Venera (yo dormía pero mi corazón velaba)

 

Recuerdo una anécdota de niña que siempre me ha hecho sentir mucho remordimiento. Es una anécdota que resuena y resume muy bien la deriva contemporánea de nuestro mundo.

Era domingo y, siguiendo nuestras costumbres habituales, mi madre nos llevaba a todos a misa, incluido mi padre, a quien podemos contar como un hijo más en la ecuación. El camino hasta la iglesia era para mi lo más divertido, con el añadido extra de que en aquella ocasión había conseguido colar entre mi ropa a una muñeca Nancy sin que mi madre se enterara. Ya en el camino saqué la muñeca y me puse a jugar con ella y a peinarla, ingenua de mi, creyendo que me había sustraído al regaño materno. Pero en cuanto se enteró, no tardó en llegar el interrogatorio sobre el motivo de esa muñeca en mis manos, a lo cual le siguió inmediatamente el celo de mi hermana para reclamar que esa muñeca era suya. Me vi doblemente acorralada, y la presión mental hizo estragos, mi respuesta para salir airosa de ambas acusaciones fue instantánea: "la llevo para dársela a los pobres". De inmediato sirvió para calmar a mi madre, que hizo a su vez de barrera para protegerme de mi hermana. El método para obtener reconocimiento (amor materno), por más que estuviera vendiendo mi alma al diablo, era demostrar cuidado por un tercero ajeno. Despreciar a los de dentro para cuidar a los de fuera. Una fórmula que se ha vuelto moneda de cambio en nuestra sociedad.

Resultan increíbles las batallas que se originan en la actualidad con el afán de demostrar quien puede utilizar el cuidado del otro mejor que nadie para obtener reconocimiento. Se cuida, no por verdadero amor o generosidad, sino esperando recibir validación, reconocimiento, atención o control a cambio. Las luchas de poder son cada día más sutiles pero también más intensas, surgiendo una rivalidad velada para demostrar quién es más abnegado o indispensable. Ahora entiendo el porqué de que los curas no deban tener implicaciones familiares, para separar bien la posición moral de la tentación de usarla con excesiva vigilancia y sacrificio, la antítesis del amor. Muchos de los que criticaron ferozmente a los curas estaban, de hecho, deseosos de quitarlos de en medio para ocupar su lugar y venir a sermonearnos todavía con más intensidad. El cuidador moderno se coloca en una posición moral superior, usando el afecto como una deuda emocional exigible, sin ritual ni velo de por medio, lanzando abiertamente sus soflamas. Son muy diversas las fórmulas que surgen hoy en día a partir de este entramado entre culpa y manipulación, cada una más creativa que la otra para demostrar cuán implicado se está en cuidar y cuán poco en vivir y dejar vivir. En particular el mundo del arte está cada vez más fagocitado por esta necesidad de demostrar al mundo sus cualidades cuidadoras.

Solo espero haber purgado esa culpa que ciertamente me atormentó durante años, lo difícil que es aprender cuando este tipo de dinámicas están adheridas hasta la médula en los entramados familiares y sociales. Todavía hoy tengo que hacer esfuerzos para detectarlas a tiempo y no caer en la trampa. Lo que no imaginaba es que hallaría muchas respuestas en esos textos que los curas leían todos los domingos en la misa, a la que me gustaba tan poco asistir. Profundizar en el Cantar de los Cantares es dejarse atravesar por un rayo de luz capaz de enfrentar la tentación, es descubrir algo del misterio del amor y del deseo, funcionando por otras vías muy distintas a las que el mundo nos trata de dirigir.



El tormento de la separación

2 Yo dormía, pero mi corazón velaba.
Es la voz de mi amado que llama:
Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía,
Porque mi cabeza está llena de rocío,
Mis cabellos de las gotas de la noche.
3 Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir?
He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?
4 Mi amado metió su mano por la ventanilla,
Y mi corazón se conmovió dentro de mí.
5 Yo me levanté para abrir a mi amado,
Y mis manos gotearon mirra,
Y mis dedos mirra, que corría
Sobre la manecilla del cerrojo.
6 Abrí yo a mi amado;
Pero mi amado se había ido, había ya pasado;
Y tras su hablar salió mi alma.
Lo busqué, y no lo hallé;
Lo llamé, y no me respondió.
7 Me hallaron los guardas que rondan la ciudad;
Me golpearon, me hirieron;
Me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros.
8 Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado,
Que le hagáis saber que estoy enferma de amor.


Y de todo el poema, un par de preguntas inquietantes parecen invitarnos a interrogar precisamente en lo más aparentemente contradictorio. Por qué habría de ser difícil vestirse o ensuciarse, una vez desvestida y los pies lavados. ¿Qué hay en ese vacilar de la amada ante la demanda del amado para que le abra? La aparente pureza del desnudo y los pies limpios no son, al contrario de lo que podría creerse, el requisito para hacer entrar al esposo (el deseo). Hace falta ensuciarse, hace falta embarrarse. Porque la pureza excesiva es el alma en un estado de tibieza y confort que no quiere complicarse la vida con la incomodidad que el deseo introduce en la vida. Una complicación que se manifiesta en ese abrir y ya no estar, en ese buscar y no hallar, pues esa es la esencia misma del deseo, que se alimenta de la falta y no de la satisfacción. El deseo no busca poseer el objeto, sino continuar deseando, ese instante de retraso trágico, de separación y grieta es el vacío que relanza la búsqueda. Tal como lo relata San Bernardo: 

Yo creo que ni aun cuando lo encontremos dejaremos de buscarlo. No se busca a Dios moviéndonos, sino deseándolo. Y el feliz encuentro no extingue los santos deseos, sino que los prolonga. ¿Acaso la plenitud del gozo adormece la añoranza? Es poner más aceite en la llama. Así es. Desbordará de alegría, pero no se agota el deseo ni la búsqueda. Imagina, si puedes, esta diligente búsqueda sin indigencia, ese deseo sin ansiedad (Scant 84, I,1).


Dada la distancia infinita entre la criatura y el Creador, ninguna experiencia de él lo agota. La posesión del bien infinito no lleva a la saciedad y al hastío, como ocurre con los bienes materiales, que nos hastiamos cuando nos llenamos de ellos, porque ofrecen una plenitud estática que no da más de sí una vez lograda. Dios es al mismo tiempo plenitud y continua novedad para alma, cuyo deseo siempre está colmado, mas nunca hartado. La Sabiduría ofrece un banquete que llena sin hastiar y sacia el deseo sin apagarlo, porque Dios nunca se queda chico ni insuficiente para él, sino que lo aviva más cuanto más le sacia.
El deseo no se origina en ningún objeto en concreto, confundir el objeto con el deseo es lo que da lugar a los deseos en plural, es lo que da lugar a la idolatría que el monoteísmo combatió. Porque el deseo, en singular, trasciende todo objeto y toda posesión, ningún logro material, ninguna persona, ningún éxito, pueden llenarlo. La plenitud está precisamente en el vacío que el deseo sostiene.


6° canto (5,2-8). Por Anne Marie Pelletier

Se abre aquí un nuevo canto, rompiendo con el anterior. El anterior terminaba evocando una plenitud de gozo, quizás la unión de los dos protagonistas. Éste supone la separación. Y de nuevo, a pesar de esta ruptura que desorienta a los que buscan una intriga progresiva, nos encontramos, como en una fuga bien cuidada, con motivos anteriores. En concreto, volvemos a la alternancia presencia-ausencia, y a la relación correspondiente perder-encontrar, que dominaban el canto tercero. Más allá de los arabescos propios del Cantar, se advierte aquí un rasgo fundamental de la experiencia amorosa. Experiencia de una carencia, de una pérdida, de una falta, de un arrancamiento -diríamos hoy, con las palabras de la psicología moderna-, tanto si se trata del amor humano como del amor de Dios. Es un tema corriente en literatura y al que hacen eco igualmente los textos místicos. En este régimen actual de la existencia humana, el verdadero amor no puede vivirse más que en esta tensión que acaba con los sueños de plenitud inmóvil, pero que relanza el deseo y lo hace crecer empujándolo tras los pasos del amado. Pero este motivo encuentra también un eco concreto en la historia de Israel en la época del destierro. El Déutero-Isaías termina precisamente con oráculos jubilosos que anuncian la inminencia de la salvación: "SI; compartiréis el gozo y os llevarán en paz. Las montañas y colinas lanzarán gritos de júbilo ante vosotros y todos los árboles del campo aplaudirán. En vez de espinos, crecerá el ciprés; en vez de ortigas, crecerá el mirto: serán el renombre del Señor, un signo eterno que no perecerá» (Is 55,12-13). Sin embargo, el mismo libro de Isaías muestra cómo se siente decepcionada esta luminosa espera; «Esperábamos luz y he aquí tinieblas; claridad, y marchamos en la oscuridad» (Is 59,9). Se abre un nuevo plazo hasta que se dé la plenitud de la salvación. ¿Habrá que dar entonces al sueño que se menciona en 5,2 una connotación negativa, viendo en él una alusión a la infidelidad de la esposa-Israel? Se ha especulado mucho sobre la actitud de la amada en este canto. Algunos comentaristas le reprochan un sueño que sería sancionado con la separación del amado. El Targum interpreta esta primera frase del canto 6 en relación con el pecado, el destierro, el arrepentimiento y la conversión de Israel. Sin embargo, el v. 2a que declara: "Yo duermo, pero mi corazón vela» habla de un sueño vigilante que no tiene nada que ver con un sopor negligente. No le impide a la amada estar al acecho y reconocer la llegada del amado. También se le reprocha lo que declara el v.3: "Me quité la túnica; ¿cómo me la vaya poner de nuevo?» Generalmente se entienden estas palabras como objeciones de la amada. Desconcertado por ellas, como otros muchos, Renan vio aquí la expresión de un capricho amoroso. Otros (como Buzy) las ponen en labios del amado. Hay que advertir, por lo menos, que a lo largo de todo este canto la actitud de la joven es francamente positiva. No hay nada que haga pensar expresamente en una perspectiva moral o moralizante. Entretanto el amado se eclipsa de nuevo (5,6). El escenario es prácticamente el mismo que veíamos en la lectura de los cantos 2 y 3: la misma venida del amado, la misma desaparición, la misma búsqueda, el mismo encuentro con los guardias. Sobre el fondo de estas semejanzas hay sin embargo algunas diferencias que dan un tono más tenso a esta nueva escena: la joven no se contenta con buscar al amado, sino que lo llama; los guardias no son ya simples espectadores, sino que intervienen con brutalidad. El último recurso que le queda a la amada es invocar a las hijas de Jerusalén, pidiéndoles que sean sus intérpretes ante el amado, para que él sepa que ella languidece, enferma de amor (5,8).