Venera (pertenencia mutua)

 




En Cant 5, 10-16 la esposa alaba al esposo y describe detalladamente la anatomía de su amado utilizando un lenguaje altamente simbólico. Pero el cuerpo del amado no se describe con rasgos humanos convencionales, sino con los materiales preciosos, las texturas y las formas arquitectónicas que constituían el santuario divino.

En las metáforas de oro, marfil, mármol y cedro que utiliza para describir su cuerpo pueden verse claras alusiones al Templo, al igual que también se ha visto en el amado un símbolo de Dios. Estos materiales y la estructura de su descripción evocan la arquitectura, los colores y los tesoros del Templo de Jerusalén, presentando al amado como un reflejo de la presencia divina. El oro puro es el material dominante en el Santo de los Santos, tanto en las paredes como en el arca, los candelabros o los querubines. Las columnas de mármol evocan a los soportes estructurales del templo. El monte Líbano y sus maderas remiten directamente a los cedros usados por Salomón para construir la Casa de Dios. La forma de enumerar los miembros de arriba a abajo imita la contemplación de un espacio sagrado o una estatua cultual.


Pero, además, el amado es también un símbolo del deseo mismo, es la personificación misma de todo lo que despierta el apetito sensible y el deleite, de ahí las constantes alusiones a los perfumes, la mirra, los frutos dulces o el oro. Un deseo que no es pasivo ni de corto alcance, las expresiones de posesión mutua simbolizan la meta del deseo espiritual, la que trasciende los deseos en plural para alcanzar una comunión íntima entre el alma y lo sagrado. En Cantares 7,10 vuelve a expresarse la pertenencia mutua que ya se había expresado en 6, 3. Pero en esta ocasión se hace una mención específica al deseo:

Yo soy para
mi amado y hacia mí se dirige su deseo

La palabra deseo que se utiliza aquí es la misma que aparece en Gn 3,16: "tu deseo te impulsará hacia tu marido y él dominará sobre ti", apuntando a una tensión en la relación, donde la mujer tendería a querer ejercer dominio, mientras que el hombre respondería con autoridad desproporcionada. Pero en el texto del Cantar se expresa una restauración del amor mutuo y la entrega libre, donde el deseo (teshûqah) ya no es fuente de dominio o ruptura, sino de comunión plena, reciprocidad y anhelo amoroso desprovisto de opresión. El impulso de control se transforma en atracción y pertenencia en pie de igualdad.