La iglesia de Santa Comba de Bande, situada en la comarca de A Baixa Limia (provincia de Ourense), es un templo visigodo de la segunda mitad del s. VII. Formaba parte de un antiguo conjunto monacal femenino y a ella se hace amplia referencia en la documentación del s. IX que se encontraba en el Monasterio de San Salvador de Celanova. La iglesia está situada a escasos metros de la antigua Via XVIII o Vía Nova, una de las arterias romanas comerciales y militares más importantes del noroeste peninsular que unía Bracara Augusta (Braga) con Asturica Augusta (Astorga). Próximo a ella se encuentra también el yacimiento de Aquis Querquennis, un enorme complejo militar romano que controlaba el paso fronterizo y los recursos de la comarca de A Limia. La ermita, al igual que la de Santa Comba en Covas (Ferrol), también supuso un núcleo de repoblación, y tal debió ser su función que hasta el propio pueblo que ha crecido en torno a ella recibe su mismo nombre, en un municipio, el de Bande, cuyo profundo e histórico pasado es reconocido.
Antes de la llegada de Roma, la comarca de A Limia ya estaba habitada por los limici, grupo que ya había tenido contacto con Décimo Junio Bruto un siglo atrás. Fue, precisamente, en el río Limia donde las tropas romanas vieron materializarse la frontera con el mundo de los muertos y en concreto la del río Leteo, que hacía perder la memoria a quien lo cruzaba, quedando atrapados en un limbo espiritual y negándose rotundamente a cruzar. Pues bien, finalmente cruzaron la frontera del Hades y se asentaron en estas tierra, en torno al año 137 a. C. La administración romana respetó la organización interna local, asimilándola en sus estructuras y estableciendo el Forum Limicorum como capital comarcal. Según los escritos del obispo Idacio —nativo de la zona y principal cronista de la época—, esta organización social sobrevivió hasta la invasión de los suevos. A lo largo de los siglos, desde el Medievo hasta hoy, A Limia ha mantenido intacta su fuerte personalidad e identidad, sirviendo de ejemplo de la continuidad histórica que tienen los asentamientos y las estructuras sociales en Galicia.
Lo que más nos ha llamado la atención al indagar en la historia de esta iglesia es un particular enfrentamiento que parece ir más allá de una mera falta de consenso científico, una verdadera encrucijada que hace despertar en nosotras todavía más interés. Los vestigios que nos ofrece la ermita de Santa Comba de Bande (donde se veneraban los restos de San Torcuato), revelan una enorme riqueza a partir de la cual indagar en el tiempo histórico de transición que va de los reinos bárbaros a la asimilación del cristianismo en la Península Ibérica, lo cual ya nos hacía intuir que en algún punto esta iglesia se entrelazaría con la tradición xacobea. Al igual que sucede con la leyenda del Apóstol, que para la ciencia moderna supone una barrera insalvable y un desafío complejo, el debate en torno a la iglesia de Santa Comba presenta un fascinante y complejo entramado que incluye arqueología, historia, arte, mito y religión.
Las principales discrepancias entre los investigadores surgen a partir del enfrentamiento entre la tradición documental, por un lado, y las metodologías modernas de arqueología de la arquitectura, por otro. Entre otros, el arqueólogo Luis Caballero Zoreda ha propuesto modificar toda la cronología de la arquitectura prerrománica en España, con una desproporcionada crítica a la visión tradicional que catalogaba estos templos como visigodos basándose en textos antiguos. Los defensores de esta teoría sostienen que el edificio de Santa Comba hoy visible es fruto de una fundación enteramente asturianista o mozárabe, vinculada a la repoblación del territorio por el rey Alfonso III y el entorno del monasterio de Celanova, sin relación ninguna con una iglesia visigoda.
Tradicionalmente, Santa Comba de Bande se ha considerado una de las joyas de la arquitectura visigoda, construida en la segunda mitad del s.VII. Esta fecha proviene de un testimonio hallado en la autobiografía del noble Odoino del año 982, la cual se encontraba entre los documentos históricos que formaban parte del archivo del Monasterio de San Salvador de Celanova desde la Edad Media. Los manuscritos originales fueron copiados e integrados en el célebre Tumbo de Celanova, también conocido como Tumbo de Zamora, que con sus casi 600 documentos nos acerca a una panorámica rica y dinámica de la sociedad gallega durante las transformaciones de la mutación feudal. Celanova ocupa el tercer lugar en la clasificación de instituciones con mayor número de documentos conservados anteriores al año 1100, solo superada por Sahagún y San Millán de la Cogolla; no creemos que sea necesario despreciar este maravilloso legado para hacerlo competir con las técnicas modernas de arqueología, ambos son compatibles.
«...Idcirco ego Odoarius comes, una cum consensu domini mei gloriosi Adefonsi principis, do et concedo ad propinquo meo Odoino diacono illas ecclesias de Bande, id est sancta Maria et sancta Columba, que fuerunt destructe et deserte a temporibus antiquis, iam per ducentos annos aut amplius, propter incursione gentium, et erant in solitudine relegate. Ea racione ut tu ibidem eas reedifices et amodo et deinceps in prelibatis ecclesiis uel in earum solitus famulatum devotus existas et ad ipsa loca sancta congruum iuvamen prestes, tam in restaurandis domibus quam et in exornandis uel colendis agris eorum...»
«...Por eso yo, el conde Odoario, con el consentimiento de mi glorioso señor el príncipe Alfonso [Alfonso III], doy y concedo a mi pariente, el diácono Odoino, aquellas iglesias de Bande, a saber, Santa María y Santa Comba, que fueron destruidas y abandonadas desde tiempos antiguos, ya por doscientos años o más, a causa de la incursión de las gentes, y estaban relegadas a la soledad.Con la condición de que tú allí las reedifiques y desde ahora en adelante permanezcas devoto en el servicio acostumbrado de las mencionadas iglesias, y prestes a esos lugares santos la ayuda conveniente, tanto en la restauración de las casas como en el ornato y cultivo de sus campos...»
La mención a la antigüedad de las iglesias en ningún caso nos está diciendo que lo que vemos hoy sea la iglesia, tal cual, del s. VII. Lo que dice el documento es que en el año 872 la iglesia llevaba ya 200 años de vida, de ahí se ha sacado la fecha que podría situar su origen en el año 675. No vemos motivo para desconfiar de este testimonio, y lo cierto es que desentrañar qué elementos de la iglesia corresponden a cada época es una labor habitual en todos los templos, en donde lo normal es que se superpongan capas históricas como las capas de una cebolla.
La integración de Galicia en el reino de Asturias durante el siglo IX fue un proceso pacífico y pactado entre la realeza astur y las élites gallegas, basado en un beneficio mutuo e intereses complementarios. El rey de Asturias, comenzando con Alfonso II, buscaría ampliar sus dominios, consolidar su autoridad y legitimarse como heredero del reino visigodo, mientras que los magnates gallegos buscaban consolidar su poder y estatus social superior, a la vez que acceder a nuevas tierras mediante la repoblación. A cambio de la sumisión y obediencia de los gallegos, el rey ofrecía protección militar frente a musulmanes y normandos y garantizaba el orden público. Este pacto transformó a ambas partes: los magnates gallegos pasaron de un simple liderazgo étnico a convertirse en la nobleza condal que sirvió de sostén al poder real; mientras que en Asturias se forjó una verdadera realeza legal.
La nueva situación surgida de la incorporación de territorios en las estructuras y normas jurídicas del reino de Asturias es la que impulsa al rey Alfonso III a encargar al conde y magnate orensano Odoario la repoblación de esas tierras, quien a su vez encarga las iglesias de Bande (Santa María y Santa Comba) a su primo Odoino. Resulta relevante, también, tener en cuenta que el rey Alfonso III el Magno, antes de acceder al trono, en vida de su padre, realizó tareas de gobierno en Galicia y tuvo participación en la repoblación de la sede episcopal de Ourense, a cuyo frente puso a un prelado mozárabe de nombre Sebastián, que había sido obispo de Arcabica, una de las antiguas sedes visigodas dependiente de Toledo, que se localiza en Cabeza de Griego (Cuenca). También las crónicas del siglo IX relacionaban a Pelayo con la nobleza visigoda y presentaban a los monarcas asturianos como los verdaderos sucesores de los reyes godos.
Debido al enfrentamiento entre las diferentes tesis que se pone de manifiesto en esta iglesia, parece necesario hacer un esfuerzo más grande de lo habitual para entender las implicaciones de uno y otro.
La teoría que desecha la tradición documental de la iglesia se basa en los estudios estratigráficos que indagan en el origen material del templo. Estos estudios descubren que la fábrica original se conserva en gran parte desde los cimientos a las bóvedas y desde el ábside hasta el porche. No se reconocen soluciones de continuidad entre un posible templo anterior y otro construido sobre este, aunque sí se habla de dos etapas en el periodo altomedieval. A partir de la ruina de la primera iglesia primitiva se habría reconstruido el muro testero de la nave norte y se habrían acoplado 2 habitaciones laterales en la parte delantera y 2 en la trasera (hoy perdidas). Las destrucciones y restauraciones sucesivas habrían afectado a las hojas exteriores de los muros, pero no a las interiores, lo que ha permitido la conservación de las estructuras abovedadas. Toda ella, a excepción de dos capiteles romanos reutilizados, estaría hecha ex profeso para la iglesia. El espacio litúrgico se estructuraba con una separación mediante un cancel que marcaba la entrada al ábside, y el espacio del ante-ábside también se cerraba con una cortina colgada del arco del crucero y un segundo cancel, lo cual nos remite al rito visigótico o mozárabe, que tenía en la compartimentación del espacio su especial particularidad.
Las conclusiones del estudio estratigráfico son que probablemente toda la iglesia fue construida en época de Alfonso III, y que el influjo oriental de los arcos torales y de herradura, así como el uso de bóvedas de ladrillo de tradición oriental, se debe al prestigio cultural y técnico del imperio Omeya, no a la herencia visigoda. Las comunidades cristianas del norte peninsular habrían asimilado y copiado estas soluciones estéticas y arquitectónicas debido a la irradiación cultural de Córdoba.
Los principales ejemplos de arte visigodo se conservaron mejor en el norte debido a que quedaron fuera del control musulmán y las iglesias no fueron convertidas en mezquitas; además, por supuesto, del marcado interés de los reyes asturianos por perpetuar y conservar la herencia visigoda. A pesar de que el sur y el centro peninsular fueron las zonas de mayor poder visigodo, la destrucción o transformación en esas zonas fue casi total. Pero los musulmanes no solo convirtieron iglesias en mezquitas, sino que utilizaron el arte visigodo como cantera. Por ejemplo, en la Mezquita de Córdoba, se puede ver que entre las columnas y capiteles de la parte más antigua muchos son visigodos y romanos reaprovechados. El arte omeya adoptó y estilizó el arco de herradura visigodo, convirtiéndolo en la gran seña de identidad de la arquitectura hispanomusulmana.
Por todo ello podemos decir que el contexto histórico de estos años nos conduce a pensar en un proceso pleno y consciente de continuidad entre el arte visigodo y el prerrománico, atestiguado por los propios reyes, quienes pretendieron ser considerados herederos directos de la tradición política, religiosa y cultural de la monarquía visigoda. Quisieron mostrar que su reino era la continuación legítima del antiguo reino de Toledo, y en ello pusieron también su empeño artístico y constructor, de ahí que el estilo asturiano y mozárabe incluya muchos rasgos visigóticos, tales como el arco de herradura, la compartimentación de los espacios en los templos y la reutilización de elementos escultóricos y decorativos de época anterior. Por otro lado, la influencia oriental que, sin duda, tuvo el arte prerrománico asturiano, es posible derivarla de la admiración que profesaban abiertamente hacia el prestigio y la suntuosidad de Bizancio.
Al igual que Carlomagno en el Imperio Carolingio, los reyes de Asturias no querían ser vistos como meros líderes locales o bárbaros, sino como emperadores cristianos occidentales. Mirar al Imperio Romano de Oriente era la forma de aprender a construir una imagen imperial sólida. Y para conseguir ese prestigio vieron en el reino visigodo más que un simple reino bárbaro, más bien el último bastión legítimo de la romanidad en Hispania. Para los reyes asturianos, el reino visigodo (especialmente tras su conversión al catolicismo en el III Concilio de Toledo) representaba la unión perfecta entre la fe cristiana y la estructura legal y administrativa romana. Al enlazar directamente con los visigodos, la monarquía asturiana buscaba legitimidad territorial e histórica y es que no solo la arquitectura asturiana heredó y mezcló elementos de la tradición visigoda, también en su tradición legal mantuvo el uso del Liber Iudiciorum (el código de leyes visigodo) y la estructura de la Iglesia hispánica. Los visigodos ya habían adoptado gran parte de la tradición, vestimenta y simbología del poder romano y bizantino. Al reclamar ese legado, los reyes de Asturias, con una profunda formación católica, encontraron en el arte y la arquitectura monumental una herramienta para proclamar la identidad católica unida al espíritu de Roma.
Pero además, el torques es un collar de metal retorcido sobre sí mismo que se colocaba alrededor del cuello y, a diferencia de un collar convencional, el torques queda abierto por la parte delantera, exactamente como una herradura circular. Los herreros fueron considerados figuras de prestigio casi mágico en el mundo celta pero además las investigaciones recientes apuntan a las comunidades celtíberas como pioneras en el uso de las primeras protecciones metálicas para los cascos de los caballos, es decir, en el uso de herraduras. Los hallazgos arqueológicos en el yacimiento de El Castillejo (Bronchales, Teruel), difundidos por el Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín (CECAL), apuntan a que los pastores trashumantes celtíberos podrían haber inventado la herradura en el siglo V antes de Cristo. Los investigadores apuntan que estas comunidades celtíberas se desplazaban a caballo desde los pastos de verano en los Montes Universales (Teruel) hasta las fuentes del Guadalquivir en Andalucía para pasar el invierno, una ruta de trashumancia muy antigua, que todavía siguen, tres milenios después, los actuales pastores trashumantes.
Pues bien, después de todo este recorrido, podemos inferir de todo ello que la figura de San Torcuato y los Siete Varones Apostólicos funciona como un crisol donde se cruzan y funden diferentes estratos identitarios de la Península Ibérica.
En San Torcuato confluyen la tradición ancestral celtíbera de la Península Ibérica con la visigoda y con la católica. Por un lado, lo celta-indoeuropeo expresado en el propio nombre de Torcuato, derivado de torques, se habría fusionado con lo íbero-oriental, simbolizado en el olivo (imagen viva de la cultura mediterránea) y en esa trashumancia que realizaron los pueblos celtíberos entre los montes Universales y el valle del Guadalquivir, ardua travesía que les llevó a convertirse en pioneros en el uso de las primeras protecciones metálicas para los cascos de los caballos. La misma herradura que más tarde sería identidad de otros pueblos indoeuropeos también fusionados con la cultura mediterráneo-oriental: los Visigodos. Pero el símbolo de la herradura no solo uniría a celtíberos y visigodos, sino que formalmente anticipa o conecta con la media luna del mundo islámico que transformaría el sur peninsular.
Los Visigodos, pueblo germánico indoeuropeo, antes de llegar a la Península, ya habían sufrido grandes transformaciones, integrándose con la cultura mediterránea oriental tras una larga convivencia, pactos y conflictos con el Imperio Romano, adoptando el latín, el derecho romano y el cristianismo. El catolicismo de la Península Ibérica había desarrollado un carácter propio reflejado en la misma liturgia hispana , también llamada mozárabe o visigótica, que, no por casualidad había tenido su germen en el sur de Hispania, con el liderazgo espiritual de Isidoro de Sevilla a la cabeza. Esta liturgia tenía conexiones directas con las tradiciones de las iglesias orientales (como la siria o la bizantina), visibles en la riqueza de sus cantos, la estructura de las oraciones y la solemnidad de los ritos, diferenciándose notablemente de la liturgia de Roma de la época. La integración definitiva de los visigodos se produce al convertirse al catolicismo propiamente peninsular, seña de identidad hispana. Y en un momento en el que en el sur peligró esa herencia con una marcada identidad propia, San Torcuato, portador de la tradición, llega a Santa Comba en un sepulcro de piedra, tal como el mismo Apóstol había arribado a Galicia, uniendo así dos tierras ancestralmente conectadas por el Atlántico y pasando el testigo a los reyes asturianos y a la tradición xacobea.
Herencia prerromana, liturgia hispana, cultura celta indoeuropea, cultura mediterránea oriental, torques, olivos, herraduras, cerámicas íberas, barcas-tumba celtas, paganismo, cristianismo hereje, cristianismo católico, norte peninsular, sur peninsular, peregrinación, culturas atlánticas, todo ello, confluyen en Santa Comba y en la tradición de San Torcuato.
Podemos pensar que la advocación a Santa Comba se produjo en el momento de la transformación monástica. Sabemos que varias estancias fueron agregadas a la construcción original, cuatro adherentes al crucero con puertas hacia él, posiblemente para el uso de los monjes y otras dos a los lados del porche, que podrían tener servicio de hostería a viajantes y peregrinos. Por la documentación del Tumbo de Celanova sabemos que pudo haber sido una comunidad femenina o mixta la que habitó este monasterio, pues cuando Odoario hace la cesión a su primo y diácono Odoino, menciona que su madre había ingresado como religiosa.
Santa Comba de Bande rinde culto a Santa Colomba de Sens, una virgen y mártir cristiana del siglo III, nacida alrededor del 257 en Hispania y decapitada en el año 273 en Francia. El folclore gallego la ha asociado con el mundo de las meigas antes de su conversión. Según la leyenda, fue arrestada en Francia por orden del emperador Aureliano tras negarse a renunciar a su fe y a su virginidad. Como castigo, fue encerrada para ser violada por soldados romanos, pero un oso irrumpió en la celda y la defendió, aunque finalmente acabó siendo decapitada. Fue un símbolo de resistencia y autonomía femenina, así como de desafío a las normas. Y si bien con San Torcuato encontramos el símbolo del jabalí, parece que el símbolo del oso propio de Santa Colomba, conecta a la perfección con el estrecho vínculo que estos dos animales tuvieron en la tradición celta e indoeuropea, los cuales entrelazan el poder espiritual y el poder terrenal. No resulta raro que el aspecto femenino de lo celta se vincule con el norte de la península, encarnado en Santa Comba y el aspecto masculino, encarnado en San Torcuato, con el sur. Lo terrenal y lo divino, lo femenino y lo masculino, lo pagano y lo cristiano.
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