La herramienta de trabajo de un analista es el deseo. El deseo es constructor de hombres, tal como lo dijo Françoise Dolto, la causa activa de la humanización de un niño es el reconocimiento de su deseo a través de la palabra. El deseo es la fuerza vital que hace que desarrollemos todo el potencial de nuestras capacidades, la inteligencia, la sabiduría, la capacidad de pensar, de trabajar, capacidades que no están reducidas a un coeficiente o a un dato que nos encasille. Estas capacidades son susceptibles de crecer, de ampliarse, de manifestarse en toda su verdadera potencia. El deseo es el verdadero motor del aparato psíquico y físico. Cuando el otro no sostiene nuestro deseo, merman también nuestras energías, nuestra vitalidad, haciendo que las tareas cotidianas cuesten más esfuerzo y que la energía personal disminuya. A largo plazo el cuerpo y la mente se resienten, un espacio sin deseo mutuo activo genera ese tipo de vacío atrofiante e insoportable en el que uno empieza a cuestionar el valor de sus propios sueños o proyectos. Es un tipo de vacío que proviene de fuera, y que impide encontrar rumbo y sentido a lo que hacemos. La ausencia de un deseo que nos sostenga es sinónimo de falta de amor, por más cariño que se le de a alguien. La ausencia de un sí, como de un no, es mucho peor que un no rotundo, capaz de impulsarnos, de darnos un marco en el que movernos. El deseo se origina siempre en el marco del deseo del otro y si fue débil, costará el doble poder reconstruir el propio. El analista proporciona ese sostén indispensable que ayuda a renacer desde adentro, para poder encontrar en uno mismo la fuerza vital que el otro no ha podido proporcionarnos.
Un analista se dedica, precisamente, a alojar el deseo del paciente. Esta función es clave, porque alojar el deseo del otro no es tanto ofrecerle respuestas o explicaciones, no es responder con pautas de comportamiento, es ofrecerle algo de su propio deseo. Un analista no es objetivo, no tiene una posición no-neutral, pues tal fantasía cientificista no existe. El analista trabaja a partir de su deseo, desde el que intenta o le sale escuchar a alguien; la manera como recibe la palabra del paciente, cómo esta lo afecta y en función de ello qué tipo de interpretación hace. Alojar y soportar la demanda son una condición amorosa y libidinal imprescindibles para poder no responder a la demanda. Que el analista pueda hacerlo y que el paciente pueda tolerarlo. Generalmente alguien se presente frente al analista a partir de una posición de no saber, esperando que sea el otro quien sepa. El analista frente al analizante ocupa una posición, el lugar del Sujeto al que se le supone un saber, es también la posición que ocupa todo médico o profesor, aquel a quien se le supone conocedor de una verdad. Se supone que hay que saber algo, algo oculto, que es la causa del malestar y que se puede descubrir a partir de decir algo. Pero el psicoanálisis rompió esta estructura que todo analizante espera, y por eso el analista no ofrece respuestas. El analista sabe que este Sujeto supuesto Saber no es más que un disfraz, pues de ninguna manera sabe la causa del malestar del paciente, al contrario, él va a aprenderla de aquel que viene. No es fácil para un analizante inscribir la frustración de no obtener respuesta por parte del analista, si no sintiera que su demanda está siendo alojada, escuchada, sostenida. La paciencia es, probablemente, la mayor de las armas psicoanalíticas. Es la cualidad maternal por excelencia, ofrecer el deseo propio para que el otro pueda desarrollar el suyo. El deseo del analista crea y trabaja a partir de eso que es el deseo humano, y que aparece a partir de la relación con la palabra. Hay pacientes que llegan a consulta sin apenas deseo, y es que el deseo sólo se articula y se estructura en relación a otro, no surge de la nada.









