El Cantar de los Cantares está lleno de misterio, un misterio que es parte irreductible del deseo, el mismo que expresó Freud cuando dijo que el yo no es amo en su propia casa. El deseo puede ser más oscuro de lo que creemos, puede ocultar impulsos agresivos que rechazamos, puede hacer fracasar los planes mejor estructurados de una persona, pero también puede hacer salir lo mejor de nosotros. En el deseo se entrelazan pulsión de vida y pulsión de muerte, en el deseo se manifiesta el combate espiritual que el Cantar expresa apostando por el amor.
Fuerte es el amor, como la muerte, y tenaz la pasión, como el sepulcro (Cant 8,6).
Las muchas aguas no pueden extinguir el amor, ni los ríos lo anegarán; si el hombre diera todos los bienes de su casa por amor, de cierto lo menospreciarían (Cant 8,7).
Nada puede hacer el dinero contra la muerte, así como tampoco el dinero puede comprar el amor ni el placer.
El misterio del Cantar celebra el cuerpo, la belleza y el disfrute mutuo, realza el amor y el deseo como un fuego vivo e imparable, que no se compra con dinero. Los falsos esoterismos no pueden ocultar nada a nadie que no quiera ocultarselo a sí mismo, pues el deseo habita en una dimensión íntima e intransferible, completamente propia. Nadie puede revelar nuestro deseo por nosotros (por más que las madres tengan a veces esta fantasía todopoderosa con respecto a sus hijos).
Y es que no hay nada de natural en el deseo, como tampoco ninguna de las comparaciones y metáforas utilizadas en el Cantar resulta realmente natural.
La manera en la que se evocan el ombligo, el vientre y los ojos o la nariz de la amada son realmente sorprendentes y rompedoras (Cant 6,11-7,9). Y así como la descripción del amado se hacía de arriba a abajo, en el caso de la amada se recorre el cuerpo de abajo a arriba (pies, muslos, ombligo, vientre, pechos, cuello y hasta la cabeza). Las menciones geográficas y corporales se desplazan del sur al norte de Palestina, hasta el monte Carmelo; y desde el valle («al huerto de los nogales descendí, a ver los frutos del valle») hasta lo alto de la palmera. La correspondencia que se sugiere en este caso es la del cuerpo de la amada con la tierra misma, reconstruyendo la unidad devastada de la Tierra prometida, desde el Reino del norte hasta el Reino del Sur: «hermosa como Tirsá y encantadora como Jerusalén». La grieta, que ya se había manifestado en la división entre los dos reinos, es también la división que en el Paraíso separó al hombre de la mujer. A través del eros, el Cantar no sólo reconstruye la unidad entre el hombre y la mujer, o entre lo masculino y lo femenino, también la unidad política.
¿Qué veréis en la Sulamita? Como la reunión de dos campamentos (Cant 6,13).
En esta designación misteriosa de la amada (Sulamita) encontramos una conexión con la anterior mención a Salomón, ambos con la raíz 'slm' que nos recuerda el motivo de la paz, de esta forma los dos protagonistas se responderían mutuamente, por su mismo nombre. Y es que también aparecen algunos rasgos que le dan a la amada un cierto aire guerrero. En dos ocasiones se la llama "terrible como los batallones" (Cant 6, 4.10). Una fuerza guerrera que la hace estar más cerca de la tierra. Por eso, el ascenso en la descripción de la amada no es casual; el texto sugiere que la mujer, al estar ligada al origen de la vida (la maternidad, la fertilidad), está intrínsecamente conectada con los misterios más profundos de la existencia, el nacimiento y, por ende, el límite con la muerte. Por el contrario, el amado representa el movimiento de lo divino, del cielo, del espíritu o de la gracia que desciende hacia el mundo. Es una fuerza vertical que busca enraizarse. El deseo del amado es una fuerza de descenso que santifica la materia, mientras que la amada eleva la tierra hacia lo sagrado. Si el cuerpo de la amada representa la geografía de Palestina de sur a norte, el descenso del amado traza el camino inverso. El deseo de él recorre la tierra en sentido contrario para cubrir todo el territorio. Donde ella pone los pies, él inicia su deseo, donde él corona su cabeza, ella inicia su deseo. Así, ninguna parte de la Tierra Prometida queda fuera del mapa del amor. Ambos vectores se cruzan y se encuentran en el centro y sin saber cómo.
En el Cantar de los Cantares, saber y desear son prácticamente antónimos. El deseo aparece sin cálculo ni previo aviso, tal como lo expresó Jacob cuando dijo: «Sin duda, el Señor está en este lugar y yo no me había dado cuenta». De la misma forma lo vemos expresado en uno de los más misteriosos y oscuros versos del Cantar.
Sin saberlo, mi deseo me arrastróhacia los carros de Amminadib (Cant 6,12).
El profundo deseo de Dios habita en todo el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento da un paso más al ser liberado por Cristo en el corazón de cada uno. Con el deseo de adquirir la sabiduría (Prov 5,19; Eclo 1,20), con la nostalgia de Jerusalén (Sal 137,5), con el deseo de subir a la ciudad santa (128,5) y al templo (122,1), con el deseo de conocer la palabra de Dios a través de todas sus formas (119,20.131.174), corre profundamente un deseo que polariza todas las energías, que ayuda a desenmascarar las ilusiones y las falsificaciones (Am 5,18; Is 58,2), a superar todas las decepciones.
«Mi carne y mis entrañas se consumen, más el Señor es, para siempre, mi roca y mi porción» (Sal 73,25s 42,2 63,2). Y además la vida de Jesús se convierte en el modelo del mayor deseo que el hombre puede tener. Jesús está poseído de un deseo ardiente, ansioso, que sólo apagará su bautismo, su pasión (Lc 12,49s), el deseo de dar gloria a su Padre (Jn 17,4) y de mostrar al mundo hasta dónde puede amarle (14,30). Pero este deseo del Hijo orientado hacia su Padre es inseparable del deseo que le lleva hacia los suyos y que, mientras avanzaba hacia su pasión, le hacía «desear ardientemente comer la pascua» con ellos (Lc 22,15).
Con Jesús el amor rompe las barreras de la ley, tal como lo expresa Paul Ricoeur:
El eros no es institucional. Es una ofensa reducirlo a un pacto, o al débito conyugal... La ley de Eros -que ya no es en modo alguno la ley- es la reciprocidad del don. Es por esto infrajurídico, parajurídico, suprajurídico. Pertenece a la naturaleza de su demonismo amenazar la institución -cualquier institución, incluido el matrimonio.








