Es la peculiaridad cíclica del tiempo horizontal la que nos da las llaves con las que abrir puertas que nos permiten ir transitando la espiral, pues aunque Lacan dice que lo real vuelve siempre al mismo lugar, nosotros creemos que nunca el círculo vuelve exactamente al mismo lugar. Si una está lo suficientemente atenta para percibir la sutileza del cambio podrá ver en ese pequeñísimo detalle una puerta abierta a la transformación, ella está ahí, esperando, sólo hay que saber verla. El agujero negro de lo real que en ocasiones ha sido signo de muerte, puede llegar a metamorfosearse en todo lo contrario (las ratas, las arañas, las moscas, el "objeto a"... ¡son vida!). En uno de esos círculos que no se cierra, hoy (por alguna razón de la libido redirigida inconscientemente) me he sentido impulsada a releer la entrada del blog en la que analizo la parábola del rico y el pobre Lázaro. Cada vez que releo alguna entrada encuentro cosas que antes no veía, bueno, eso y volver a hablar con Yolanda (¡mi ángel de la guarda!).
De pronto, al leer el texto, una frase me atrapó y he tenido que venir al día de hoy, 6 de mayo, para poner a escribirme (lapsus que mejor no corrijo) esta entrada, convirtiéndose así en salida de la iniciada el 9 de mayo del 2025. La frase en cuestión que me atrapó es esta:
El rico es su vestido, es su banquete, pero no es él. Su ser se está disolviendo, esfumando. Cuando llegue a Dios será una sombra.
En concreto, fue esta última frase la que me detuvo: "cuando llegue a Dios será una sombra". La palabra sombra me trajo de viaje de regreso a los textos de Freud sobre la melancolía: "la sombra del objeto ha caído sobre el yo". Esta sombra caída, sin duda podría ser la del mismo Lucifer, ángel caído que en su otra cara esconde a la de la diosa Venus del amor. Amor y muerte, luz y sombra, resurrección/despertar y muerte/sueño.
En estas dos caras de la moneda encontramos la diferencia fundamental entre la nada del melancólico/muerto y la nada del sujeto de deseo/vivo. Si acaso, esa conflictividad con los muertos de la que tantas veces hemos hablado en este blog sea la causa de las muchas sombras caídas proyectándose en Galicia sobre un mar de melancolía que todo lo empobrece.
¿Cuáles son los matices a descifrar entre la pobreza en espíritu, marca de bienaventuranza en el Reino de los Cielos (Mt 5,3) y la pobreza del Yo melancólico cuando afirma "no soy nada"?. La segunda es el peso de un superyó feroz que arrasa; no hay bienaventuranza en ese decir, sino devastación. La primera es aceptación de la falta, caída del engaño que promete completud imposible. El “pobre en espíritu” no es quien carece de objeto, sino quien puede separarse para no confundirse con él, por eso la riqueza y pobreza del epulón y de Lázaro no hacen referencia a la riqueza económica ni a la clase social. La pobreza de Lázaro no es déficit, sino desidentificación. Quienes acceden al "reino" no son los plenos, los obturados o los fálicos, sino los que son capaces de aceptar la pérdida estructural, lo que Lacan denominó objeto a: causa del deseo, pero también núcleo de goce. Este objeto no se posee; más bien, divide al sujeto. No es riqueza acumulable, sino pérdida estructural.
La pobreza melancólica es la cárcel en la que se encuentra el sujeto atrapado por lo que no logra perder, por la sombra que se estira alargada y que se manifiesta como identificación, resto incorporado que mortifica. Esta sombra caída, "santa compaña" que, más que santa, bien podría ser diabólica, se manifiesta en un Superyó que exige gozar. Y la exigencia hipermoderna aumenta la del Superyó, aliados silenciosos que empujan al sujeto a producir, a hacerse valer, a gozar, a no ser falta. La lógica dominante rechaza el error: todo debe tener valor, todo debe circular. Pero la lógica cristiana es la del "pobre en espíritu", la de quien puede aceptar que no todo entra en el circuito del valor, un resto que no solo posibilita otra economía del deseo, también el acceso a un conocimiento más verdadero, más amplio, más profundo e infinitamente más satisfactorio.10 Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte (2Cor 7,10).
El “reino de los cielos”, entonces, podría leerse como el nombre de esa otra economía: no la de la acumulación ni la del rendimiento, sino la de un sujeto que no está completamente capturado por el valor ni por el mandato de gozar. Un espacio lógico donde ser “nada” no equivale a la ruina melancólica, sino a una forma —paradójica— de separación respecto del goce.
Así, la bienaventuranza no celebra la miseria, sino una posición límite: aquella en la que el sujeto consiente a la falta, a la pérdida, e incluso —en su punto más extremo— a ese lugar de resto que la estructura produce. Si hay allí una promesa, no es la de una plenitud futura, sino la de un deseo que no queda obturado por la ilusión de completud ni por la tiranía del superyó.
