La depresión terrestre más profunda de la tierra

Mar Muerto


Todos los pueblos han tenido diferentes formas de enfrentar la muerte, se podría decir que es un conflicto tan profundamente humano que en función de cómo nos relacionamos con ella, nuestra vida cambia por completo. La consciencia de la muerte cambia nuestra manera de vivir. El ser humano es un ser de lenguaje, por tanto, nada en él sucede de forma "natural", sino que debe elaborar los significados que cada realidad le impone, tanto la muerte como el nacimiento y la sexualidad no pueden reducirse a cuestiones meramente biológicas o "naturales". Todas ellas están cargadas de un significado tan profundo que llegan a condicionar nuestro carácter sin que nosotros seamos conscientes de ello. Los tiempos de elaboración y registro de significado difieren en cada persona, pero los ritmos tan homogéneos que nuestra cultura impone no dejan mucho espacio para el trabajo psíquico. Tampoco ayuda que persista en nuestra cultura un deseo de no pensar en la muerte, que ha llegado incluso a convertir a la muerte en un tabú. El hombre postmoderno no hace más que esforzarse en olvidar el momento de morir. Nunca antes una civilización había carecido de una infraestructura ritual, simbólica, y conceptual para vivir y acompañar la muerte, la propia y la ajena. Olvidarse de la muerte es olvidarse también de nuestro desarrollo psíquico. Se habla de condiciones laborales y derechos del trabajador pero en el trabajo psíquico pocos se animan a involucrarse. El trabajo psíquico implica adentrarse más en los significados que se han automatizado en nuestra psique acerca, precisamente, de los temas esencialmente humanos: el nacimiento, la muerte y la sexualidad.

El grado de desarrollo de las civilizaciones ha ido siempre de la mano de la capacidad de sus integrantes para reflexionar sobre la muerte, ella nos invita a profundizar en las grandes preguntas, a despertar profundos sentimientos trascendentes y sagrados. El conflicto con la muerte no ha dejado de generar grandes obras literarias y artísticas de todo género.

En otra entrada hemos hablado de la comprensión de la muerte en los pueblos de la cultura mesopotámica, y hemos visto que a menudo la comprensión dualista del mundo dificultó una verdadera aceptación del final. La continuidad intrínseca entre vivos y muertos fue un reflejo de la propia continuidad cíclica de la naturaleza, dando lugar a múltiples relatos en los que los habitantes del inframundo transitaban en un lugar intermedio, liminal o psicopompo, exigiendo algunas pruebas, ofrendas o sacrificios a los vivos con el objetivo de que los muertos pudieran hallar descanso eterno. Pero sobre el conflicto con la muerte y el significado profundo que encierra debemos reconocer que fue en Israel donde mejor se descifró y donde mayor alcance y desarrollo de la cultura propició. En la muerte hay dos caras que pueden llevarnos por caminos opuestos, el camino de lo paralizante, indecible, anulante y devastador, o el camino de lo inagotable, inefable e infinitamente fecundo. Acerca de estos dos matices hemos hablado también cuando nos referimos a la nada o el vacío, la nada del melancólico cuando dice “no valgo nada” es diametralmente opuesta al vacío que no intenta ser obturado o llenado y que es condición indispensable entorno a la que se circunscribe el deseo. Una nada es sinónimo de melancolía atrapada por el impulso de muerte y otra nada es potencia vivificante y creadora.

Resulta inevitable pensar en estos matices cuando precisamente nuestra tierra gallega, en el extremo occidental del continente y del mundo conocido durante siglos, fue precisamente considerada limítrofe con el mundo de los muertos, o con el Otro Mundo que se abría ante las profundidades tenebrosas del océano. Esta cualidad liminal y psicopompa está en nuestro ADN. Si Israel fue considerada la tierra de los vivos, y luz para las naciones, Galicia fue tierra de los muertos, donde se pone el sol y el mundo termina. Durante siglos fue el extremo opuesto y más distante con Jerusalén y, precisamente por esto, dió lugar a una mayor riqueza simbólica según la cual los dos puntos más distantes entre sí son, en verdad, los más próximos, pues se determinan mutuamente al igual que lo hace el compás conectando los dos puntos más alejados desde la circunferencia al centro. Es esta relación simbólica la que dió origen a la leyenda xacobea.

Y, como desde el punto de vista simbólico, no hay niveles de realidad que escapen a su comprensión integral, hoy queremos hablar sobre la realidad geográfica y climática propias de la tierra de los vivos y la tierra de los muertos. El desarrollo que los pueblos del entorno mesopotámico hicieron sobre la muerte dió origen a grandes culturas como la sumeria, la babilónica, la caldea o la judía. Hoy sabemos que en ese entorno se encuentra, precisamente, el punto más bajo de la superficie terrestre. La depresión del Jordán (o Valle del Rift del Jordán) es una fosa tectónica de aproximadamente 120 km que alberga el río Jordán y el mar Muerto, siendo este último el punto más bajo de la superficie terrestre con unos 435 m bajo el nivel del mar. Esta área geográfica incluye el lago de Tiberíades y es conocida por su extrema aridez, alto contenido de sal y valor histórico. Una de las razones por las que el mar Muerto es tan salado es porque está ubicado en una cuenca hidrográfica endorreica, es decir, no hay salidas. Los minerales que desembocan en él se quedan allí para siempre. En el mar muerto no es posible la vida, más allá de organismos unicelulares, su salinidad extrema es diez veces mayor que la del océano, esto impide la supervivencia de la mayoría de los organismos al deshidratar sus células. Y aunque favorezca la flotabilidad de las personas, si intentas nadar boca abajo puede que termines asfixiado por la desorientación y el esfuerzo inútil de nadar. Para no morir en el mar muerto lo recomendable es “hacer el muerto”: dejarse flotar en posición horizontal boca arriba. Es en este mar en donde desemboca el río Jordán, el río con la elevación más baja en todo el mundo. En sus aguas Jesús recibió el bautismo y su nombre “Jordán” significa “el que baja”, alude al hecho de que el río fluye hacia el sur. Si bien la fuente o inicio en las montañas se encuentra a una elevación de más de 2,800 metros, el río en sí descansa sobre una depresión a unos 408-416 metros debajo del nivel del mar; esto lo convierte en el río con la elevación más baja en todo el mundo. La región desde el mar de Galilea hasta el mar Muerto es conocida como el Valle del Jordán o depresión del Jordán, la depresión terrestre más profunda de la Tierra.

Y cómo no encontrar un vínculo con esta realidad geografica si fue precisamente en este valle en donde se originó el concepto de resurrección y donde más elevación espiritual se alcanzó. El pueblo de Israel es de los pocos que ha sabido identificar su misión en el mundo, la de ser luz para las naciones, una misión no apta para cualquiera. Ser el pueblo elegido de Dios es estar dispuesto a sufrir más que nadie, a descender, como lo hace el río Jordán, por la depresión más profunda de la tierra.

En los relatos escatológicos, lo inefable (la nada vivificante) se expresa como un resultado de lo indecible (la nada devastadora), es decir, como aquello que se encuentra después de la muerte, del atravesamiento infernal de ese muro infranqueable de la tiniebla, de la depresión profunda y del mar más carente de vida, es la idea misma de resurrección. Nos preguntamos hasta qué punto las culturas que más hondamente han descendido al inframundo son también las que más alto han dirigido su mirada a los cielos, nos atreveríamos a decir que estas dos facetas están estrechamente ligadas.

Ahora bien, entre el descenso al inframundo de Inanna-Ishtar propio de las culturas mesopotámicas y el descenso al inframundo de Jesucristo hay diferencias importantes. Jesús solo muere una vez y sólo una vez desciende al inframundo para rescatar a los muertos. Su muerte es definitiva porque con ella vence a la muerte para siempre. Su muerte apunta a la vida, a lo inefable e infinitamente fecundo. La resurrección de Cristo supera el concepto cíclico de entrelazamiento entre vida y muerte, que era el propio de muchas religiones paganas del entorno mesopotámico, como también lo fue del paganismo celta o indoeuropeo que era común en el occidente gallego. Quizás este es el motivo por el que a esta tierra se le sigue identificando todavía con los muertos. El cristianismo no sirvió para que se llegaran a abandonar costumbres ancestrales profundamente arraigadas, esas que hacen de los muertos unos particulares compañeros de viaje que cabalgan entre dos mundos sin saber muy bien si suben o si bajan. Si bien nuestros océanos están repletos de vida y nuestros bosques son las almas palpitando aún de nuestros ancestros, en cada río, en cada arroyo, o en cada duende, moura o trasno del bosque, en qué momento la realidad exterior se invierte para conducirnos de lleno a la tierra de los muertos?, en total oposición a la aridez extrema y clima desértico de la tierra de los vivos. No parece casual que los monjes irlandeses vieran en estas cualidades tan frondosas de la naturaleza atlántica un impedimento para desarrollar plenamente su labor espiritual. Los monjes irlandeses añadieron a la castidad, la obediencia y la pobreza, la necesidad de salir de su tierra, por el peligro de nostalgia melancólica que ésta implicaba.

Por otro lado, no deja de ser curioso que haya sido precisamente la cualidad “desértica” la que haya atraído a este rincon del noroeste a muchos eremitas entregados a la disciplina extrema del cuerpo. En el siglo IV, Pablo de Tebas buscaba retiro espiritual en el desierto de La Tebaida, en Egipto. Siguiendo su ejemplo por todo el orbe cristiano, sus discípulos buscarían lugares remotos e inhóspitos donde liberar el espíritu y entregarlo a la divinidad, convirtiéndose en los primeros eremitas (que en griego significaba «hombres del desierto»). Y El Bierzo leonés, al igual que otras zonas del noroeste (como la Ribeira Sacra en Galicia) sería hogar de muchos de ellos. Las condiciones áridas y difíciles que dieron lugar en Egipto a los retiros ascéticos en la Tebaida tuvieron su paralelismo en las inhóspitas e inaccesibles cuevas de los montes bercianos. Desde el siglo V en adelante llegaron a los montes leoneses numerosos eremitas motivados por la búsqueda de lugares aislados que favorecieran el retiro y el silencio. El valle del silencio se esconde en una de las zonas más recónditas de la región leonesa del Bierzo, en donde se puede apreciar el terrible ascetismo de sus pobladores eremitas. Sobre el monasterio de San Pedro de Montes, en este valle, hablaremos en otra entrada, pero desde luego impresiona el lugar en el que está montado, sobre un precipicio que da al río Oza, y por todas partes le cercan montes altísimos, riscos inaccesibles y oscuros bosques.