Saber sufrir



Si hay una fuerza tan imperiosa en nosotras que nos empuja a hacerlo todo mal tiene que ser porque todavía más profundamente deseamos hacerlas bien. El error o el autosabotaje a menudo reflejan una lucha inconsciente, donde el deseo de hacerlo bien es tan exigente que el miedo a fracasar empuja con más fuerza a fallar bajo nuestros propios términos conscientes. Necesitamos avanzar retrocediendo, para cuidar un poco mejor del yo del pasado, soportar sus defectos y la vulnerabilidad de experimentar el peso y la frustración de equivocarnos, pues sin ella tampoco tendríamos ninguna noción de lo que es hacerlo mejor. De alguna manera enlazar el futuro con el pasado, pues el tropiezo actúa como un espejo que revela la profundidad de nuestra intención original. Nuestros errores no nacen de la maldad pura, puesto que sólo el bien tiene entidad ontológica, nuestros errores nacen de un deseo profundo y frustrado de perfección, por eso están más cerca de la verdad que la aparente perfección. El peligro está en confundir un bien menor con el Bien Absoluto. La voluntad humana siempre se mueve impulsada por la búsqueda de la perfección, es decir, del Bien Absoluto. Su esencia profunda es no conformarse con bienes menores, por eso dar cabida a la lucha interna, al combate espiritual, es permitirle a nuestro verdadero ser abrirse camino. Ni el sufrimiento ni la muerte pueden ser operaciones de la razón calculadora del hombre, por eso nos imponen una tarea enteramente distinta a lo que estamos acostumbrados, sin embargo es la tarea de la que se extrae mayor aprendizaje, la que nos abre el conocimiento de nuestro verdadero ser.

El avance de la medicina ha generado expectativas de una vida libre de molestias. La sociedad contemporánea se caracteriza por la búsqueda inmediata de alivio ante cualquier malestar físico o emocional. El sufrimiento suele verse como una falla del sistema o una pérdida de tiempo, lo que nos impulsa a anestesiarlo rápidamente en lugar de comprender su origen. Ante un dolor de cabeza, de espalda o muscular, la respuesta automática es el consumo de analgésicos de venta libre. La presión social por estar siempre feliz, divirtiéndose o mostrándose exitoso empuja a reprimir los procesos de duelo, generando más culpa por estar mal.

Pero cada dolor es el dolor único e intransferible de toda la persona. El dolor de cabeza, de espalda, o de un dedo invade toda la persona y es ella quien debe experimentarlo hasta el fondo, no la cabeza o la espalda o el dedo. El dolor abre un diálogo con el cuerpo, convertido en interrogante sobre la totalidad del ser. En las claves para saber leer el dolor están también las claves para saber sufrir. El dolor nos impulsa a buscar alivio en respuestas externas, pero el sufrimiento plantea en soledad un interrogante sobre su sentido. Solamente a nuestro ser más interno le concierne la conciencia del carácter inevitable de la muerte. Nadie puede responder al ser de otro hombre convertido en interrogante sobre sí mismo. ¿A quién se dirige entonces ese interrogante específico en el que el hombre se convierte ante la muerte? Todo él se convierte en interrogante, lo cual no quiere decir que sepa sufrir. Solamente quien se hace cargo de su propio ser sabe sufrir, aquel que se ve impulsado por el interrogante que lo acucia sobre la verdad de su ser. Esta capacidad permite efectivamente comenzar a pensar y existir de veras. La verdad, en realidad, es una. El pensamiento destruido no hace preguntas sobre la verdad, sino sobre el funcionamiento de las cosas. Por eso, restituir la capacidad para saber sufrir restituye también la capacidad para saber pensar.