En el Cantar de los Cantares las palabras fluyen de la boca del amado y de la amada sin saber cuales pertenecen a uno u a otra, así también la naturaleza entera se convierte en palabra viva de la que nadie se puede apropiar, reflejo mismo de las realidades internas. Con el deseo sucede algo parecido, se aviva con el deseo del otro, en un entredós en el que no se sabe si se quiere porque lo quiere el otro o porque se le ha ocurrido al otro y uno no quiere ser menos. Cuando es un deseo verdadero es siempre algo oscuro, pues choca con lo esperado, "soy negra, pero hermosa, hijas de Jerusalén". La alusión al grupo es también una alusión a la capacidad para sostener el deseo a pesar del rechazo colectivo, un cuerpo social que es, a la vez, sostén indispensable del amor.
1er canto (1,5-2,7):
«Soy negra, pero hermosa,
hijas de Jerusalén»
Este canto se abre con una nota tensa: la amada se defiende de un reproche que le dirigen. Protesta: "Soy negra, pero hermosa, hijas de Jerusalén», y evoca su historia pasada, la hostilidad de los hijos de su madre contra ella. Lo mismo que en el Prólogo, volvemos a encontrarnos, en esto que podría ser tan sólo la estrechez de un dúo amoroso, la presencia de entidades colectivas, las "hijas de Jerusalén, sus "hermanos de madre». Este detalle ha intrigado a muchos. En la época patrística se solía ver figuras simbólicas en los diversos grupos mencionados a lo largo de los capítulos. Así Orígenes los asocia a diversas situaciones espirituales, más o menos cercanas o alejadas de la experiencia amorosa que tiene por protagonistas al amado y a la amada. Recientemente P. Beauchamp ha comentado estos papeles colectivos del Cantar relacionándolos con la Ley: figuras exteriores a la pareja, que recuerdan cómo «el amor no puede desarrollarse fuera del cuerpo social, aunque no tenga en él su origen», sin que por ello haya que perder de vista que el amor es un impulso y una libertad que le hacen precisamente escapar de la ley. Rodeada entonces de referencias colectivas, la pareja del Cantar canta su amor en un primer dúo (1,9-2,4). La atmósfera es en varios aspectos la del mundo egipcio. El tema real se repite en la evocación de la "carroza del Faraón» (1,9). La insistencia que se pone en la belleza tiene también una connotación claramente egipcia. El lector se siente inclinado a evocar el ambiente refinado de la corte de Egipto en tiempos de Salomón, los matrimonios que se conciertan entonces entre los dos reinos, el encuentro feliz que se establece entre Israel y las naciones extranjeras en aquella hora gloriosa del reino de Israel. La reina de Sabá que viene a rendir el homenaje de su reconocimiento y de su admiración a la sabiduría de Salomón (1 Re 10,1-13) no desentonaría mucho de este clima del Cantar. Al mismo tiempo, el poema menciona a Engaddí, el oasis fecundo y espléndido a orillas del desierto de Judá; ¡estamos entonces en plena tierra de Israel! Lo mismo que nos encontramos en la proximidad inmediata de los textos bíblicos, cuando se evoca el motivo de la viña, utilizado como una personificación del pueblo. Pensemos en el poema de la viña de Is 5,1-7 Y en su repetición en 27,2-3. Las referencias vegetales son también un elemento muy importante de este poema: a partir de 1,12 se multiplican las menciones de los árboles y de las flores. Indican bajo la forma de comparaciones o de metáforas la identidad del amado «flor de nardo», «ramo florido de ciprés», «lirio de los valles») y de la amada «lirio entre los cardos»). Sirven también para evocar su casa y su cama (vv. 16. 17). Se observa aquí hasta qué punto es difícil sostener la idea de que el Cantar sea simplemente un texto realista. Así, la evocación que se hace del cedro y del ciprés pueden inducir a una lectura referida al Templo de Salomón, en cuya construcción se emplearon estos materiales preciosos. Del mismo modo, la mención del «nardo» (1,12 Y 4,14), tan rara en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, sugiere un sentido que va más allá de la pura anécdota. Los comentaristas cristianos lo pondrán en relación con la unción en Betania que refiere san Juan (Jn 12,3). Vemos cómo estas palabras del Cantar suscitan delicadamente, por alusión, ecos interesantes. Sin perder nunca la presencia y el sabor inmediato del texto, surge de él un mundo más amplio. Estamos muy cerca del segundo capítulo del Génesis y del Edén, que engloba en una unidad apaciblemente ordenada al hombre y a la mujer en medio del jardín y de los animales. Pero el poema abarca igualmente la perspectiva escatológica del final del libro de Oseas, curiosamente entretejida de palabras y de imágenes que son también las del Cantar, especialmente al final, en donde Dios, esposo de un amor sin desalientos, piensa en el tiempo en que se curará la infidelidad:
Seré como rocío para Israel;
él florecerá como el lirio,
echará raíces como el álamo del Líbano;
se extenderán sus vástagos,
tendrá la lozanía del olivo
y el aroma del Líbano.
Volverán a sentarse a mi sombra,
harán que reviva el trigo,
harán florecer la viña,
que tendrá la fama del vino del Líbano.
¿Qué tiene que ver Efraín con los ídolos?
Yo lo escucho y lo miro.
Yo soy como un ciprés frondoso;
de mí proceden sus frutos. (Os 14,6-9)
La mención de las pasas del versículo 2,5 parece reforzar este campo de resonancias proféticas: Os 3,1 y Jr 7,18 las evocan también en relación con el culto a los ídolos. El v. 6 introduce una mención que aparecerá más adelante (en 8, 3): "Su brazo izquierdo está bajo mi cabeza y su derecha me abraza». A continuación, el poema termina con una nueva invocación a las hijas de Jerusalén, pero esta vez en una atmósfera de confianza, de reconciliación y de plenitud. Pero ¿quién es en concreto el que habla? Unos dicen que la amada; otros, que el amado; entre estos últimos, A. Feuillet hace incluso de esta atribución un punto decisivo de su interpretación. En todo caso, se convoca a las gacelas y las ciervas del campo: animales típicos del paisaje palestino, al menos en tiempos antiguos. ¿Será preciso buscar a toda costa un simbolismo que justifique su presencia? Oculta en la mención de las tsevaot, es decir, de las «ciervas», se ha podido ver una alusión al nombre de Dios: Elohei tsevaot (el Dios de los «ejércitos»). También se puede optar por una visión retozona de animales maravillosamente incorporados aquí al mundo de movimientos y deseos que va tomando cuerpo en torno al amado y a la amada.