Es habitual que en la historia de la piedad cristiana se haya recelado de las manifestaciones ajenas al amor espiritual, creando una división falsa que ha llevado a creer que la formulación cristiana expresada en las palabras “Dios es amor” (1Jn 4,8) hace referencia a un tipo de amor piadoso, alejado del mundo y de carácter místico o espiritual. Sin embargo, no existen dos tipos de amor, al igual que el Dios Padre y el Dios Hijo (encarnado) son Uno, amor divino y amor carnal también son Uno (1Jn 4,12). La dificultad se encuentra precisamente en saber discernir e identificar el amor, tantas veces confundido con la satisfacción de goces pulsionales, los cuales tampoco son exclusivamente corporales, sino que se manifiestan en todos los aspectos de la vida humana.
Juan aclara que la capacidad del creyente para amar procede del conocimiento de Dios (1Jn 4,7). De esta afirmación podemos deducir que el amor requiere de un proceso de discernimiento profundo, el cual no sólo mejora nuestras relaciones de pareja, también las relaciones laborales, familiares o con el entorno social. Amar es conocer, conocer es amar, y al igual que necesitamos aprender a hablar cuando nacemos, también necesitamos aprender a amar. Dios se hizo hombre para que pudiéramos conocer mejor nuestra naturaleza. Aprender a amar es un proceso de discernimiento profundo, impulsado por un anhelo del corazón que nos obliga a someternos a la ley. En la actualidad, seguro que para muchos no hay nada más alejado del amor que la ley. Vivimos en una sociedad puritana, una de las principales consecuencias de la ausencia de amor es el puritanismo (con independencia de que se de con defecto o exceso de actividad sexual), a pesar de que se diga defender todo tipo de libertades sexuales y goces diversos, la realidad es que el amor es uno de los últimos objetivos en la escala de valores de nuestra sociedad, lo mismo sucede con la ley. Que los primeros en despreciar la ley sean los propios gobernantes y encargados de crearla es ya bastante significativo.
Ese antiguo mandamiento era el que podía dar fe de la pertenencia al grupo de discípulos, instaurado por Jesús. Al retomarlo parece nuevo (así también sucede hoy), puesto que su novedad es profundamente transformadora y sobre todo, transgresora. Aún siendo la ley más antigua de la humanidad, el amor es lo más revolucionario que ha experimentado el ser humano, y por ello es una fuerza transformadora que afecta a todos los aspectos de la vida. El amor es real, exigente y siempre renovador. La nueva formulación que hace Jesús de esta ley antigua tiene tres aspectos fundamentales. En primer lugar, es única. La infinidad de leyes que tenían los fariseos quedan radicalmente reducidas a una y única, no hay más leyes que la del amor. En segundo lugar, ese mandamiento se halla totalmente orientado hacia la relación entre las personas. No se pide amor a Dios, o a Jesús. El único requisito es amar al hermano. Finalmente, el tercer aspecto reside en la medida, en la intensidad de ese amor: "Como yo os amé". Para saber qué tipo de medida es esa, era necesario identificar a Jesús, saber verlo cuando aparece, tal como sucede en el pasaje de la pesca milagrosa, en la que solo el discípulo amado sabe reconocer a Jesús cuando aparece en la orilla de la playa.
Retomemos, por tanto, las cartas de Juan, en donde el amor no es un simple sentimiento, sino una acción concreta hacia el prójimo, que fluye de la naturaleza de Dios. Una acción, además, que debe ser eficaz, capaz de producir transformaciones efectivas y no convertirse en una especie de principio irrealizable en el mundo. El amor genera compromiso, no por obligación (eso es lo que hace el poder), sino por deleite y exaltación viva que envuelve por completo a quienes se sumergen en él.
El Cuarto Evangelio y las cartas de Juan dan fe de un conflicto interno en las comunidades que llevaban ese nombre. Un aspecto ético de ese conflicto era la falta de amor al prójimo por parte de algunos de ellos, Juan identifica una relación entre no reconocer el misterio de la encarnación y una práctica muy deficiente del amor fraterno. El Evangelio que escribe Juan se ha denominado también el del Discípulo Amado, toda la tradición del Cuarto Evangelio es atribuida a este misterioso discípulo cuya principal característica es que: "es amado". También hoy muchas corrientes espiritualistas se parecen a los disidentes del tiempo de la comunidad del discípulo amado: le quitan valor a la encarnación, descuidan el amor fraterno y la práctica de la justicia, se creen ya salvados y sus líderes monopolizan el Espíritu.
Pero Juan, en sus cartas, nos recuerda que el conflicto del amor es un conflicto antiguo, y siempre el mismo:
Pero Juan, en sus cartas, nos recuerda que el conflicto del amor es un conflicto antiguo, y siempre el mismo:
Queridos amigos, no les escribo un mandamiento nuevo, sino más bien uno antiguo que han tenido desde el principio. Ese mandamiento antiguo —ámense unos a otros— es el mismo mensaje que oyeron antes (1Jn 2,7).
Ese antiguo mandamiento era el que podía dar fe de la pertenencia al grupo de discípulos, instaurado por Jesús. Al retomarlo parece nuevo (así también sucede hoy), puesto que su novedad es profundamente transformadora y sobre todo, transgresora. Aún siendo la ley más antigua de la humanidad, el amor es lo más revolucionario que ha experimentado el ser humano, y por ello es una fuerza transformadora que afecta a todos los aspectos de la vida. El amor es real, exigente y siempre renovador. La nueva formulación que hace Jesús de esta ley antigua tiene tres aspectos fundamentales. En primer lugar, es única. La infinidad de leyes que tenían los fariseos quedan radicalmente reducidas a una y única, no hay más leyes que la del amor. En segundo lugar, ese mandamiento se halla totalmente orientado hacia la relación entre las personas. No se pide amor a Dios, o a Jesús. El único requisito es amar al hermano. Finalmente, el tercer aspecto reside en la medida, en la intensidad de ese amor: "Como yo os amé". Para saber qué tipo de medida es esa, era necesario identificar a Jesús, saber verlo cuando aparece, tal como sucede en el pasaje de la pesca milagrosa, en la que solo el discípulo amado sabe reconocer a Jesús cuando aparece en la orilla de la playa.
El amor es de origen divino, no humano, pero se manifiesta a través de las personas. El amor de Dios se encuentra en las personas, pero hay que saberlas reconocer, tarea que se vuelve más difícil cuando lo que mayoritariamente reconoce la sociedad son aspectos que poco tienen que ver con el amor. Una sociedad que constantemente nos invita a admirar e idolatrar a otros, a aparentar perfección y amor absoluto. Pero Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros, pretenciosos y falsos.
Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. El amor es concreto, lejano de toda teoría, idealismo e ingenuidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte, más bien, en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales.
Una de las principales motivaciones de la primera carta de Juan era que los falsos maestros habían afirmado que era posible vivir la vida cristiana en libertad moral (1Jn 2,4; 3,7-8), un estilo de vida no sometido a la ley, que iba en detrimento del amor y de la espiritualidad. Pero ya en el Evangelio, Juan había definido el amor como una ley (Jn 13, 34), aquella en la que pueden ser integradas todas las demás leyes, de lo que se deduce que el amor es transversal a todas las facetas humanas. También para Juan, reconocer el pecado o la hostilidad que pueda haber en nosotros no destruye el amor, sino que nos ayuda a identificarlo mejor. Amar de verdad no es solo sentir ternura, también es tolerar que en los vínculos profundos exista rabia, frustración, celos o rivalidad. Los falsos maestros habían interpretado la gracia como una licencia para negar el pecado, podemos ver en esta pretensión un reflejo de la ideología que se ha extendido en nuestro mundo. Las recomendaciones de Juan se vuelven muy actuales, recordándonos que para poder alcanzar el verdadero amor es necesario no ignorar el pecado, o podríamos decir error, que es más acorde a nuestro tiempo. El anhelo de superar el pecado nos conduce al combate espiritual, un combate que para Juan se da entre la luz y las tinieblas, exhortando a rechazar el engaño y la falsedad.
Juan nos advierte sobre los falsos profetas y el espíritu del Anticristo que niega la encarnación de Jesús (2Jn 7; 1Jn 2,22), es por eso que en sus cartas adquiere una importancia vital el concepto de ‘verdad’. Discernir entre la oscuridad y la luz es también discernir entre la mentira y la verdad, y para ello no llega con razonamientos intelectuales, hace falta dar testimonio, es así como Juan se presenta en sus cartas: como testigo de Cristo. Ellos oyeron, vieron, contemplaron y tocaron al verbo de vida (1Jn 1,1), divino y a la vez humano. Juan comunica aquella experiencia real a sus lectores (1Jn 1,4), afirma que es necesario poner en práctica los mandamientos. Poner por obra la Palabra protege del error, que en esencia es carecer de verdad (1Jn 2,5). Así, el amor no debe limitarse a palabras, sino manifestarse en hechos (1Jn 3,16-18).
Los pares de opuestos que están tan presentes en la teología de Juan, tales como luz/tinieblas, /verdad/mentira, vida/muerte, Cristo/Anticristo, ayudan a profundizar en el proceso de discernimiento, no para refugiarnos en la idea de que pertenecemos al lado correcto, sino para identificar el verdadero amor. Eros y tánatos se entrelazan para impulsarnos a hacer que la vida venza a la muerte. Dos pulsiones que nunca actúan de forma aislada, sino que están en una tensión dinámica constante. Toda nuestra vida psíquica es el resultado de la lucha, el equilibrio o la mezcla entre ambas fuerzas opuestas, y en cada contexto se vuelve necesario discernir. La vida venciendo a la muerte es revelada en su máxima dimensión en la cruz de Cristo (1Jn 5, 4-5), la sangre derramada en la cruz es el triunfo definitivo sobre el pecado (1Jn 5,6). Entender el significado de la muerte en la cruz, especialmente para un judío de la época, era un desafío complejo, un Mesías crucificado era una contradicción, un símbolo de rechazo divino, humillación y fracaso rotundo (Deut 21, 23), por eso las primeras generaciones de cristianos buscaban símbolos en las Escrituras del judaísmo que mostrasen el vínculo entre muerte y salvación. También para una sociedad hedonista como la nuestra, la cruz sigue hoy teniendo un significado complejo. Rehuir el sufrimiento es una tendencia generalizada, para muchos es preferible pasar superficialmente por los conflictos, no involucrarse demasiado. Por el contrario Cristo se involucró hasta el fondo, con ello nos reveló que no hay atajos posibles, la cruz es el mayor signo de libertad, es un amor que no se impone, sino que se entrega; un amor que no busca privilegios, un amor que no se compra, sino que se regala (Jn 8,32).
Bibliografía
· Pou, A. Cartas juánicas. Apuntes de clase.
· Freud S. El yo y el ello, Alianza, Madrid 1973.
Webgrafía
· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Primera Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Segunda Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Tercera Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
Los pares de opuestos que están tan presentes en la teología de Juan, tales como luz/tinieblas, /verdad/mentira, vida/muerte, Cristo/Anticristo, ayudan a profundizar en el proceso de discernimiento, no para refugiarnos en la idea de que pertenecemos al lado correcto, sino para identificar el verdadero amor. Eros y tánatos se entrelazan para impulsarnos a hacer que la vida venza a la muerte. Dos pulsiones que nunca actúan de forma aislada, sino que están en una tensión dinámica constante. Toda nuestra vida psíquica es el resultado de la lucha, el equilibrio o la mezcla entre ambas fuerzas opuestas, y en cada contexto se vuelve necesario discernir. La vida venciendo a la muerte es revelada en su máxima dimensión en la cruz de Cristo (1Jn 5, 4-5), la sangre derramada en la cruz es el triunfo definitivo sobre el pecado (1Jn 5,6). Entender el significado de la muerte en la cruz, especialmente para un judío de la época, era un desafío complejo, un Mesías crucificado era una contradicción, un símbolo de rechazo divino, humillación y fracaso rotundo (Deut 21, 23), por eso las primeras generaciones de cristianos buscaban símbolos en las Escrituras del judaísmo que mostrasen el vínculo entre muerte y salvación. También para una sociedad hedonista como la nuestra, la cruz sigue hoy teniendo un significado complejo. Rehuir el sufrimiento es una tendencia generalizada, para muchos es preferible pasar superficialmente por los conflictos, no involucrarse demasiado. Por el contrario Cristo se involucró hasta el fondo, con ello nos reveló que no hay atajos posibles, la cruz es el mayor signo de libertad, es un amor que no se impone, sino que se entrega; un amor que no busca privilegios, un amor que no se compra, sino que se regala (Jn 8,32).
Bibliografía
· Pou, A. Cartas juánicas. Apuntes de clase.
· Freud S. El yo y el ello, Alianza, Madrid 1973.
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· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Tercera Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
