Venera (y mi deleite fue su fruto)



Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo su sombra deseé sentarme, y mi deleite fue su fruto (Cant 2,3)

Encontramos, de nuevo, en la poesía del Cantar, una reversión redentora del Génesis, un volver al comienzo pero dando una vuelta; recrear el jardín de Edén para eliminar la culpa y la prohibición. No hay prohibición en el Cantar, puesto que el fruto es el deleite mismo, es el deseo, mientras que en la transgresión del Edén sucede al revés: lo que se persigue es el deleite a través del fruto. En el Génesis el fruto es un objeto exterior que se codicia para ser como Dios, mientras que en el Cantar el fruto es el amor en sí mismo. El amado es el manzano y su fruto es el deleite mismo, libre y ofrecido voluntariamente, sin miedo. El Cantar nos despeja las dudas acerca del árbol del Paraíso, pues el Génesis sólo nos habla del "fruto del árbol", y sí, es posible que fuera un manzano, pero su fruto no era una manzana. El fruto que alimenta a la amada es el deleite y el placer mismo de la sombra del manzano, la amada expresa que encuentra en él un lugar de descanso, seguridad y amor que la colman por completo. El amado destaca por ofrecer protección, frescura y alimento espiritual, el verdadero sentido del fruto primordial.

En la tradición hebrea, la manzana tiene una carga simbólica opuesta a la visión generalizada en el mundo occidental. Mientras que en occidente se la asocia con el pecado, la tentación y la caída, para el judaísmo la manzana es un símbolo positivo, de amor, dulzura, favor divino y redención. Y lo cierto es que el texto hebreo del Génesis nunca especifica qué fruta era, llamándola simplemente "fruto del árbol". La Biblia no dice qué tipo de árbol era, solo que estaba en medio del jardín de Edén. En la Edad Media, la traducción de la Biblia al latín (la Vulgata) usó la palabra malum, que en latín significa tanto mal (pecado) como manzana. En todo caso, la traducción no iría tampoco del todo desencaminada, puesto que la manzana también aparece de forma explícita vinculada a un relato de seducción, engaño y frutos prohibidos en el mito sumerio de Enki y Ninhursag, cuando Enki intenta seducir a su hija/nieta/bisnieta Uttu y se hace pasar por el jardinero.

Dado que el texto bíblico no especifica la especie, distintos teólogos y corrientes religiosas a lo largo de la historia han hecho diferentes propuestas. El higo es una de las teorías más fuertes, ya que el propio Génesis menciona que, inmediatamente después de comer el fruto, Adán y Eva se cubrieron con hojas de higuera al notar su desnudez. También se ha hablado de la granada, muy común en el folklore de Oriente Medio y la mitología mediterránea, como símbolo de tentación y fertilidad; el trigo o la uva, propuestos en diversos textos del Talmud.

Pero las vinculaciones de la manzana en el mundo judío nos trasladan a un universo de sensaciones y olores más parecido al del Cantar. En el Midrash, el Jardín de Edén (Gan Edén) huele a huerto de manzanas. En el libro del Génesis, cuando el patriarca Isaac bendice a su hijo Jacob, exclama: "El olor de mi hijo es como el olor de un campo que el Señor ha bendecido". El gran comentarista clásico Rashi explica que ese olor celestial era el perfume de un huerto de manzanas. En la Cábala, la presencia divina (Shekiná) cuando se manifiesta en el mundo espiritual es llamada de forma poética "El Campo de las Manzanas Sagradas" (Jakal Tapujin Kadishin). Por lo tanto, la manzana evoca la belleza perfecta del paraíso original. La conexión mística entre la manzana y el soplo de vida es otro de los secretos lingüísticos más hermosos del misticismo judío. 

En el hebreo bíblico, las palabras no funcionan como simples etiquetas abstractas, sino que revelan la esencia, la función y la naturaleza de lo que están nombrando. A diferencia del pensamiento griego u occidental, que tiende a ser conceptual y estático, el pensamiento hebreo es concreto, dinámico y profundamente ligado a la experiencia sensorial. La gran mayoría de las palabras hebreas se construyen a partir de una raíz de tres consonantes. Esta raíz contiene una idea semilla. Al cambiar las vocales, prefijos o sufijos, se crean verbos, sustantivos y adjetivos que comparten la misma esencia espiritual o física. En occidente describimos un objeto por cómo se ve (forma, color). El hebreo bíblico describe las cosas por lo que hacen o por el impacto que causan en los sentidos.

La palabra hebrea para manzana, תַּפּוּחַ (tapúaj), no proviene de una raíz vegetal, sino que deriva directamente de la raíz primitiva נָפַח (nafaj) o su variante פּוּחַ (púaj), que significan literalmente "soplar", "exhalar con fuerza" o "respirar". Esta etimología conecta al fruto directamente con la creación de la humanidad y el alma. Debido a que tapúaj (manzana) comparte esta raíz, el misticismo judío enseña que la manzana es el símbolo frutal de la chispa divina o el alma que habita en el ser humano. La raíz púaj (soplar/respirar) también se asocia con la manera en que un aroma se expande en el aire. La manzana fue llamada tapúaj porque los antiguos la consideraban la fruta que exhala fragancia. En el misticismo, los sentidos físicos corresponden a niveles espirituales: mientras que el gusto es un placer material, el olfato es el único sentido que nutre directamente al alma, no al cuerpo. En Cant 7,8 queda reflejado cuando el amado dice: 

Y el olor de tu respiración como de manzanas. 

Ese aroma exhalado es el aliento de vida divino manifestándose como belleza espiritual.