San Xulián de Moraime (Muxía)


Un ciclo de ocho murales se extienden por la pared norte de la iglesia de San Xulián, componiendo un rico programa iconográfico de estilo gótico-flamenco, realizado en los primeros años del siglo XVI, en el que se representan los siete pecados capitales acompañados de las virtudes y coronados por la muerte.


En uno de los puntos más occidentales de Galicia, y en plena Costa da Morte, encontramos la iglesia de San Xulián de Moraime, a 3 km del núcleo urbano de Muxía. Un maravilloso ejemplo de la arquitectura monástica del románico gallego, de gran importancia por su valor geoestratégico y su papel en la acogida de peregrinos que, desde Santiago de Compostela, se acercaban al santuario de A Virxe da Barca. Las virtudes conectivas de Moraime se evidencian también en los nexos artísticos que (a través de sus tallas escultóricas) los investigadores han descubierto con centros parisinos y producciones artísticas europeas del momento, más allá de los primeros enfoques de algunos estudios que habían puesto su mirada en una excesiva dependencia artísticas de Compostela. 

La iglesia de San Xiao es la única edificación que hoy queda de un antiguo monasterio y hospital de peregrinos, fundado probablemente en el s. XI, y del que podemos suponer que partió una buena parte de la difusión y consolidación de la leyenda xacobea en estas tierras. La iglesia domina el paisaje desde un promontorio sobre la ensenada de la ría de Camariñas, destino de peregrinación que junto con Fisterra fueron destacados faros en las rutas marítimas que, sin duda, estuvieron en el origen de la tradición legendaria xacobea. Es probable, por tanto, que en sus orígenes el camino se haya hecho a la inversa, del mar hacia Compostela y por la vía de la leyenda, pues la historia de Moraime va más allá de la fundación del monasterio. 

Foto extraída de cultura.gal


Historia

En las excavaciones arqueológicas dirigidas por Manuel Chamoso Lamas en el año 1972 (y también en excavaciones recientes) se descubrió la existencia de una villa o asentamiento romano de entre los siglos I al V (varias estructuras, un hipocausto y sepulturas) sobre cuyas ruinas se construyó posteriormente, evidenciando una superposición de civilizaciones durante casi dos milenios, desde la Antigüedad tardía hasta la Edad Media. Además de restos romanos, también aquí aparecieron enterramientos de época germánica (siglos VI a VIII), una necrópolis de época sueva y visigoda compuesta de varias tumbas y ajuares de la época. Y es precisamente en la época visigoda en la que los santos Julián y Basilisa (advocación de Moraime) fueron especialmente venerados en la Península Ibérica, lo que reafirma la hipótesis de la instalación en Moraime de una comunidad cristiana desde muy antiguo. El culto a estos santos arraigó profundamente y dio nombre a importantes fundaciones monásticas, como es el caso del Monasterio de Samos en Lugo, cuyo origen se remonta al siglo VII y es considerado uno de los más antiguos de España. También en otro antiguo monasterio del s. X dedicado a San Julián y Santa Basilisa, en la localidad de Ruiforco de Torío (León), encontramos una representación del Agnus Dei muy similar a la de Moraime, de la que hablaremos más tarde. El estudio realizado por Javier Castiñeiras, Mª Concepción Cosmen Alonso y José A. Moráis Morán relaciona esta iglesia con producciones vinculables a la escultura y arquitectura ejecutada en el reino de León, en torno al año 1100 y en la órbita de las fábricas patrocinadas por la familia real, especialmente estructuras de tiempos del rey Alfonso VI y Alfonso VII, quien pasó la mayor parte de su infancia en Galicia. 

Miniatura que representa al rey Alfonso VI de León (1047-1109) en el Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela.

El Tumbo A nos muestra a una realeza cristiana muy pendiente de Compostela. El poder temporal y el espiritual reencontrándose, tras la ruptura evidenciada entre la casta druídica y guerrera del mundo pagano.


La advocación de Moraime la encontramos en uno de los documentos más antiguos sobre este monasterio, del año 1095: "in honorem beatorum martirum Iuliani et Baslisse et sancte dei Genetricis Marie, et beatorum apostolorum Petri et Pauli atque Iacobi" (en honor de los bienaventurados mártires Julián y Basilisa, y de la santa Madre de Dios María, y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y también Santiago).

La devoción a esta pareja de mártires egipcios (fallecidos hacia el año 304) encajaba a la perfección con la espiritualidad monástica hispano-visigoda. Los relatos hagiográficos de la época destacaban su vida de continencia o castidad dentro del matrimonio, renunciando a las riquezas y dedicando sus bienes a los necesitados y a la vida ascética. Por este motivo no es raro suponer que el origen de este monasterio estuviera en una primitiva comunidad de anacoretas. Las primitivas y excesivas prácticas ascetas de los primeros años del cristianismo evolucionaron en una transición desde el anacoretismo (vida solitaria en el desierto) hacia el cenobitismo (vida comunitaria en monasterios) lo cual permitió una ascesis más ordenada y segura, a la vez que definir la ortodoxia frente a las múltiples herejías que promovían unas prácticas muy extremas de ascetismo. El cenobitismo evitaba los peligros físicos y espirituales del aislamiento extremo, institucionalizando la oración, el trabajo compartido y la obediencia bajo una regla común.

El primer abad del que tenemos referencias en Moraime es Hodorio. Gobernó este priorato benedictino a finales del siglo XI, participando en una asamblea convocada por el conde don Raimundo en el año 1095. Pero, sin duda, uno de los mayores protectores del monasterio fue Alfonso VII, quien en su adolescencia ya se había refugiado en él, bajo la protección de Gelmírez y el conde de Traba, por causa de los conflictos entre su madre Doña Urraca y su padrastro Alfonso el Batallador. Hacia 1119 el monasterio fue destruido por los almorávides. En esta misma fecha el rey Alfonso VII destaca, en el privilegio que le concede al cenobio, la gran labor que desempeñaba en la atención de pobres y peregrinos. El mismo privilegio deja constancia de la desolación causada por la invasiones normandas (1105) y sarracenas (1115) y de como el propio rey contribuyó a la reconstrucción de las arrasadas dependencias. Si bien en algún momento de la historia las rutas marítimas trajeron a Galicia importantes tradiciones constructivas megalíticas que la conectaron con el arte atlántico; en la Edad Media (y probablemente en la época castreña), fueron escenario de constantes incursiones de saqueo y pillaje. Las costas gallegas sufrieron devastadores ataques de piratas, normandos y vikingos que asolaron monasterios, villas y ciudades, dejando un rastro de destrucción documentado por la historia.

El cenobio de Moraime desempeñó el papel de organizador del territorio abriendo el camino de repoblación de los territorios objeto de los ataques normandos. El monasterio se desarrolló bajo el amparo directo del conde de Traba, Pedro Froilaz, y de su linaje. Esta influyente familia mantenía lazos muy estrechos con la Corona: Froilaz había ejercido como tutor del rey Alfonso VII, mientras que su hijo, Fernando Pérez de Traba, se convirtió en el protector del monarca leonés Fernando II. Como muestra de gratitud por este respaldo, ambos soberanos beneficiaron enormemente al cenobio otorgándole un coto propio. Esta concesión derivó en un señorío de una amplia comarca, con plenos poderes judiciales en un vasto territorio. El flujo constante de bienes cedidos por la realeza inauguró una etapa de esplendor económico para la comunidad, un auge que todavía se refleja hoy en la grandiosidad de su iglesia. Sin embargo, el debilitamiento del poder real durante la Baja Edad Media alteró este panorama. Asediado por los conflictos de intereses y la codicia de los nobles de la zona, Moraime comenzó a empobrecerse de forma progresiva. Este periodo de precariedad y subordinación al poder local se prolongó hasta la intervención de los Reyes Católicos, que en 1496 destituyeron al abad Martín Fernández e integraron el monasterio dentro de las dependencias de San Martín Pinario de Santiago. El conjunto monacal sufrió el abandono propiciado por las desamortizaciones del XIX, por lo que entrado el siglo XX Moraime se encontraba en condición de casi ruina. Todas las dependencias monacales, a excepción de la iglesia, desaparecieron.

El afán por rastrear en la historia la demostración del ser nacional de Galicia ha impedido, en numerosas ocasiones, valorar el decisivo impulso que los reyes asturianos, leoneses y castellanos dieron al desarrollo cultural y artístico de Galicia. Todavía hoy cargamos con la herencia nacionalista del XIX, cuyo principal objetivo estuvo en afirmar la personalidad gallega, tendiendo a poner el acento en hechos históricos diferenciales que buscaban específicamente una "Historia de Galicia" distinta de la "Historia de España". Sin embargo, hoy, el trabajo de muchos investigadores e historiadores (menos conocidos entre la población) ha destacado el desarrollo histórico de Galicia profundamente ligado al impulso de las monarquías peninsulares, especialmente a través del Camino de Santiago. El mecenazgo de reyes asturianos, leoneses y castellanos transformó la región en un núcleo cultural y económico clave en la península, frente al poder de muchos nobles locales que en su mayoría perseguían objetivos personales y particulares. La monarquía vio en la ruta jacobea una herramienta geopolítica crucial para integrar el noroeste en Europa y contrarrestar el feudalismo local. En ocasiones, la mirada galleguista, afanada en perseguir una identidad propia, prefirió defender a la aristocracia local solo por el hecho de ser gallega, más allá de que sus objetivos estuvieran o no centrados en el lucro personal y el control de señoríos aislados, un caciquismo que por otro lado sigue hoy siendo la verdadera marca de identidad gallega. Los reyes celtas, más propios de la fantasía ensoñadora de algunos, no parece que hayan dejado considerables desarrollos en el territorio. 


Foto extraída de este estudio acerca del románico en Moraime

Acerca del origen etimológico del nombre del enclave territorial de Moraime, los lingüistas e historiadores vinculan esta etimología al propio Monasterio. El término latino moderamine alude a la virtud cristiana de la templanza, un valor monástico que probablemente sirvió para designar a la comunidad de frailes que habitaban el lugar. No podemos dejar de destacar la relevante función que tuvieron los monasterios en Galicia, fundamentales para el desarrollo de técnicas agrícolas, derivadas, precisamente, del principio rector de la orden benedictina: "ora et labora". Los monasterios en Galicia fueron el motor fundamental de su desarrollo histórico, moldeando profundamente el paisaje rural, la economía y la cultura. Los procedimientos de explotación de la tierra que introdujeron supusieron un gran revulsivo en la economía rural al introducir las técnicas más avanzadas de la agricultura expansiva que se practicaba en la Europa occidental. El empleo de utensilios de hierro y el arado de volteo, el recurso al caballo cómo animal de tiro, el aumento de la cabaña ganadera, y la eliminación del barbecho (con el sistema rotativo de cultivos) o la especialización de cultivos, que favoreció la difusión de la vid. 

Pero el protagonismo de la vida monástica en la sociedad gallega de los siglos pleno medievales no se debió solo a las repercusiones de su actividad económica, sino también al hecho de que los monasterios se convirtieron en centros de poder a través de la obtención de cartas de coto concedidas por los diversos monarcas castellano-leoneses. Estos documentos suponían que los reyes otorgaban la inmunidad a los monasterios, es decir, que delimitaban un espacio concreto a su alrededor dentro del cuál ni los monarcas ni sus agentes podía imponer su autoridad. En el caso de Moraime, los investigadores han destacado la relevancia del contacto con las innovaciones artísticas que se estaban produciendo en la corte de Alfonso VII, las cuales dialogaban directamente con el entorno de la Isla de Francia, con el entorno parisino y con algunas obras específicas como la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, donde se han identificado algunos paralelos iconográficos y formales, como por ejemplo el uso de la estatua columna. Esta distancia geográfica, lejos de ser extraña, pondría a Moraime dentro de una órbita cortesana en paralelo a otros monasterios del noroeste peninsular, como es el caso del monasterio de Carracedo, en la comarca del Bierzo. La labor escultórica de los portales, a pesar de la enorme erosión sufrida, nos muestran el conocimiento de las formas de moda en Europa y el profundo trabajo intelectual por parte del abad y sus monjes para la realización de un complejo programa iconográfico.

La entrada principal de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés (Paris), cuenta con un portal en el que aún se pueden ver elementos góticos que datan del año 1163. Los capiteles y los pedestales son los originales, pero en el lugar que ahora ocupan las columnas, hasta 1793 se podían ver ocho estatuas columnas que fueron destruidas durante la Revolución y que están representadas en este dibujo del año 1729 realizado por un monje llamado Bernard de Montfaucon. Pueden verse los paralelismos iconográficos con los portales occidental y sur, en San Xulián de Moraime.


Portada occidental en San Xulián de Moraime

Portada sur en San Xulián de Moraime. Según el estudio de Javier Castiñeiras el taller que trabaja aquí es conocedor de la obra mateana y destaca por la introducción de iconografías poco usuales en el románico gallego (Habacuc y el ángel, la lucha del guerrero y el animal, etc.). Una obra tardía del siglo XIII que guarda fuertes relaciones con la puerta sur de Santiago de Cereixo (Vimianzo), por lo que los investigadores han pensado que el mismo taller trabajó en ambas fábricas.


Conscientes de la enorme riqueza simbólica de los temas presentes en ambos portales, en tímpanos, columnas y capiteles, nos adentraremos en ellos en próximas entradas, ya que hoy nos interesa detenernos en la riqueza simbólica de las pinturas murales, descubiertas en 1970 bajo capas de cal en el muro norte de la iglesia.




Pinturas murales

A este punto de A Costa da Morte hemos llegado atraídas por sus pinturas, aún intuyendo la enorme riqueza que la historia de este templo escondía. Pero lo que tampoco sospechábamos es que en sus paredes, recientemente restauradas, nos encontraríamos con la representación de un combate espiritual, una lucha que se libra en el terreno de los pensamientos, las emociones, los miedos y los deseos, la cual a menudo ha sido reducida por las interpretaciones modernas del cristianismo a una lucha entre bien y mal, despachando con rapidez la complejidad del contenido cristiano y reduciéndolo a un puritanismo carente de interés. Sin embargo, lo que se esconde detrás de este combate espiritual es toda una tradición de intercambios culturales relacionados con el Camino, así como con los grandes monasterios del císter, que trajeron hasta este rincón de Galicia la iconografía basada en la Psychomachia de Aurelio Prudencio, poeta hispanorromano del siglo V. La Psychomachia es la primera obra puramente alegórica de la literatura occidental. Explora el conflicto espiritual humano a través de un combate épico entre personificaciones de virtudes y vicios. Este modelo sentó las bases de la moralidad durante toda la Edad Media, adaptando el tono de la épica clásica a la teología cristiana. Siete parejas de vicios y virtudes que representan, en batallas sangrientas y simbólicas, el drama psicológico y espiritual interno que libra el alma humana. Este enfrentamiento pasó de los manuscritos y la poesía a la escultura monumental en el románico europeo (especialmente visible en el suroeste de Francia, en el camino de Santiago). La representación del combate espiritual librado en el alma estuvo, a su vez, estrechamente vinculado al contexto bélico del mundo de la frontera y el ambiente guerrero en los siglos XI y XII. La creciente relevancia social de la figura del caballero en el contexto social y político del románico europeo, en el que los cantares de gesta desempeñaron un papel fundamental, fueron la base para la interpretación habitual de las escenas de lucha de caballeros en el arte románico. Pero estas escenas, además de ser la imagen del triunfo de la Iglesia sobre el Islam, fueron también una expresión de la psicomaquia o batalla interior del alma, la más elevada de todas las batallas que un verdadero guerrero enfrenta. Durante el siglo XII el tema de la lucha de caballeros se encontró en su verdadero apogeo, poblando la pintura y escultura monumental románica de toda Europa, si bien hubo una especial incidencia del tema en el románico hispano. No parece, por tanto, casual, la elección de este tema para las pinturas en el interior de una iglesia en la que la temática del combate, encarnada en la figura de Daniel y el foso de los leones, o el guerrero enfrentando al cuadrúpedo, aparece representada varias veces en sus capiteles.

Capitel, en el portal sur, con la representación del combate entre el héroe y las bestias. Se ha interpretado como la imagen del profeta Daniel, sentado, acariciando a dos leones que tiene delante y que parecen que comparten cabeza. Dos fuerzas contrapuestas, que al igual que el vicio y las virtudes se contrarrestan en el centro.

Capitel en el lado opuesto al de la escena anterior, en el que también aparece representada la escena de Daniel en el foso de los leones y el profeta Habacuc, con un objeto circular entre las manos, el pan, y una especie de bastón. El ángel, en la esquina del capitel, sujeta por los cabellos a Habacuc. Es la presencia de estos dos personajes la que permite asignar esta escena al episodio de Daniel 14.

“El modo de vencer está al alcance nuestro, si podemos describir de cerca las figuras mismas de las virtudes y los monstruos que contra ellas luchan con fuerzas perniciosas.” ( PRUDENCIO, Psychomachia, vv. 18-20)

 

Al pie de las pinturas vemos una serie de sepulturas pertenecientes, precisamente, a caballeros templarios, en cuyas lápidas aparece simbolismo iniciático de diferentes niveles, por un lado, el asociado a los artesanos y por otro el simbolismo iniciático de los guerreros, en la que la posición del escudo nos revela también diferentes rangos.


Lápidas con simbolismo iniciático del guerrero y el artesano. El templo tiene una fuerte vinculación histórica con el Temple, ya que posiblemente dependió de órdenes militares tras su etapa benedictina. No podemos olvidar que Fernando de Traba, uno de los promotores y patrocinadores de este monasterio, tuvo relación con San Bernardo de Claraval, calificada de “amistad” y “admiración” por López Sangil, y de cuya influencia es posible que haya derivado la participación del de Traba en las Cruzadas. San Bernardo de Claraval fue uno de los principales impulsores del Císter y también de la Orden del Temple, llegó a la península ibérica para recaudar fondos y reclutar caballeros, para lo cual recurrió al gallego conde de Traba.


Un ciclo de ocho murales se extienden por la pared norte de la iglesia de San Xulián, componiendo un rico programa iconográfico de estilo gótico-flamenco en el que se representan los siete pecados capitales acompañados de las virtudes y coronados por la muerte. El ciclo de pecados representados se contrasta entre vicios, instigados por demonios, y virtudes, instigadas por cilicios. Y aunque hoy damos por hecho que los siete pecados capitales han estado siempre asociados a la Iglesia Católica, no fue hasta el siglo VI d.C. cuando se formalizan definitivamente, cuando el Papa San Gregorio Magno revisó la tradición monástica anterior de ocho vicios principales, establecida por autores como Juan Casiano y Evagrio Póntico. En los primeros siglos del cristianismo, teólogos orientales y occidentales enumeraban ocho pasiones u obstáculos principales para el alma. San Gregorio Magno simplificó el sistema a siete, eliminando la tristeza y fusionando otros conceptos (como la vanagloria con la soberbia). Hoy, probablemente, sería necesario volver a incluir la tristeza en el listado.


Tras su restauración en 2018, se descubrieron figuras inéditas que permitieron datar las pinturas y esclarecer su autoría. De hecho, los investigadores han señalado la representación del Papa Pío II en el muro occidental como un elemento clave para la datación cronológica del conjunto pictórico, puesto que la obra no pudo ser en ningún caso anterior al nombramiento del papa en 1458. La figura del Papa Pío II, situada junto a la puerta principal, forma parte del mismo programa iconográfico que el gran ciclo mural del muro norte. Durante las labores de restauración se constató que la pintura de Pío II está concebida en diálogo directo con el resto del conjunto, pues su figura parece observar fijamente a la personificación de la soberbia ubicada en el muro opuesto. Los restauradores determinaron que los frescos podrían datarse en los primeros años del siglo XVI. Esta cronología coincide con el periodo en el que el monasterio benedictino pasó a depender de San Martín Pinario en Santiago.

Papa Pio II en el muro occidental de la iglesia, mirando de reojo a la soberbia, representada a su derecha, en el muro norte.

El ciclo pictórico del muro norte comienza con la representación de una cruz en el interior de un círculo que podría ser un clípeo o escudo defensivo. De izquierda a derecha y con una cartela que nos indica el título de cada uno de los vicios, encontramos por este orden: la soberbia, la avaricia, la ira, la lujuria, la gula, la envidia y la pereza. Cada panel está compuesto por su correspondiente pareja de figuras complementarias, las cuales parecen retroalimentarse entre sí, dejándonos una sutil reflexión de si acaso entre el vicio y la virtud existan limites difusos. En estas tentaciones se pone en juego algo diferente a la prohibición de la ley que se expresa en los mandamientos. Se mata o se miente con claridad, pero en el espectro de los pecados capitales nos movemos en una gradación definida por la dinámica interna. Solo pueden ser juzgados por uno mismo, y lo que hace al pecador no es la cantidad, sino la disposición o tendencia interna. En los pecados capitales no se sanciona un acto, sino una disposición interna del alma, y lo que se daña no es tanto al otro, sino sobre todo a uno mismo y la tendencia a perderse.
El psicoanalista Luciano Lutereau nos trae una hipótesis interesante con respecto a la manera en la que hoy se actualizan estos pecados. Tradicionalmente, la manera de perderse en estos pecados era el exceso, sin embargo este autor considera que en la hipermodernidad se revelan, más bien, como algo que falta. Hoy, los pecados capitales no se reconocen por el exceso sino por la falta, la tendencia a estirar el deseo de nunca acabar, precisamente porque nunca empezó siquiera.


La soberbia: personificada por un arrogante caballero con los brazos en jarras y las piernas cruzadas. Frente a él, la humildad descansa sentada en el suelo, portando un cordero y el látigo de la flagelación. En la línea inferior de este lienzo, se representa una escena de lucha. En el arte y la literatura, la soberbia (el deseo de dominio, el egoísmo y la imposición sobre los débiles) suele representarse como un depredador, como el lobo, devorando la inocencia del cordero. La víctima del soberbio se deja humillar y he aquí una complementariedad en esta pareja que nos permite vislumbrar las sutiles líneas difusas entre humildad y humillación. En la soberbia se juega un acto de poder que tiene que ver con la humillación, incluso en aquel que da cuando alguien le pide, pudiendo transformar un acto de aparente generosidad en algo humillante. Se puede dar con humildad o con humillación, y en ese contrapunto se juega la soberbia.



La avaricia: una dama aferrada con pura codicia a su cofre y como contrapartida, una figura que reparte monedas ilustra la bondad de la generosidad. La paradoja del avaro es que, aún teniendo mucho, tiene muy poco para dar, mientras que el generoso, aún teniendo poco, tiene mucho para dar. La avaricia puede ser fácil de reconocer, pero en la apariencia de generosidad resulta más fácil camuflar la avaricia, por eso encontramos muchas veces al que da pero no suelta, al que comparte pero a cambio te dice cómo tienes que hacer. Su generosidad es a cambio de algo, en donde se puede ver que sigue agarrado a lo que te da, y por tanto necesita de la máscara de la generosidad para dejar vía libre a su avaricia. En las relaciones neuróticas muchas veces encontramos este tipo de funcionamiento en el que no se puede salir del círculo de repartir y a la vez no repartir, que es dar recordando que se dio. Pero en la verdadera generosidad no hay nada que explicar, se da sin esperar nada a cambio, seguramente una de las virtudes más difíciles. Quizás hoy la avaricia ya no se juega tanto en la cuestión material o económica, sino en el tiempo, poner el tiempo personal a disposición del otro es hoy una cuestión que se ha convertido en pura generosidad.



La ira: una mujer entre llamas se clava puñales azuzada por un demonio que se aferra a su espalda, dejando en evidencia que no es dueña de sí misma, sino que es controlada por los poderes demoníacos que la poseen. En contraposición, la paciencia se mortifica con el rostro amargo y afligido. En la tradición espiritual y filosófica, la penitencia actúa como el antídoto directo de la ira. Mientras que la ira es un fuego destructivo alimentado por el orgullo y el deseo de venganza, la penitencia exige lo contrario: humildad, perdón y reparación del daño causado. En la época de la intolerancia a la frustración vemos que la ira, o el enojo, se ha vuelto hoy muy habitual. La ira es una forma reactiva y, en cierta medida, regresiva de responder. Como todos los anteriores, son mecanismos de defensa psíquicos que no siempre cumplen su función protectora, sino que más bien se vuelven contra uno mismo. También el exceso de paciencia puede convertirse en ira encubierta, ira pasivo-agresiva que se manifiesta al reprimir el enfado y tolerar situaciones que desagradan para evitar conflictos. La frustración se acumula hasta convertirse en una hostilidad silenciosa.


La lujuria: cabalgando sobre un cerdo (representación última de la bajeza carnal) una mujer sostiene un espejo con la derecha y con la izquierda se señala a ella misma, dejando sus cabellos al viento. A su lado, el mal le susurra al oído. Enfrente, un mujer reza el rosario, aludiendo a la oración y la plegaria oponiendo resistencia celestial a través de la castidad. Y la lujuria puede que tenga que ver con algo del desborde en la relación con el otro. Freud entendió la sexualidad como una forma de relación con el otro, sin embargo hoy en día la sexualidad está perdiendo ese carácter vinculante y conflictivo para convertirse en un proceso de descarga fisiológico. El lujurioso, hoy en día, no es el que desborda de libido, sino el más deserotizado.



La gula: una mujer bebe vino directamente de una gran jarra mientras dos cerdos (uno vivo, otro espetado) la rondan. Debajo de ella, una entidad se muestra en profunda súplica. La templanza es la contracara de la gula y es precisamente el nombre latino que dio origen al topónimo de Moraime (derviado de moderamine). ¿Podríamos pensar que quizás sea la gula una de las tendencias habituales en el carácter de los gallegos?


La envidia: una mujer se tapa el rostro con la mano entreabierta para escudriñar o espiar de refilón, pero de su vestido y de su propio antebrazo brotan ojos inquisitivos que quieren mirar pero no ver. Un mono demoníaco murmura en su hombro, y en sus manos lleva varias llaves que nos dan una idea de las propiedades que atesora, las cuales no parecen ser suficientes. El diablo que le susurra al oído nos muestra la ausencia de pelo que quizás se encuentre en el trasfondo de la envidia por la abundante melena de la mujer que, con una fusta, encarna la gratitud. La relación con el otro, que el pecado dificulta, aparece en este caso de la envidia muy bien representado con esa barrera interpuesta a través del antebrazo al que se le han escapado los ojos. La envidia no suele desatar culpa, al revés que los celos, y por eso es más difícil de identificar, pero se observa muy habitualmente en una particular satisfacción en ver que al otro le va mal, pues se le supone omnipotente.


La pereza: un carpintero duerme sobre su banco de trabajo y con sus herramientas tiradas por el suelo. Su desidia provoca que las brasas quemen sus pies. A su izquierda aparece una mujer con una herramienta y una fusta encarnando la contracara de la pereza, a través de la diligencia. También aquí, entre estos pares de opuestos vemos que una excesiva diligencia puede también, a veces, esconder un profunda pereza inconsciente. Ocultar el desinterés, la falta de motivación o incluso el rechazo hacia una labor, vistiéndolo de una minuciosidad extrema que agota a los demás y sabotea el progreso.

El inexorable final de esta galería recae sobre la figura de la Muerte, un tétrico esqueleto arquero que lanza sus flechas implacables contra los vicios y que nos recuerda que no hay virtud ni pecado que nos permita escapar de la muerte y de ese agujero negro al vacío que se abre en su vientre con forma de vulva.





Referencias
https://xacopedia.com/San_Xuli%C3%A1n_de_Moraime_iglesia_de

Lutereau Luciano. Miserias hipermodernas. Por qué vivimos tan mal? - Letras del sur, 2022.