En la iglesia de San Miguel de Barcia, municipio de Navia de Suarna, solamente el ábside se ha conservado de fábrica románica. La iglesia, como tantas del románico rural, es austera y sencilla, lo cual siempre es aprovechable para fijarnos en elementos sutiles a los que generalmente no se les presta atención. Lo maravilloso del arte sagrado, es que por pequeño que sea, siempre nos da algo que decir y de lo que hablar.
Con planta rectangular y de una sola nave, el único simbolismo se encuentra, precisamente, en el ábside románico, cuyo abovedamiento más recogido, y el hecho de que sea de tamaño ligeramente más estrecho y bajo que la nave, nos conduce a un espacio más íntimo y recogido. También el hecho de que en la zona absidal el tramo recto sea más ancho que el semicircular, acentúa esta profundidad, potenciada por la cubierta con bóveda de cuarto de esfera y también con el hecho de que el ábside esté ligeramente más alto que el resto de la nave, para cuyo acceso es necesario subir un par de escalones. La ventana saetera, situada en el ábside, fue seguramente el único punto de luz antes de que se abrieran los otros dos vanos, visiblemente de época posterior. La orientación este, propia de todo templo románico, hacía que los primeros rayos del sol del día iluminaran el altar. El diseño de la ventana saetera, o aspillera, está pensada, precisamente, para esta función, con apertura estrecha por el exterior y ensanchada hacia el interior (abocinada), diseñada para canalizar un haz de luz focalizado hacia el altar.
A ambos lados de la nave hay sendos retablos barrocos en los que no nos detendremos, pero que ofrecen una vista muy equilibrada del conjunto.
La bóveda de cuarto de esfera situada en el presbiterio nos ofrece una magistral y muy particular obra pictórica en la que se fusionan varias corrientes de la teología y el arte medieval. La tonalidad de rojos, dorados y tonos terrosos le dan un aspecto muy luminoso al conjunto, con figuras estilizadas y túnicas detalladas que podrían corresponder a un gótico tardío. Tenemos, por un lado, la Trinidad Antropomórfica o Trono de Gracia, que representa a Dios Padre sentado sosteniendo al Hijo crucificado, con la paloma del Espíritu Santo en el medio; y por otro lado a la Virgen María y San Juan flanqueando la escena, con unos tímidos Adán y Eva colándose al lado de San Juan, todo ello rodeado por la corte celestial de los ángeles músicos del Apocalipsis y nubes celestiales con formas muy sinuosas y elegantes.
La inclusión de Adán y Eva en esta escena representa la salvación o redención humana. El origen y el destino reintegrándose en el ciclo de Salvación del Padre. Entre el pecado original de Adán y Eva y la salvación traída por Cristo (la Trinidad) está la mediación de la Virgen María y San Juan. Los dos grandes intercesores entre la humanidad caída (Adán y Eva) y la divinidad salvadora.
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, a fin de recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno auxilio (Heb 4,16).
Al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono (Ap 3,21).
Vi a la derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos (Ap 5,1).
porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos (Ap 7,17).
A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en Él tenga la vida eterna (Jn 3, 14-15).
Cristo Jesús, a quien ha puesto Dios como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, por la tolerancia de los pecados pasados (Rom 3, 24-25).
Podemos, además, señalar una herencia egipcia en este concepto de levantar la cruz. La ceremonia de levantar el Dyed (realizada por el faraón o sacerdotes) simbolizaba en el mundo egipcio el triunfo de la vida sobre la muerte, la resurrección de Osiris y la restauración del orden. Este simbolismo compartido, en la tradición cristiana se observa en el Hijo sacrificado y levantado, exaltado en la cruz o resucitado, para la redención de la humanidad, actuando como el pilar o eje que conecta lo terrenal con lo divino.
Seti I levantando el pilar Dyed ayudado por Isis
Bordeando el límite de las pinturas observamos una inscripción en latín, de la cual hemos podido descifrar estas palabras: Praedicamus Patrem et Filium, que en su forma de oración o credo sería: Praedicamus Patrem et Filium et Spiritum Sanctum. Se traduce exactamente como: "Predicamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo". Es una de las fórmulas dogmáticas más antiguas de la Iglesia Católica y de la tradición occidental para afirmar la doctrina de la Santísima Trinidad: un solo Dios en tres personas distintas.
La bola del mundo que aparece a los pies del crucificado se conoce como orbe o globo crucífero, pero además, la vemos también sobre la triple corona del Dios Padre en un tamaño más pequeño, aludiendo al principio y al fin que son trascendidos en la Trinidad de Cristo, una iconografía que también refuerza el título de Jesús como Salvator Mundi. La corona triple del Padre es una derivación de la iconografía de la Tiara papal, aludiendo a la soberanía en los tres mundos, el inferior, el medio y el superior.
.jpg)
La misma iconografía en una obra de Lauren Girardin, de 1460, titulada La Trinidad.
https://webs.ucm.es/centros/cont/descargas/documento18792.pdf
https://www.romanicodigital.com/sites/default/files/pdfs/files/LUGOBarcia.pdf











