Los antiguos griegos tenían el concepto de logos como aquella razón última que explicaba el mundo, la ley universal y racional que ordena y da armonía al universo. Representaba el principio inteligente que rige el cosmos, una entidad abstracta, no personal, de sabiduría. El cristianismo, en concreto el Evangelio de Juan, se sirvió de este concepto de la tradición helenista para explicar una herencia plenamente judía, monoteísta. El verbo encarnado del cristianismo implica que el logos ya no sólo se convierte en personal, sino que es una persona. Una persona que a la vez son tres. En este misterio de la trinidad se esconde una verdad por la cual el conocimiento sólo puede ser relacional, no existen verdades individuales ni datos que puedan evadirnos de la responsabilidad de confrontar nuestras ideas con el otro, de buscar el por qué de la pregunta. Detrás de las respuestas que ofrece la IA también hay una lógica, pero no siempre coincide con la de quien pregunta. Renunciar al logos, al porqué y al sentido de la existencia, es deshumanizarnos. Es el posthumanismo.
El problema que plantea la IA, como el que todas las revoluciones tecnológicas han planteado antes, es cómo repercute en las clases más vulnerables, en aquellos que menos recursos tienen para poder utilizarla en su beneficio y no en el de otros. Éste ha sido siempre el mismo problema, y sin embargo, se vuelven a repetir las mismas reacciones de desprecio a los vulnerables. Todas las revoluciones tecnológicas crean una brecha entre quienes adoptan y controlan la nueva tecnología y quienes quedan marginados. Siempre han sido foco de desigualdades, lo cual no quiere decir que haya que erradicar la tecnología, quienes llegan a este tipo de conclusiones, sólo por permitirse ser críticos con la IA, es porque están tomados por el pensamiento polarizado. El problema de los explotados convirtiéndose en explotadores también es una pescadilla que tiende a morderse la cola. Siempre habrá alguien por debajo en el escalafón que permita a muchos darse ínfulas de progresistas, de no estar en contra de los avances y el progreso, pues ya se sabe que eso sólo puede ser de gente inculta y poco preparada. Con el afán de no ser identificado con el vulnerable, con el retrasado, se tolera la explotación masiva, los modelos probabilísticos alucinatorios que lanzan respuestas (correctas o incorrectas, eso ya es lo de menos) a los usuarios, con apariencia de total seguridad. A los vulnerables se nos obliga a utilizar estas herramientas, pues ya no hay posibilidad de hacer búsquedas en Google sin que te responda la IA, sin posibilidad de elección, mientras que los ricos hacen uso de esta tecnología, pudiendo escoger de qué manera le es útil para hacer crecer su negocio. Pero esa no posibilidad de elección a la que se condena a la gran mayoría esconde una lógica perversa. Bajo la apariencia de facilitarnos la vida lo que hace la IA es empobrecernos, hacernos más ignorantes y volvernos más locos. La locura se ha convertido en la nueva normalidad, los patrones alucinatorios son la base de la IA y el problema, como muchos plantean, no es que la IA se equivoque o de respuestas incorrectas, sino su modelo de respuesta, diseñado para lanzar veredictos instantáneos acerca de lo que es correcto o incorrecto. Las IAs están entrenadas para anteponer la satisfacción del usuario. Así que, por regla general, los robots evitan la controversia, las respuestas negativas o, directamente, las discusiones, algo que, por otro lado, ya empieza a ser tendencia mayoritaria también entre las supuestas personas. Según cómo plantees un tema, la inteligencia artificial siempre te seguirá la corriente a riesgo de equivocarse, su principal interés es adularte (es en lo único en que no falla). El goce, que básicamente, es la satisfacción más directa e instantánea de la pulsión, ha sido siempre la principal barrera que impide al ser humano llegar a la verdad/amor/libertad, estos tres conceptos son, en fondo, sinónimos. Por eso la IA es tan (falsamente) amorosa, está pensada para hacer más fuerte, todavía, la barrera de la satisfacción, dándonos la posibilidad de satisfacer instantáneamente nuestros goces autoeróticos. No importa lo que le preguntes a Google siempre te dará una respuesta maternal, diseñada para ser cordial, útil y no juzgar (el culmen del amor al que hoy aspira toda nuestra sociedad). La IA nos da una validación inmediata y reconfortante, este es su lado más perverso, pues al no juzgar, evita confrontar al usuario con dilemas éticos reales, fomentando dinámicas de pensamiento acríticas o irreales, con las que apaciguar el verdadero impulso de conocimiento, aquel que, como a Edipo, conduce a arrancarte los ojos ante el horror de descubrir la verdad. Encontrarse con la verdad de lo real no es agradable, no es pacífico, no es correcto, sino todo lo contrario. La única finalidad de la corrección de la IA es evitarnos el conflicto que todo verdadero conocimiento supone, es decir, la única finalidad del carácter ‘gratuito’ de la IA en las clases vulnerables es mantenernos ignorantes, alucinados y suficientemente adormecidos y anestesiados. Por más que muchos pretendan situarse en el lado correcto del progreso y la civilización, mostrándose acríticos con la IA, no podrán esconder que también ellos están siendo explotados, adormecidos y manipulados por la tecnocracia.
