Según Jean Hani, uno de nuestros autores tradicionalistas de cabecera, se pueden clasificar los mitos, es decir, la esencia misma de las religiones, en dos grupos. Aquellos que se transmiten por vía oral y los que se fijan a través de escrituras sagradas (sin que por ello se suprima la trasmisión oral). Para las tradiciones de transmisión oral, como es un ejemplo el caso de la tradición celta, las reglas mnemotécnicas y los recursos poéticos ayudan a conservar los relatos tratando de evitar grandes deformaciones.
En los mitos de la Grecia antigua nos encontramos con un caso que no se puede enmarcar ni en uno ni en otro. Pues, aunque es completamente seguro que los primeros helenos, salidos del tronco indoeuropeo, tenían mitos que se conservaban por tradición oral, lo que podemos conocer de ellos corresponde a una etapa en la que la tradición se había deformado ya mucho y no se conserva ningún mito en forma original. Todo lo que sabemos de la tradición religiosa de los griegos proviene de sus obras literarias, las cuales no constituyen una Escritura Sagrada, aunque sí puedan contener elementos sacados de mitos sagrados antiguos. Todas las obras de la literatura griega son creaciones de artistas y pertenecen al campo profano, sus autores nunca pretendieron ser “escritores sagrados”.
La mitología griega la conocemos por las obras de Homero o de Hesíodo, hasta tal punto que los propios griegos pensaban que habían sido estos autores quienes habían creado esta mitología. En estas condiciones es fácil imaginar lo complicado que resulta adentrarse en la tarea de rescatar el contenido original sagrado del mito. Jean Hani nos alerta acerca de las interpretaciones que se dan de los mitos griegos, por resultar, a veces, un tanto aleatorias. El método comparativo permite encontrar elementos en los mitos que nos permiten rescatar su origen más primitivo, tal como en una construcción sagrada las piedras más antiguas pueden rescatarse de en medio de las construcciones más recientes. Uno de los mitos que Jean Hani ha seleccionado para hacer esa labor de rescate y, diríamos que arqueología profunda, es el mito de las Danaides. En su labor de exégesis más purista, este autor hace una comparación con las interpretaciones que el psicoanálisis ha hecho del mito y las contrapone, alertándonos de los peligros de éste último.
Nos ha parecido una oportunidad muy buena para integrar dos de mis grandes referentes, por un lado, los autores tradicionalistas y por el otro, los psicoanalistas freudianos, pues si bien el mundo de la espiritualidad parece conectar mejor con el psicoanálisis junguiano, aquí tenemos claro que el rigor que defienden los autores más puristas como Guénon, Hani o Frithjof Schuon coincide plenamente con el mismo rigor que utiliza Freud en su magistral obra. La obra de Freud está enfocada a ayudar y sostener al otro, la obra de los tradicionalistas está enfocada a la metafísica, en este sentido podemos decir que Freud escoge una vía más cristiana, la del amor, la única que alcanza cotas verdaderamente elevadas, no solo de conocimiento, sino de avance en el desarrollo de la cultura y la civilización.
Pues bien, partiendo del análisis que realiza este autor demostraremos que la interpretación hecha por el psicoanálisis no difiere de la que él mismo realiza. El propio autor reconoce que lo que él entiende como un error de exégesis psicoanalítica lo ha llevado a recobrar, paradójicamente, algo primitivo y original del mito. Por una parte, el mito de las Danaides se ha asentado en nuestra cultura moderna hasta tal punto de que su famoso “tonel sin fondo” ha entrado en nuestro lenguaje y por tanto en nuestra forma de metaforizar el mundo. Al mismo tiempo, es también una de las leyendas más desconocidas de la mitología clásica.
Mito de las Danaides
Belo pertenecía a la descendencia de Zeus, Io y Poseidón. Tuvo dos hijos: Dánao y Egipto. A su vez Dánao tuvo 50 hijas, las Danaides, y Egipto tuvo 50 hijos, los Egíptidas. Fruto de la ribalidad entre hermanos, Dánao se ve obligado a huir a Grecia con sus hijas, pero se detiene en la Argólida y allí conquista el lugar y se hace rey de Argos. Mientras reina se percata de que el territorio no está bien regado y envía a sus hijas a buscar fuentes. Amimone se encuentra con Poseidón, que se une a ella y hace brotar la fuente de Lerna. Psámate y Fisadeya encuentran otras fuentes a las que le dan su nombre. Después, Egipto decide también hacerse a la mar con sus 50 hijos y al llegar junto a Dánao le exige que case a sus hijas con sus hijos. Dánao acepta la propuesta de enlace, pero entrega puñales a sus hijas instruyéndolas para que maten a los hijos de Egipto mientras duermen. Ellas así lo hacen, asesinan primero a sus maridos y después los decapitan arrojando sus cabezas a los pantanos de Lerna. Sin embargo, una de ellas, Hipermestra, perdona la vida a su marido Linceo. Éste se venga asesinando a Dánao y a sus 49 cuñadas, las cuales son condenadas a llenar eternamente de agua unas tinajas agujereadas.
A partir de aquí, Jean Hani trata de mostrar la fragilidad de la interpretación freudiana aplicada a esta leyenda y nos trae el estudio psicoanalítico del neurólogo y psicoanalista K. Kouretas, más tarde ampliado por H.P. Jacques. Este último utiliza el psicoanálisis para explorar cómo los mitos griegos reflejan conflictos psíquicos profundos, el deseo reprimido y los traumas originados en la psique humana. Su estudio se convirtió en una de las fuentes más citadas por helenistas y sociólogos, en ocasiones para cuestionar las lecturas psicoanalíticas del mundo clásico. H.P. Jacques explica que la neurosis sexual de las protagonistas se sitúa en el segundo estadio del complejo femenino de castración, marcado por el rechazo a la feminidad, la huida del matrimonio y la fijación paterna. Retiene dos secuencias fundamentales en el mito: el doble crimen (muerte y decapitación) y el castigo. El autor se pregunta por la particular forma en la que se reviste el castigo e invoca la ley del talión expresada en el dicho popular: “se es castigado por donde se ha pecado.” Según este autor el recipiente receptor, la vasija, sería un símbolo del órgano femenino, mientras que las jarras serían un símbolo del órgano masculino y el agua un símbolo del esperma. Así pues, el rechazo inicial de las Danaides a los hombres sería castigado con una especie de copulación eterna y monstruosa, invirtiendo con ello, la situación inicial. El castigo de las Danaides frígidas consistiría en ser condenadas a la copulación eterna. Su frigidez sería castigada con la ninfomanía, su rebelión contra el macho con una sumisión hiperbólica. Así, las Danaides corrigen el asesinato y la castración de los maridos que tiene lugar en su noche de bodas y glorifican en cierto modo la fuerza viril. Mujeres guerreras y matriarcales que, sin embargo, terminan por adorar al falo que en un principio habían despreciado tanto. Precisamente, el hecho de que sean las mujeres quienes se suministran a ellas mismas el castigo de la copulación eterna, es la constatación de que no han renunciado a la posesión del falo y por tanto no aceptan la castración. En esta condena eterna al autoerotismo y la ninfomanía podemos encontrar un reflejo del estado actual de la sociedad y los estragos que ha provocado también la ideología de género con su generalizado rechazo a la feminidad. Desde una postura feminista se vería a las Danaides, probablemente, como un grupo de mujeres empoderadas capaces de tomar el control de la violencia y también de la sexualidad fálica, capaces de rechazar un matrimonio forzado y político ordenado por el padre.
Pero H P. Jacques señala la verdadera desobediencia al poder, encarnada en la figura de Hipermestra, quien se sustrae del castigo al salvar a Linceo, mientras que en el resto de las Danaides el rechazo de su feminidad se convierte en el móvil del asesinato. La figura de Hipermestra es fundamental en la lectura psicoanalítica, ya que marca el punto de ruptura entre la sumisión al padre y la afirmación del propio deseo. Su desobediencia y elección del amor representan el despertar de la singularidad y la asunción de la propia subjetividad, frente al destino mortífero del grupo. Para este autor, la decapitación es un símbolo de la castración, aunque también cabe señalar que habría que situar la castración dentro de un proceso edípico femenino no resuelto, por tanto sería un deseo que surge de la envidia inherente al complejo femenino con respecto al falo. Muchas personas que no han profundizado en la práctica psicoanalítica consideran la castración como un símbolo de dominación o una herramienta de poder para anular al otro, pero olvidan que se trata de una operación psíquica indispensable por la cual el ser humano adquiere mayores grados de humanización. La castración, en los procesos psicológicos sanos, es dadora de vida y fertilidad, el mismo sentido que tiene, de hecho, en los rituales de fertilidad de la tierra. No deja de resultar curioso, también el paralelismo de esta leyenda con la del propio sacrificio de Isaac, pues también en ella encontramos el conflicto entre la obediencia a los progenitores y la prohibición de matar. Obedecer al padre que pide sacrificios, o someterse al padre que libera de sacrificios.
Pues bien, partiendo del análisis que realiza este autor demostraremos que la interpretación hecha por el psicoanálisis no difiere de la que él mismo realiza. El propio autor reconoce que lo que él entiende como un error de exégesis psicoanalítica lo ha llevado a recobrar, paradójicamente, algo primitivo y original del mito. Por una parte, el mito de las Danaides se ha asentado en nuestra cultura moderna hasta tal punto de que su famoso “tonel sin fondo” ha entrado en nuestro lenguaje y por tanto en nuestra forma de metaforizar el mundo. Al mismo tiempo, es también una de las leyendas más desconocidas de la mitología clásica.
Mito de las Danaides
Belo pertenecía a la descendencia de Zeus, Io y Poseidón. Tuvo dos hijos: Dánao y Egipto. A su vez Dánao tuvo 50 hijas, las Danaides, y Egipto tuvo 50 hijos, los Egíptidas. Fruto de la ribalidad entre hermanos, Dánao se ve obligado a huir a Grecia con sus hijas, pero se detiene en la Argólida y allí conquista el lugar y se hace rey de Argos. Mientras reina se percata de que el territorio no está bien regado y envía a sus hijas a buscar fuentes. Amimone se encuentra con Poseidón, que se une a ella y hace brotar la fuente de Lerna. Psámate y Fisadeya encuentran otras fuentes a las que le dan su nombre. Después, Egipto decide también hacerse a la mar con sus 50 hijos y al llegar junto a Dánao le exige que case a sus hijas con sus hijos. Dánao acepta la propuesta de enlace, pero entrega puñales a sus hijas instruyéndolas para que maten a los hijos de Egipto mientras duermen. Ellas así lo hacen, asesinan primero a sus maridos y después los decapitan arrojando sus cabezas a los pantanos de Lerna. Sin embargo, una de ellas, Hipermestra, perdona la vida a su marido Linceo. Éste se venga asesinando a Dánao y a sus 49 cuñadas, las cuales son condenadas a llenar eternamente de agua unas tinajas agujereadas.
A partir de aquí, Jean Hani trata de mostrar la fragilidad de la interpretación freudiana aplicada a esta leyenda y nos trae el estudio psicoanalítico del neurólogo y psicoanalista K. Kouretas, más tarde ampliado por H.P. Jacques. Este último utiliza el psicoanálisis para explorar cómo los mitos griegos reflejan conflictos psíquicos profundos, el deseo reprimido y los traumas originados en la psique humana. Su estudio se convirtió en una de las fuentes más citadas por helenistas y sociólogos, en ocasiones para cuestionar las lecturas psicoanalíticas del mundo clásico. H.P. Jacques explica que la neurosis sexual de las protagonistas se sitúa en el segundo estadio del complejo femenino de castración, marcado por el rechazo a la feminidad, la huida del matrimonio y la fijación paterna. Retiene dos secuencias fundamentales en el mito: el doble crimen (muerte y decapitación) y el castigo. El autor se pregunta por la particular forma en la que se reviste el castigo e invoca la ley del talión expresada en el dicho popular: “se es castigado por donde se ha pecado.” Según este autor el recipiente receptor, la vasija, sería un símbolo del órgano femenino, mientras que las jarras serían un símbolo del órgano masculino y el agua un símbolo del esperma. Así pues, el rechazo inicial de las Danaides a los hombres sería castigado con una especie de copulación eterna y monstruosa, invirtiendo con ello, la situación inicial. El castigo de las Danaides frígidas consistiría en ser condenadas a la copulación eterna. Su frigidez sería castigada con la ninfomanía, su rebelión contra el macho con una sumisión hiperbólica. Así, las Danaides corrigen el asesinato y la castración de los maridos que tiene lugar en su noche de bodas y glorifican en cierto modo la fuerza viril. Mujeres guerreras y matriarcales que, sin embargo, terminan por adorar al falo que en un principio habían despreciado tanto. Precisamente, el hecho de que sean las mujeres quienes se suministran a ellas mismas el castigo de la copulación eterna, es la constatación de que no han renunciado a la posesión del falo y por tanto no aceptan la castración. En esta condena eterna al autoerotismo y la ninfomanía podemos encontrar un reflejo del estado actual de la sociedad y los estragos que ha provocado también la ideología de género con su generalizado rechazo a la feminidad. Desde una postura feminista se vería a las Danaides, probablemente, como un grupo de mujeres empoderadas capaces de tomar el control de la violencia y también de la sexualidad fálica, capaces de rechazar un matrimonio forzado y político ordenado por el padre.
Pero H P. Jacques señala la verdadera desobediencia al poder, encarnada en la figura de Hipermestra, quien se sustrae del castigo al salvar a Linceo, mientras que en el resto de las Danaides el rechazo de su feminidad se convierte en el móvil del asesinato. La figura de Hipermestra es fundamental en la lectura psicoanalítica, ya que marca el punto de ruptura entre la sumisión al padre y la afirmación del propio deseo. Su desobediencia y elección del amor representan el despertar de la singularidad y la asunción de la propia subjetividad, frente al destino mortífero del grupo. Para este autor, la decapitación es un símbolo de la castración, aunque también cabe señalar que habría que situar la castración dentro de un proceso edípico femenino no resuelto, por tanto sería un deseo que surge de la envidia inherente al complejo femenino con respecto al falo. Muchas personas que no han profundizado en la práctica psicoanalítica consideran la castración como un símbolo de dominación o una herramienta de poder para anular al otro, pero olvidan que se trata de una operación psíquica indispensable por la cual el ser humano adquiere mayores grados de humanización. La castración, en los procesos psicológicos sanos, es dadora de vida y fertilidad, el mismo sentido que tiene, de hecho, en los rituales de fertilidad de la tierra. No deja de resultar curioso, también el paralelismo de esta leyenda con la del propio sacrificio de Isaac, pues también en ella encontramos el conflicto entre la obediencia a los progenitores y la prohibición de matar. Obedecer al padre que pide sacrificios, o someterse al padre que libera de sacrificios.
El propio Jean Hani reconoce, más adelante, que, en efecto, la decapitación de los cadáveres es un símbolo de la castración, según él entraría en el contexto de un rito de fertilidad. Por una parte considera que el psicoanálisis hace una lectura muy reducida al limitar su interpretación a una cuestión sexual, para más adelante concluir que, al ver el significado religioso del mito se puede inserir en él el elemento sexual, con el que obtener su verdadero sentido: el de un rito de fecundidad de la tierra. Para este autor sólo parece posible superar el primer rechazo a la comprensión sexual de los elementos del mito a partir de la recuperación de su origen religioso y sagrado. La misma moral puritana que había afectado, en la época helenista, a la desfiguración del valor sagrado original, es la que sigue ejerciendo hoy una barrera infranqueable para entender el significado profundo del psicoanálisis. Este autor acusa al psicoanálisis de poco rigor intelectual, se deduce de ello que solo tiene en cuenta el contenido teórico y nunca su aplicación a la clínica, es decir, su utilidad práctica: aliviar el sufrimiento de las personas. Pero así como para entender el mito es necesario indagar en su utilidad práctica dentro de la actividad agrícola y su relación con el rito, así también la teoría psicoanalítica de Freud no se puede entender si no es a través de la experiencia analítica. Dar por hecho que se ha entendido su teoría por el hecho de abordarla intelectualmente es una arrogancia bastante habitual entre autores gnósticos que defienden un tipo de espiritualidad muy intelectualizada.
Jean Hani ve en el psicoanálisis una reducción limitada a lo sexual y sin embargo concluye que es posible dar al mito de las Danaides una lectura sexualizada que encaja bien en el escenario ritual. El mito y el rito integrarían una experiencia religiosa en los dos niveles jerárquicos siguientes: el nivel social (la fecundidad del matrimonio) y el nivel cósmico (la fertilidad de la naturaleza). A su vez no resultaría temerario suponer, según este autor, un nivel místico y divino en el que el matrimonio del hombre y la mujer, el de la tierra con el cielo, se trasciende en hierogamia. Llegaríamos así a la fuente primera de toda fecundidad (o toda sexualidad) a todos los niveles, el matrimonio de lo humano con lo celestial. Resulta evidente que la cuestión del matrimonio, y por tanto de la sexualidad, se encuentra en todos los relatos tradicionales, la sexualidad humana es extrapolable a la sexualidad cósmica. El motivo por el que, sin embargo, se escandalizan tanto cuando se trata de abordar la psicología humana, sólo puede ser achacable a una moral puritana y a un exceso de intelectualismo.
Jean Hani, como también Mircea Eliade, son defensores de recuperar el contexto histórico original del mito para poder entender su verdadero sentido religioso. De acuerdo a esta necesidad del plano histórico, la tradición hebrea nos da un ejemplo de cómo el sentido sagrado de sus mitos sí fue posible ser conservado al romper con el paradigma de los pueblos antiguos, los cuales buscaban, precisamente, anular el tiempo histórico mediante el mito del eterno retorno. El judaísmo, en lugar del tiempo cíclico, introdujo la concepción del tiempo lineal y progresivo, donde Dios interviene activamente y revela su voluntad dentro de la misma historia terrenal. Este concepto innovador de la participación de Dios en la historia permitió la conservación de los mitos del pueblo hebreo junto con su sentido sagrado y religioso, al revés de lo que sucedió con los mitos griegos.
Por otro lado, es el propio Jean Hani quien nos alerta del peligro de considerar la mitología griega como texto sagrado, él mismo nos dice que los contenidos que han llegado hasta nosotros a través de obras literarias no pueden ser considerados sagrados. Es evidente que su interés está en rescatar el valor sagrado original de estas leyendas y que, además, es posible rastrearlo a partir de la mitología comparada. Resulta, por tanto, un tanto soberbio pretender que el interés psicoanalítico deba ser el mismo que el suyo y no pueda, por ello, detenerse a escuchar lo que el mito ofrece en su nivel profano. ¿Por qué habría de interesarse el psicoanálisis por el sentido sagrado del mito cuando su campo de actuación no es ese? Al revés de lo que hace Jung, Freud se detiene en los aspectos profanos en los que, precisamente por su desviación del sentido sagrado, es posible encontrar paralelismos con el funcionamiento neurótico de la psique, el cual también es una desviación de su funcionamiento más elevado.
Por más que el contexto original e histórico del mito nos permita profundizar en su sentido sagrado, no podemos olvidar que lo que tenemos en la actualidad es un texto profano, una narración situada fuera del tiempo histórico convencional, protagonizada por seres divinos o heroicos que bien pueden encontrarse también en el universo onírico que puebla la psicología humana. Por más que se haya asentado entre la población la idea de que el mito nos remite a un tiempo sagrado, conviene distinguir entre el mito original y el mito desfigurado por la elaboración literaria, o incluso podríamos decir “neurótica”. Si el psicoanálisis no se detuvo en los textos sagrados de judaísmo, cristianismo e islam, y sí en la mitología griega, es precisamente por su interés en el conflicto neurótico. Una desviación que el propio Jean Hani es capaz de desentrañar al indagar en el análisis comparado. Los resultados de sus análisis son realmente interesantes y profundos, motivo por el cual coinciden plenamente con los análisis freudianos.
Nos adentraremos ahora en los análisis comparados que hace este autor.
Jean Hani desprecia el interés psicoanalítico mostrado por el análisis freudiano del elemento específico del castigo, que él considera tardío y no original del mito. Parece ser que aparece por primera vez en Platón (Gorgias, 439 B). La idea de un castigo no se encuentra en los autores más antiguos que hablan de las Danaides, como Homero, Hesíodo y Píndaro. En las versiones más antiguas del mito, el epílogo es muy diferente. Las Danaides, culpables de asesinato, son purificadas por Hermes y Atenea, y finalmente se casan. Dánao las ofrece como esposas a los héroes vencedores de una carrera. En este final, el primitivo rechazo a los hombres por parte de las Danaides sería superado. Al rescatar otros elementos antiguos del mito, Hani consigue ofrecernos una versión más completa del mito. Para ello, se ayuda de un estudio realizado por G. Dumézil, dedicado a una leyenda de la isla de Lemnos del todo paralela a la de las Danaides.
En esta versión Afrodita castiga a las lemnias por una deficiencia en su culto, y lo hace produciéndoles una disosmia, un mal olor que se desprende de los orificios naturales y de las axilas. Esta dolencia aleja a sus maridos, audaces piratas que deciden irse a Tracia y traer cautivas para sustituir a sus mujeres. Las lemnias, airadas, matan a todos los hombres del país. Solo Hipsípila, hija del rey Toante, salva con una astucia a su padre y le permite huir. Indignadas por este crimen, las antiguas divinidades de la isla, los Cabiros, se retiran del país. Pero más tarde, cuando los Argonautas atracan en Lemnos, las lemnias, no se sabe cómo, ya están curadas de su dolencia, por lo que acogen a los héroes en su intimidad. Se organiza un gran banquete en el que participan los Cabiros, reconciliados, y se celebran juegos en honor de los difuntos. Una fiesta anual consagra el recuerdo de estos acontecimientos, de manera que un día al año los maridos y los hijos se alejan de las mujeres por su mal olor. Los fuegos se apagan durante nueve días y después un barco acude a Delos a buscar el fuego nuevo que se distribuye entre la isla, renaciendo la alegría y los banquetes de celebración.
El análisis que hace G. Dumézil sobre esta historia nos alerta de que es necesario insertarla en el contexto de la fiesta o rito, pues generalmente los mitos o leyendas se construyen para explicar ciertos ritos relacionados con la tierra que más tarde dejan de comprenderse.
La fiesta de Lemnos incluía:
- Un primer proceso de purificación de la isla, un retiro preparatorio: separación entre hombres y mujeres y extinción de los fuegos.
- Llegada y distribución del fuego nuevo
- Festejos
Este tipo de esquema festivo se encuentra muy extendido en todos los pueblos, aún hoy tenemos rastro de esta estructura entre las prácticas de muchas aldeas gallegas. Se trata de una fiesta de renovación con un rito que tiene que ver con la magia simpática destinado a facilitar la renovación secundando la acción del sol. En él están presentes las dos partes de un ciclo que es posible encontrar en casi todos los rituales antiguos, un periodo de luto y muerte aparente, y un período de resurrección y alegría.
Seguramente, la leyenda de las mujeres que matan a los hombres surgió para dar explicación a unos ritos que ya no se comprendían. En el período de muerte y separación se produce el asesinato de los maridos y en el periodo de alegría la desaparición inexplicable de la disosmia y el matrimonio o bodas con los Argonautas. Al introducir el elemento del asesinato fue difícil, después, recuperar el reencuentro con los maridos, por lo que las bodas con los héroes o los Argonautas quedan un tanto descontextualizadas y quizás introducidas posteriormente. Al perderse la segunda parte de la leyenda se perdió también el significado del rito originario.
Hipsípila y sus hermanas lemnias son la forma tomada por unas antiguas divinidades: las Lemniai Nymphai, Nymphai Cabirides, patronas de las mujeres, igual que Hefesto y los Cabiros, genios de fecundidad, eran los patrones de los hombres. Toante, rey de la isla de Lemnos es el hijo del dios Dioniso y de Ariadna, se le asocia profundamente con las raíces agrarias, pre-olímpicas y ctónicas de la vegetación que caracterizan a su linaje. Como vástago del dios del vino y la locura extática, Toante encarna la fuerza primitiva y salvaje de la naturaleza. Esto se alinea con las deidades vegetales pre-griegas, donde el ciclo de las cosechas y la fertilidad estaba unido a los rituales mistéricos. Cuando el resto de mujeres deciden matar a todos los hombres, Hipsípila salva a su padre, disfrazándolo de Dioniso y organizando una procesión que le permite conducir a su padre hasta la costa, allí es escondido en un cofre o barca y arrojado al mar para salvarle la vida. Toante es el héroe lemnio de un rito anual de disfraz vegetal que incluye una procesión y una inmersión. Un rito de fecundidad que refuerza el de la renovación del fuego.
Al mezclarse todos estos elementos, pudo surgir el contenido de la matanza de los hombres del paralelismo de los ritos de separación, aparentemente hostil, entre hombres y mujeres, y el asesinato simulado de un hombre por parte de las mujeres que también podría simbolizarse en la sangre fruto del período menstrual. En este ejemplo se ve el modo en que, a partir de un rito relacionado con un mito ya olvidado, surge otro mito sustitutivo que se sitúa en el plano de la psicología dramática.
El caso de la leyenda de las Lemnias es aplicable al de las Danaides, un mito que se encuentra en el contexto de ritos de fertilidad. Herodoto nos dice que las Danaides habían enseñado a las pelasgas (los pelasgos eran los primitivos habitantes de la Argólida) los misterios de Deméter que habían traído de Egipto. Según Dumézil, las Danaides podrían ser, en su origen, genios femeninos de la vegetación, nymphai, como las nymphai de Lemnos. El asesinato de los maridos por parte de las Danaides, como en el caso de las lemnias, es la dramatización de un rito preparatorio de separación de los sexos que implica la hostilidad simulada y un retiro. Una práctica conocida en todos los misterios "femeninos": los de las Tesmoforias, las Ménades, la fiesta de las Haloa, en honor de Deméter y Dioniso. La virginidad ritual de las Danaides está destinada a favorecer la fecundidad en todas sus formas. Algo que, por cierto, se conserva en la figura de la Virgen María, encargada de rescatar el valor sagrado de estos mitos.
La desaparición temporal de los hombres, llevada al extremo, se convirtió en asesinato. Es posible que el episodio del asesinato surgiera al relacionar dos ritos de este tipo de fiesta: la separación de los sexos y el asesinato simulado de un hombre o un genio de la vegetación. Este último rito daría origen a la decapitación de los cadáveres y la inmersión de las cabezas en el pantano de Lerna. El rito de la procesión e inmersión en el agua de un genio vegetal incluía una decapitación simulada, es posible, incluso que hubiera una decapitación real, y que este gesto bárbaro haya sido sustituido por un simulacro. Se explica así el gesto salvador de Hipermestra o el de Hipsípila. Así también, para el psicoanálisis, la castración es una operación simbólica que marca un límite al sujeto de la omnipotencia y lo introduce en el orden del lenguaje, la cultura y el deseo. La aceptación de la castración como una operación de integración en la cultura sería equiparable al gesto salvador de Hipermestra, mientras que el rechazo a la castración verdadera (la que salva de la barberie) sería la que encarnan el resto de hermanas. Al no aceptar la castración simbólica llevan a cabo una castración real.
Al no aceptar esta integración en la cultura, el castigo de las Danaides se ejemplificó conforme al modelo de los grandes condenados, Tántalo, Sísifo, etc... a los que se asociaron las hijas de Dánao en toda la literatura posterior al Gorgias de Platón, en el que su suerte simboliza la de los no iniciados. Por otro lado, las jarras sin fondo en las que las desdichadas tienen que verter el agua eternamente, existían verdaderamente. En el Dipilón de Micenas, en Creta, se encontraron recipientes perforados que se usaban en ritos funerarios y en ritos agrarios, para hacer llover al mismo tiempo que para refrescar a los muertos. Es posible que estos utensilios se emplearan en las fiestas de renovación antes descritas.
El predominio del castigo frente al final alegre y restaurador de la leyenda pudo haberse producido en la edad clásica, al mismo tiempo que se elaboraba una concepción muy rigurosa del derecho, la justicia y la ley. Los dioses ya no son instigadores de la vida orgiástica, sino que son guardianes de un ethos vuelto más racional. Desde esta perspectiva, el matrimonio tomó un carácter más moral y puritano. El acto de las Danaides aparecía así como una ofensa imperdonable a la ley del hogar, del matrimonio y del amor. Por tanto, el castigo que debían recibir tenía que ser proporcional a su carácter sacrílego e impío. Un castigo eterno que le daba al mito el valor de enseñanza ejemplar. Esa desviación del valor sagrado de los mitos lo hemos observado perfectamente con las tendencias puritanas que también surgieron en el interior del cristianismo, ninguna tradición está libre de ellas, y ese es el motivo por el que resulta tan conveniente rescatar el valor sagrado de los mitos.
A partir de las conclusiones que saca Jean Hani, al estudiar la leyenda de las Danaides comparándola con otras leyendas del mismo tipo e insertándola en su contexto histórico, termina por recriminar al psicoanálisis el tratamiento que hace del mito considerándolo como algo existente fuera del tiempo y de todo lugar. Al hacerle esta recriminación olvida, de hecho, que el mito original ha sido transformado y que, poner el foco en la versión transformada no impide, a quienes se ocupan de ello, el tratar de recuperar su sentido original. La interpretación psicoanalítica no tiene el mismo objetivo que la de quien trata de rastrear el origen sagrado, y aún no teniendo el mismo objetivo, obtiene, sin embargo, similares conclusiones. No es el psicoanálisis quien reduce el hecho religioso a una cuestión psicológica, sino que más bien, es la cuestión psicológica la que permite conducirnos hacia el hecho religioso o trascendente. La psicología se ocupa de lo patológico, el pathos inseparable del ethos y el logos. Aunque, ciertamente, lo patológico resulta, para muchos, incómodo y desagradable, y prefieren ir directos a los contenidos espirituales.
Cuando el propio Jean Hani reconoce el valor que todos los ritos de fecundidad (sobre todo los agrarios) dan a la castración, está reconociendo el verdadero sentido que también la castración tiene dentro de la psicología humana. Pues es un hecho que la psique humana está profundamente conectada con el entorno y las generaciones pasadas, de ahí que la desconexión con la tierra y el territorio también genere desorientación, malestar y estados patológicos que hoy son perfectamente observables entre muchas personas que han perdido el anclaje, no solo con su propio origen sino con aquel del que proceden los alimentos que consume. Las vivencias de generaciones anteriores, su relación con el territorio así como su capacidad de supervivencia afectan al mundo anímico de sus descendientes, y las prácticas de abrazar árboles o de recuperar la conexión con la tierra que se han extendido actualmente entre la población, como también la búsqueda en la espiritualidad y el misticismo, no dejan de ser intentos de saltarse los procesos verdaderamente conflictivos y problemáticos que están en los contenidos simbólicos de la psique.
