"Corazón duro es simplemente aquel que no se espanta de sí mismo, porque ni lo advierte"
San Bernardo
El avance de la medicina ha generado expectativas de una vida libre de molestias. La sociedad contemporánea se caracteriza por la búsqueda inmediata de alivio ante cualquier malestar físico o emocional. El sufrimiento suele verse como una falla del sistema o una pérdida de tiempo, lo que nos impulsa a anestesiarlo rápidamente en lugar de comprender su origen. Ante un dolor de cabeza, de espalda o muscular, la respuesta automática es el consumo de analgésicos de venta libre. La presión social por estar siempre feliz, divirtiéndose o mostrándose exitoso empuja a reprimir los procesos de duelo, generando más culpa por estar mal.
Pero cada dolor es el dolor único e intransferible de toda la persona. El dolor de cabeza, de espalda, o de un dedo invade toda la persona y es ella quien debe experimentarlo hasta el fondo, no la cabeza o la espalda o el dedo. El dolor abre un diálogo con el cuerpo, convertido en interrogante sobre la totalidad del ser. En las claves para saber leer el dolor están también las claves para saber sufrir. El dolor nos impulsa a buscar alivio en respuestas externas, pero el sufrimiento plantea en soledad un interrogante sobre su sentido. Solamente a nuestro ser más interno le concierne la conciencia del carácter inevitable de la muerte. Nadie puede responder al ser de otro hombre convertido en interrogante sobre sí mismo. ¿A quién se dirige entonces ese interrogante específico en el que el hombre se convierte ante la muerte? Todo él se convierte en interrogante, lo cual no quiere decir que sepa sufrir. Solamente quien se hace cargo de su propio ser sabe sufrir, aquel que se ve impulsado por el interrogante que lo acucia sobre la verdad de su ser. Esta capacidad permite efectivamente comenzar a pensar y existir de veras. La verdad, en realidad, es una. El pensamiento destruido no hace preguntas sobre la verdad, sino sobre el funcionamiento de las cosas. Por eso, restituir la capacidad para saber sufrir restituye también la capacidad para saber pensar.
También en el Cantar de los Cantares encontramos la necesidad de avanzar retrocediendo. No hay nada complaciente en ese texto. La presencia mutua se entrelaza con desapariciones súbitas, los progresos se acompañan de retrocesos. La aparente incongruencia de los poemas pareciera que nos hacen recorrer el mismo camino, aunque trazando una línea progresiva: hacia la posesión mutua, hacia el porvenir que se hace posible precisamente dando una vuelta por el comienzo.

