Prolongar lo interior

Un mapa que es, a la vez, destino


Necesito palabras como necesito un cuerpo. Necesito una ley que someta a la ley (otra) que hay en mis miembros. La que obedece a otro amo diferente del yo. ¿Quién podrá librarnos de ese amo esclavista? ¿Cómo lograr agarrar con palabras un poco de la diferencia imposible que me atraviesa? Cómo transitar la diferencia con el otro si ya la diferencia con una misma se traduce en tortura insoportable. 

Una vez Yolanda me dijo que la migraña desaparecería, y yo no podía saber nada de a qué se refería, aún así la creí. Nunca recurrí a remedios mágicos disfrazados de ciencia, menos aún a las prácticas pseudo-saludables del neo-hippismo. Nunca hice caso a dietas o fármacos aliviadores, porque sabía que mi dolor provenía de otro lugar. Ya por aquel entonces intuía que el cuerpo está conformado por palabras.

Después de la diferencia originaria entre Dios y el hombre, la siguiente diferencia, derivada de la primera, y todavía más difícil de aceptar, es la diferencia con una misma, es esa diferencia la que se enquista en el cuerpo, la que se expresa sin que nadie la escuche.

19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.

21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom 7, 19-24).

El Texto Sagrado recoge, a través de las palabras de San Pablo, la experiencia vital que cualquier persona (capaz de pensar) vive en lo profundo de su ser. Mis años de vida ingenua y obtusa, son verdaderamente, para mi, una tortura, y da igual que hubiera leído antes a San Pablo porque estaría ciega y sorda como lo están hoy tantas personas: ningún significado podría encontrarles. Y todavía hoy me pasa, vuelvo a lo obtuso de la pulsión ciega, vieja conocida pero estúpida, que se auto sabotea y se anula a sí misma. Salir de una misma para encontrar
 palabras más antiguas con las que alguien supo expresar, mejor que yo, lo que me esperaba por vivir. Ese es el valor del testimonio, aquello que sólo comprendes a posteriori, y que resuena en ti gracias al tiempo. Lo instantáneo no provoca cambio, no resuena, no te hace vibrar con lo humano. Cuando algo de lo que alguien vivió y expresó, antes que tú, conecta con tu propia interioridad y enigma de vida, a través de los años y los siglos, entonces una voz se eleva majestuosa para resonar hasta los confines, es la misma de la que nos habla Santiago de la Vorágine cuando describe así a San Juan:

Su voz resonaba tan fuertemente que llegaba a los últimos confines; de haber levantado un poco más el tono, el mundo hubiese sido incapaz de contener la resonancia dentro de sus propios límites.

Cuando alguien encuentra por ti esas palabras que tan ardientemente necesitabas... En sí mismas parecen inocuas y, sin embargo, la palabra logra hacer exterior lo que antes era interior, opaco, imposible. Las palabras prolongan, en cierto modo, lo interior en lo exterior, y ahí constatamos esa paradoja por la cual cuanto más para dentro, más para fuera, cuanto más humano más divino, pues nada hay que se sitúe fuera de Dios. La exterioridad, en el fondo, no es más que una apariencia.

La naturaleza virgen es el arte de Dios, y el arte sagrado brota de la misma Fuente divina; la soledad es la puerta de la interioridad, y la compañía espiritual es una soledad colectiva y una interiorización por influencias recíprocas. Esto prueba que las actitudes espirituales nunca son limitaciones realmente privativas ni ideas preconcebidas; se realizan siempre en el plano de lo que parece ser su contrario, lo que en suma significa que todo pueblo o ciudad es normalmente extensión de un santuario y debería seguir siéndolo, y que toda colectividad humana es normalmente una asociación espiritual y por consiguiente debería realizar la “soledad colectiva” vehiculando la tendencia interiorizante.

F. Schuon, Lógica y Transcendencia, Olañeta, 2000.