Dibujos con los que garabateaba mis libretas de pequeña
La conexión entre el cuerpo y su espacio se extiende a la cueva primitiva, el primer refugio que la humanidad buscó en la naturaleza. En la cueva hay también oscuridad y contención, introspección y recogimiento, un espacio que resuena con la necesidad del propio cuerpo humano. La conexión entre el refugio, la protección, el resguardo y lo íntimo se pone en relación, a su vez, con lo perturbador, lo inquietante, lo secreto, lo siniestro. Lo verdaderamente íntimo, propio o familiar, pasa por recorrer el camino de lo terroríficamente inquietante, para ocupar el espacio de una conciencia humana no desarrollada (oculta), trascendiendo el primitivo concepto de intimidad del que se partía para llegar a otro más Real.
Cuando los judíos se enfrentaron a la destrucción del templo también experimentaron la experiencia de desgarro y terror, el templo era un símbolo de identidad, de pertenencia, de sentido, su experiencia con el enfrentamiento de lo real también fue profundamente traumática. Pero cuando Jesús les dijo a los judíos: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar», ellos respondieron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». El propio texto sagrado nos aclara que Jesús no se refería al templo físico, sino al templo de su cuerpo. El templo del cuerpo, ése, tan profundamente vulnerable, es el que se vuelve más indestructible que cualquier construcción física, si se es capaz de enfrentar el horror de lo real. Un horror que para las judíos se ejemplifica en lo intolerable que resultaba para ellos la propia cruz.
Y ciertamente, siguiendo las sabias palabras de Freud, el sufrimiento no hace a nadie sabio ni humilde.
“Si realmente el sufrimiento da lecciones, el mundo estaría poblado sólo de sabios. El dolor no tiene nada que enseñar a quienes no encuentran el coraje y la fuerza para escucharlo".
El sufrimiento no hace humilde a nadie, más bien todo lo contrario. El sufrimiento sin reflexión es una barrera grande que impide llegar a conocer en profundidad. Solo el conocimiento, la reflexión, la palabra, el lenguaje, el encuentro con el otro, el diálogo, tienen capacidad para enfrentar lo intolerable de lo real. Poner palabras donde hubo horror, transformar el silencio y el trauma en un relato comprensible. Jesús no solo comunica la Palabra de Dios, sino que Él mismo es la Palabra viva encarnada. A través de la revelación de la Palabra, se manifiesta un poder sobrenatural capaz de levantar al caído, poner algo de sentido donde solo hubo sufrimiento. Pero nombrar es a la vez enfrentarse a la muerte de lo nombrado, es una actividad que requiere de coraje y valentía. Para llegar a decir algo que verdaderamente nos involucre necesitamos hablar de infinidad de tonterías que nos permitan bordear el dolor de la verdad. La grieta de lo real proviene del lenguaje, y solo con la palabra es posible hacerle frente.







