En el deseo hay siempre algo de incongruente y contradictorio, esas paradojas que tanto nos gustan, puesto que cuando surgen podemos estar seguras de que el misterio se ha abierto ante nosotras.
En la expresión de Lacan según la cual sólo se es culpable de haber cedido en el deseo, podríamos deducir que ahí se encuentra algo de lo más genuinamente propio. Pero cómo es posible que sea tan genuino si a la vez también Lacan nos ha dicho que el deseo es siempre el deseo del Otro. ¿Qué pasa con esa otredad que se inmiscuye en nuestra más genuina esencia? Quizás ahí podamos encontrar también algo del misterio de la trinidad, por el cual no hay Uno sin Otro. El deseo genuino nace para ser entregado, no se puede poseer, solo se puede compartir, por eso, de alguna manera, el deseo no nos pertenece, sino que es un constante fluir que nos atraviesa, a través de la falta compartida. Las madres y los padres que niegan su falta imposibilitan este fluir del deseo en los hijos y convierten toda tarea en una obligación, cuando se impone la obligación de no sentir carencia, el cuerpo y la mente se cierran por defensa y la relación con el otro (que es también con el deseo) se vuelve muy complicada.
La culpa por ceder en el deseo no revela una esencia individual pura, sino más bien todo lo contrario, el punto exacto donde nuestra subjetividad se constituye en la estructura impura del Otro. El deseo no nace sólo de un "interior" autónomo, sino que se articula a través del lenguaje, las demandas y las coordenadas simbólicas que recibimos del campo del Otro. No hay un Uno absoluto o un Sí-mismo que calme nuestros anhelos, sin la mediación de la otredad que nos incomoda, que nos perturba, que nos pone obstáculos. Aquello más propio e íntimo es justamente lo que nos es estructuralmente heterogéneo y que nos perturba. La grieta fundamental que nos atraviesa, el abismo o la caída que resulta tantas veces infranqueable porque en ella se manifiesta la falta. Ceder en el deseo es traicionar esa brecha, ese abismo, ese vacío en donde el sujeto adviene como falta, disolviéndose en la demanda alienante del Otro en lugar de sostener la causa de su propio acto, atravesada por el abismo.
Según las teorías gnósticas, esa grieta que nos hace caer a un mundo caracterizado por la falta, sería un error o una catástrofe en el mundo celestial, causada por la ambición de un dios inferior, el Demiurgo. La materia no sería creada por el Dios verdadero, sino por uno ignorante, de ahí que, según estas teorías, la salvación no estaría en el perdón de los pecados, sino en escapar de este mundo oscuro para recuperar la chispa de luz (a través del conocimiento) atrapada en la materia, y que nos permita recuperar el origen celestial verdadero y no el creado por el Demiurgo. Para estas teorías todo el mundo creado sería, por tanto, un engaño o un error fatal. La teoría de Jung adapta las ideas gnósticas a nuestra cultura, suavizando algunas de estas ideas según las cuales la salvación estaría en romper las cadenas de la materia mediante el conocimiento. Su idea de integrar los aspectos oscuros y reprimidos, que él denomina sombra, dentro de la realidad psicológica del individuo, viene a ser una forma nueva (pero gnóstica al fin y al cabo) de escapar al mundo material (o sexual). Tanto Jung como Freud y Lacan hablan de integración de esa brecha o abismo, pero Jung busca esa integración a través de la razón, pues entiende que la libido es una energía psíquica general, mientras que Freud consideraba la libido como una energía sexual, es decir, material. En la ruptura entre Freud y Jung se pone en evidencia el rechazo del mundo de la materia que está también en el rechazo del contenido sexual de la libido, motivo por el cual se entiende su gusto por las teorías gnósticas.
Los primeros deseos infantiles permanecen inalterables y activos durante toda la vida, insistiendo en manifestarse a pesar de las prohibiciones de la conciencia o la realidad. Esa fuerza, de algún modo indestructible, se realiza a través del rodeo, del camino, el que nos dirige a una realidad más allá de la satisfacción alucinatoria (la del paraíso), es decir, el que nos dirige a la insatisfacción (todo humor se origina en esta incongruencia). Al revés de lo que el mundo capitalista nos enseña, la salud no proviene de la satisfacción plena, sino de la insatisfacción. Para conservar algo de esa potencia y libertad absoluta que representa el deseo nos vemos obligados a aceptar la imposibilidad de satisfacerlo.
Según las teorías gnósticas, esa grieta que nos hace caer a un mundo caracterizado por la falta, sería un error o una catástrofe en el mundo celestial, causada por la ambición de un dios inferior, el Demiurgo. La materia no sería creada por el Dios verdadero, sino por uno ignorante, de ahí que, según estas teorías, la salvación no estaría en el perdón de los pecados, sino en escapar de este mundo oscuro para recuperar la chispa de luz (a través del conocimiento) atrapada en la materia, y que nos permita recuperar el origen celestial verdadero y no el creado por el Demiurgo. Para estas teorías todo el mundo creado sería, por tanto, un engaño o un error fatal. La teoría de Jung adapta las ideas gnósticas a nuestra cultura, suavizando algunas de estas ideas según las cuales la salvación estaría en romper las cadenas de la materia mediante el conocimiento. Su idea de integrar los aspectos oscuros y reprimidos, que él denomina sombra, dentro de la realidad psicológica del individuo, viene a ser una forma nueva (pero gnóstica al fin y al cabo) de escapar al mundo material (o sexual). Tanto Jung como Freud y Lacan hablan de integración de esa brecha o abismo, pero Jung busca esa integración a través de la razón, pues entiende que la libido es una energía psíquica general, mientras que Freud consideraba la libido como una energía sexual, es decir, material. En la ruptura entre Freud y Jung se pone en evidencia el rechazo del mundo de la materia que está también en el rechazo del contenido sexual de la libido, motivo por el cual se entiende su gusto por las teorías gnósticas.
Es en la propia brecha (o la sombra) en donde lo humano emerge. Estructuralmente es el mismo vacío del que nos ha hablado el Génesis, el momento fundacional donde el ser humano pierde la plenitud mítica y queda atrapado en el lenguaje. La caída bíblica no es una falta moral ordinaria, sino la pérdida de un estado de goce absoluto que da origen a la condición humana basada en la falta y el deseo. El árbol del conocimiento introduce el "No" en el Paraíso. La prohibición no sólo castiga el deseo, sino que estrictamente lo crea. Este límite es la Ley Simbólica del Padre (la castración estructural). Al prohibir el acceso al goce absoluto, la Ley separa al sujeto del Otro y funda la posibilidad de desear. El lenguaje es el causante de esta fractura, la palabra introduce la distancia entre el ser y el parecer, al poner nombre a las cosas y a lo que percibimos. Al nombrar las cosas, el ser humano crea un puente entre el ser, que representa lo auténtico, lo puro o la esencia de cada cosa, y el parecer, que corresponde a la ilusión, la imagen externa o la fachada que proyectamos. Pero ese puente es a la vez el abismo, y sólo el abismo origina nuevos intentos de establecer puentes. La esencia pura se pierde en el abismo a cambio de la posibilidad de crecer, de dejarnos transformar por la palabra. Con la palabra creímos que podíamos hacernos dueños del mundo, pero es el mundo el que nos somete a través de la palabra. Con la posibilidad de nombrar las cosas sustituimos a la acción directa y al instinto salvaje. Al aceptar la palabra aceptamos la represión, cambiamos la libertad absoluta por la cultura. Pero algo de esta libertad absoluta se conserva en el deseo.
Los primeros deseos infantiles permanecen inalterables y activos durante toda la vida, insistiendo en manifestarse a pesar de las prohibiciones de la conciencia o la realidad. Esa fuerza, de algún modo indestructible, se realiza a través del rodeo, del camino, el que nos dirige a una realidad más allá de la satisfacción alucinatoria (la del paraíso), es decir, el que nos dirige a la insatisfacción (todo humor se origina en esta incongruencia). Al revés de lo que el mundo capitalista nos enseña, la salud no proviene de la satisfacción plena, sino de la insatisfacción. Para conservar algo de esa potencia y libertad absoluta que representa el deseo nos vemos obligados a aceptar la imposibilidad de satisfacerlo.

