Antiguamente hablar de fe era algo muy diferente a lo que hoy implica decirse creyente. La estructura social nos ofrece un marco contextual previo en el que la razón se establece como independiente de la fe. Al establecerse la razón como una facultad autónoma, autosuficiente y neutral, el conocimiento se dividió. Lo que no cabía en el método empírico o lógico fue desplazado al ámbito de lo privado, lo subjetivo o lo emocional. Estas coordenadas previas son las que nos llevan a formular todas las sentencias sobre fe partiendo de la razón. Si nos decimos creyentes lo hacemos suponiendo que es una elección, la sociedad lo entiende como una postura personal, una decisión o incluso un salto al vacío racional, y no como una evidencia compartida. La aparente elección racional entre ser creyente o ateo funciona hoy bajo las mismas dinámicas de militancia e identidad que el voto político, como si también esto fuera fruto de una elección voluntaria, nada más lejos de la realidad.
La psique humana simboliza la realidad de manera no racional y a menudo inconsciente, adopta posturas ajenas a nuestra decisión consciente y luego utiliza la razón de manera instrumental para justificar lo que ya ha decidido emocional, culturalmente e inconscientemente. La razón no guía la elección; actúa como su abogada defensora. Pero cuando se falsea tanto la realidad como para hacernos creer que la razón viene antes que la fe, el mundo se vuelve demasiado complejo para ser abarcado por un solo individuo y la confianza (que es la traducción secular de la fe) se vuelve obligatoria para poder vivir. Votar a un partido político es el ejemplo perfecto de un acto de fe moderna, pero hay muchos más y todos superan con creces en ingenuidad a la fe de nuestros antepasados. La política moderna tiene sus propios textos sagrados, sus santos, sus herejes y sus promesas de salvación (el progreso, la justicia social, la libertad). La razón autónoma nos ha hecho creer que somos seres puramente lógicos que eligen opciones en un menú. Sin embargo, la realidad es que operamos mediante fidelidades sistémicas: hemos sustituido la fe en los textos sagrados por la fe en las instituciones, en los expertos, en las encuestas o en los partidos políticos. Cambiamos el objeto de la fe, pero la estructura psicológica y social del acto de creer sigue siendo la misma, e incluso peor, porque se sostiene en un engaño.
Pero qué pasa si indagamos en nuestras verdaderas apuestas inconscientes, en la ideología que anida en nuestra psique, previa a la racionalización. El acto de fe o de confianza por el cual pretendemos sostener todo un sistema ideológico inconsciente previo, para el cual creamos racionalizaciones, es muy diferente al verdadero acto de fe. Para llegar a una fe verdadera es necesario desprendernos de la fe en las justificaciones, es decir, desprenderse de la ingenuidad en favor del misterio. Solo una fe genuina es capaz de engendrar la verdadera razón.
Este es el motivo por el que yo misma, después de muchos años de imperio de la falsa razón autónoma, he llegado a descubrir lo profundamente creyente que era, sin saberlo, incluso desde el primer día en que nací. Ahora entiendo por qué la fe es una virtud teologal, al igual que la vida, la fe es un don, no se tiene, sino que se recibe.
