Lacan fue tajante al hablar de la naturaleza sádica e implacable del superyó, por el contrario Freud vio en el superyó al representante de la ley, la cultura y la moralidad, con la cual, sin lugar a duda, crecen y evolucionan las civilizaciones. Pero los motivos para entender estas diferencias estarían, probablemente, en el tipo de patologías que más predominaron en la clínica de cada uno.
Lacan describe el superyó no como una simple conciencia moral prohibitiva, sino como un imperativo feroz de goce. Lejos de reprimir las pulsiones, el superyó lacaniano es una voz tiránica que exige al sujeto disfrutar a toda costa, castigándolo con una culpa insoportable por no alcanzar una satisfacción imposible. Cuanto más se esfuerza el yo por obedecer este mandato, más severo es el castigo. El superyó se alimenta de las renuncias del sujeto, generando una culpa feroz e insensata. Lacan lo define como una "ley sin dialéctica", absurda y opresiva. Se manifiesta como un saboteador interno o una voz discordante que tortura al sujeto. El superyó es la antítesis del deseo genuino. Mientras que el deseo permite al sujeto orientarse hacia su falta y su singularidad, el superyó lo empuja al exceso mortífero.
Para Freud, el superyó es la instancia moral y ética de la psique humana. Su función principal es observar y juzgar los actos y pensamientos del individuo, reprimiendo los impulsos primitivos del ello y guiando al yo hacia la perfección y la adaptación social. Freud divide al superyó en dos aspectos fundamentales. Por un lado la conciencia moral, que actúa como un juez o censor interno; se encarga de castigar al yo con sentimientos de culpa, remordimiento o ansiedad cuando la persona transgrede las normas éticas o actúa en contra de lo que considera correcto. Y por otro lado el ideal del Yo, que es la autoimagen construida en base a las conductas admiradas; representa el conjunto de metas, valores y el modelo de "perfección" al que el individuo aspira. Aunque también Freud advirtió que el superyó ejerce una presión constante sobre el yo, y que en ocasiones puede llegar a ser excesivamente severo, tiránico e irracional, exigiendo una perfección inalcanzable que genera angustia o conductas autodestructivas.
Es probable que las diferencias entre ambos enfoques se deban a las diferencias entre un superyó materno (el que describe Lacan) y un superyó paterno (el que describe Freud).
El superyó materno surge en las etapas más tempranas de la vida, deriva de las primeras prohibiciones y cuidados físicos de la madre (destete, control de esfínteres, etc). Expresa una exigencia absoluta y ejerce presión sobre el sujeto a partir de la dependencia y el apego primario. Puede tener un componente más despiadado o punitivo, ya que no media la palabra de la misma manera que la ley del padre. Además, en los primeros años de vida el encuentro con lo real se vuelve mucho más traumático por la indefensión propia del cuerpo del bebé, y por su dependencia absoluta. El superyó materno genera remordimiento y angustia. Es una exigencia de perfección más ligada al ideal y al mandato de completar al Otro materno.
Por otro lado, el superyó paterno surge tras atravesar el Edipo, es heredero del complejo de Edipo, y por tanto internaliza la figura del padre y las normas culturales. Representa la Ley, marca un límite claro al deseo del niño, separándolo de la fusión con la madre y fomentando la socialización. Frente a la naturaleza primitiva y feroz del superyó materno, el paterno es racional y estructurado. Se basa en un orden simbólico que permite al sujeto ubicarse en el mundo. Más que generar remordimientos, otorga culpa, permite el desarrollo de una moral basada en el respeto a las normas sociales y la ética. Su función principal es poner un freno a la relación fusional entre la madre y el hijo. A través de la metáfora paterna, el padre introduce el lenguaje y las reglas culturales, lo que permite al niño salir de su dependencia absoluta y entrar en el mundo social.
Freud consideró que las diferentes formas de atravesar el Edipo en el hombre y la mujer llevaba a que muchas mujeres tuvieran un superyó más lábil, y careciesen de sentido moral, así como el hecho de que cambiaran fácilmente de parecer. Es probable que esto se debiera a la mayor presencia del superyó materno sobre el paterno. La idea de un “superyó materno” y su incidencia en la mujer fue planteada por Melanie Klein. Según esta autora el Edipo temprano produce un superyó materno primitivo que emerge de la identificación materna sádica anal -anterior a la diferenciación sexual-, sobre el que se instala el superyó paterno. Y el Edipo de la fase genital produce un superyó paterno, pacificador, extraído de la identificación al padre. Coincidimos con Melanie Klein en su concepto del Edipo temprano, pues aunque Freud había hablado de que se generaba en la fase fálica, entre los 3 y 5 años, es probable que el proceso edípico empiece ya durante el primer año de vida, coincidiendo con las fases oral y anal. Si con el primer Edipo se entra en el proceso, con el segundo se sale, por este motivo el primer Edipo materno necesita ser cerrado por el paterno para no quedar sometido al superyó implacable de la madre.
La notoria adicción a la ruleta y el comportamiento autodestructivo de Dostoievski fueron una forma de expiar la enorme culpa inconsciente que padecía y satisfacer un deseo masoquista inconsciente. La ludopatía de Dostoievski no era simplemente un vicio, sino una compulsión neurótica para buscar el castigo. Al perder todo su dinero y hundirse en la miseria, lograba expiar (calmar) esa culpa insoportable a través del sufrimiento que él mismo se provocaba. Freud argumentaba que solo cuando el autor había tocado fondo y se había castigado lo suficiente, su mente lograba alivio psíquico y su genialidad se liberaba, permitiéndole escribir sus grandes obras para ganarse la vida. Un superyó tiránico que, al menos, le dió alguna tregua, para poder escribir obras tan geniales por las que alcanzó un puesto entre los más grandes.
Y si Lacan habló de un superyó más despiadado del que describió Freud podemos pensar que se deba a la caída del Nombre del Padre, el debilitamiento histórico y cultural de la figura paterna que caracteriza a nuestro tiempo, y en la que a menudo los procesos edípicos no llegan a elaborar un superyó pacificador y ético, quedando atrapados en las redes del superyó sádico propio de la etapa más arcaica de la vida.
