Eran dos las fiestas que celebraban los judíos en estas fechas, por un lado la fiesta de los ácimos, o de los panes sin levadura, y por otro lado la fiesta de la Pascua. La fiesta de los ácimos era una fiesta de los pueblos sedentarios y agrícolas, que durante una semana comían panes sin levadura, como marca del periodo de inicio de las cosechas, y para pedirle a Dios que el nuevo ciclo le fuera propicio. Mientras que la fiesta de la Pascua era una fiesta de pueblos nómadas, que al llegar la primavera, antes de empezar la trashumancia en busca de agua para el ganado, ofrecían a Dios el primogénito del rebaño, con el objetivo de que les fuera propicia la peregrinación en busca de agua para el rebaño. Dos fiestas, originalmente primitivas, pero que después se celebraron juntas, probablemente como resultado de la unión entre la actividad agrícola y la ganadera.
Pero para entender el sentido actual de la Pascua debemos retroceder al libro del Éxodo, capítulos 12 y 13, donde se narra la salida de Egipto, que coincide con la fiesta de los ácimos y la fiesta de la Pascua. Antes del Éxodo, la Pascua era un tipo de fiesta cíclica, de pueblos nómadas, en la que, a través de un sacrificio, se pedía a Dios que el período de trashumancia fuera bueno. Pero el significado de esta fiesta empieza a transformarse cuando un momento particular de la historia del pueblo de Israel coincide con estas fiestas, un hecho que adquiere más importancia que las propias fiestas, de manera que éstas se ponen al servicio de la historia para interpretarla. La fiesta precede, pero se pone en un escalón inferior para ayudar a interpretar un hecho que excede todo acontecer cíclico, un hecho que irrumpe como novedad en la comprensión cíclica de la vida. Que el pueblo de Israel tenga que salir de Egipto en busca de libertad no es algo que suceda todos los días. El pueblo se pregunta por el sentido del Éxodo y responde que se trata de la liberación del pueblo de Israel, el primogénito de Dios. El pueblo le ofrece a Dios un cordero, ya no para comenzar el período habitual de trashumancia, sino para ir a la trashumancia definitiva, la que sale de Egipto y de su casa para no volver. El cordero pasa, así, a representar al pueblo de Israel, el pasaje al que alude la palabra Pascua tiene lugar, además de en el camino de Egipto hacia la libertad, también en el eje vertical sustitutivo del lenguaje: la metáfora.
Pero también la fiesta de la Pascua se relacionaba con la fiesta del sacrificio del primogénito. Todos los pueblos antiguos le ofrecían a Dios, no solo las primicias de la cosecha o el primogénito del rebaño, también había ofrendas de niños primogénitos a Dios. La lectura que hace el Éxodo es que el cordero, entonces, será sacrificado para que el pueblo sea liberado. Israel no sacrifica a sus primogénitos, sino que los libera porque su Dios sustituye el sacrificio humano por el animal. La fiesta que era cíclica, en el fluir de las estaciones, ayuda a interpretar un hecho histórico concreto (que además también será cíclico). La fiesta de Pascua adquiere entonces contenidos nuevos, se historifica, se convierte en memorial de un acontecimiento único que hizo nacer como pueblo a Israel. Esa es la principal diferencia con los pueblos del entorno, que comprendían la relación con Dios a través del fluir cíclico de la naturaleza y los astros, sin necesidad de la memoria para establecer un principio, un final y un por qué.
Pero también la fiesta de la Pascua se relacionaba con la fiesta del sacrificio del primogénito. Todos los pueblos antiguos le ofrecían a Dios, no solo las primicias de la cosecha o el primogénito del rebaño, también había ofrendas de niños primogénitos a Dios. La lectura que hace el Éxodo es que el cordero, entonces, será sacrificado para que el pueblo sea liberado. Israel no sacrifica a sus primogénitos, sino que los libera porque su Dios sustituye el sacrificio humano por el animal. La fiesta que era cíclica, en el fluir de las estaciones, ayuda a interpretar un hecho histórico concreto (que además también será cíclico). La fiesta de Pascua adquiere entonces contenidos nuevos, se historifica, se convierte en memorial de un acontecimiento único que hizo nacer como pueblo a Israel. Esa es la principal diferencia con los pueblos del entorno, que comprendían la relación con Dios a través del fluir cíclico de la naturaleza y los astros, sin necesidad de la memoria para establecer un principio, un final y un por qué.
Pero en el siglo I la fiesta y el memorial del Éxodo vuelven a re-significarse, y en esta ocasión servirá para interpretar la muerte de Jesús. Los cristianos añadirán otra capa al significado de la Pascua judía, que ya no solo es el memorial de la salida de Egipto, sino que se le agrega un nuevo significado sobre la muerte y el sacrificio de Cristo para el perdón de nuestros pecados. Adquiere un doble significado, por lo que es un memorial al cuadrado. Las características del cordero que se debía sacrificar en la fiesta judía de la Pascua es que debía ser un cordero sin mancha, de un año, macho, primogénito y al que no se le podían quebrar los huesos. La evolución del sentido del sacrificio religioso es llevado a su extremo en Cristo, que con su muerte elimina incluso los sacrificios animales que en su momento habían servido para sustituir a los humanos. El destino del ser humano no es, acaso, un recorrido similar por la necesidad del sacrificio y la renuncia al sacrificio? La tradición hebrea, ya desde Isaac, había querido transformar el concepto de religión sostenida sobre la idea del sacrificio, rescatando de esa costumbre su trasfondo teológico y es que, si le damos a Dios nuestros primeros frutos de la cosecha y el ganado es porque sabemos que todo le pertenece a Dios. Porque por Él fueron hechas todas las criaturas, nuestra propia vida no es nuestra, sino de Dios. El principal pecado del hombre es, por cierto, el pretender apropiarse de una vida que es un regalo de Dios. El devolverle a Dios algo de lo que hemos recibido produce dolor, precisamente porque hemos creído que esa vida era nuestra, por eso cuesta tanto renunciar a tal idea. Solo Dios nos sostiene en la vida, a él se la debemos. Las religiones vecinas exigían sacrificios humanos pero la religión de Israel rescata a su pueblo para evitar la muerte de los inocentes, el Dios de Israel no quiere la muerte, es un Dios de vivos. El sacrificio sustitutorio es el que se marca con la sangre en las puertas de las casas para que el Ángel exterminador pase de largo y libere así a los primogenitos. Israel es un pueblo rescatado de la muerte, y de las falsas religiones humanas.
También el pan ácimo invita a dejar atrás la levadura vieja, la forma de vida que ya no sirve para un nuevo significado liberador de la relación con Dios. Vida nueva sin esclavitud. Un pan sin levadura que a menudo es menos sabroso que el pan con levadura, las tentaciones, de hecho, nos llevan a pensar que ese pan viejo puede seguir dándonos satisfacciones, de ahí el sentido de las hierbas amargas que también se toman en Pascua. Las hierbas amargas sirven para no olvidar la amargura de la esclavitud, pues a menudo el ser humano olvida con facilidad. Aunque el sufrimiento quede atrás, nunca se debe olvidar lo sufrido, porque si se olvida lo sufrido se olvida también el sentido de haber sufrido, el que nos da la pauta de cómo construirnos sin renunciar al futuro profundo. El pueblo judío, ya liberado, celebra recordando que una vez fue esclavo, recordando, así, de dónde viene para saber a dónde va. En el ritual de la Pascua nada se olvida, todo se hace presente de nuevo. La cena de Pascua no es una cena tranquila, con sobremesa y siesta, es una cena en la que hay que estar preparado porque Dios pasa y no podemos estar desprevenidos. Comer la pascua ceñidos, preparados para el camino. Así también Jesús cena para prepararse para la Cruz e ir con Dios a donde Él lo lleva.
En la fiesta de la Pascua, el Sabbath, los judíos leen el Cantar de los Cantares para subrayar el amor entre el pueblo judío y Dios que se personificó en la Pascua. A primera vista, parece haber poca relación entre el Cantar de los Cantares, una canción de amor escrita por el rey Salomón, y el Éxodo. Sin embargo, el Cantar de los Cantares es esencialmente una alegoría de la relación entre Dios e Israel en términos del amor entre un hombre y una mujer. Este «romance» empezó a florecer cuando descendió para sacar a Su esposa de Egipto en la Pascua.
El Shir HaShirim también alude al paso del invierno, un aspecto importante de la Pascua judía, que es la fiesta de la primavera.
También el pan ácimo invita a dejar atrás la levadura vieja, la forma de vida que ya no sirve para un nuevo significado liberador de la relación con Dios. Vida nueva sin esclavitud. Un pan sin levadura que a menudo es menos sabroso que el pan con levadura, las tentaciones, de hecho, nos llevan a pensar que ese pan viejo puede seguir dándonos satisfacciones, de ahí el sentido de las hierbas amargas que también se toman en Pascua. Las hierbas amargas sirven para no olvidar la amargura de la esclavitud, pues a menudo el ser humano olvida con facilidad. Aunque el sufrimiento quede atrás, nunca se debe olvidar lo sufrido, porque si se olvida lo sufrido se olvida también el sentido de haber sufrido, el que nos da la pauta de cómo construirnos sin renunciar al futuro profundo. El pueblo judío, ya liberado, celebra recordando que una vez fue esclavo, recordando, así, de dónde viene para saber a dónde va. En el ritual de la Pascua nada se olvida, todo se hace presente de nuevo. La cena de Pascua no es una cena tranquila, con sobremesa y siesta, es una cena en la que hay que estar preparado porque Dios pasa y no podemos estar desprevenidos. Comer la pascua ceñidos, preparados para el camino. Así también Jesús cena para prepararse para la Cruz e ir con Dios a donde Él lo lleva.
En la fiesta de la Pascua, el Sabbath, los judíos leen el Cantar de los Cantares para subrayar el amor entre el pueblo judío y Dios que se personificó en la Pascua. A primera vista, parece haber poca relación entre el Cantar de los Cantares, una canción de amor escrita por el rey Salomón, y el Éxodo. Sin embargo, el Cantar de los Cantares es esencialmente una alegoría de la relación entre Dios e Israel en términos del amor entre un hombre y una mujer. Este «romance» empezó a florecer cuando descendió para sacar a Su esposa de Egipto en la Pascua.
Te he comparado, mi amor, a una yegua de los carros del Faraón (Cant 19).
El Shir HaShirim también alude al paso del invierno, un aspecto importante de la Pascua judía, que es la fiesta de la primavera.
Porque ya ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido.
Las flores han aparecido en la tierra, ha llegado el tiempo de podar; el canto de la tórtola se oye en nuestra tierra (Cant 2, 11-12).
El rabino Vitry explica que la totalidad de el Cantar de los Cantares alude a las cuatro etapas de la redención. Otro comentario (Daat Mikra) sugiere que es coherente con el tema de las canciones de Pascua, es decir, las que se cantan en el Seder y la Canción en el Mar. Todo el Cantar de los Cantares se lee en las sinagogas durante los días intermedios de la Pascua. Algunos judíos tienen la costumbre de recitarlo entero antes del inicio del Shabat. La Alianza entre el pueblo y Dios es la misma que la Alianza entre un hombre y una mujer, son misterios similares. El amor con hondura, no superficial, es el trasfondo de ambos tipos de relación.
La re-significación de la Pascua judía dentro del cristianismo está en la lectura de todo el proceso de la Pascua encarnada en el cuerpo de Cristo. De ahí que Cristo estuviera muriendo en la cruz a la misma hora en la que los corderos eran sacrificados en el Templo. Jesús se ofrece a toda la humanidad como el cordero definitivo. Las diferencias en cuanto a la cronología de las fechas de la Última Cena en los diferentes Evangelios, vienen dadas por la lectura teológica que hace cada autor. Marcos interpreta la Última Cena como pascual y Juan interpreta como pascual la muerte de Jesús. La teología del Evangelio de Juan interpreta la muerte de Cristo, entendiéndolo como el cordero pascual, aquel que muere para que Israel no muera y pueda ser liberado. Jesucristo, el nuevo cordero, realiza la liberación de todos los pueblos, a partir de su muerte. Ya desde el principio del Evangelio aparece definido Jesús como el cordero que quita el pecado del mundo y al final cobra todo su sentido. El momento histórico de la muerte de Jesús ayuda a entender su significado, esa es la teología de Juan, que aún a pesar de que pueda parecer el más místico es, en realidad el más histórico, el que más nos invita a indagar en la historia y en el por qué del cordero.Marcos, sin embargo, que parece menos espiritual es el más teológico. Marcos, y por ende todos los sinópticos, hacen una lectura de la Última Cena con un contenido pascual, a pesar de que es probable que dicha cena tuviera lugar un día antes de la propiamente pascual de los judíos. Marcos interpreta que la muerte de Jesús es leída por Él mismo antes de que suceda, dentro de un contexto Pascual y en presencia de los discípulos. Para Marcos lo importante no es sólo lo que Jesús hace, sino la relación entre Jesús y sus discípulos, de ahí que sea necesario que el carácter pascual de la muerte de Jesús sea entendido y compartido por los discípulos, antes de su muerte. Jesús, en la Última Cena, estaría adelantando, pascualmente, su entrega. Esto implica una plena consciencia de Jesús, en el sentido de que Él sabe lo que va a pasar, sabe que va a morir y lo asume con absoluta libertad. Jesús sabe y acepta que tiene que morir y es esta aceptación la que lo hace libre. No es que una vez muerto, y ya que murió, lo interpretamos como Salvador o cada uno que interprete como quiera. Jesús sabe que va a morir y acepta esa muerte con soberana libertad, en presencia de sus discípulos. Además, no sólo acepta su muerte sino que sabe por qué va a morir, cree en el sentido último de su muerte y, a pesar de que a los hombres les lleve años entender este sentido, Jesús deja el testimonio para la historia y para que cada cual llegue a él en el momento en que pueda llegar. Pero el sentido de su muerte no queda a la libre interpretación sino que es él mismo quien lo interpreta, antes incluso de que suceda. La Pascua es un misterio de amor y de Alianza renovada sobre la base de una Alianza anterior, toda la vida de Jesús es una explicación de su muerte, algo que Él conocía muy bien internamente, pero los demás no. Jesús sabe por qué y para qué muere y con la Última Cena hace un memorial hacia el futuro en el que todos beberemos y comeremos en el Reino de Dios. No sólo tiene conocimiento de quien es y a qué ha venido al mundo, sino que lo proyecta hacia un futuro de restauración de la libertad y del amor. Jesús está integrando en su muerte a los discípulos, que participan de su muerte a través del pan y el vino. Nos permite participar de su muerte porque también somos memoria, somos cuerpo y somos futuro. La entrega de Jesús adquiere todo su significado cuando entra en comunión con nuestros cuerpos, cuando somos capaces de integrar, conocer y anticipar nuestros propios dolores, nuestra propia cruz, que no aparece por casualidad. Dios necesita de nosotros igual que nosotros necesitamos de Dios.
El martes Santo dejamos a Jesús en un discurso apocalíptico en el Monte de los Olivos, que se origina a partir de la profecía sobre la destrucción del Templo. Jesús ya no volvió a ver el templo, y a partir del miércoles comienza el relato de la Pasión, que no es otra cosa que la muerte sacrificial en sustitución del templo. Tras el discurso en el Monte de los Olivos se retira a Betania, una ciudad al otro lado del Monte de los Olivos. El relato de la pasión comienza con la unción, en Betania, de los piés de Jesús. San Juan nos cuenta que es María, la hermana de Marta y Lázaro, quien unge a Jesús con el perfume más caro del momento, también nos dice que es Judas quien protesta por el supuesto despilfarro que hace esta mujer, aludiendo que el dinero que cuesta ese perfume se podría haber dedicado a los pobres.
La unción en Betania incide en la idea fundamental de que las mujeres y los perfumes aparecen enmarcando todo el relato de la Pasión, haciendo una inclusión de todo el recorrido. Al principio la mujer de Betania, y al final las mujeres que acuden al sepulcro para ungirlo, pues lo habían enterrado sin ungirlo. Pero al llegar al sepulcro se encuentran con que no lo pueden ungir porque ya estaba resucitado y porque además ya había sido ungido por María de Betania. La unción para la sepultura se produce en Betania, antes de morir Jesucristo, es también una unción a futuro. Toda la pasión está incluida entre dos menciones de la mujer y su cariño, que unge su cuerpo, apuntando a la muerte y al sepulcro vacío. María frente a Judas, ambos representan dos posturas contrapuestas, Judas representa el buenismo de quien se excusa en los pobres para expresar la protesta que enmascara un trasfondo de envidia. Y María ofrece todo lo que tiene y lo que no tiene, representa el cariño y la comprensión del discipulado, que con su amor prepara el cuerpo de Jesús para la sepultura. Betania nos invita a vernos representados en María o en Judas. El bautismo de Jesús fue la primera unción para conducirlo a la misión, Jesús es ungido por el Padre al principio del Evangelio, y es ungido al final del Evangelio por el amor de la mujer. Jesucristo no solo se lleva a la muerte el amor del Padre, también el amor de María y de los discípulos.
Tras la unción en Betania, el siguiente lugar geográfico es el cenáculo, el corazón de la Pascua para Marcos. Desde la cena, se anticipa ya la enseñanza del significado de la muerte de Jesús. Él sabe en todo momento lo que va a pasar y sabe que su muerte provocará la dispersión y el desconcierto de los discípulos por no entender lo que pasa. Sin embargo, Él les anticipa que volverá para guiarlos con la Resurrección, no los dejará solos. Después de la cena, se dirigen a Getsemaní, un recinto que había en el Monte de los Olivos en donde se prensaba la aceituna. En el interior de esta cueva están todos los discípulos, de los cuales, solo tres salen a acompañar a Jesús en su oración, ante la que finalmente se quedan dormidos. Vemos, por tanto, tres niveles en este espacio, un primer nivel en el interior de la cueva, que alberga a la mayoría de discípulos, un segundo nivel con los tres apóstoles más cercanos, Juan, Santiago y Pedro, que se quedan dormidos, y un tercer nivel en el que Jesús ora directamente con el Padre, en una relación íntima. Para el cristianismo, el Padre es padre de Jesús, y Él comparte su filiación con la humanidad. A través de Jesús llegamos al Padre, pues el Verbo es el Hijo, y al Padre sólo se llega por la Palabra. El paso (Pascua) de este mundo al Padre se hace por la glorificación (sublimación) tras la muerte.
Pero ¿cómo puede el Hijo de Dios experimentar la ausencia de Dios? Este es el gran misterio de la Cruz. Cómo puede alguien ser amado sin sentirse amado, sin experimentar la sensación de sentirse amado por Dios. Esa distancia, ese vacío, es la grieta que Jesús experimenta en el Monte de los Olivos y en el momento de su muerte. Sentir el amor en el aparente abandono de aquel que nos ama. El amor se convierte entonces en una experiencia de futuro, mucho más que esa invitación tan aparentemente espiritual de la modernidad que nos invita a "vivir el presente".
