El origen del vocabulario sobre la sacralidad se encuentra probablemente en el verbo sancio, cuyo sentido primitivo es delimitar, cercar un terreno sustrayéndolo al uso común. De él derivan dos adjetivos: sacer, para calificar todo lo referente al culto y sanctus, para poner de relieve el carácter intocable e inviolable de las realidades sagradas. En lo sagrado se produce una resignificación, se trata, por tanto, de una experiencia jerárquica, pues nos dirige hacia algo más elevado y a la vez terrible, hacia un lugar en el que nos volvemos más pequeños y más vulnerables.
Todo lo cercano se aleja, Goethe lo escribió refiriéndose al crepúsculo de la tarde. Al atardecer el mundo visible se va alejando de los ojos, para tornarse invisible. El deseo también se escapa a la razón y a las expectativas, tal como lo expresa Jacob cuando dice "Sin duda el Señor está en este lugar y yo no me había dado cuenta". Y con mucho temor añadió: "¡Qué asombroso es este lugar! ¡Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo". El temor de Jacob no es terror por un monstruo, sino el impacto abrumador de la santidad divina frente a la fragilidad humana. La piedra, investida de deseo, es una piedra transformada, pero nos recuerda que hasta la almohada más suave y acogedora puede convertirse en piedra si no hay deseo. Jacob experimenta lo terrible en una experiencia que transforma la dureza del desierto y la soledad en un lugar de adoración y encuentro con Dios. Así lo consagra al derramar aceite sobre la piedra, convertida en el marcador geográfico y espiritual de un pacto eterno.
La piedra que desecharon los edificadores
Ha venido a ser cabeza del ángulo.
23 De parte de Jehová es esto,
Y es cosa maravillosa a nuestros ojos (Sal 18, 22-23).









