Según el tradicionalismo, el orden cósmico emana del principio divino, que puede ser equiparable al papel del corazón si lo trasladamos al ámbito individual, o al del rey si lo trasladamos al ámbito de la ciudad. Así también el concepto de Ciudad divina designa el universo total que irradia a partir del Corazón del mundo, del Centro divino. Para el tradicionalismo, el orden de una sociedad estructurada en base a su principio rector, que es el divino, podría equipararse al de una persona y sus facultades, de manera que unas deban estar subordinadas a otras y todas a su principio rector, un funcionamiento jerárquico que hoy es a menudo incomprendido. Las facultades humanas subordinadas al principio que reside en el corazón sería equiparable con la subordinación de una ciudad y sus súbditos al rey. La tendencia moderna a dar más valor al principio de las mayorías y al igualitarismo suele ser un dogma bastante difícil de cuestionar, pero lo cierto es que el igualitarismo genera muchas más desigualdades que el concepto jerárquico del mundo y del cuerpo. Un ejemplo de igualitarismo monstruoso que hoy resulta fácil detectar es, por ejemplo, la imposición del servicio militar. Sin embargo, otro ejemplo de igualitarismo monstruoso que hoy imponen las ideologías de izquierdas (y por ello aceptado sin cuestionar), son las políticas de control centralizado y redistribución que originan burocracias para administrar los recursos y para decidir lo que nos conviene a todos por igual.
El caos que nos ha tocado vivir en nuestro mundo, debido a la ruptura con el principio divino que regía las sociedades tradicionales, se evidencia en una realidad tan simple como que hoy cualquier persona de nuestro mundo desarrollado vive mejor que un príncipe o rey del pasado, con la única diferencia de que hemos perdido el sentido de nuestro deseo, es decir, el principio rector según el cual todas las funciones corporales deben someterse al principio divino. El tan anhelado acceso a los supuestos privilegios de las clases altas de antaño tiene un elevado coste, el precio que pagamos por nuestras comodidades es la pérdida del sentido de nuestro deseo, precisamente por haber creído que con dinero se podía comprar la gratuidad divina. Y este es un punto clave para reconciliarnos con nuestra época y su particular caos, un punto en el cual nos distanciamos del tradicionalismo más purista para acercarnos al cristianismo y al psicoanálisis. Existe un motivo para la degradación de nuestro mundo y ese motivo es uno de los misterios encerrados en la doctrina católica. Ya no hay excusas, la posibilidad de que el principio divino actúe directamente sobre cada persona depende hoy, única y exclusivamente, de nosotros mismos. Todo el desorden y la injusticia que hoy se apodera de nuestras sociedades está al servicio de la más verdadera jerarquía: la interior, esa en la que ya no estamos dispuestas a retroceder.
Si antiguamente los templos y las ciudades se construían para facilitar al hombre el reencuentro con la estructura del mundo, hoy es el hombre quien debe reconstruirse para facilitar al mundo el reencuentro con la estructura divina.
