Es habitual que en la historia de la piedad cristiana se haya recelado de las manifestaciones ajenas al amor espiritual, creando una división falsa que ha llevado a creer que la formulación cristiana expresada en las palabras “Dios es amor” (1Jn 4,8) hace referencia a un tipo de amor piadoso, alejado del mundo y de carácter místico o espiritual. Sin embargo, no existen dos tipos de amor, al igual que el Dios Padre y el Dios Hijo (encarnado) son Uno, amor divino y amor carnal también son Uno (1Jn 4,12). La dificultad se encuentra precisamente en saber discernir e identificar el amor, tantas veces confundido con la satisfacción de goces pulsionales, los cuales tampoco son exclusivamente corporales, sino que se manifiestan en todos los aspectos de la vida humana.
Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios" (1Jn 4,7b).
Pero Juan, en sus cartas, nos recuerda que el conflicto del amor es un conflicto antiguo, y siempre el mismo:
Queridos amigos, no les escribo un mandamiento nuevo, sino más bien uno antiguo que han tenido desde el principio. Ese mandamiento antiguo —ámense unos a otros— es el mismo mensaje que oyeron antes (1Jn 2,7).
Ese antiguo mandamiento era el que podía dar fe de la pertenencia al grupo de discípulos, instaurado por Jesús. Al retomarlo parece nuevo (así también sucede hoy), puesto que su novedad es profundamente transformadora y sobre todo, transgresora. Aún siendo la ley más antigua de la humanidad, el amor es lo más revolucionario que ha experimentado el ser humano, y por ello es una fuerza transformadora que afecta a todos los aspectos de la vida. El amor es real, exigente y siempre renovador. La nueva formulación que hace Jesús de esta ley antigua tiene tres aspectos fundamentales. En primer lugar, es única. La infinidad de leyes que tenían los fariseos quedan radicalmente reducidas a una y única, no hay más leyes que la del amor. En segundo lugar, ese mandamiento se halla totalmente orientado hacia la relación entre las personas. No se pide amor a Dios, o a Jesús. El único requisito es amar al hermano. Finalmente, el tercer aspecto reside en la medida, en la intensidad de ese amor: "Como yo os amé". Para saber qué tipo de medida es esa, era necesario identificar a Jesús, saber verlo cuando aparece, tal como sucede en el pasaje de la pesca milagrosa, en la que solo el discípulo amado sabe reconocer a Jesús cuando aparece en la orilla de la playa (Jn 21,1-14).
Nosotros amamos porque Él nos amó primero. 20 Si alguien dice: «Yo amo a Dios», pero aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto (1Jn 4, 19-21).
Sólo amamos porque alguien nos amó primero. Para amar es necesario estar abierto a recibir el amor gratuito del otro. El amor es de origen divino, no humano, pero se manifiesta a través de las personas. El amor de Dios se encuentra en las personas, pero hay que saberlas reconocer, tarea que se vuelve más difícil cuando lo que mayoritariamente reconoce la sociedad son aspectos que poco tienen que ver con el amor. Una sociedad que constantemente nos invita a admirar e idolatrar a otros, a aparentar perfección y amor absoluto. Pero Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros, pretenciosos y falsos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. El amor es concreto, lejano de toda teoría, idealismo e ingenuidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte, más bien, en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales.
Los pares de opuestos que están tan presentes en la teología de Juan, tales como luz/tinieblas, /verdad/mentira, vida/muerte, Cristo/Anticristo, ayudan a profundizar en el proceso de discernimiento, no para refugiarnos en la idea de que pertenecemos al lado correcto, sino para identificar el verdadero amor. Eros y tánatos se entrelazan para impulsarnos a hacer que la vida venza a la muerte. Dos pulsiones que nunca actúan de forma aislada, sino que están en una tensión dinámica constante. Toda nuestra vida psíquica es el resultado de la lucha, el equilibrio o la mezcla entre ambas fuerzas opuestas, y en cada contexto se vuelve necesario discernir. La vida venciendo a la muerte es revelada en su máxima dimensión en la cruz de Cristo (1Jn 5, 4-5), la sangre derramada en la cruz es el triunfo definitivo sobre el pecado (1Jn 5,6). Entender el significado de la muerte en la cruz, especialmente para un judío de la época, era un desafío complejo, un Mesías crucificado era una contradicción, un símbolo de rechazo divino, humillación y fracaso rotundo (Deut 21, 23), por eso las primeras generaciones de cristianos buscaban símbolos en las Escrituras del judaísmo que mostrasen el vínculo entre muerte y salvación. También para una sociedad hedonista como la nuestra, la cruz sigue hoy teniendo un significado complejo. Rehuir el sufrimiento es una tendencia generalizada, para muchos es preferible pasar superficialmente por los conflictos, no involucrarse demasiado. Por el contrario Cristo se involucró hasta el fondo, con ello nos reveló que no hay atajos posibles, la cruz es el mayor signo de libertad, es un amor que no se impone, sino que se entrega; un amor que no busca privilegios, un amor que no se compra, sino que se regala (Jn 8,32).
Bibliografía
· Pou, A. Cartas juánicas. Apuntes de clase.
· Freud S. El yo y el ello, Alianza, Madrid 1973.
Webgrafía
· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Primera Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Segunda Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
· Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Tercera Carta de Juan [Consulta: 6 de junio de 2026]
