminantes. Lo más característico de la religiosidad que surge tras la romanización, es la supresión de los dioses prerromanos ligados al poder político, religioso o militar, y la conservación de los dioses protectores de la salud, la fecundidad, la fertilidad de los campos, el comercio o la virtud salutífera de las aguas, es decir, los que no suponían un impedimento para el control del territorio por parte de Roma.
En el noroeste de la península ibérica la religión fue un indicativo del mayor o menor grado de asimilación y resistencia por parte de las comunidades indígenas a la romanización, así como la diversificación propia del mundo rural frente a la unidad territorial de la polis. Roma no tenía interés en erradicar creencias o cultos indígenas, como tampoco en cambiar su estructura social, su vocación se centraba en el control de recursos (impuestos, reclutamiento militar, rutas comerciales) y la sujeción de territorios a su dominio, por eso, el culto al emperador y los rituales cívicos de sometimiento a la ley de la polis eran una forma de garantizar la unidad el Imperio. No le importaba que se ofrecieran sacrificios o culto a los dioses de la naturaleza, siempre y cuando se pagaran tributos y se reclutara fuerza suficiente de trabajo para engrosar las legiones y para construir las grandes infraestructuras que nos han legado.
La romanización de la península fue mucho más rápida, profunda e intensa en la costa mediterránea y los valles fluviales (como el Ebro) gracias al contacto previo con otras culturas mediterráneas y a su valor estratégico para Roma. La cultura romana se extendía conjuntamente con los intereses comerciales de Roma, demorándose en llegar a aquellos lugares de menor importancia estratégica para la economía del Imperio. Roma basaba su dominio en la creación de ciudades (civitates) que actuaban como focos de cultura. En el norte no existían centros urbanos previos, por lo que el proceso civilizador fue tardío, dependiendo casi exclusivamente de campamentos militares y fundaciones tardías (como Asturica Augusta o Lucus Augusti).
Es así que la penetración en la meseta y el norte peninsular fue mucho más lenta, donde la cultura celtíbera estaba bien asentada. Además, los pueblos cántabros, astures y galaicos ofrecieron una feroz resistencia armada. Para dominarlos, Roma tuvo que mantener una fuerte presencia militar. La aculturación en el norte nunca fue tan completa; el Imperio se centró sobre todo en explotar sus recursos mineros (como el oro en Las Médulas) sin lograr transformar por completo la sociedad indígena. El impacto histórico es evidente: el sur y el levante se convirtieron en las regiones más prósperas (llegando a exportar emperadores como Trajano y Adriano), mientras que el norte mantuvo elementos culturales, jurídicos y lingüísticos prerromanos mucho más arraigados.
Pero es necesario establecer diferencias entre las particularidades de la religiosidad celta y la romana. Primero de todo, la religiosidad celta no es extrapolable a la pagana de Roma, aunque teológicamente sí puedan englobarse en el mismo saco. Existe una cosmovisión propia entre los celtas diferente a la de Roma, aunque con una base común. La religión de Roma tiene un carácter fuertemente urbano, ligado al mundo público y a la polis, las comunidades de los primeros cristianos nacieron, de hecho, en estos entornos urbanos, motivo por el cual surgió el término pagano para denominar al conjunto de creencias que no pertenecían ni al cristianismo ni al judaísmo y estaban asociadas a entornos rurales. El término pagano (en latín paganus, significa 'campesinado', 'rústico', 'de aldea' o 'de pago') se utiliza por primera vez a principios del siglo V como apelativo para indicar a los adoradores de los dioses griegos, romanos o de otros pueblos del Imperio, fruto de esta identificación con lo rural ha llegado hasta nosotros una tergiversación un tanto conflictiva que conviene aclarar.
La religiosidad celta está vinculada al mundo agrícola, por eso el dios Marte asimilado entre las comunidades indígenas tiene un carácter guerrero asociado a la caza y a la agricultura, mientras que los soldados de las legiones romanas no tenían ningún vínculo con la agricultura. Para las comunidades prerromanas, la guerra estaba íntimamente ligada a la defensa de sus tierras, cultivos y ganado, función que, por otro lado, no deja de ser la misma que dio origen a este dios en la Roma arcaica. Marte era fundamentalmente un dios de la agricultura, la naturaleza y la protección de los campos contra plagas y esterilidad, pero a medida que Roma se convirtió en una potencia militar, la faceta guerrera de Marte eclipsó a la agraria, convirtiéndose en el patrón de las legiones. No obstante, las antiguas plegarias para proteger las cosechas (como las registradas por Catón el Viejo) perduraron a lo largo de los siglos. En el norte de la península se produjo la fusión de Marte con Tileno (relacionado con el dios astur Tileno) o deidades como Cossus y Lugus. Estos dioses tenían un marcado carácter protector de la comunidad, la fertilidad y los ciclos agrarios. Este es el motivo por el cual el cristianismo denominó paganas a todas estas prácticas, pues, en efecto, todas ellas confluyen en la vinculación de sus dioses a la naturaleza y a la economía local. A medida que se modificaba la relación con la naturaleza o la actividad económica, se modificaba también la relación con los dioses.
El monoteísmo surgido en Oriente Medio desvincula lo sagrado de la naturaleza y de la economía local, introduciendo una espiritualidad trascendente y ética regulada por la Torá, en la que la actividad económica no define la voluntad divina. A diferencia del politeísmo (donde cada dios controla un aspecto material como la lluvia, la guerra o la agricultura), el monoteísmo abrahámico elimina las deidades funcionales locales basadas en intereses y beneficios materiales. El Dios único trasciende el mundo físico y no necesita ofrendas de mantenimiento asociadas a la producción económica, es decir, el Dios trascendente no responde a la lógica de la retribución, una lógica que está, de hecho, metida profundamente hasta la médula en la constitución humana (motivo por el que también ha contaminado al cristianismo). Se trata de la idea de que la obediencia o las buenas acciones "compran" o generan el favor divino (bendiciones, prosperidad), mientras que el pecado o el mal atraen el castigo. En esta lógica, las acciones humanas determinan la respuesta de lo sagrado. Es la lógica que el monoteísmo hebreo, y por ende también el cristianismo, enfrentó de manera radical. La ética independiente de la economía: al separarse de las fuerzas de la naturaleza, la espiritualidad se fundamenta en valores universales y morales. El ser humano rinde cuentas por su ética (la justicia, el amor), no por el éxito de sus cosechas o su actividad mercantil específica.
Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? 28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; 29 pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. 30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? 31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? (Mt 6,25-31)
Es así que, aún siendo diferentes (por estar vinculadas al tipo de actividad económica y al territorio), el paganismo celta y el greco-romano presentan una esencia teológica común.
Una característica común, tanto en los cultos celtas como en los indoeuropeos, es la estructura tripartita, una división social y mítica entre soberanía/sacerdocio, guerra y fertilidad/producción. Estos tres ejes, en torno a los que se circunscribía la espiritualidad de la tradición occidental son, a su vez, los que marcan el orden jerárquico de toda tradición. Es evidente lo conflictivo de ese frágil equilibrio entre soberanía y sacerdocio, o entre poder terrenal y poder espiritual. Un conflicto al que ya la tradición judía se había enfrentado en los tiempos de la diáspora y del que surgieron libros como el de Daniel o el de los Macabeos (no aceptado por el canon judío pero sí por el cristiano). En la esperanza mesiánica que se dió como respuesta a estos conflictos, surge un aspecto guerrero atribuido al mesías que hizo que muchos seguidores de Jesús guardaran esperanzas de revolución política y enfrentamiento al poder de Roma. Estos anhelos pervivieron en el pueblo judío, sobre todo en los que vivían en Palestina, pues el judaísmo de la diáspora había sido mucho más permisivo con la mezcla y el enriquecimiento fruto del encuentro con la cultura helenista. Ese encuentro es también el propio del cristianismo, en donde, paradójicamente, la esencia monoteísta hebrea se conservó incluso mejor al verse enriquecida por los conceptos filosóficos del helenismo.
Los orígenes de casi todas las tradiciones religiosas se encuentran en los contextos vinculados a la tierra, la actividad agrícola, de extracción de recursos o intercambio comercial y cultural. Las actividades cotidianas y de supervivencia eran fundamentales para la comunidad, lo que dio paso a la creación de rituales. Estas prácticas repetitivas buscaban asegurar el éxito de las labores, apaciguar el clima, garantizar las lluvias o agradecer la fertilidad de la tierra. A través de la repetición generacional y la necesidad de darle un sentido sagrado o explicativo a estos ritos, surgieron los mitos, que sirvieron para entender el orden cosmológico y divino, y en los que descubrieron que dicho orden iba mucho más allá de la vida terrenal y sus necesidades. Es en el judaísmo en donde se produce esta radical transformación, llevando el sentido de lo sagrado mucho más lejos y trascendiendo la necesidad de abundancia de las cosechas para preguntarse por el sentido de la libertad humana. Acerca de cómo las fiestas y rituales vinculados a las cosechas originaron el contenido de la Pascua judía (y también la cristiana) y su búsqueda de libertad hemos hablado en otra entrada.
Los relatos de navegación prodigiosa en la tradición celta pertenecen al género literario de los immrama. Estas epopeyas marítimas cuentan cómo héroes o monjes navegaban hacia el oeste, encontrando islas fantásticas, el Otro Mundo y la tierra de los muertos. En la cosmología celta el mundo de los muertos es una dimensión paralela, en estas tierras más allá del horizonte no existe el dolor, el hambre ni la vejez, el tiempo se detiene y está gobernado por deidades como los Tuatha Dé Danann. Se creía que estas islas paradisíacas flotaban en el océano occidental, a menudo alcanzables tras cruzar una niebla mágica. El "Más Allá" de la cosmología celta coincide con la descripción del paraíso que se relata en el Génesis, aunque en una se relata como origen y en otra como destino o final. Esta coincidencia no es del todo casual. Gran parte de lo que hoy se conoce sobre la cosmología celta proviene de los monjes copistas medievales de Irlanda y Gales. Al poner por escrito la tradición oral, estos monjes entrelazaron la cosmovisión cristiana y bíblica con los antiguos mitos paganos, anteponiendo el nivel espiritual trascendente sobre el inmanente, de ahí que el celtismo integrado en el cristianismo pueda sobrevivir en el tiempo, más allá de la actividad de las rutas marítimas, el trabajo de la tierra o los intercambios comerciales.
Los celtas creían en la reencarnación y en un ciclo eterno de vida, muerte y renacimiento, que es el propio de la naturaleza y del mundo agrario. El pensamiento celta es inmanente y cíclico. Su concepción del más allá no está separada del mundo natural, sino que es una dimensión paralela. Al igual que las estaciones, el alma y la existencia fluyen en un eterno retorno de muerte y renacimiento. Por el contrario, el monoteísmo abrahámico (la tradición hebrea y sus derivadas) es trascendente. Dios existe fuera y por encima de la naturaleza. El más allá (ya sea el Sheol inicial o el Olam Haba) implica un juicio final, una ruptura con el tiempo terrenal y una existencia espiritual que abandona el ciclo material de la naturaleza. Este carácter trascendente del cristianismo es el que le permitió conectar con el centro hierofánico del que emerge toda tradición, de ahí su carácter católico, es decir, universal. La preexistencia del Logos le permitió conectar con un cristianismo pre-cristiano, lo que facilitó la asimilación, en su interior, de tradiciones ancestrales anteriores, permitiendo su conservación y supervivencia en el tiempo, a pesar del cambio en las formas de vida.
La relación del cristianismo con Roma fue tensa en sus orígenes debido, precisamente, a la negativa cristiana de adorar al emperador. Es así que surgió en el interior del Imperio Romano quienes vieron en los cristianos una amenaza al poder de Roma y quienes no veían en ellos a malos ciudadanos. Surgieron, así, períodos de indiferencia y períodos de persecución. En algunos casos, estas persecuciones dificultaron el crecimiento de la Iglesia y produjeron problemas disciplinares, pero también contribuyeron a elevar el fervor de los cristianos, para quienes los mártires eran los perfectos imitadores de Cristo, de ahí que fueran venerados muy pronto. La red de calzadas romanas, la seguridad proporcionada por la Pax Romana y la unificación lingüística y cultural facilitaron enormemente los viajes de los primeros misioneros, como Pablo de Tarso. Su rápida expansión sorprendió a los propios paganos, pero no fue fruto de una estrategia sino que la actividad misionera, sin mandato particular, brotó del propio dinamismo de la fe entre las mismas filas de los cristianos. Esta expansión fue muy desigual en el tiempo, en el espacio y en cuanto a la procedencia social. Los paganos se burlaban porque las comunidades cristianas se reclutaban principalmente entre la gente humilde, aunque desde su origen la Iglesia también convierte a personas acomodadas. Su expansión es completamente transversal a la clase social, la nacionalidad o el origen étnico.
Por otro lado, las persecuciones dieron origen, también, a la literatura apologética para defenderse de las acusaciones de los judíos, de las autoridades, de los intelectuales y de la plebe. A los primeros les argumentan con el Antiguo Testamento, a las autoridades les arguyen que sus leyes son injustas, contra la plebe, que les acusa de inmoralidad por incomprensión de los ritos cristianos (antropofagia e incesto), apelan a la moralidad y ejemplaridad de los cristianos. Las apologías comenzaron a principios del siglo II, cuando los intelectuales comienzan a interesarse (para criticarlo) por el cristianismo. Luciano de Samosata con su obra satírica 'La muerte del peregrino' critica la forma cristiana de vida, y Celso, con su 'Discurso verdadero', lanza un fuerte ataque replicado por Orígenes, todos ellos confluyen, por un lado, en la caída del Imperio Romano de Occidente y por otro en la magistral obra de San Agustín, La Ciudad de Dios.
Romanización en el noroeste de la península
La costa mediterránea y el valle del Guadalquivir llevaban siglos en contacto con fenicios y griegos. Eran territorios con una economía monetaria, ciudades desarrolladas y sociedades jerarquizadas. Esto facilitó que los romanos se integraran rápidamente. En el norte, el terreno montañoso propició que los pueblos vivieran aislados en pequeños poblados, dedicados al pastoreo, sin tradición urbana y con una economía de subsistencia. A diferencia del sur (Bética) o el levante, donde se desarrollaron villas agrícolas comerciales, el norte basaba su economía en el pastoreo, la recolección y una agricultura precaria, lo que redujo el interés económico inicial de Roma, limitándose en gran medida a la explotación minera (como en Las Médulas). Pero además, también el Imperio Romano tuvo un interés específico en conservar la estructura social indígena, puesto que en ella era más fácil obtener mano de obra para sostener las legiones, que si ésta se transformaba hacia una cultura más urbana y comercial.
Los cultos paganos, tanto greco-romanos como celtas e indoeuropeos, derivaban su comprensión de lo sagrado de la actividad económica y material de la tierra, esto es lo que nos permite captar las diferencias entre la expansión territorial del Imperio Romano y la expansión territorial del cristianismo, que en occidente se produjo precisamente, a partir de la caída del Imperio Romano. La expansión del Imperio Romano y la del cristianismo, aunque en muchos casos han seguido procesos paralelos, son de naturalezas opuestas: la expansión imperial se basó en la fuerza militar, la conquista territorial y la asimilación cívica, mientras que la difusión cristiana prosperó gracias a un mensaje espiritual de salvación universal, transversal a etnias y naciones. El vínculo con lo sagrado no dependía de la nacionalidad, el origen étnico, los recursos o el territorio, sino de la creencia compartida en el Evangelio, lo cual no significa que con el tiempo no se haya pervertido también.
La relación del cristianismo con Roma fue tensa en sus orígenes debido, precisamente, a la negativa cristiana de adorar al emperador. Es así que surgió en el interior del Imperio Romano quienes vieron en los cristianos una amenaza al poder de Roma y quienes no veían en ellos a malos ciudadanos. Surgieron, así, períodos de indiferencia y períodos de persecución. En algunos casos, estas persecuciones dificultaron el crecimiento de la Iglesia y produjeron problemas disciplinares, pero también contribuyeron a elevar el fervor de los cristianos, para quienes los mártires eran los perfectos imitadores de Cristo, de ahí que fueran venerados muy pronto. La red de calzadas romanas, la seguridad proporcionada por la Pax Romana y la unificación lingüística y cultural facilitaron enormemente los viajes de los primeros misioneros, como Pablo de Tarso. Su rápida expansión sorprendió a los propios paganos, pero no fue fruto de una estrategia sino que la actividad misionera, sin mandato particular, brotó del propio dinamismo de la fe entre las mismas filas de los cristianos. Esta expansión fue muy desigual en el tiempo, en el espacio y en cuanto a la procedencia social. Los paganos se burlaban porque las comunidades cristianas se reclutaban principalmente entre la gente humilde, aunque desde su origen la Iglesia también convierte a personas acomodadas. Su expansión es completamente transversal a la clase social, la nacionalidad o el origen étnico.
Por otro lado, las persecuciones dieron origen, también, a la literatura apologética para defenderse de las acusaciones de los judíos, de las autoridades, de los intelectuales y de la plebe. A los primeros les argumentan con el Antiguo Testamento, a las autoridades les arguyen que sus leyes son injustas, contra la plebe, que les acusa de inmoralidad por incomprensión de los ritos cristianos (antropofagia e incesto), apelan a la moralidad y ejemplaridad de los cristianos. Las apologías comenzaron a principios del siglo II, cuando los intelectuales comienzan a interesarse (para criticarlo) por el cristianismo. Luciano de Samosata con su obra satírica 'La muerte del peregrino' critica la forma cristiana de vida, y Celso, con su 'Discurso verdadero', lanza un fuerte ataque replicado por Orígenes, todos ellos confluyen, por un lado, en la caída del Imperio Romano de Occidente y por otro en la magistral obra de San Agustín, La Ciudad de Dios.
Romanización en el noroeste de la península
La costa mediterránea y el valle del Guadalquivir llevaban siglos en contacto con fenicios y griegos. Eran territorios con una economía monetaria, ciudades desarrolladas y sociedades jerarquizadas. Esto facilitó que los romanos se integraran rápidamente. En el norte, el terreno montañoso propició que los pueblos vivieran aislados en pequeños poblados, dedicados al pastoreo, sin tradición urbana y con una economía de subsistencia. A diferencia del sur (Bética) o el levante, donde se desarrollaron villas agrícolas comerciales, el norte basaba su economía en el pastoreo, la recolección y una agricultura precaria, lo que redujo el interés económico inicial de Roma, limitándose en gran medida a la explotación minera (como en Las Médulas). Pero además, también el Imperio Romano tuvo un interés específico en conservar la estructura social indígena, puesto que en ella era más fácil obtener mano de obra para sostener las legiones, que si ésta se transformaba hacia una cultura más urbana y comercial.
También resulta necesario establecer diferencias entre los pueblos célticos del norte de la península y los del noroeste, es decir, Gallaecia, pues el carácter belicoso del que hemos hablado más arriba, propio de los pueblos cántabros y astures, no estuvo tan presente en los pueblos galaicos.
La Gallaecia antigua destacaba por una organización sociopolítica sin indicios de estructuras gentilicias —a diferencia de otras áreas de la Península Ibérica como la Celtiberia—. En esta región, el Imperio romano logró asimilar mejor a la población indígena respetando sus peculiaridades regionales y utilizando los castella (castros) como base administrativa. Los aspectos clave de este modelo serían la ausencia de gens y gentilidades. Es decir, en el noroeste el poder no se basaba en clanes familiares de estructura patriarcal, sino en unidades territoriales locales conocidas como castella o castros. En el modelo del resto de las comunidades celtíberas de la península, las comunidades se organizaban por vínculos de sangre, parentesco o clanes (la gens o gentilitas). Las personas se identificaban por el nombre del colectivo en genitivo plural (ej. los Zoelae). En el noroeste peninsular, las fuentes epigráficas romanas no mencionan estas estructuras de linaje, clanes o gentilidades. En su lugar, el territorio estaba organizado y estructurado administrativamente en torno a los propios castros o poblados amurallados (castella). La vinculación al territorio era más fuerte que las estructuras jerárquicas o de parentesco observadas en otras etnias. Era una sociedad fuertemente anclada al territorio local, con una estructura política marcada por un notable peso de los vínculos vecinales y, en muchas áreas, sistemas de parentesco de línea materna (matrilinialidad). En la epigrafía romana, estas comunidades solían identificarse mediante símbolos numéricos —como la letra C invertida— que denotaban el origen o el grupo de procedencia. Respeto a la organización indígena, lejos de imponer un modelo municipal romano idéntico al de otras provincias, Roma adaptó su política administrativa respetando las realidades políticas y de propiedad locales, que se mantuvieron operativas hasta el Bajo Imperio. Esta característica difiere bastante de la estructura celta propia de las islas británicas, pues las sociedades celtas insulares (como los clanes de Irlanda o Escocia) estaban vertebradas a través de redes de parentesco patrilineales muy estrictas, con linajes poderosos que trazaban su ascendencia hasta un antepasado común, estructurando la sociedad en clanes, tuatha y grandes confederaciones tribales, algo que no se desarrolló con la misma tipología en el noroeste peninsular. Las diferencias entre lo celta de Galicia y lo celta de Irlanda o Escocia son, por tanto, bastante significativas.
A partir del estudio de G. Pereira Menaut hemos extraído algunos textos que nos han parecido interesantes para indagar en esta cuestión, y que reproducimos aquí:
A partir del estudio de G. Pereira Menaut hemos extraído algunos textos que nos han parecido interesantes para indagar en esta cuestión, y que reproducimos aquí:
Autores como F. Sánchez Palencia y C. Fernández Ochoa, indican que algunos castros del norte fueron expresamente construidos en función de las explotaciones mineras. Se documenta en el Norte de Hispania un fenómeno de traslado de los núcleos de población indígena desde las montañas hasta la llanura, atestiguado, por ejemplo, en la Corona de Corporales (León) y un proceso inverso, que se fue produciendo progresivamente con posterioridad y a medida que las explotaciones mineras iban avanzando por las cuencas fluviales, como lo demuestran en la Valduerna los castros excavados por Domergue, El Caurel (Lugo) y en Asturias los castros de la región asturiana de Valledor y del río Oro.
F. J. Sánchez Palencia concluye que una buena parte de los castros utilizados como poblados mineros data de época romana, aunque se mantenga la estructura de época prerromana. Ello originó la construcción de verdaderos hacinamientos de castros, que indican una densidad de población grande concertada en función de las explotaciones mineras. En la cuenca del Boeza, afluente del Sil, F. J. Sánchez Palencia, ha podido constatar la presencia de 37 explotaciones mineras y de 61 castros. En regiones cubiertas por la nieve, como la Sierra de Teleno, los Montes Aquilianos (León), la Sierra de los Ancares (León-Lugo), Caudel, Valle de las Montañas, Sierra del Palo y Arroyo del Oro (Asturias), se produjo una ocupación estacional durante el buen tiempo, en que se trabajaban las minas.
La administración en la región de los astures transmontanos y las vexillaciones (destacamentos) se asentaron en castros semejantes a los de la época prerromana. Este autor deduce de todo ello la perduración de las estructuras sociales prerromanas, y el desplazamiento de las poblaciones dedicadas a las explotaciones mineras, lo que debió ser un factor de inestabilidad en la región y el no asentamiento de la población en lugares fijos. "No es de extrañar, por tanto, que la sociedad prerromana de las zonas auríferas apenas experimentase transformaciones notables, y no se integrase en el mundo romano".
El Norte de Lusitania, Gallaecia, Asturias y León, no obtuvieron ningún beneficio de las explotaciones mineras, ni éstas contribuyeron a favorecer la asimilación de la cultura romana, ni a levantar el nivel de vida. La opinión de F. Jordá es que los castros en Asturias son todos de época romana y que la política de Roma, seguida en la Asturias transmontana, consistía en agrupar en los castros a la población dispersa por caseríos. En los castros no hay urbanismo de tipo romano, ni en los edificios, ni en la planta. En época romana todo el Norte de Hispania, salvo ciudades como Asturica Augusta, Lucus Augusti, Iuliobriga y Flaviobriga, era el mismo, que el descrito por Estrabón (III 155-156) para la época de Augusto, como lo indica también la escasez de moneda y comercio.
En el Norte la no asimilación de la cultura romana, se observa también en la ausencia de edificios religiosos de tipo romano, de edificios de espectáculos, como teatros, anfiteatros y circos, donde se celebraban rituales a la tríada capitolina (Lex Urs. LXX-LXXI), de escultura y de bronces en número relativamente mediano. Este fenómeno de la baja aculturación del N. se documenta también en otras zonas mineras del Imperio Romano. En ello ha insistido M. Rostovtzeff. Así escribe el gran sabio ruso en general del campo de Occidente, pero ello es extensible a los pueblos del Norte y de la Meseta castellana, como después se verá: "La población campesina conservaba también las formas tradicionales de su vida económica y social, sus usos y costumbres más fuertes a veces que la legislación imperial". De Cerdeña, isla minera, escribe: "La vida urbana sólo muy lentamente se desarrolla en ella, tanto en la era republicana, como en el período imperial. En el interior siguió prevaleciendo, aun durante el Imperio, la organización en tribus, sin progreso alguno de las mismas hacia la vida urbana". Ya M. Rostovtzeff en 1937 habla de la bajísima asimilación de la cultura romana de amplias regiones de Hispania: "En las tierras altas de Lusitania y de la provincia citerior, especialmente en los distritos de los celtíberos, los astures y los galaicos, la romanización no rebasó un nivel muy inferior. Estos distritos no poseían atractivo alguno para los colonizadores itálicos y conservaron así su fisonomía nacional y las peculiaridades de su sistema económico y social.
La romanización y la urbanización no pasaron de la superficie, y quedó en pie la división en clanes y tribus... Los escasos datos que poseemos sobre la vida social y económica de las tierras altas demuestran que también después de las reformas de Vespasiano su condición siguió siendo tan pobre y primitiva como en tiempos de Polibio y de Estrabón... el núcleo restante permanecía en el mismo estado que antes de la romanización total del país".
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En Panonia y Mesia "conservaron los indígenas sus usos y costumbres originales". De especial interés para los pueblos del Norte de Hispania es Tracia por sus riquezas mineras y bosques. M. Rostovtzeff escribe sobre la asimilación de la cultura romana de los tracios: "Pero no eran verdaderos centros de vida urbana (los pueblos), no tenemos noticia alguna de que en ellos se desarrollara la industria o el comercio, con una cierta intensidad. Los habitantes de los pueblos eran agricultores, labradores, cazadores, pescadores y ganaderos. Su organización interna era la de la tribu"... "Los tracios... conservaron durante un siglo su organización antigua y su vida de tribu rural... Para asegurar un contingente numeroso de estos soldados a las cohortes tracias, el gobierno romano dejó intacta la organización interior del país, tal como venía siendo desde el tiempo de sus reyes". Este párrafo del gran investigador ruso es de gran importancia, pues hoy somos de la opinión que a la política de Roma le convenía que las poblaciones indígenas de amplias zonas de Hispania, y de otras regiones del Imperio, permanecieran sin asimilar la cultura romana para poder contar con grandes contingentes de tropa para el ejército. Ello explica satisfactoriamente el gran número de tropas auxiliares y de legionarios que Hispania proporcionó a Roma, durante siglo y medio. Ya M. Rostovtzeff indica que la reforma de Vespasiano (Plin. 3, 30) perseguía, asegurar a las legiones romanas, no reclutadas ya en Italia, un contingente de buenos soldados.
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Podemos ahora preguntarnos, ¿qué nombre debemos emplear para esta área de los castella, Gallaecia, Noroeste o simplemente área de los castella? Esta última denominación carece de sentido, desde el momento en que los castella no son el reflejo de una sociedad gentilicia ni forman parte de esa gran zona de la que hemos hablado. Podríamos emplear Noroeste, a pesar de su indefinición, si no fuera porque Gallaecia resulta mucho más exacto y más adecuado. En efecto, todos los castella conocidos, con un par de excepciones procedentes de lugares limítrofes son localizados dentro de Gallaecia. El proceso de reestructuración de las comunidades que hemos discutido lo conocemos también en las civitates que pertenecen a Gallaecia. No hay ninguna razón, por tanto, para no llamar Gallaecia a esta área de los castella o, dicho al revés, para no afirmar que Gallaecia tenía una forma de organización social y política distinta a la del resto de la Hispania céltica. Esta individualización de Gallaecia no es, por cierto, nada nuevo. La Arqueología castreña demuestra ya un carácter propio, exclusivo de lo que luego será Gallaecia. Ese carácter singular se extiende también, con mayor o menor intensidad, a una zona de influencia, que en la síntesis de A. Romero Masiá (1976: 1 y s.) abarca una amplia franja, hasta la meseta. Una zona de influencia similar, pero mucho más restringida, debemos reconocer también para la sociedad de los castella. La investigación de la época antigua ha sido sensible también a este carácter particular de Gallaecia, que por diversas razones se distingue de las áreas vecinas; como muestra baste la referencia a la Comunicación de H. Galsterer recién citada, donde resalta esta individualidad de Gallaecia precisamente para señalar su más alto grado de romanización, en comparación con Asturia y Cantabria (Galstetet 1979: 462 y s.). Esta mayor romanización de Gallaecia es por cierto ahora, desde nuestra perspectiva, más fácilmente explicable: la organización político-social de Gallaecia era mucho más permeable a los estímulos de la romanización que la sociedad basada en lazos gentilicios. Ahora, en fin, podemos añadir un elemento más de diferenciación para Gallaecia, y ciertamente más importante que la cultura material o los resultados de la romanización. Ahora sabemos que la sociedad de Gallaecia, cuando se produjo la conquista por parte de los romanos, era una sociedad diferente a la del resto de Hispania: distinta a la del sur y levante y distinta a la del resto de la zona céltica. En consecuencia, si queremos describir las diferentes partes de la Península Ibérica, al principio de su Historia, tendremos que distinguir entre el sur y levante (más desarrollado), la parte ocupada por sociedades de tipo gentilicio, y Gallaecia, con características propias que la diferencian tanto de una como de otra.
No podemos dejar de señalar que esas características propias que definen el territorio del noroeste peninsular siguen hoy perfectamente a la vista, se trata, sin duda de su carácter matriarcal.
Referencias
Pereira Menaut, G. (2009). Los castella y las comunidades de Gallaecia. Zephyrvs, 34. Recuperado a partir de https://revistas.usal.es/uno/index.php/0514-7336/article/view/1955
