Venera (todos somos la esposa en el Cantar de los Cantares)





El padre y la madre no son objeto de una valoración distinta antes del descubrimiento de la diferencia de los sexos, o sea de la falta del pene en el femenino. Una joven, a la que tuve hace poco en tratamiento, me comunicó que al descubrir tal diferencia, no extendió la carencia de dicho órgano a todas las mujeres, sino tan sólo a aquellas «que nada valían», y su madre la ratificó en esta opinión. 
Sigmund Freud, en El yo y el ello. 1923

Este texto de Freud es clave para comprender cómo la diferencia sexual condiciona la simbolización de la realidad hasta límites insospechables para la consciencia. Hasta el punto de que tal diferencia sexual se asimila, en el inconsciente, con valer y no valer. No es fruto de la cultura, ni de la sociedad, ni de la educación, sino de los mecanismos inconscientes del ser humano. El período previo al descubrimiento de la diferencia sexual puede ser, de hecho, comparable al del paraíso, ese lugar en el que no existían las diferencias, ni los conflictos ni las desvalorizaciones, humillaciones o vejaciones. La antigüedad de este relato nos hace intuir que las diferentes culturas y sociedades por las que la civilización ha transitado no han modificado, en lo esencial, esta realidad. Tampoco la sociedad del feminismo ha mejorado esta cuestión, es más, más bien parece empeorarla, pues al ignorar la simbolización de la realidad originada en el inconsciente y que transcurre por dinámicas ajenas a nuestro control, da vía libre a la mentira y la hipocresía.

Con el descubrimiento de la diferencia sexual no se concibe la existencia de dos sexos diferentes, sino la presencia o la ausencia (castración) de uno solo. Al constatar la diferencia anatómica, el inconsciente infantil no lo interpreta como una diversidad biológica, sino como una pérdida, una falta o una imperfección, podríamos decir también pecado. Esta falta es introducida precisamente por la condición femenina, que es la que hace de la castración una condición despreciable frente al falo, origen de la angustia en el ser fálico y de la envidia en el ser castrado. En la lógica fálica inconsciente, poseer el órgano se asocia simétricamente con el poder, la completud y el valor. Mientras que la ausencia del órgano se traduce inconscientemente como una devaluación. Como describe el texto, la niña asocia la falta del pene exclusivamente con aquellas mujeres "que nada valían".

Y aunque generalmente se ha entendido la palabra castración como puramente negativa, en el psicoanálisis representa la operación simbólica que introduce el límite, humaniza al sujeto y permite salir de la lógica destructiva de la falta. El complejo de castración no es el problema, sino la solución estructural. Por eso el relato bíblico restaura la verdadera condición femenina a través de María entendida como la nueva Eva, es decir, la nueva castración, la que no es sinónimo de envidia y de angustia, sino de crecimiento y de humanización. No resulta casual tampoco que en la tradición 
bíblica aparezca el pueblo de Israel (o la Iglesia) identificados con la esposa, puesto que todos somos femeninos después de atravesar la castración. Antes de la castración simbólica, el niño cree que alguien posee el poder absoluto (el padre o la madre fálica), pero después de la castración simbólica sería posible asimilar que nadie lo tiene todo, nadie es verdaderamente fálico, todos somos la esposa en el Cantar de los Cantares. La castración inscribe la falta en ambos sexos. Descubrir que el padre y la madre también están limitados por la ley de la cultura iguala las condiciones psíquicas. Todos estamos incompletos y eso es lo que nos permite crecer.