En la actualidad se ha originado un escollo que hace chocar a la concepción sagrada de las cosmovisiones arcaicas con la visión historicista contemporánea más tendente a excluir lo sagrado de su cosmovisión. Mircea Eliade entiende que el origen del mito se halla en un acontecimiento ocurrido en un tiempo primordial (illo tempore), fuera del tiempo histórico ordinario, y con una acción divina y seres sobrenaturales. Eliade sostiene que el pensamiento mítico se caracteriza por el terror a la historia. Por eso el hombre arcaico trasciende el tiempo profano gracias al mito. Pero al hacer esta formulación se olvida que el mito tiene una forma narrativa, por la cual todo hecho sucede en el tiempo, según la relación del antes y el después, con una unidad de sentido con principio y fin.
Probablemente haya sido la mitología grecorromana y oriental la que más ha favorecido esta comprensión del mito. Comúnmente pensamos en mitos únicamente cuando se hace referencia a la mitología grecorromana, motivo por el cual hemos entendido el mito como una realidad muy alejada de la historia. Pero lo cierto es que también la mitología grecorromana tuvo su origen en la historia, su valor sagrado está especialmente unido a su origen histórico. Los mitos griegos, cuando fueron recogidos por las obras literarias de Homero, Hesíodo o Virgilio, habían ido transformándose por la tradición oral y también habían perdido su conexión con la historia. El monoteísmo, al introducir la participación de Dios en la historia, rescató el valor sagrado del mito, por eso, a partir del monoteísmo judío se originaron textos sagrados como el del islam y el del cristianismo. Sin embargo, todos los textos que han recogido las tradiciones sagradas orales de los griegos no pueden ser considerados textos sagrados, sino obras literarias, lo cual no significa que no hayan tenido un origen sagrado.
En la tradición grecorromana esta vinculación con la historia se ha venido constatando gracias a algunos descubrimientos arqueológicos, es el caso del descubrimiento de Troya por Heinrich Schliemann en el siglo XIX. Un ejemplo perfecto de cómo los mitos grecorromanos tienen una raíz histórica y material. Este hallazgo arqueológico demostró que la Ilíada de Homero no era una simple fantasía, sino que estaba basada en un escenario y un conflicto reales. La geografía sagrada en los mitos jugaba un papel fundamental, lugares geográficos reales como Micenas, Ítaca, el Monte Olimpo o Troya ofrecían una forma de tocar la historia y conectar con la presencia divina que allí había manifestado su poder.
Pero en la tradición judeocristiana sí disponemos de texto sagrado, motivo por el cual se vuelve más fácil indagar en la conexión entre símbolo e historia. La participación de Dios en la historia, de la que habla el Texto Sagrado, nos ayuda a desmitificar los mitos, valga la redundancia. La revelación judeocristiana introduce una historia lineal con un principio (creación) y un fin (escatología). Dios no es la naturaleza, Dios actúa dentro del tiempo histórico a través de acontecimientos únicos e irrepetibles (como el Éxodo o la Encarnación). Y aunque también esta comprensión haya derivado en una concepción historicista muy limitada, como es la de la visión cientificista moderna, no debemos olvidar las diferencias que introduce con respecto a la deformación de algunas religiones del entorno, que habían provocado actitudes muy sumisas y temerosas con respecto a los poderes divinos personalizados en las fuerzas de la naturaleza. La revelación en el tiempo histórico no debe verse como una comprensión lineal de la historia frente a una comprensión cíclica, pues va mucho más allá. La escatología como fin al que conduce la creación es algo mucho más complejo que un simple final, es de hecho una de las revelaciones más maravillosas, misteriosas, impactantes y difíciles de asimilar. Pero no nos desviemos del tema, porque hoy nos interesa traer un ejemplo de cómo, a través de los santos cristianos, es posible indagar en la formación del mito vinculado directamente a los hechos históricos.
Bernardo de Claraval fue uno de los principales impulsores de la orden del Císter, y también de la orden del Temple. Destaca por su particular devoción mariana, que se extendió por toda Europa. Acerca del poder carismático de su figura nos deja constancia el hecho de que en el 1112, cuando ingresó en el monasterio de Citeaux, arrastró con él a sus cuatro hermanos mayores, un tío y decenas de nobles; más tarde se sumaron su padre, su hermano menor, su cuñado y su hermana. Alrededor de treinta caballeros y familiares cercanos acompañaron a Bernardo en su vocación inicial. Algunos años después, fundará el Monasterio de Claraval y desde allí impulsa una enorme y rápida expansión de la Orden del Císter, llegando a crear decenas de abadías filiales que se extendieron con fuerza por toda Europa occidental durante el siglo XII. En Galicia, la filiación directa del Monasterio de Claraval vino a través de los condes de Traba, y se materializó en los monasterios de Sobrado dos monxes, Santa María de Oseira y Santa María de Melón.
Vemos, en esta pintura del español Juan Correa de Vivar, la representación de la mitra de obispo sobre la mesa. Hace alusión a que San Bernardo de Claraval rechazó en múltiples ocasiones ser nombrado obispo debido a su profunda humildad y su amor por la vida monástica. Prefirió mantenerse como abad del monasterio de Claraval antes que asumir altas dignidades eclesiásticas. A pesar de rechazar ser obispo, fue llamado a ejercer un poder espiritual inmenso, como consejero de papas y reyes.
Alegraos, Jerusalén, y regocijaos por ella
todos los que la amáis,
llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacíais duelo;
de modo que maméis y os hartéis
del seno de sus consuelos,
de modo que chupéis y os deleitéis de los pechos de su gloria» (Isaías 66, 10-11).
Al enfrentar lo que nos evoca el mito de Heracles, Hera y la Vía Láctea, por un lado y lo que nos evoca la leyenda de la lactación de San Bernardo recibiendo la leche del pecho de la Virgen, podemos intuir de qué manera influye la consideración histórica o fantasiosa del mito. Nuestro mundo acepta los mitos siempre que sean fantasiosos, y se molesta particularmente con aquellos que tengan pretensión de formar parte de la historia. Al pertenecer a una religión extinta, el mito de la Vía Láctea naciendo de la leche de Hera se lee hoy puramente como una metáfora poética. No exige fe ni altera la realidad política o científica actual. Es inofensivo y estéticamente bello, por lo que el mundo moderno lo abraza sin resistencia. En el caso de una tradición viva como la católica, la leyenda de la lactación de San Bernardo, se circunscribe al ámbito de la experiencia mística personal o la leyenda piadosa dentro de los muros de un monasterio. Es tolerado solo como una expresión de devoción interna, pero no como la expresión de una realidad histórica en la que, en efecto, la devoción mariana se expandió por toda Europa gracias a San Bernardo. Este mismo rechazo al componente histórico y carnal lo vemos en el mito del Apóstol, puesto que no se queda en el cielo ni en el éxtasis místico. Pisa la tierra y afirma que un personaje histórico concreto predicó en Hispania, que sus restos físicos están enterrados en Galicia y generó una peregrinación que moldeó la geopolítica de Europa occidental.
No resulta casual que la leyenda de la lactación de San Bernardo y la de la Vía Láctea converjan en el Camino de Santiago a través de una rica tradición de misticismo mariano. Mientras que la leyenda del santo es un milagro de sabiduría, el Camino y la Vía Láctea comparten un simbolismo astral y geográfico de guía divina. La leyenda de San Bernardo sintetiza la revolución social que supuso la transformación de la percepción de la divinidad, pasando del Dios juez medieval a una figura materna protectora e intercesora, la misma que encarnó San Bernardo en su persona y la misma que dio origen al carácter hospitalario del Camino de Santiago. La leyenda de la lactación de San Bernardo no solo nos habla de una revolución humanística que se dio en el siglo XII a través de la Orden del Císter, también rescata el valor sagrado del mito de la Vía Láctea, con su simbolismo astral de guía divino. Al vincular la leche de la Virgen con el orden cósmico, la leyenda transforma el firmamento en un mapa de salvación, en un Camino. La Vía Láctea deja de ser un simple fenómeno físico para convertirse en el sendero de luz que conduce las almas hacia la patria celestial, bajo la guía amorosa e intercesora de la Madre de Dios.
Es propio de la Ley justa y eterna de Dios que quien no quiere regirse con dulzura, se rija a sí mismo con dolor, y quien desecha el yugo suave y la carga ligera de la caridad, se vea forzado a soportar el peso intolerable de su propia voluntad.
En San Bernardo la visión de la autoridad y el liderazgo no se basaba en la imposición o el poder jerárquico coercitivo, sino en la fuerza del amor, la compasión y la guía espiritual paternal y maternal. Para San Bernardo, quien ostentaba una posición de liderazgo (como un abad) debía ser un "padre" y una "madre" para sus subordinados, corrigiendo los errores con firmeza pero aplicando siempre la dulzura y la misericordia para sanar las almas en lugar de destruirlas.
De corazón duro quien es desconfiado de los consejos, cruel en sus juicios, cínico ante lo indecoroso, impávido entre los peligros, inhumano con los hombres, temerario para con lo divino. Todo lo echa a la espalda, nada le importa el presente. No teme el futuro. Es de corazón duro el hombre que del pasado sólo recuerda las injurias que le hicieron. No se aprovecha del presente y el futuro únicamente lo imagina para maquinar y organizar la venganza. En una palabra: es de corazón duro el que ni teme a Dios ni respeta al hombre.
No consiste la paciencia en consentir que te degraden hasta la esclavitud, cuando puedes mantenerte libre. Y no quisiera que pase inadvertida por ti esa servidumbre, en la que día a día te estás hundiendo sin darte cuenta. No sentir la continua vejación propia es un síntoma de que el corazón se haya embotado. Los azotes os servirán de lección, dice la Escritura. Lo cual es verdad; pero si no son excesivos. Cuando lo son, nada enseñan, porque provocan repugnancia. Cuando el impío llega al fondo del mal, todo lo desprecia. Espabílate y ponte alerta. Que te horrorice el yugo que te viene encima y te oprime con su odiosa esclavitud.
¿Y qué importará ser esclavo por propia complacencia o forzosamente, si al fin lo eres? La esclavitud forzosa es digna de lástima; pero más degradante será la esclavitud deseada.
San Bernardo
No hay cosa tan dura que no ceda a otra que todavía sea más fuerte.
Cúlpate a ti mismo, cuando te hace mal un enemigo que no te puede dañar sin ti.
¿De que te servirá ser sabio, sino lo eres para ti?
Al que piensa que nada le falta, le falta todo.
Observa el medio sino quieres perder la moderación en las cosas.
Para los incautos es la prosperidad como el fuego para la cera, y el rayo del sol para la nieve.
No es cosa grande ser humilde entre los desprecios, pero es rara virtud una humildad entre las honras.
No hay miseria más verdadera que la falsa alegría.
Convencidos estamos de que queremos, cuando hacemos lo que no se haría sino quisiéramos.
Huir de la persecución, no es culpa del que huye, sino del que persigue.
Ninguno merece mejor el enojo que aquel enemigo que se finge amigo.
Los que atesoran en el cielo, no tienen porque temer a los ladrones.
Es necesario condescender con los amigos, más no para contribuir a su perdición.
El corazón frio no percibe unas palabras que están llenas de fuego, así como el que no sabe el griego, no entiende a que habla en esta lengua.
No puede la fama agregar a la virtud lo que la conciencia arguye, que es vicio.
La virtud se contenta con el candor de la conciencia, aun cuando no la acompañe el olor de la buena fama.
No correrían muchos con tanto gusto a los cargos si conocieran que son cargas.
Todas las cosas de este mundo han de tener fin; y su fin no tendrá fin.
Darás a tu voz, voz de virtud, si primero te persuades a ti mismo de lo que quieres persuadir a otros.
Quieras o no quieras, dentro de tus términos habita el Jebuseo, le podrás sujetar, más no exterminar.
Quita las cosas superfluas, y nacerán las saludables; porque cuando quitas a la concupiscencia se añade a la utilidad.
Sentencias y parábolas (tomo VIII) San Bernardo
Recogen la enseñanza oral del gran abad, recopiladas por sus discípulos
