Eclipse


Y por estar oculto, el sol se vuelve visible. La luna velando al sol nos revela una mirada penetrante en el horizonte, un juicio divino y una revelación profética.


En muchos pasajes del Antiguo Testamento (Joel, Amós, Habacuc) el sol y la luna se oscurecen y las estrellas pierden su luz y caen. Lo mismo ocurre en el Apocalipsis del Nuevo Testamento, en donde el sol y la luna ya no son necesarios porque la luz del cordero sacrificado pondrá claridad para siempre en la Ciudad jardín, señal de que los conflictos de la dualidad y del tiempo cíclico serán trascendidos. La pérdida de luz de los astros indica que las viejas estructuras del universo material ceden ante la verdadera luz divina.

El equilibrio entre las fuerzas cósmicas solares y lunares fue, para los antiguos, un referente cósmico vital que, entre otros aspectos, se observa por la relevancia de la luna llena en la mayoría de calendarios. El plenilunio sucede cuando la tierra se encuentra alineada entre el sol y la luna, diríamos que perfectamente equilibrada entre las fuerzas cósmicas celestes y las fuerzas ctónicas terrestres. El día de la luna llena fue considerado sagrado porque se entendió que era ésta la alineación de los astros que reinaba en tiempos de la Edad de Oro, o Paraíso. Pero esta alineación fue especialmente más significativa durante el equinoccio de primavera, por este motivo tanto la Pascua judía como la cristiana se celebran durante la primera luna llena que tiene lugar en el equinoccio de primavera. Así la Pascua se sitúa en un período analógico al de la Creación del mundo, y por eso se define como una restauración del estado primordial que vivíamos en el Paraíso. El cristianismo recoge este simbolismo de carácter cósmico pero va mucho más allá, al prescindir incluso de los más elementales factores de vida en el planeta.

Se cree, por lo común, que las figuras del sol y de la luna aparecen en los crucifijos para recordar la simultánea oscuridad que sobrevino en estos dos astros en el momento mismo de la muerte de Jesús. En los Evangelios de Mateo y Marcos solamente se menciona un oscurecimiento repentino del cielo. Es en el Evangelio de Lucas donde encontramos que "hacia la hora sexta las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona, el Sol eclipsó y el velo del templo se rasgo por la mitad de arriba a abajo", un velo se quita en el templo mientras otro se pone en el cielo, la dialéctica del desvelar y velar, del mostrar y ocultar, de lo visible y lo invisible o lo finito e infinito.

Tanto el sol como la luna son consideradas las luminarias o lámparas que creó Dios en el origen de los tiempos, la lámpara del día y la lámpara de la noche, símbolo del tiempo y su transcurrir. La posibilidad de trascender el dualismo entre el día y la noche, así como el del transcurrir del tiempo y su carácter repetitivo se encuentra simbolizada por Cristo (verdadero sol) en la cruz, así como por su corazón, atravesado por la lanza de Longinos en los momentos previos al oscurecimiento del sol.

El sol y la luna a ambos lados del crucificado en el Panteón real de San Isidoro de León. Le acompañan la Virgen, San Juan, Longinos, quien atraviesa con una lanza el costado de Jesús, y Estefatón, soldado romano que empapó una esponja en vinagre y colocándola en una caña ofreció de beber a Cristo, haciendo cumplir la profecía.



En la tradición cristiana el oscurecimiento funciona como signo cósmico de duelo y revelación. La cruz en el Calvario se sitúa así en medio de la dualidad. El verdadero sol trasciende a todo astro y a toda pseudo-astrología. Cristo integra en sí mismo las dos naturalezas trascendidas, el sol que brilla con luz propia nos adentra en la naturaleza divina de Cristo, mientras que la luna, que brilla reflejando la luz del sol nos adentra en su humanidad. También esta representación se relaciona con un pasaje en el libro del Deuteronomio que dice: “Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El corazón se asimila al sol, la mente a la luna y las fuerzas a la tierra o al cuerpo. En Cristo se cumple este amor trino, en cuerpo, alma y espíritu, entre los cuales no hay oposición sino unidad.

Sol y luna, hombre y mujer, fuego y agua, acción y reflexión, padre y madre, izquierda y derecha, vida y muerte, intelecto e imaginación, ascenso y descenso, e incluso los dos ladrones crucificados a derecha e izquierda de Jesús. Los Evangelios nos cuentan que los dos ladrones reaccionaron de forma completamente distinta cuando fueron colocados junto a Jesús. Uno de ellos cuestionó a Jesús argumentando que si realmente era el Hijo de Dios tenía que liberarlos de inmediato. Por el contrario el otro reconoció su pecado y pidió a Jesús que le dejara ir al Cielo con El. La cruz de Jesús en el Calvario se sitúa en medio de la dualidad. La representación del sol y la luna a ambos lados del crucificado recoge, así, una herencia ancestral. Sin duda uno de los primeros símbolos que el ser humano utilizó en el arte, y es que, además de vida, los astros también transmitían temor. 

Al alterar en pleno día el orden visible del mundo, hacer desaparecer al sol (fuente de vida y emblema frecuente del poder), provocar cambios de temperatura, luz y comportamiento animal, y terminar de manera tan repentina como comenzó, el eclipse fue interpretado, en sus orígenes, como ataque, castigo, advertencia, muerte provisional o intervención divina.
El oscurecimiento repentino del cielo fue inspirador de numerosos relatos que describen miedo, llanto, sacrificios y la preocupación de que seres monstruosos descendieran durante la oscuridad. Para los romanos, la desaparición o alteración del sol se convirtió en una forma de expresar que la muerte de un gran gobernante había desordenado el universo. Heródoto cuenta, además, que un eclipse previsto por Tales de Mileto interrumpió una batalla entre medos y lidios: al oscurecerse el cielo, ambos ejércitos dejaron de combatir e hicieron la paz. También el eclipse hizo surgir la idea de un matrimonio o reconciliación temporal entre el sol y la luna, y no en vano, el matrimonio es también una metáfora muy presente en el texto bíblico para simbolizar la relación conflictiva con Dios.

El eclipse es un revelación cósmica, y como en toda revelación, la crisis se hace patente, lo siniestro se hace presente tal y como Freud nos lo describió, como aquello que inquieta y que perturba, adhiriéndose a lo que nos es familiar y antiguo, pero que reaparece de forma extraña. El eclipse deja de ser solamente un fenómeno del cielo y pasa a representar ceguera, deseo, trauma, conflicto, crisis de civilización o desaparición de la identidad. 

Grabado del monumento megalítico de Loughcrew, dentro de una tumba neolítica en Irlanda, que podría ser una de las primeras representaciones de un eclipse


El eclipse pone de manifiesto la crisis de una civilización volcada en la mirada. Volcada en el espectáculo y el entretenimiento, los cuales también funcionan como un velo que nos impide ver. La sociedad del entretenimiento nos sumerge en un flujo constante de estímulos superficiales y espectáculos vacíos que actúan como una cortina de humo. El mundo permanece mirando aquello que otros le señalan, sin advertir cual es la diferencia entre el ojo y la mirada. Algo se pierde inevitablemente entre el ojo y la mirada. No es posible verlo todo, no podemos ver los ojos y la mirada al mismo tiempo. Como dijo Lacan, retomando a Sartre, "si aprehendo los ojos pierdo la mirada, y si aprehendo la mirada pierdo los ojos". Quien no está dispuesto a perder renuncia también a su mirada propia, esas gafas que el gobierno reparte son un signo de la renuncia a la mirada propia, un signo de la imposibilidad de nuestro mundo de aceptar la castración, y el sometimiento a un amo que ello conlleva.

"Si el ojo no fuera como el Sol, cómo percibiríamos la luz".