Si el texto sagrado nos contara la historia reduciéndola a hechos, a logros, a fechas, a batallas ganadas o perdidas, habría eliminado lo irreductible del deseo que nunca se puede circunscribir a un dato concreto, a un logro conseguido o a un check cubierto en nuestras listas de "to-dos". La libertad nunca podrá ser encerrada en los estúpidos códigos de sensatez, burgueses o no burgueses, pero que tienden a indicarnos lo correcto en función de los gustos del entorno. Todo verdadero combate espiritual transcurre en la más aparente insulsez a ojos de la gran mayoría. La ignorancia típica de la masa no tiene ojos para observar al verdadero y silencioso guerrero, al que combate internamente para abrirse paso entre las miserias, tanto de aduladores como de despreciadores. Los aduladores, de hecho, suelen ser más peligrosos que los soberbios, porque es mucho más tentador caer en la trampa del elogio que en la del desprecio o la indiferencia. Ser agradecido con las dificultades es, precisamente, darse cuenta de que lo fácil nos hubiera entorpecido mucho más el camino.
Y a pesar de mis muchas inseguridades, miedos e intentos de amoldarme al entorno, debo reconocer que siempre ha habido en mí una pequeñísima intuición de agradecimiento a todas las piedras y 'pedrolos' que me he topado en el camino.
