Nigromante de Endor



«La bruja de Endor invoca la sombra de Samuel»
Nikiforovich Dmitry Martynov, 1857


Me invade la emoción con un nuevo descubrimiento. Acaban de aparecer en Polonia nuevos textos inéditos, en un códice latino del siglo XII, con sermones escritos por San Agustín. Se trata de un tema bíblico que estos días he recordado en varias ocasiones y que tenía en mi lista mental de asuntos pendientes para profundizar. Ya no hay excusas para esperar más, muero de la curiosidad por saber qué tiene San Agustín para decirnos, 16 siglos después de su muerte, y que sin duda seguirá siendo actual. Los sermones tratan, nada más y nada menos, sobre la inquietante historia de la nigromante de Endor, narrada en el capítulo 28 del primer libro de Samuel (1 Sam 28,3-20), un tema rabiosamente actual. El descubrimiento ha sido realizado por Christian Tornau, profesor de latín en la Universidad de Würzburg, en Alemania, dentro de un documento medieval conservado en la Biblioteca Diocesana de Pelplin, al norte de Polonia.

Se trata de un episodio de esos que me gustan a mi, difíciles, contradictorios, puesto que parece sugerir que la invocación de los muertos, aunque prohibida, podría tener eficacia real. No es extraño que algunos de los grandes autores de la Antigüedad cristiana, como Orígenes, Eustacio de Antioquía o Gregorio de Nisa, se ocuparan de la cuestión. Intuyo que el pasaje nos traerá respuestas reveladoras, y que parecen llegar en el momento justo para esclarecer temas de gran actualidad. Dios habla para quien está dispuesto a escuchar.


Manuscrito encontrado en Pelplin, Biblioteca Diocesana.


La nigromante de Endor

Hoy sabemos que los filisteos, ancestral enemigo de los israelitas, fueron uno de los pueblos del mar que invadieron las costas del Levante mediterráneo provocando el colapso de la Edad del Bronce. No tenían origen semita, venían del mar Egeo y de islas como Creta, con una cultura distinta a la de los pueblos locales, con influencias griegas, hábitos alimenticios propios y dioses como Dagón y Baal. Lucharon contra líderes de Israel como Sansón, el rey Saúl y el rey David (en su famoso combate contra Goliat). Pues bien, en este contexto, y siendo monarca Saúl, todos los ejércitos filisteos se habían unido para atacar las pequeñas y débiles tropas de Israel. El lugar de la batalla era el valle de Jezreel, un área estratégica para controlar las importantes rutas de comercio de la región. El pueblo de Israel montó su campamento en el monte Gilboa, a pocos kilómetros del ejército filisteo, que estaba en Suném (1 Sam 28,4).

Pero el rey Saúl se sentía sobrepasado, aunque de joven había estado muy cerca de Dios, después de ascender al trono, se volvió orgulloso y se rebeló contra Dios. En su obcecación, había rechazado persistentemente escuchar la voz de Dios y ahora ya no sabía a quién recurrir. El profeta Samuel había muerto y esto le llevó a Saul a buscar a Dios por otros medios, "pero el Señor no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas". El silencio de Dios lo sumió en la desesperación. "Entonces Saúl dijo a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte" (1 Sam 28,7). Dios había ordenado claramente a su pueblo que nunca debían consultar alguna hechicera o médium (Lev 19,31; Deut 18,10-11; Isa 8,19), pero Saúl ahora tenía poca consideración por la instrucción de Dios. El miedo le hizo buscar sabiduría en una fuente oculta que él mismo había prohibido, mostrando su hipocresía e indicando cuánto se había alejado de la gracia de Dios, particularidad ésta que hoy nos resulta muy común y normalizada entre los gobernantes de nuestros días. De modo que el rey fue al encuentro de la nigromante en la ciudad de Endor, la moderna Khirbert es-Safsafe, aproximadamente a siete kilómetros del monte Gilboa, y muy próxima al campamento filisteo. Saúl se disfrazó justamente para no correr el riesgo de ser identificado como líder de los israelitas. Él estaba entrando en terreno enemigo.


El personaje era una intermediaria entre los vivos y los muertos; la descripción del versículo 7 puede ser traducida también como “una mujer que sirve a la señora de los espíritus ‘obh”. Esa “señora”, probablemente, haya sido Shapshu, una diosa solar del panteón de la ciudad de Ugarit, en la actual Siria. Los textos de Ugarit son de extrema importancia para entender la religión cananea en el periodo bíblico. En ellos, Shapshu es descrita en textos mitológicos y religiosos como alguien capaz de traer el espíritu de los muertos del submundo al mundo de los vivos, durante la noche. Eso también podría explicar el motivo por el que el rey y sus siervos tuvieron que ir a consultarla de noche. Invocar a los muertos durante la noche era una práctica también confirmada por textos de Ugarit y de los hititas, una importante civilización que gobernó parte del antiguo Oriente Medio durante el segundo milenio antes de Cristo. Por otro lado, no resulta casual que estas figuras sean habitualmente femeninas; responde a la estructura de las religiones politeístas y al culto primigenio a la Tierra Madre. Una comprensión de lo sagrado en donde éste se manifiesta inmerso en la naturaleza y los ciclos vitales, y en el que morir era un símbolo de regresar al útero de la Tierra Madre para ser gestado de nuevo, en un constante círculo de regeneración natural.

El hecho de que Saúl haya evitado alimentos durante el día parece indicar un cierto requisito para aquel ritual de nigromancia. Eran prácticas habituales en el contexto de la consulta a una divinidad en el Antiguo Oriente, que trataban de asegurar el liderazgo “divino” para la ocasión. La exégesis que realiza Luiz Gustavo Assis nos aproxima un poco más a estas prácticas que eran comunes entre las religiones del entorno de Canaán y que no nos deben ser extrañas, puesto que la consideración de los muertos como dioses a los que invocar se encuentra también entre muchas de las creencias ancestrales gallegas. Recogemos parte de su estudio para aproximarnos mejor a estas prácticas.

La palabra “espíritu” utilizada en el versículo 8 es el término hebreo ‘obh, que probablemente sea un préstamo lingüístico de la lengua hitita (api) y que también es encontrado en documentos de los sumerios, de los acadianos y en textos ugaríticos. Su significado básico en esas lenguas es “fosa / pozo para sacrificio”. Existen ejemplos en textos encontrados en tierras bíblicas en los que fosas o pozos eran utilizados para rituales de nigromancia. El ejemplo más antiguo es el cuento “Gilgamesh, Enkidu y el submundo”, en donde el amigo de Gilgamesh, Enkidu, vuelve del mundo de los muertos a través de un pozo cavado en el suelo.

Algunos textos hititas también describen rituales de nigromancia en los que se utilizan pozos en el suelo. En esos relatos, una “mujer vieja”, en hitita haššawa, realiza una ceremonia nocturna en presencia de varios religiosos, incluyendo exorcistas, sacerdotes y médicos. En los pozos, también llamados “fosas para sacrificio”, era colocada sangre de varios animales, entre ellos cerdos, perros, aves y corderos. Además de la sangre, una mezcla de aceite, miel, queso, leche, vino y cerveza era ofrecida como libación para las divinidades del submundo. Todos esos elementos eran arrojados dentro de la fosa. Curiosamente, otros dos objetos eran colocados allí: una oreja de plata, símbolo del deseo de los adoradores de escuchar el mensaje del submundo, y una pequeña escalera de plata, que simbolizaba la voluntad de los adoradores de que el espíritu requerido saliera del pozo. El último ejemplo viene de Ugarit, donde en el cuento de Aqhat (2 Aqht I, líneas 26-29), se menciona el “espíritu de un pozo” .

Por causa de esas informaciones, creo que la primera parte del versículo 8 debe ser leída: “Invoca para mí a través de un pozo/fosa de sacrificio”, en lugar de “invoca un espíritu para mí”. La segunda parte del mismo texto concuerda con esa propuesta, cuando dice: “Que hagas subir al que yo te diga” (LBLA, NBLH) o “que hagas subir a quien yo te dijere” (JBS, SRV-BRG). La presencia del verbo hebreo ‘alah, “subir”, tiene sentido si ‘obh es un pozo / fosa de sacrificio, como fue descrito en el párrafo anterior.

(...)

El sustantivo hebreo ‘Elohim (vers. 13), “Dios” o “dioses”, según el contexto, también demuestra la familiaridad del autor bíblico con el telón de fondo religioso del Antiguo Oriente. En los textos de Mesopotamia, por ejemplo, la palabra “fantasma” es precedida por una señal utilizada para identificar divinidades (dingir); y, a veces, el sustantivo “dioses” es usado para referirse a los “muertos”. Ese mismo concepto era conocido en Canaán, donde los muertos eran aparentemente adorados como dioses (ver Núm. 25:2, Sal. 106:28).

A pesar de que los textos religiosos de los vecinos de Israel relatan en detalle el proceso de invocación de un espíritu, en la descripción de 1 Samuel 28 no hay encantamientos ni hechizos recitados por la mujer durante el ritual, probablemente debido a su naturaleza pagana. La única vislumbre de eso en el relato bíblico es el uso del verbo hebreo qara’, “chamar”, usado para describir la invocación de Samuel (vers. 15). Esa es la misma raíz verbal utilizada en textos de Ugarit para describir la invocación de los muertos.

Al final de la ceremonia, la mujer sacrificó (zabah) un becerro y le pidió a Saúl que comiera (vers. 24). En textos ugaríticos e hititas, los sacrificios eran realizados antes de la manifestación de un espíritu, a fin de invitarlo a la reunión nigromántica; aquí, el sacrificio fue realizado al final del ritual. ¿Cuál habrá sido el motivo? Un texto acadiano de la ciudad de Nínive (K 2779) tiene instrucciones de cómo realizar sacrificios después de un ritual de consulta a los muertos. Estos deberían ser realizados al dios del submundo en Mesopotamia, Shamash, y para el muerto consultado, a fin de proteger al ofertante de consecuencias mortales después del contacto con aquel espíritu. Sin embargo, para Saúl, la “función protectora” del sacrificio en Endor fue ineficaz. Al día siguiente, cuando la batalla contra las fuerzas filisteas estaba llegando a un final trágico para Israel, él cometió suicidio, y tres de sus hijos fueron muertos en el monte Gilboa, en el valle de Jezreel (1 Sam. 31:2-6). El rey no fue protegido de las consecuencias mortales previstas para aquellos que deciden consultar a médiums y hechiceros, y no a Yahweh. (Ver Isa. 8:19.)

Y lo cierto es que si Samuel no había querido hablar en vida con Saúl en los últimos tiempos, no tiene mucho sentido que quisiera hacerlo después de muerto. Quien sí tenía un verdadero interés en hablar con alguien a quien había ignorado en vida era Saúl. Saúl necesitaba hablar con Samuel y no lo hizo cuando podía, por eso se aferra a las palabras de la medium cuando asegura ver "dioses que suben de la tierra". Es evidente que Samuel no era un dios, y además era uno solo, lo cual no importó para impedir a Saúl encontrarse con aquello que no había querido escuchar de Samuel, y que por haber muerto, le atormentaba doblemente. Lo que Saúl encontró en la visita a la nigromante esa noche, fueron sus propias huestes demoníacas haciéndole escuchar lo que no había podido escuchar anteriormente. El mensaje que le transmitió Samuel a Saúl fue un mensaje totalmente sin esperanza. Predijo que Saúl y sus tres hijos morirían en batalla al día siguiente. De hecho, cuando sus hijos fueron muertos por los filisteos al otro día, el herido y desanimado rey de Israel se echó sobre su espada y se quitó la vida (1 Sam 31,2-4). 

A partir de aquí, han sido muchos los interrogantes que han hecho cuestionarse a unos y a otros acerca de la eficacia de estas prácticas. ¿Quién habló a Saúl a través de la hechicera, un profeta de Dios resucitado, o el diablo disfrazado? Si el monarca israelita acudió a la nigromante en busca de orientación “divina”, lo que encontró fue más desesperación frente al ejército filisteo. El rey de Israel salió de Endor sin ningún tipo de esperanza. Esta es la clave para situarnos entre la delgada línea que separa lo divino de lo diabólico.

No hay ninguna diferencia entre lo que Saúl ya sabía, porque Samuel se lo había advertido, y lo que el espíritu invocado por la nigromante le dice. Saúl no acude a la nigromante para saber algo nuevo, sino para confirmar lo que ya su corazón le dictaba, la intuición de que había traicionado a su pueblo. Una verdad difícil de soportar que, cuando se ignora se vuelve diabólica, y cuando se acepta se vuelve divina. Saúl llegó tarde a esa verdad y lo pagó con la muerte. Al contrario de la creencia de los pueblos vecinos de Israel, que hacían una diferenciación entre el alma y el cuerpo, la enseñanza bíblica es clara: no hay separación alguna entre esos dos elementos. Las 754 ocurrencias de la palabra nephesh, traducida como “alma” en algunos pasajes del Antiguo Testamento, no denotan el significado de una entidad separada del cuerpo, capaz de vivir cuando este no existe más. La unificación entre el alma y el cuerpo es clave para comprender sus implicaciones: ¿de qué le sirve al pueblo de Israel que el alma de Saúl siga viva una vez muerto y después de haberlo traicionado? La diferencia entre ambas creencias está en que una nos obliga a reaccionar a tiempo, la otra sólo nos confirma lo que ya sabíamos cuando ya es tarde.

Hoy esta cuestión se ha hecho muy actual, puesto que los miedos, las angustias y las ansiedades de los que sufren son explotados por muchos negocios esotéricos que piden dinero a cambio de poner fuera lo que ya sabemos que llevamos dentro y nos negamos a aceptar. Y he aquí una de esas contradicciones de la cultura materialista, que tanto alardea de no aceptar más dogma que la ciencia. A la ideología laicista y positivista no le gusta reconocer que también su cultura, supuestamente objetiva y atea, construye espiritualidad a base de recetas esotéricas y mágicas. Y es que en el fondo y en la práctica, la superstición es tan contraria a la fe como lo es el ateísmo. La credulidad y la increencia, lejos de ser dos fenómenos opuestos e incompatibles, son dos ramas de un mismo tronco: la desconfianza en Dios. 
El pecado de Saul se reactualiza hoy constantemente, queremos adivinar el futuro como medio para escapar de la verdad que ya intuimos en el presente. 

San Ignacio de Loyola nos da la clave, que parece simple pero es ciertamente difícil:

Haz las cosas como si sólo dependiesen de ti, y luego espera y confía como si sólo dependiesen de Dios.

Y aunque se trata de un género inferior, los rumores, filtraciones y cotilleos pertenecen a la misma especie a la que pertenece el falso esoterismo y la superstición. La atracción morbosa por las informaciones privilegiadas o las noticias en exclusiva surgen del anhelo por saber más que nadie, por el deseo de protagonismo y de ser capaz, mejor que nadie, de superar la incertidumbre y el misterio. Lo cierto es que ese afán desmedido de novedades genera fácilmente una dinámica que nos aboca a multitud de cotilleos, vaticinios, rumores, filtraciones, y sobre todo suposiciones que damos por hechas sin preguntar ni confirmar con quienes están verdaderamente implicados. Y lo cierto es que cuantos más secretos ocultos perseguimos más dispersos y ciegos nos volvemos a lo que tenemos delante, más descentrados y alejados vivimos de nuestra propia realidad. Hay un aprendizaje claro en este pasaje, la fidelidad a la verdad exige la renuncia a la pretensión de conocer y controlarlo todo. Renunciar a ejercer de profetas sin serlo, no preocuparse a destiempo, relativizar los problemas, callar sobre lo que no se sabe, renunciar a curiosidades indiscretas que no son de nuestra incumbencia, no hablar de los ausentes o hacerlo discretamente, practicar el “santo abandono”…



Referencias