La primera diferencia que el hombre hipermoderno no es capaz de aceptar, a pesar de que su discurso engañoso gire en torno a la diversidad, es la diferencia originaria, el ser humano moderno niega la diferencia por antonomasia que es la que lo hace diferente de Dios. Al partir de este error de base, que determina el orden jerárquico en el universo, toda la horizontalidad y diversidad que despliegan los discursos modernos se vuelve falsa y profundamente conflictiva, puesto que no sirve para ayudar a equilibrar desigualdades o perseguir la justicia. Por este motivo, la misma pregunta acerca de la existencia de Dios es ya un tanto confusa. Pues el plano de la existencia es el propiamente humano, no el divino. Según la tradición cristiana Dios no tiene principio ni final, es eterno, no está sometido ni al tiempo ni al espacio y cuando crea el mundo, lo crea a partir de la nada, en ese punto da origen al tiempo, el cual no deja de ser una permanente referencia a lo que no es, a la nada, pues el presente está siempre desapareciendo, el pasado ha desaparecido y el futuro está llamado a desaparecer. El plano temporal, mutable y cambiante es el plano en el que el ser humano es creado de la nada, la nada es lo que permite la existencia de lo finito, y por tanto del ser humano. Según San Agustín el tiempo es una distensión del alma humana. Del no ser nace el ser, de lo no vivo nace lo vivo, del silencio surge la palabra, la muerte y la vida son condición entrelazada de lo humano, por la cual éste es capaz de llegar a tomar consciencia de la historia. La lectura que el ser humano es capaz de hacer de la historia es lo que lo conecta con lo eterno, o al revés, lo eterno es lo que permite encontrar significado y sentido a la historia, es decir, memoria. Tal como advierte Erich Kahler, cuando decimos que algo tiene un significado “queremos indicar que forma parte de algo mayor o superior a ello mismo, que es un eslabón, o una función dentro de un todo comprensivo, que apunta a algo que está más allá. (...)."
El ser humano no llega ni a ser una migaja insignificante dentro de la inmensidad y eternidad divina, un soplo que desaparece antes incluso de ser exhalado. El ser humano se cree grande y solo puede serlo por participación divina, el ser humano se cree vivo y sólo lo está por acercarse a Dios. Lo diminuto de la existencia humana puede llegar a participar de la inmensidad divina, precisamente a través del significado, no de la tecnología.
San Agustín, en su libro Las confesiones, nos dice:
Y más adelante añade:
El ser humano tiene la capacidad para elevarse, desde el nivel de la perceptibilidad puramente sensorial, incoherentemente relativa, hasta el nivel de lo absoluto y la comprensibilidad clara. Desde el nivel del tiempo hacia el nivel de lo eterno, desde lo horizontal hacia lo vertical. Ningún tiempo es coeterno de
El ser humano no llega ni a ser una migaja insignificante dentro de la inmensidad y eternidad divina, un soplo que desaparece antes incluso de ser exhalado. El ser humano se cree grande y solo puede serlo por participación divina, el ser humano se cree vivo y sólo lo está por acercarse a Dios. Lo diminuto de la existencia humana puede llegar a participar de la inmensidad divina, precisamente a través del significado, no de la tecnología.
7 Su tierra está llena de plata y oro, sus tesoros no tienen fin. También está su tierra llena de caballos, y sus carros son innumerables. 8 Además su tierra está llena de ídolos, y se han arrodillado ante la obra de sus manos y ante lo que fabricaron sus dedos. 9 Y se ha inclinado el hombre, y el varón se ha humillado; por tanto, no los perdones. (Is 2,7-9)
San Agustín, en su libro Las confesiones, nos dice:
“Así, pues, tú nos invitas a comprender aquella palabra, que es Dios ante ti, Dios, que sempiternamente se dice y en la que se dicen sempiternamente todas las cosas. Porque no se termina lo que se estaba diciendo y se dice otra cosa, para que puedan ser dichas todas las cosas; sino todas a un tiempo y eternamente. De otro modo, habría ya tiempo y cambio, y no habría eternidad verdadera ni verdadera inmortalidad. (...). Conocemos, Señor, conocemos que, en cuanto una cosa no es lo que era y es lo que no era, en tanto muere o nace. Nada hay, pues, en tu Verbo que ceda o suceda, porque es verdaderamente inmortal y eterno. Y así en tu Verbo, coeterno a ti, dices a un tiempo y sempiternamente todas las cosas que dices, y se hace cuanto dices que sea hecho; ni las haces de otro modo que diciéndolo, no obstante que no todas las cosas que haces diciendo, se hacen a un tiempo y sempiternamente”.
Y más adelante añade:
“En este Principio, ¡oh Dios!, hiciste el cielo y la tierra, en tu Verbo, en tu Hijo, en tu Virtud, en tu Sabiduría, en tu Verdad, hablando, de modo admirable y obrando de igual modo”.
El ser humano tiene la capacidad para elevarse, desde el nivel de la perceptibilidad puramente sensorial, incoherentemente relativa, hasta el nivel de lo absoluto y la comprensibilidad clara. Desde el nivel del tiempo hacia el nivel de lo eterno, desde lo horizontal hacia lo vertical. Ningún tiempo es coeterno de
Dios, si el tiempo fuese eterno con Dios, permanecería y entonces ya
no sería tiempo. Lo que desaparece es la existencia, lo humano y el tiempo, lo que permanece es lo divino, lo eterno y Dios. Pero el ser humano puede trascender su insignificancia, a través del orden que Dios le revela. San Agustín encontró ese orden del mundo en la doble coordenada de la naturaleza y de la historia. Él supo trascender los acontecimientos, su propia época, para salirse de alguna manera de la historia misma y contemplarla en su conjunto e intuir así las líneas maestras del acontecer humano.
La radical originalidad de la Ciudad de Dios, en cuanto justificación de la historia y su sentido, sería incomprensible sin la previa justificación y sentido de la superación de la noción de tiempo cíclico y movimiento eterno de los griegos. Nos encontramos así con dos de los conceptos nucleares que cambiarán el rumbo de la concepción de la historia en el mundo occidental: la creación y el tiempo en el universo cristiano (heredero del judío). En efecto, la noción de un Dios creador, eterno y providente, cambió radicalmente el concepto de historia greco-romano. Para los griegos carecía de valor la singularidad de los hechos, puesto que les faltó la noción de un comienzo absoluto, por un lado, y de libertad moral, por otro. La libertad, entre los antiguos paganos, no es una noción moral sino sólo política, noción que, de hecho, vuelve a ponerse de actualidad, anteponiendo, ahora, lo individual frente a lo moral.
El concepto de virtud en Sócrates está supeditado al de la Ley de la polis. Por eso, ante la ley injusta que lo sentencia a muerte, para él no cabe otra posibilidad que someterse a dicha ley, prefiere matarse él mismo antes que huir. Un hombre virtuoso, según la tradición pagana, debe someterse a la ley por el bien común de la polis, con independencia de que esta ley sea justa o no moralmente. También Judas antepone la política a la vida, y por eso es decepcionado por su maestro, del que esperaba que fuera un liberador de Palestina de la dominación romana, por este motivo traiciona Judas a Jesús, porque antes se ha sentido traicionado por su maestro. Pero el cristianismo contrapone la dimensión necesariamente universal de la política con la experiencia singular de la propia vida y de la muerte, que se revela en el rostro de cada ser humano y en su propia historia.
Mientras Sócrates aspira a honrar la Ley de la palabra, del discurso, del logos, renunciando a su vida en nombre de la Verdad, Jesús elige el camino del testimonio: la vida es más fuerte y más grande que la muerte, el odio y la destrucción. A diferencia de Sócrates, es la Palabra la que se hace carne y no la carne la que se sacrifica por la Palabra.
En el universo griego es inconcebible la creación: la causalidad no es creadora, tiende siempre a ser circular. Con lo cual, la contingencia de los hechos humanos resulta incomprensible, ya que es inútil buscar una causa de lo contingente y libre. Se necesitaba un nuevo concepto, que la Revelación proporcionara la noción de un Dios creador y desapareciera la irracionalidad de la contingencia; de este modo, los hechos individuales tendrían un lugar en la explicación del universo. En otras palabras, gracias a la “creación” se vuelve inteligible todo el curso de la historia universal, y además esta noción permite romper la necesidad del universo griego en el cual la contingencia es un escándalo y un sinsentido.
Lo radical de esta transformación nos pone ante el punto de partida esencial de la historia, entendida al modo cristiano: que el mundo haya sido creado permite entender el porqué, el origen y también su sentido. Todo el cosmos en su totalidad ha sido creado, sacado de la nada por causa del Verbo; las cosas no fueron hechas de otras anteriores pues nada existía ni tampoco fueron engendradas por Dios "de Sí”. Antes que el mundo fuera hecho, nada existía, excepto Dios-eterno, y todas las cosas recibieron existencia por el poder de su Palabra. Por consiguiente, la creación resulta un acto libérrimo que supone en Dios el conocimiento eterno de todas las cosas.
La radical originalidad de la Ciudad de Dios, en cuanto justificación de la historia y su sentido, sería incomprensible sin la previa justificación y sentido de la superación de la noción de tiempo cíclico y movimiento eterno de los griegos. Nos encontramos así con dos de los conceptos nucleares que cambiarán el rumbo de la concepción de la historia en el mundo occidental: la creación y el tiempo en el universo cristiano (heredero del judío). En efecto, la noción de un Dios creador, eterno y providente, cambió radicalmente el concepto de historia greco-romano. Para los griegos carecía de valor la singularidad de los hechos, puesto que les faltó la noción de un comienzo absoluto, por un lado, y de libertad moral, por otro. La libertad, entre los antiguos paganos, no es una noción moral sino sólo política, noción que, de hecho, vuelve a ponerse de actualidad, anteponiendo, ahora, lo individual frente a lo moral.
El concepto de virtud en Sócrates está supeditado al de la Ley de la polis. Por eso, ante la ley injusta que lo sentencia a muerte, para él no cabe otra posibilidad que someterse a dicha ley, prefiere matarse él mismo antes que huir. Un hombre virtuoso, según la tradición pagana, debe someterse a la ley por el bien común de la polis, con independencia de que esta ley sea justa o no moralmente. También Judas antepone la política a la vida, y por eso es decepcionado por su maestro, del que esperaba que fuera un liberador de Palestina de la dominación romana, por este motivo traiciona Judas a Jesús, porque antes se ha sentido traicionado por su maestro. Pero el cristianismo contrapone la dimensión necesariamente universal de la política con la experiencia singular de la propia vida y de la muerte, que se revela en el rostro de cada ser humano y en su propia historia.
Mientras Sócrates aspira a honrar la Ley de la palabra, del discurso, del logos, renunciando a su vida en nombre de la Verdad, Jesús elige el camino del testimonio: la vida es más fuerte y más grande que la muerte, el odio y la destrucción. A diferencia de Sócrates, es la Palabra la que se hace carne y no la carne la que se sacrifica por la Palabra.
En el universo griego es inconcebible la creación: la causalidad no es creadora, tiende siempre a ser circular. Con lo cual, la contingencia de los hechos humanos resulta incomprensible, ya que es inútil buscar una causa de lo contingente y libre. Se necesitaba un nuevo concepto, que la Revelación proporcionara la noción de un Dios creador y desapareciera la irracionalidad de la contingencia; de este modo, los hechos individuales tendrían un lugar en la explicación del universo. En otras palabras, gracias a la “creación” se vuelve inteligible todo el curso de la historia universal, y además esta noción permite romper la necesidad del universo griego en el cual la contingencia es un escándalo y un sinsentido.
Lo radical de esta transformación nos pone ante el punto de partida esencial de la historia, entendida al modo cristiano: que el mundo haya sido creado permite entender el porqué, el origen y también su sentido. Todo el cosmos en su totalidad ha sido creado, sacado de la nada por causa del Verbo; las cosas no fueron hechas de otras anteriores pues nada existía ni tampoco fueron engendradas por Dios "de Sí”. Antes que el mundo fuera hecho, nada existía, excepto Dios-eterno, y todas las cosas recibieron existencia por el poder de su Palabra. Por consiguiente, la creación resulta un acto libérrimo que supone en Dios el conocimiento eterno de todas las cosas.
2. Hay quienes pretenden apoyar la tesis de estos ciclos que van y vienen, siempre con las mismas creaturas, en aquel pasaje del libro de Salomón llamado Eclesiastés: ¿Qué es lo que pasó? Eso mismo pasará. ¿Qué es lo que sucedió? Eso mismo sucederá: nada hay nuevo bajo el sol. Si alguien te habla y te dice: «Mira, esto es nuevo», ya sucedió en otros tiempos mucho antes que nosotros. Esto lo dice el autor sagrado o bien de las cosas que viene tratando más arriba, es decir, de la sucesión de las generaciones, de los cursos del sol, de la caída de torrentes o bien, sin duda, de todas las especies de seres que nacen y mueren.
De hecho, ésta es la realidad: hubo hombres antes que nosotros, los hay con nosotros y los habrá después de nosotros. Digamos lo mismo de cualquier clase de animales y plantas. Hasta los mismos monstruos, seres raros de nacimiento, aunque sean diversos entre sí, algunos de ellos únicos -dicen-; sin embargo, desde el punto de vista de seres admirables y espectaculares que son, por supuesto que han existido y existirán; ya no podemos decir que sea algo reciente y nuevo el nacimiento de un monstruo bajo el sol. Otros han entendido estas palabras así: el sabio quiere decir que en la predestinación de Dios ya todo estaba realizado y, por tanto, nada hay nuevo bajo el sol.
Muy lejos está de nuestra recta fe el creer que Salomón quiso significar en este pasaje los famosos ciclos, según los cuales el tiempo y las cosas temporales se repetirían como en un interminable girar. Un ejemplo: el filósofo Platón, en su siglo, en la ciudad de Atenas, y en una escuela llamada Academia, enseñó a sus discípulos. En innumerables siglos anteriores, separados entre sí por intervalos enormes, pero fijos, el mismo Platón, la misma ciudad, la misma escuela, los mismos discípulos se repetirían y se habrían de repetir nuevamente en siglos venideros innumerables veces.
¡No! ¡Lejos de nosotros tales creencias! Cristo sólo ha muerto una vez por nuestros pecados, y resucitado de entre los muertos ya no muere más, la muerte no tiene ya dominio sobre Él. Y nosotros, después de la resurrección, estaremos siempre con el Señor, a quien ahora dirigimos las palabras del salmo sagrado: Tú nos guardarás, Señor, y nos librarás para siempre de esa gente. A las anteriores palabras creo que cuadra bien lo que sigue: Los malvados andan dando vueltas; y no porque en esos ciclos de su invención vayan a vivir de nuevo su vida, sino por el laberinto de errores en que están metidos, es decir, por sus falsos conocimientos.
La ciudad de Dios. San Agustin
