Simbolismo en las pinturas de San Vicente de Pinol (Sober)


Maravillosa escena de la Anunciación sobre el arco triunfal de acceso al transepto.

Son muchas las pinturas murales que se suman a una lista de riquísimo patrimonio que no deja de crecer en nuestro territorio, sorprendiéndonos con auténticas joyas que afloran bajo capas de cal y de siglos ocultas a las miradas, pareciera que con la intención de advertirnos de otras capas de olvido y desmemoria que se ciernen sobre muros ideológicos más invisibles.

Los murales de San Vicente de Pinol, datados a finales del siglo XV y principios del XVI, y relacionados con la escuela de pintura hispanoflamenca, salieron a la luz en el 2020, tras un largo proceso de restauración y gracias al cual aparecieron escenas como las representaciones de una elegante Anunciación en el arco triunfal, imágenes de santos como San Sebastián, San Jorge o San Bartolomé, y otros temas más específicos como la Misa de San Gregorio o la Batalla de Clavijo. Y seguramente no sea casual que muchas de estas escenas que vemos en los más de 100 metros de muros pintados en Pinol, se repitan también en otros frescos murales como es el caso de la recientemente visitada San Antolín de Toques. También allí encontramos la escena de la Misa de San Gregorio, la escena de la Anunciación, las figuras de San Cristóbal y la de San Bartolomé. Aprovecharemos, por tanto, estas relaciones y paralelismos temáticos, además de la particular belleza, delicadeza y elegancia de estos frescos, para introducirnos en su riqueza simbólica.

A menudo se dice que las esculturas o pinturas representadas en los muros de templos románicos estaban pensadas para ilustrar al pueblo iletrado, para enseñar verdades cristianas a una sociedad donde casi nadie sabía leer. Esta es una perspectiva indudablemente moderna que deja fuera otras particularidades de estas sociedades, seguramente porque tiende a proyectar su forma de funcionar sobre el resto de sociedades. El hecho de que las personas del pueblo no supieran leer no significa que no conocieran las verdades cristianas representadas, más bien al revés, el conocimiento que se transmitía a partir de las leyendas tuvo su sostén y su fundamento en la tradición oral y solo posteriormente, la escritura, o la pintura, sirvió como resguardo y registro de conocimientos ancestrales, seguramente para que hoy, los verdaderos iletrados (por más que todos sepamos leer) podamos entender su significado.

Quizás, los autores de esta época hayan intuido el profundo desconocimiento sobre tradiciones y autores fundamentales de nuestra cultura y por eso hayan tenido la delicadeza de dejarnos estas escenas que, aún así, siguen siendo grandes desconocidas.

Existen muchos libros que, pese a tener una importancia capital en la cultura y la historia de nuestro mundo, apenas son conocidos y desde luego sus autores casi no llegan al mundo de la cultura popular actual, pese a haber contribuido de un modo imprescindible a los valores de nuestro mundo. Es el caso de Beda el Venerable o de Geofrey de Monmouth, que recogió toda la saga artúrica, o Maimónides y Averroes desde la Andalucía musulmana, o Isidoro de Sevilla y sus Etimologías, o Santiago de la Vorágine, fraile dominico del siglo XIII y obispo de Génova pero que ha pasado a la historia por ser el autor de la Leyenda Dorada. Es en esta obra en donde han surgido la gran mayoría de símbolos con los que son representados los santos, atendiendo a episodios de su vida. La Leyenda Dorada es una célebre (muy famosa en su tiempo) recopilación de biografías de santos y la más influyente en el arte europeo. Detengámonos, por tanto, en recuperar el texto que está en el origen del maravilloso fresco de San Cristóbal representado en la iglesia de San Vicente de Pinol.


San Cristóbal

San Cristóbal representado en la parte izquierda del muro norte de San Vicente de Pinol. 


Este santo al bautizarse adoptó el nombre de Cristóbal y renunció al de Réprobo, que anteriormente llevaba. Obró acertadamente, porque Cristóbal significa portador de Cristo, y él, después de su conversión, llevó a Cristo de cuatro maneras: sobre sus espaldas, en cierta ocasión en que caminó con él a cuestas; en su cuerpo, por medio de la mortificación; en su alma, por la devoción, y en su boca, mediante la confesión y predicación de su doctrina. Cristóbal de origen cananeo, en su edad adulta llegó a medir doce codos de estatura; por su corpulencia y su aspecto de gigante infundía terror a quienes le veían. En la historia de su vida se lee lo siguiente: A consecuencia de una charla que en cierta ocasión mantuvo con el rey de los cananeos decidió recorrer el mundo en busca del príncipe más poderoso que hubiera en la tierra para consagrarse a su servicio. Un día oyó decir a alguien que en determinado país gobernaba un soberano muy superior a los demás. En cuanto tuvo conocimiento de esto, se trasladó a aquel reino y se presentó ante el monarca; éste le dispensó muy favorable acogida, y le rogó que se quedara en su palacio y le incorporó a su corte. Durante una fiesta palaciega cantó un cómico una canción en cuya letra se hacían frecuentes alusiones al diablo. El rey, que era cristiano, cada vez que el cantor pronunciaba el nombre del demonio, se santiguaba. Cristóbal, que por entonces todavía se llamaba Réprobo, al ver los signos que el soberano hacía, quedó sumamente intrigado y comenzó interiormente a cavilar acerca del significado que aquellos gestos podían tener; y como no acertara a interpretarlos, acabada la fiesta preguntó al monarca qué sentido tenían las señales que hacía sobre su cuerpo cuando el cómico en su canción pronunciaba el nombre del demonio. En principio, el rey prefirió no contestar a la pregunta de su cortesano, pero como éste le manifestara que si no le declaraba aquel misterio abandonaría la corte y el país, ante semejante amenaza el rey optó por hablarle llanamente y le dijo: -Hago ese signo cada vez que alguien pronuncia ante mí el nombre del diablo, para defenderme de él y evitar que me domine y me perjudique.-De tus palabras se deduce -replicó Cristóbal- que no eres el hombre más poderoso del mundo. Si tienes miedo al diablo es porque estás convencido de que él puede más que tú. ¡Vaya chasco que me he llevado! Yo creía que estaba sirviendo al príncipe más grande de la tierra y ahora resulta que hay otro más fuerte que tú. No quiero, pues, continuar a tu lado; me marcho de aquí en busca de ese diablo al que tanto temes, y, si lo localizo, me pondré a su servicio. Dicho esto abandonó el palacio y el país y se dedicó a recorrer nuevos caminos con la idea de hallar al demonio. Un día, al pasar por una región deshabitada, vio en la lejanía un ejército de soldados que venían en dirección contraria y avanzaban hacia donde él se encontraba; cuando ya estaban cerca, un militar de aspecto fiero y terrible, que era el que mandaba las tropas aquellas, se desgajó del regimiento, se adelantó, llegó junto a él y le preguntó:-¿Qué haces aquí, en este desierto? Cristóbal le respondió:-Voy de paso; ando buscando al señor diablo porque quiero alistarme en sus filas y consagrar mi vida a su servicio. Entonces el diablo le dijo:-Pues ya has encontrado al que buscas, porque el señor diablo soy yo. Cristóbal al oír esto, llenóse de alegría e inmediatamente se ofreció al poderoso jefe y le rogó que le aceptara y recibiera como perpetuo súbdito suyo. El diablo aceptó el ofrecimiento, colocó a Cristóbal a su lado, comenzaron a andar, salieron a un camino público y continuaron avanzando por él; mas al llegar a determinado sitio y encontrarse con una gran cruz de piedra que había a la vera de la calzada, el poderoso jefe comenzó a temblar, asió con una de sus manos a Cristóbal, tiró de él, salió precipitadamente del camino y emprendió veloz carrera a través del campo, brincando sobre las asperezas y peñascos del terreno, y después de dar un enorme rodeo, siempre corriendo, tornaron nuevamente, pero mucho más adelante, a la vía pública […].-¿Por qué hemos abandonado el cómodo camino que traíamos y, tras correr como locos por el campo sobre rocas y maleza, hemos dado tan enorme y tan penoso rodeo para tornar otra vez a él? El diablo no respondió nada y dio muestras de que la pregunta que su nuevo súbdito le había formulado le resultaba embarazosa. Cristóbal, no obstante, insistió […]. El diablo […] vióse obligado a descubrirle los motivos de su precipitada fuga y le habló de esta manera: -Hace tiempo hubo un hombre llamado Cristo. Sus compatriotas le crucificaron, y desde entonces, cada vez que veo una cruz, sin poder evitarlo me siento invadido de un miedo terrible. -Eso quiere decir -replicó Cristóbal-, que hay alguien más poderoso y fuerte que tú. La cosa es clara, puesto que sólo con ver una cruz te acuerdas de él, te echas a temblar y sales corriendo despavorido de espanto. Síguese, pues, que otra vez me he equivocado: tú no eres el príncipe más grande de la tierra; por tanto ahí te quedas; yo me marcho en busca de ese Cristo que te supera en grandeza y poder.[…] al cabo del tiempo se encontró con un ermitaño al que formuló la misma pregunta que a tantas personas había hecho sin resultado alguno. El ermitaño, en cambio, le explicó quien era el jefe al que buscaba, le instruyó en la doctrina cristiana y finalmente le dijo:-Ese rey a quien quieres servir te exigirá que ayunes con frecuencia.-¡Vaya! -repuso Cristóbal-. ¿No podría pedirme cosas más fáciles? Porque eso de ayunar, desde ahora te digo que no me es posible cumplirlo.-También te exigirá que reces mucho -añadió el ermitaño. Cristóbal comentó :-Ni sé rezar, ni aunque supiera podría desempeñar esa clase de servicio.-¿Has oído hablar - preguntóle el anacoreta- de un río muy peligroso en el que se ahogan muchos de los que intentan cruzarlo?[…] -En ese caso -observó el ermitaño- creo que puedo indicarte un modo de servir a Cristo, el rey en cuyas filas deseas alistarte. Se trata de desempeñar un oficio que está al alcance de tus posibilidades. Podrías irte a vivir a la vera de ese río cerca del lugar en que suelen perecer muchos de los que intentan vadearlo. Tienes una estatura colosal, sin duda alguna posees también enorme fuerza. Estás por tanto perfectamente dotado para transportar sobre tus hombros de orilla a orilla a los que necesitan pasar de un lado a otro. He ahí un magnífico servicio que podrías prestar a Cristo […].[…] se despidió del ermitaño y se fue en busca del río. Cuando llegó a él exploró sus riberas, localizó el lugar peligroso del que el anacoreta le hablara, construyó junto al mismo una cabaña que le sirviera de alojamiento, preparó un resistente varal para utilizarlo como báculo en que apoyarse durante las travesías de la corriente, y comenzó en seguida a transportar todos los días a varias personas de una orilla a otra.[…] vio a la vera del río al que ahora y anteriormente demandaba su ayuda para cruzar la corriente: se trataba de un chiquillo. Cristóbal se acercó a él, lo alzó del suelo, lo colocó cómodamente sobre sus hombros, tomó en sus manos el varal que le servía de bastón y se introdujo en el agua. De pronto el nivel del cauce comenzó a subir incesantemente y al mismo tiempo a aumentar el peso del niño cual si su cuerpo dejase de ser de carne y se tornase plomo. A cada paso que daba aumentaba el caudal del agua visiblemente y hacíase más pesada la carga que transportaba en sus fornidos hombros. Al llegar hacia medio del cauce creyó que no podría soportar un momento más el peso del niño ni el ímpetu de la corriente. Lleno de angustia, y temiendo que no le iba a ser posible salir con vida del apurado trance en que se hallaba, hizo un esfuerzo supremo y, sacando de sus agotadas energías unas fuerzas sobrehumanas, consiguió llegar a la otra orilla, puso al chiquillo en el suelo, y en tono desfallecido exclamó:-¡Ay, pequeño! ¡Qué gravísimo peligro hemos corrido! ¡En menudo aprieto me has puesto! ¡He sentido en mis espaldas un peso mayor que si llevara sobre ellas al mundo entero!-Cristóbal -comentó el niño-. Acabas de decir una gran verdad; no te extrañe que hayas sentido ese peso porque, como muy bien has dicho, sobre tus hombros acarreabas al mundo entero y al creador de ese mundo. Yo soy Cristo, tu rey. Voy a darte una prueba de que lo que te estoy diciendo es verdad: cuando pases de nuevo la corriente […] hinca en el suelo el varal que utilizas para atravesar el río; mañana cuando te levantes, el varal estará verde y lleno de frutos. […]Cristóbal hizo lo que el niño le había ordenado, y al día siguiente al salir de su cabaña comprobó que el varal se había transformado en una frondosa palmera cuajada de dátiles.[…] En el prefacio que san Ambrosio compuso en honor de este santo se dice lo siguiente: <<Derramaste, Señor, tal cúmulo de gracias sobre san Cristóbal, lo enriqueciste con tanto poder y doctrina, que, a la vista de los muchos milagros que hizo, cuarenta y ocho mil hombres abandonaron el paganismo y abrazaron la fe verdadera; Nicea Y Aquilina, rameras de profesión convertidas por él, abominaron el lupanar en el que durante muchos años habían comerciado con sus cuerpos, se hicieron castas, y coronaron su vida con la palma del martirio. El, por su parte, atado de pies y manos, y tendido sobre un escaño de hierro, soportó sin miedo el fuego que a su alrededor ardía, toleró durante un día entero el furor de numerosos soldados arrojando flechas contra su cuerpo; pero esas flechas no sólo no le hicieron daño sino que una de ellas se clavó entre los ojos del que mandaba a los verdugos y lo dejó ciego, si bien después fue curado por él de la ceguera del cuerpo y de la del alma. Este santo alcanzó de ti la gracia de que perdonaras a quien tanto le había perseguido, te rogó que en adelante libraras de enfermedades y de pestes a cuantos se encomendaran a él, y tu tuviste a bien acceder a su ruego>>.

Extracto de la vida de San Cristóbal sacado de la edición de Alianza Editorial de la Leyenda Dorada, traducida del latín por Fray José Manuel Macías: Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada, volumen 1, Madrid, Alianza Forma, 1999, pp. 405-409.

San Cristóbal, tan impresionante por su tamaño y espectacularidad, es un gigante que lleva sobre sus hombros el peso del mundo y de su creador, Cristo. Se trata de una trasposición de mitos antiguos, con sus paralelismos, por ejemplo, con Hércules y su anécdota con Atlas en la mitología clásica; o Eneas, portando a sus hombros a su anciano padre Anquises al huir de la caída de Troya; o al dios Anubis, como portador de las almas en su función de psicopompo, o incluso con el mito mesopotámico de Gilgamesh. Su función psicopompa conecta, a su vez, con las funciones de Caronte transportando a las almas a través de la Laguna Estigia, pero si ésta es la primera barrera acuática que Caronte debe cruzar en su camino al reino de los muertos, la última es el Leteo, ese que los romanos identificaron (y temieron profundamente) al llegar a los márgenes del río Limia en Ourense.

A lo largo del estudio de la Patrística y el Martirologio es evidente que las funciones asignadas desde antiguo a los dioses no se pierden, sino más bien al contrario, se reencuentran, bajo una nueva imagen, como una continuación; y el caso de San Cristóbal es uno de los mejores ejemplos. Con la llegada de la Contrarreforma y el Concilio de Trento, su advocación decae, puesto que la Iglesia quiere depurar a sus santos, ya que no puede permitirse, frente al protestantismo, ningún ataque de superchería. Pero precisamente por ser portador de una riqueza mitológica tan grande es por lo que todavía se le puede considerar incluso más histórico que las historias particulares de los santos. Un hombre colosal que lleva a un niño sobre sus hombros a través de un río tumultuoso. La riqueza de su leyenda, su difusión en todo el mundo cristiano y su influencia en la espiritualidad popular lo convierten en una figura imprescindible.

Esta tradición de "portador" no solo nos conecta con el mundo antiguo grecorromano, sino también con la tradición anterior de fuerzas cósmicas, salvajes y ctónicas, representada por los titanes. La tradición le hace originario de la tierra de Canaan y emparentado con la estirpe de los gigantes mitológicos. La figura del gigante de gran tamaño se interpreta a menudo como un vestigio o superviviente simbólico de razas primordiales o titanes de la época previa al diluvio universal. Suele suponerse como habitante de la ciudad de Sidón o de cualquiera de las ciudades importantes de los fenicios. No es raro, por tanto, que se haya convertido en un santo protector de los viajeros, de los peregrinos y comerciantes. De aquí viene la vinculación con los transportistas y su extensión actual en el mundo hispánico a todos los conductores. Y lo cierto es que unos de los primeros transportistas, psicopompos o barqueros conectores entre una y otra orilla, han sido los fenicios, pieza indudablemente esencial para comprender las misteriosas conexiones entre Oriente y Occidente que han quedado reflejadas en el mito de la Atlántida, pero también en la leyenda xacobea. 

En este imponente fresco renacentista, el santo se representa cruzando el río Sil con un gran bastón (el varal milagroso que se convierte en una palmera llena de dátiles) mientras ayuda a pasar al "joven viajero", siguiendo la iconografía tradicional, a la que, además, se le agrega en su cinto a un grupo de peregrinos, lo cual nos traslada a la típica imagen de los templos que acogían a peregrinos durante la Edad Media y que lo vinculó como patrón de barqueros, peregrinos y viajeros. Tampoco es casual que el martirio de este santo, según la leyenda, tuviera lugar un 25 de julio en Licia, misma fecha en la que se conmemora el martirio y la decapitación de Santiago Apóstol en Jerusalén. Y sin pretenderlo hemos llegado justamente un 25 de julio a toparnos con San Cristóbal y su riqueza simbólica, fundamental para entender también el simbolismo del Apóstol Santiago. 

San Cristóbal resistió a las torturas infligidas con barras de metal ardiente. Entonces le dispararon flechas, que quedaron suspendidas en el aire; una de ellas volvió hacia atrás y atravesó el ojo del soberano que había ordenado el suplicio. El rey dio orden de decapitar a Cristóbal, y el santo, antes de morir, le dijo: “Lávate el ojo con mi sangre y quedarás curado”. El rey recuperó la vista y se convirtió. Desde entonces también se invoca la intercesión de San Cristóbal para curar las enfermedades de la vista.


Vemos en estas pinturas un estilo de elementos que se disponen de forma plana, sin pretensión de tridimensionalidad y con un tapiz ornamental decorativo que funciona a modo de cielo estrellado. Justo al lado de las piernas del gigante, en la parte baja del mural, aparece una figura humana de menor tamaño. Se trata del ermitaño que, según la leyenda, guió a San Cristóbal con su linterna para cruzar el río caudaloso. Fue este anciano quien convirtió a San Cristóbal, del gigantismo al cristianismo. El relato del ermitaño está narrado en el episodio inmediatamente anterior en la biografía del santo, fuente fundamental para la creación iconográfica. La travesía del río no es un simple elemento narrativo; está cargada de un simbolismo profundo. En la Biblia, el agua a menudo está vinculada a pasajes fundacionales: el Diluvio, el Mar Rojo, el Jordán y, por supuesto, el bautismo. Por lo tanto, Cristóbal se convierte en un portador, un puente viviente entre dos orillas: el mundo antiguo y la tierra prometida, la muerte y la vida, el pecado y la gracia.

Resulta interesante la determinación del protagonista por rendir vasallaje al monarca más influyente del planeta. Sin embargo, tras localizarlo, su ineptitud para acatar las disciplinas ascéticas tradicionales lo empuja hacia el altruismo y la generosidad como método legítimo de devoción divina. De algún modo es un reflejo del contexto espiritual bajomedieval, en el que se anticipa el surgimiento de las órdenes mendicantes urbanas, las cuales rompieron con el modelo de aislamiento monástico altomedieval. Al rechazar la contemplación pura, Cristóbal reniega del ayuno y los rezos para abrazar la acción social como su auténtico deber cristiano. Esta nueva transformación en la historia cristiana, que ya hemos venido observando desde sus principios anacoretas, nos da cuenta de cómo no existe un único camino para llegar a Cristo, y que incluso esas indicaciones de los sabios (encarnadas en el ermitaño) son susceptibles de ser modificadas, adaptadas y transformadas a las cualidades de cada uno y a las diferentes épocas.

A su lado vemos representada la legendaria Batalla de Clavijo, en el denominado Campo de la Matanza, con un caballero cristiano sobre un caballo blanco luchando en el combate. Aparecen guerreros negros con cabezas decapitadas, haciendo alusión a la derrota de los musulmanes en el enfrentamiento mítico de la Reconquista, que incluye la la intervención milagrosa del Apóstol Santiago.

En la pared del muro sur vemos, de arriba a abajo, pasajes como San Jorge matando al dragón, la figura de San Bartolomé (cargando con su propia piel porque sufrió el martirio de ser desollado vivo con un cuchillo), el martirio de San Sebastián (condenado a morir atravesado por flechas) y la representación de la misa de San Gregorio en la parte derecha.


Misa de San Gregorio

Nos detenemos en el simbolismo de esta escena precisamente porque es la segunda vez que nos la encontramos en pocos días. La Misa de San Gregorio aparece
 representada, también, en las pinturas de San Antolín de Toques, por este motivo, nos vemos impulsadas a descifrar su significado, el cual nos descubre otra interesante relación con el simbolismo xacobeo en Galicia. La iconografía de la Misa de San Gregorio representa al papa Gregorio Magno celebrando la misa mientras se le aparece Cristo como el Varón de Dolores para disipar las dudas de un fiel sobre la presencia real en la Eucaristía. Y también para disipar las dudas, no de un fiel, sino de un monje cluniacense, surge la leyenda del milagro de O Cebreiro, que en medio de una noche oscura y de tormenta nos relata cómo la fe de un campesino atraviesa incluso la humillación de un sacerdote que lo menosprecia por arriesgarse tan solo por un poco de pan y vino, fortaleciendo, así, el dogma de la transubstanciación. No nos cabe duda de que los entrelazados caminos de la mitología y el simbolismo son igual de intrincados y diversos que los que conducen a Compostela.

Así nos cuenta el significado de la iconografía de la Misa de San Gregorio un estudio de Laura Rodriguez Peinado.

La escena narra el momento de la consagración eucarística por parte del Papa San Gregorio Magno (540-604) un día de Navidad en la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén, produciéndose el hecho milagroso de la aparición de Cristo mostrando sus estigmas de los que brotaba sangre recogida en un cáliz y rodeado de los instrumentos de la Pasión, al dudar uno de los asistentes a la misa o, según alguna versión, el mismo Papa, de la Transubstanciación. Por tanto, encarna el símbolo de la Eucaristía como renovación del sacrificio de Cristo para salvar a la humanidad.

La leyenda de este milagro eucarístico no debió de forjarse al menos hasta finales del siglo XIII y fue difundida por los romeros que peregrinaban a Roma. Es una leyenda con un origen iconográfico, porque se forjó en torno a un icono del Cristo de la Piedad que se veneraba en la basílica y la tradición atribuyó a la época de San Gregorio, que habría mandado pintarlo para rememorar el milagro estableciendo que la oración ante la imagen proporcionaba indulgencias para vivos y para muertos.

La iconografía de este tema está formada por el santo arrodillado en el momento de elevar la Hostia, acompañado de acólitos y a menudo de obispos o algún cardenal que suelen sostener la tiara papal. El altar donde se muestra el cáliz que recogerá la sangre de Cristo y donde pueden exhibirse, asimismo, un misal, una patena, candeleros u otros objetos propios del ajuar litúrgico. En la parte trasera del altar, a modo de retablo, se muestra en el centro a Cristo Varón de Dolores saliendo del sepulcro, bien de medio cuerpo o cuerpo entero, solo o sujeto por ángeles e incluso flanqueado por la Virgen y San Juan, de cuyos estigmas brota la sangre que se recoge en el cáliz, y rodeándole los instrumentos de la Pasión o Arma Christi que son: las monedas de la traición de Judas, la espada de Pedro con la oreja de Malco, el gallo de la negación de Pedro, las varas y la columna de la flagelación, el paño de la Verónica, la corona de espinas, una cabeza escupiendo y una mano con pelo aludiendo a los escarnios que sufrió Cristo, la jofaina de Pilatos, tres clavos, la lanza y la esponja, la túnica sorteada entre los soldados y los dados, la escala y las tenazas con las que fue desclavado de la cruz. No siempre se reproducen todas las Arma Christi, que se conciben como un jeroglífico de la Pasión por su carácter sintético.

Iconográficamente este tema pudo tener un origen italiano, pero se difundió por toda Europa rápidamente siendo muy repetido a lo largo de los siglos XV y XVI, coincidiendo con el sentido trágico y dramático que caracterizó a la sociedad de finales de la Edad Media, cuya obsesión por la muerte impulsó la celebración de las misas de difuntos para librar las almas del purgatorio, ya que la Eucaristía redime al hombre liberándole de la condenación eterna. Por ese motivo la imagen fue dotada de un significado funerario, al asociarse esta leyenda con otra relacionada con el santo en la que al celebrar treinta misas votivas por un monje que había muerto rompiendo el voto de pobreza, este se le apareció diciéndole que gracias a ellas había salido del purgatorio, leyenda que dio lugar a la celebración de las misas gregorianas en memoria de los difuntos para garantizar su salvación individual.



Vemos todos los detalles representados en esta escena de las pinturas en San Vicente de Pinol. En la parte inferior el papa San Gregorio, acompañado de su diácono, celebrando la misa y en el momento de la consagración, junto al fiel que duda de la presencia real de Cristo. En medio del altar surge el sepulcro del que emerge, de medio cuerpo, Jesucristo mostrando las llagas de la Pasión y acompañado de los instrumentos y objetos del juicio, tales como las monedas de la traición de Judas, los rostros de Caifás y Pilatos, el gallo de la negación de Pedro, la columna e instrumentos de la flagelación, una cabeza escupiendo y una mano con pelo aludiendo a los escarnios que sufrió Cristo, tres clavos, la lanza y la esponja, los dados, la escalera, el martillo y las tenazas con las que fue desclavado de la cruz. Estos elementos se despliegan ordenadamente alrededor del altar y de la figura de Cristo, sirviendo como recordatorio visual de todo el proceso legal y pasionario que condujo a la crucifixión, validando el sacrificio eucarístico que el papa Gregorio Magno está oficiando.


Vemos, en las cartelas de la escena de la Anunciación, los textos en latín que aluden al saludo litúrgico con el que el ángel inicia la revelación: «Ave gratia plena: Dominus tecum: benedicta tu in mulieribus».

Y la repuesta de la Virgen María: «Ecce ancilla Domini: fiat mihi secundum verbum tuum».


A la izquierda el descendimiento de la Pasión, muestra el momento en que desclavan el cuerpo de Cristo de la cruz. A la derecha La Piedad / Llanto sobre Cristo muerto, representa la secuencia posterior, donde el cuerpo ya ha sido bajado y es sostenido en brazos por la Virgen María, rodeada por las santas mujeres y San Juan. En la parte inferior se ve un Cristo nimbado en la izquierda y en la derecha la escena del jardín de la resurrección, con Jesús resucitado y su encuentro con María Magdalena en el huerto. 


San Bartolomé en la parte superior y San Sebastián en la inferior.
El impresionante artesonado de madera de nogal del templo conserva, en gran parte, su policromía, casi única en Galicia. La estructura, así como las vigas que lo sostienen, está decorada con figuras geométricas, motivos vegetales y representaciones de animales fantásticos.



Acerca de la historia de este templo, tan solo apuntar que el primer registro escrito sobre Pinol se remonta al 1012, año en que el matrimonio formado por Sendino Rodríguez y Aragonta donó al monasterio orensano de Santa Cristina de Ribas de Sil, bajo la autoridad del abad Andrés, una propiedad llamada Pinioli, ubicada en la comarca de Lemos junto al río Sil, entre las localidades de Santiorxo y San Paio. 



Referencias