Cuando de pequeña sentía a mi madre lejana, creía que era debido a mi extrema sensibilidad, o a lo exagerada que yo era. Hubo varias ocasiones en las que mi madre estuvo en el hospital, no por muchos días, pero los suficientes para que yo decidiera no dejar de llorar hasta que volviera a casa. Todas las muñecas, juguetes y basuras que me ofrecían para calmarme no servían para nada. Con esa edad una sólo acepta los chantajes maternos, con el resto de personas se puede conservar la dignidad. Y aunque no pudiera verla, al menos a mi madre le llegaría la noticia de que alguien la esperaba en casa decidida a no hacer otra cosa más que rechazar sustitutivos. Se entiende el motivo por el cual convertirse en madre es un subidón tan grande, nunca alguien te espera en casa con tal intensidad de amor, las parejas se convierten en un cero a la izquierda al lado de ese amor tan puro que ofrece un niño. Mi madre siempre me ha recriminado que nunca volviera a abrazarla con la intensidad de aquella vez en que por fin volvió y me agarré a su cuello decidida a no soltarla.
Y poco a poco, con los años, fui descubriendo que no era yo la única exagerada, pues incluso más lejana sentían mis hermanos a mi madre, hasta tal punto que esa lejanía la habían integrado sin poder permitirse reconocer la carencia. Reconocer carencias te sitúa en un lugar débil y frágil, pero más frágil todavía es reconocer carencias en los padres, verlos necesitados e impotentes, verlos a tal distancia que se acercan más al lugar de hijos que al de padres. Por eso muchos recursos psicológicos implican negar la castración, la castración más difícil de aceptar es la de los padres, sobre todo cuando éstos han construido todo su valor en torno a ser alguien para sus hijos. Un niño sabe, en lo profundo de su ser, que sus padres dejarían de ser importantes, si él no los necesitase, si él no representara para ellos la escena que les otorga la fantasía de ser padres y no hijos, por eso las peores patologías surgen del deseo de un niño por proteger a sus padres, debido al profundo y verdadero amor que siente por ellos.
Los cuidados, detrás de la máscara de la generosidad y el reconocimiento social, pueden llegar a condenar al enfermo a mantenerse enfermo sólo para proteger el valor del cuidador. Entre cuidador y cuidado no se sabe ya quien protege más al otro, si el que tolera el lugar de disminuido para engrandecer al otro o quien no puede renunciar a su lugar de potencia a costa de impotetizar al resto. Ese tipo de amor, que es el primero que experimenta un niño, es seguramente el más fuerte que exista, hasta tal punto que puede ir incluso en contra de la vida y el instinto natural de supervivencia. Es un amor tan fuerte que no conoce límites, un amor más cercano que ningún otro a la muerte, por eso un bebé, en contra de toda lógica de supervivencia darwiniana, puede llegar a dejar de comer y a dejarse morir solamente para proteger a su madre y para reducir la enorme distancia que intuye con ella, más próxima a la muerte que a la vida.
Los cuidados, detrás de la máscara de la generosidad y el reconocimiento social, pueden llegar a condenar al enfermo a mantenerse enfermo sólo para proteger el valor del cuidador. Entre cuidador y cuidado no se sabe ya quien protege más al otro, si el que tolera el lugar de disminuido para engrandecer al otro o quien no puede renunciar a su lugar de potencia a costa de impotetizar al resto. Ese tipo de amor, que es el primero que experimenta un niño, es seguramente el más fuerte que exista, hasta tal punto que puede ir incluso en contra de la vida y el instinto natural de supervivencia. Es un amor tan fuerte que no conoce límites, un amor más cercano que ningún otro a la muerte, por eso un bebé, en contra de toda lógica de supervivencia darwiniana, puede llegar a dejar de comer y a dejarse morir solamente para proteger a su madre y para reducir la enorme distancia que intuye con ella, más próxima a la muerte que a la vida.
