Pues para rizar el rizo hoy vamos a hablar de lo que significa el significado, y aunque parezca extraña esta formulación, el misterio del significado está encerrado en estas palabras del Evangelio de Juan.
Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. 13 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir (Jn 16,13).
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad cristiana más misteriosa y provocativa de todas. El Espíritu Santo surge en la Cruz. Antes de la gloria de Cristo, que se manifiesta en la cruz, el Espíritu Santo aún no estaba y, además, también es necesario que Jesús suba al Padre para que envíe al Espíritu Santo.
7 Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. 8 Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16 7-8).
La misión salvadora de Jesús no se termina en la cruz, el Paráclito es, si cabe, la mayor manifestación del Amor de Dios hacia el hombre. Pues además de enviar a su Hijo para ser portador del mensaje, envía también al Espíritu Santo para ser portador de la capacidad de recibir el mensaje, es decir, de traducir el verdadero significado sin someterse a las modas de cada periodo histórico.
Para ser testigos de Jesús hace falta una creatividad siempre nueva, dispuesta a no dejarse someter por los sentidos que impone el mundo y las situaciones históricas. Para actualizar el mensaje es necesario superar las posibles contaminaciones que cada época histórica ha añadido y añade. En esa capacidad se esconde también la capacidad de captar los signos de los tiempos y de preveer la evolución de los acontecimientos. El Espíritu nos hace profetas, este es el significado de las misteriosas palabras «os anunciará el porvenir» (Jn 16,13).
Para hacer un ejercicio de rescate del sentido profundo del mensaje de la revelación, me gustaría traer una palabra, de hecho, muy contaminada por las diferentes épocas históricas. Se trata de la palabra virginidad. ¿Qué significado esconde, más allá de la idea moderna preconcebida de que ésta fue un invento de la Iglesia para someter el cuerpo de la mujer?
En los orígenes del cristianismo la palabra virginidad no estuvo asociada a la mujer, por el contrario, fueron muchos los hombres que optaron por una vida de virginidad, o ascetismo. En esos primeros años del cristianismo la virginidad fue un sinónimo de ascetismo, y ésta fue, con la pobreza, la única práctica de los ascetas durante años y el punto central al que se refieren todos los otros elementos del ascetismo cristiano. Es un concepto muy complejo que no ha dejado de generar conflicto a lo largo de la historia. Lo que pone de manifiesto el conflicto del ascetismo es la lucha interior que se da en el ser humano con la pulsión dirigida hacia la satisfacción. Pero un error habitual en todas las épocas ha sido pretender vencer a la pulsión con las herramientas del cuerpo y no con las del espíritu. La sublimación es la única forma de transformar a la pulsión, pues ésta no se puede vencer, sólo se puede transformar.
La sublimación dirige la energía hacia la creatividad por eso también el cristianismo ha hablado de novedad. A través de la sublimación algo de lo nuevo aparece. Y aunque muchas veces el destino de la pulsión fue identificado con la concupiscencia carnal, no siempre ésta se manifiesta a través del acto sexual, lo que fue habitual en una época no debe impedir ver cómo se manifiesta hoy. La satisfacción de la pulsión, hoy podría encontrarse también en las tendencias a engancharse con la bebida, las drogas o la comida, como también las tendencias autodestructivas. La pulsión y su potente impulso a buscar la satisfacción es una cuestión problemática que, por otro lado, ha tratado de resolverse, en todas las épocas históricas, por la vía del cuerpo. Hoy lo comprobamos, ya no en actitudes extremas de ascetismo propias de ermitaños retirados en el desierto, sino en cómo muchas cirugías de cambio de sexo prometen también alcanzar una liberación fantaseada a través del cuerpo y de someter a éste a todo tipo de torturas, como también la obsesión por los ayunos y dietas estrictas, las intolerancias y alergias, el exceso de control en los alimentos, etc…
No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre (Mt 15,11).
En todas las épocas, el ser humano ha confundido el ascetismo con una cuestión corporal, sin embargo, fue el cristianismo quien, a través de la noción de gracia, empezó a introducir otra forma de entender el ascetismo, el que aparece como fruto de una verdadera transformación y que no implica ninguna restricción corporal, más allá que la de conocer las propias formas de goce de cada uno. La lucha con el goce, que es a menudo masoquista, es la que nos impulsa a perseguir la sublimación. Pero el goce aparece incluso en el retiro más carcelario de ascetismo. El goce, de hecho, aparece con más intensidad entre quienes más se flagelan por tratar de evitar la tentación. Dos personas, bebiendo exactamente la misma cantidad de vino, uno de ellos puede ser esclavo de la pulsión y otro no, por tanto no es el vino, ni el sexo, ni las drogas, ni la imagen, ni la cirugía, lo que engancha o daña, sino el problema con la pulsión.
Con otras palabras lo expresa San Juan Crisóstomo cuando habla de la diferencia entre la virginidad de los herejes y la cristiana.
El esfuerzo que exige la virginidad es igual para nosotros que para los herejes, quizá mayor para ellos, si bien el fruto del esfuerzo no es igual. A ellos los esperan cadenas, lágrimas, gemidos y castigos eternos; a nosotros, en cambio, el destino de los ángeles, lámparas deslumbrantes y lo más importante de todos los bienes: la intimidad con el Esposo.
La diferencia fundamental está en combatir absurdamente la pulsión o transformarla en sublimación, palabra que utilizó el psicoanálisis pero que no es otra cosa que la “glorificación” de la que habló el cristianismo.
¿Por qué, a iguales esfuerzos, son tan distintas las recompensas? Porque aquéllos escogieron la virginidad para oponerse a la ley de Dios, y nosotros, en cambio, la practicamos para someternos a su voluntad.
San Juan Crisóstomo
Las dietas extremas y restrictivas, los retiros de silencio, las terapias de exposición extrema al frío, el consumo de alucinógenos como experiencias para "abrir la consciencia", todas son prácticas ascetas modernas, como también la cirugía como medio para modificar la imagen del cuerpo, y todas podrían englobarse en el problema del ascetismo o virginidad tal como la entendieron algunas herejías. La concupiscencia de la carne de la que ha hablado el cristianismo se manifiesta de diferentes formas en las diferentes épocas, por eso el significado es aquello que nos permite entender el sentido profundo del término, que es eterno, frente a las modas pasajeras en que se manifiesta en cada época. Bucear en el significado es lo que mantiene a una tradición viva, más allá de que las costumbres vayan cambiando. La concupiscencia de la carne de la que habla el Texto Sagrado hoy podría ser desde el impulso a morderse las uñas y quedarse sin ellas, hasta el impulso a drogarse como forma de evasión, o el de tener relaciones sexuales para cubrir las expectativas sociales de conquista y deseabilidad esperada, es decir, para llenar lo insoportable del vacío. Todas son formas de concupiscencia que, como hoy sabemos por el psicoanálisis, en efecto todas tienen relación con lo sexual, aunque no siempre con lo genital.
La pulsión genital es la última en el proceso de desarrollo psíquico, antes están la pulsión oral y anal, y aunque muchos crean que hemos superado los horrores de las restricciones católicas, resulta que hoy el capitalismos no necesita de ninguna prohibición para hacer que la pulsión no avance más allá de la oralidad y analidad. La neopaganización hereje del mundo, lejos de lo que el relato ingenuo extiende entre la masa, deserotiza y desexualiza el mundo, para hacer vivir a las personas en la cárcel del autoerotismo. La manera que el mundo globalizado ha tenido de negar lo espiritual ha sido, precisamente, a través del cuerpo, pues se ha encargado de hacernos vivir fabricando deseos a los que no les podemos poner el cuerpo. Las patologías modernas han perdido capacidad para hacerse escuchar a través del cuerpo, hoy predomina la disfunción entre cuerpo y pensamiento. La superposición del cuerpo con la imagen es una de las formas más comunes de silenciar el cuerpo. Y aunque la constitución de una imagen del cuerpo es fundamental para reconocernos y tener una identidad, cuando el cuerpo queda reducido a la imagen, se convierte en un cuerpo silenciado.
Ha quedado demostrado que ningún don está reservado a sólo evitar los vicios. Ellos rechazaron el matrimonio por considerarlo un mal. ¿Cómo podrían exigir una recompensa por haber evitado un vicio? De la misma forma que nosotros no pensamos que somos dignos de merecer una coronapor no vivir impúdicamente, así tampoco ellos por no casarse.El que juzga les dirá en aquel día: Yo no he instituido los honores sólo para los que evitan los pecados -esto es algo insignificante a mis ojos- sino para los que han practicado la virtud;a éstos los introduzco en la herencia eterna de los cielos. Si consideráis el matrimonio como una acción impura y execrable, ¿cómo por haberlo apartado de vosotros reclamáis los trofeosreservados a los que hacen buenas acciones?
Y aún a pesar de las muchas prácticas terribles de restricción contra el cuerpo que se dieron en el seno del cristianismo, el Texto Sagrado y la transmisión regular de una tradición formal como la cristiana ha permitido que llegara a nosotros, a pesar de todo, el verdadero significado de lo que este concepto implica para un cristiano: la virginidad es fruto de la gracia y no de una imposición exterior. La virginidad es una cuestión sexual, sí, pero en el sentido del que también el psicoanálisis habló, por lo que va mucho más allá del acto sexual y se manifiesta en la incapacidad para amar, pues no ama quien simplemente evita el odio, o el conflicto. La virginidad cristiana es purificar el terreno de la pulsión, que tiende a satisfacerse con prácticas heredadas de conflictos antepasados e inconscientes. Purificar el terreno para posibilitar que brote nuestra verdadera esencia, siempre nueva, singular y libre. El propio Buda, después de vivir los dos extremos, el de las riquezas y el lujo, como el de la mendicidad y la mortificación del cuerpo, entendió que ambas maneras no eran sino dos formas de intentar hallar la sabiduría afuera de uno mismo, no dentro, ambos caminos no eran en el fondo más que dos caras de una misma moneda.
El ayuno y la virginidad no son un bien o un mal en sí mismos, sino que son una cosa u otra en función de la intención de los que los observan. Para los griegos esta virtud no tiene ningún fruto, apartan de ellos la recompensa porque no la practican por temor de Dios. Vosotros [herejes], por el contrario, puesto que lucháis contra Dios y calumniáis sus obras, no sólo no apartáis de vosotros la recompensa, sino que además seréis castigados.
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La continencia de los herejes es peor que cualquier libertinaje. Ésta limita su injusticia a los hombres, aquélla lucha contra Dios y ofende su inefable sabiduría. Tales son las trampas que el diablo tiende a los que lo adoran. Que la virginidad de los herejes sea una invención perfecta de su malicia, no soy yo quien lo dice, sino aquel que no ignora sus designios. ¿Qué dice? El Espíritu claramente anuncia que en los últimos tiempos apostatarán algunos de la fe, mientras escuchan al espíritu del error y las enseñanzas de los demonios, predicadores hipócritas de falsedades con la conciencia cauterizada, que prohíben el matrimonio y la abstinencia de los alimentos creados por Dios para ser compartidos. ¿Cómo puede ser virgen la que apostata de la fe, la que presta oídos a los embaucadores, la que obedece a los demonios y honra la mentira? ¿Cómo podría ser virgen la que tiene cauterizada su conciencia? La virgen, si va a recibir al Esposo Divino, debe ser pura en el cuerpo y en el alma.
(...)
Aunque permaneciese puro en el cuerpo, sin embargo, lo más importante del alma, los pensamientos, está corrompido. ¿Para qué sirve que queden en pie los muros si el interior del templo está destruido? ¿Qué ventaja hay en que el lugar donde se yergue el trono esté inmaculado si el trono está lleno de inmundicia? Ni siquiera el cuerpo está libre de impureza.
Ya en el siglo IV se hablaba en femenino para referirse a todas las personas, puesto que la virginidad hace alusión a una cualidad del alma que tiene su reflejo en el cuerpo, no al revés. Y si el cristianismo adquirió una “somatofobia”, fue por influencia directa del dualismo gnóstico, y no por alguna insinuación bíblica; al contrario del gnosticismo, el cristianismo recupera la importancia del cuerpo al formular su doctrina de la encarnación y la resurrección de la carne. ¡Recuérdese la enseñanza griega de la antropología órficopitagórica, la cual afirmaba que: “el cuerpo es la tumba del alma”!
En este sentido, Paul Ricoeur no dejará de recordar que ese dualismo proveniente de los cultos mistéricos y gnósticos –a pesar de la fuerte oposición que le presentaron teólogos como Atanasio de Alejandría y Agustín de Hipona– se infiltró en amplios sectores del cristianismo, causando severas consecuencias sobre el entendimiento del cuerpo, lo que incluye una antipatía hacia la vida y un sentimiento contra la sexualidad humana, que llevarían a Nietzsche a criticar severamente a ese tipo de cristianismo. Sin embargo, Ricoeur (1991) señala en "Sexualidad. La maravilla, la errancia, el enigma", que la naciente fe cristiana:
Y a pesar de las grandes diferencias que han marcado las costumbres de cada época, todavía hoy es posible entender, en nuestro contexto, el verdadero significado de la palabra virginidad. Cuando Pio XII aprobó para el Apostolado de la Oración la intención de rogar para que “sobresalgan por sus virtudes, hoy tan necesarias, las vírgenes que viven en el mundo” está dejando claro que la virginidad no es una cualidad exclusiva de monjes y monjas, ni tiene como fin las restricciones o prohibiciones corporales. Las tendencias ascéticas, por otro lado, siguen muy presentes en nuestro mundo, por más que la religión haya desaparecido, pues el problema de no conocer el cuerpo y vivirlo como algo ajeno está inmerso en nuestra naturaleza humana. La anorexia (con su contraparte bulímica), las autolesiones en la adolescencia y no tan adolescencia, los ayunos extremos, la cirugía, la obsesión por la alimentación sana, el veganismo cuando se hace desde una imposición excesiva... Todas ellas son prácticas ascetas modernas practicadas desde la imposición u obligación (en ese sentido herejes) y no desde la verdadera transformación que da la sublimación. Por otro lado, limitar el apelativo de vírgenes del Señor a quienes viven en los claustros es no reconocer la realidad múltiple de la gracia de Dios.Antes de que el cristianismo pudiese crear una cultura de su talla, sufrió el asalto de la oleada dualista, órfica y gnóstica. Súbitamente el hombre olvida que es “carne”, indivisiblemente Palabra, Deseo e Imagen; “se reconoce” como Alma separada, perdida, prisionera en un cuerpo; al mismo tiempo “reconoce” su cuerpo como Otro, Enemigo y Malvado. Esa “gnosis” del Alma y del Cuerpo, esa “gnosis” del Dualismo, se infiltra en el cristianismo, esteriliza su sentido de la creación, pervierte su aceptación del mal, limita su esperanza de reconciliación total en el horizonte de un espiritualismo estrecho y exangüe. Así proliferan en el pensamiento religioso de Occidente el odio a la vida y el resentimiento antisexual en los que Nietzsche creyó reconocer la esencia del cristianismo.
"Jesucristo es siempre el mismo, ayer, hoy y por toda la eternidad. 9 No os dejéis arrastrar por cualquier doctrina que os venga de afuera. Lo que de veras importa es que la gracia os fortalezca; en lo que se refiere a las reglas sobre alimentos, de ningún provecho han servido a quienes las han observado (Heb 13, 8-9).""pues es imposible que la sangre de toros y machos cabríos pueda borrar los pecados. 5 Por eso dice Cristo al entrar en el mundo:No has querido ofrendas ni sacrificios, sino que me has dotado de un cuerpo (Heb 10, 4-5)."
