El lavatorio de pies. Encarnación y trascendencia

 

Puede que lavar los pies encierre algo más profundo de lo que haya conocido este mundo. — A. J. Tomlinson


El simbolismo tiene una voluntad integradora, a través de la cual entender algo de la esencia común que palpita en todas las tradiciones y que en efecto puede ser captada a través del símbolo. Esa potencia del lenguaje que nace de una misma fuente y se manifiesta en todos los idiomas, en todas las culturas y todos los territorios y cuerpos. Sin embargo, además del espíritu integrador, es inevitable encontrar también el espíritu disruptor, el que separa, el que rompe, el que trae conflicto, el encuentro con lo traumático, o lo que Lacan denominó “lo real”: el choque inevitable del cuerpo con el lenguaje
. El lenguaje nos constituye, pero simultáneamente nos separa del goce original, volviéndose el trauma estructurante del ser humano. La forma en que cada religión o tradición ha entendido el lugar conflictivo de este espíritu traumático es, también, lo que nos permite entender las diferencias entre unas religiones y otras. El “no todo” es lo que separa al ser humano de Dios, y es también ese “no todo” el que permite encontrar las diferencias y la separación que más acerca a Dios.

Si algunas veces hemos hablado de los puntos en común que la tradición cristiana tiene con los relatos de descenso al inframundo de la divinidad, herencia de antiguas religiones mesopotámicas y paganas, hoy traemos otro aspecto que, sin embargo, marca una diferencia fundamental: ninguna deidad o figura divina, antes que Jesús, se había rebajado voluntariamente a realizar la labor de un sirviente para los humanos. Ningún Dios, por más que descendiera al inframundo, había lavado los pies antes a los humanos. Si bien el judaísmo había abierto este camino de acercamiento, puesto que fue esta tradición la primera en prescindir de intermediarios, manifestando la total cercanía de un Dios que desciende, primero para entregar la Torá a su pueblo, y después para grabarla en el corazón de los hombres; será en el cristianismo en donde este acercamiento produzca una absoluta inversión de los órdenes. En el judaísmo, el acercamiento de Dios hacia el hombre todavía mantenía una importante distancia, la cual se manifestaba en la prohibición de representar a la divini
dad (Dt 4, 15-19). En este sentido, el monoteísmo hebreo reaccionó contra el exceso de idolatría que es, en efecto, un peligro escondido detrás de toda imagen. Peligros que reviven en todas las épocas, y no por prohibir tales representaciones el judaísmo o el islam está más libre de ellos. Lacan habló de estos tres niveles: imaginario, simbólico y real, en los que se mueve el psiquismo humano, y en todos hay peligro de desbordamientos. La radical innovación del cristianismo es que, aún partiendo y aceptando plenamente el rechazo de la idolatría que heredaba del judaísmo (por su absoluta trascendencia) también se encontró con los conflictos de lo excesivamente simbólico, propio de algunas corrientes de pensamiento helenista y órfico-pitagórico, como el gnosticismo. De la misma forma en que el judaísmo había transformado el rito de la pascua, a partir de un ritual relacionado con las cosechas y el ganado (en una comprensión teológica de la historia completamente nueva), así también el cristianismo transformó el ritual de catábasis (descenso a los infiernos), propio de las religiones paganas (relacionado con las cosechas), en una revolución sin precedentes, que todavía hoy esconde significados complejos. 

Se puede decir que, en general, en las tradiciones hindús como en las grecorromanas, el flujo de servicio va de lo humano a lo divino, no a la inversa. Sin embargo, el cristianismo rompe frontalmente con la estructura de poder, marca una total y absoluta transgresión al indicarnos que la humildad no nace en el hombre, sino en Dios. La ruta de la humildad no es ascendente, sino descendente, por eso la encarnación es la humildad en su máxima expresión de transgresión. La actitud del pequeño que se inclina ante el grande no es humildad. Es el grande inclinándose ante el pequeño lo verdaderamente humilde. Dios encarnándose en cada uno de nosotros, lo verdaderamente transgresor.

Todos los relatos simbólicos del viaje del héroe, el descenso de Odiseo y Eneas al Hades para hablar con los muertos, o el de Innana al inframundo con el desprendimiento de las 7 prendas, y el viaje a través de los 7 niveles del infierno de Dante, como metáforas del descenso del alma, o el viaje al inconsciente (del que más tarde habló Jung), todos ellos, quedan reducidos a cero, frente al acto, absolutamente real y disruptor, de Jesús inclinándose a lavar los pies de sus discípulos. El testimonio se manifiesta en la acción consecuente con la palabra, más allá de todo simbolismo, que nos obliga a descender a lo real. En lo traumático todo se descoloca para conducirnos, si somos capaces de soportarlo, a una experiencia encarnada. Por eso el cristianismo es verdaderamente la religión más femenina, encarnarse es atravesar ese umbral de lo real que trasciende lo imaginario y lo simbólico y nos hace vivir un doloroso parto. 

Al huir del encuentro con lo real, entonces aparece el peligro de desvincular de Dios los actos rituales de pureza. Lo hemos visto cuando hablamos de las prácticas paganas con respecto a la virginidad, ese exceso de celo se daba también entre los judíos fariseos tan estrictos con la ley y tan desconectados de su valor sagrado. 
Desconectarnos de lo real nos vuelve fanáticos del cuerpo. Por eso, en el lavado de pies de Jesús a sus discípulos, debemos destacar sobre todo la humildad interior, frente al rito físico. Dios haciéndose debilidad para que la debilidad del ser humano pueda llegar a la plenitud divina. Lo trascendente y lo carnal unidos para echar por tierra toda apariencia de orden no sostenido en el amor.
 
Y no exagera W. Froester al comentar: Si hubo en el mundo una revolución, fue en este momento. Aquí fue donde el César pagano quedó destronado, el orgullo abatido, proscrita la explotación y condenado todo servicio que no sea recíproco. Aquí fue estigmatizado como el peor desorden todo orden que sostenga y santifique un estado de cosas en que falte la reciprocidad de los servicios y el respeto a los demás.


El lavatorio de pies - Icono de la escuela Pskov

 


Autor: anónimo
Fecha: siglo XVI
Tema: Jesús lava los pies a sus discípulos. El icono muestra la escena narrada en Juan 13, 1-17. El momento en el que Jesús lava los pies a sus discípulos tiene lugar durante la Última Cena, justo antes de su pasión y muerte.

Composición
La escena, en la que aparecen todos los discípulos sentados, se desarrolla en una habitación elevada, no al nivel de la calle y solamente Jesús apoya sus pies en la tierra. Los personajes se distribuyen siguiendo una composición plana, con figuras hieráticas en las que las cabezas de los personajes se alinean para conformar la composición, de base cuadrada y remate circular (que recuerda a un reloj), y sin profundidad espacial. En el medio del espacio se sitúan unas escaleras que nos transmiten la idea de ascensión y conducen nuestra mirada al plano del fondo, en el que aparece, elevada, una mesa de altar que alude al cenáculo, contexto en el que se produce la escena del lavatorio de los pies. Encima de esta mesa aparece un águila que representa a San Juan, en alusión al simbolismo del Tetramorfo. Dos torres arquitectónicas enmarcan el espacio, dejando un vacío en el medio que posibilita el misterio sagrado surgiendo en un marco celestial. Puerta de los Cielos, que es expresión misma de la intermediación propia del icono en el arte bizantino. En esta tradición, las torres sirven como un umbral espiritual hacia lo sagrado. También es propio del arte sagrado ortodoxo la perspectiva invertida. En lugar de converger hacia un punto de fuga como en el arte occidental, los edificios y torres en los iconos ortodoxos se dibujan con perspectiva invertida. Las líneas se abren hacia el espectador, simbolizando que la escena emana gracia hacia quien la observa. Una de las torres tiene un remate triangular, y la otra cuadrado, en una dimensión espiritual en la que aparecen representados simultáneamente la parte frontal y la lateral de la estructura. Aparecen, así, dos ángulos distintos al mismo tiempo, el aspecto divino y el terrenal encontrándose en Jesucristo.

Hay doce personajes, además de Jesús, lo que indica que el iconógrafo participa de la idea de que también a Judas le lavó Cristo los pies, aun conociendo su futura traición. Jesús es el único que está de pié y al nivel de la calle, también es el único que lleva nimbo, está lavando los pies a sus discípulos y la toalla que tiene en las manos presenta el mismo moteado del paño ceñido a su cintura. El recipiente o barreño con agua para el lavado recuerda a una pila bautismal.

Luz y color
La luz y el color no tienen una función decorativa o realista, sino teológica y simbólica. Actúan como una ventana a lo divino: no hay fuentes de luz externas, sino que las figuras parecen irradiar su propio resplandor. El objetivo es representar el mundo espiritual, suprimiendo las sombras y la perspectiva terrenal. El cromatismo en la iconografía ortodoxa sigue unos códigos estables que ha permitido el mantenimiento de este arte sagrado sin grandes cambios desde el siglo VI. La paleta cromática se aplica con pigmentos minerales y orgánicos mezclados con temple al huevo. El oro, elemento central del icono, no es un color, sino la representación misma de la luz divina, la eternidad y la gracia; se aplica en fondos y aureolas. El blanco simboliza la pureza, la divinidad absoluta y la "Vida Nueva". Se suele reservar para la túnica de Cristo resucitado, en este caso aparece en la toalla ceñida a su cintura y con la que seca los pies a sus discípulos; es símbolo de la propia purificación del bautismo, el agua purifica y la sangre vivifica. El rojo representa el fuego del espíritu, el amor divino. El verde simboliza la vida, el renacimiento espiritual y la fertilidad; suele ser el color de las vestimentas de los profetas.

Análisis. Concepción de la obra de arte por parte del autor, en relación con la del propio autor del Cuarto Evangelio.

El icono, en el arte bizantino, refleja una realidad superior y trascendente, de ahí su apariencia de imagen codificada y distante, aunque también resulta cercana, pues debido a la perspectiva invertida, el icono parece detenerse a observar al espectador. La función trascendental del icono se relaciona profundamente con el Evangelio de Juan, tal como se expresa en Juan 14, 9: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». En la teología ortodoxa el icono es el testimonio visual de la encarnación misma de Jesús: el Verbo se hizo visible, y a través de su imagen humana podemos llegar a conocer y adorar al Padre. Aceptando que el escritor/narrador de Juan es un teólogo interesado no sólo en el kerigma, sino también en el Jesús histórico, creemos que el Cuarto Evangelio, al revés de lo que proponen algunos autores como Bultman, contrapone su teología de la encarnación a la teoría gnóstica de su tiempo, la cual negaba la encarnación genuina de Jesús de Nazaret. La asimilación del pensamiento gnóstico, en el Evangelio de Juan, está al servicio de la primacía de Cristo sobre todos los demás aspectos simbólicos o cosmológicos.

La declaración de Juan 1,14 de que el «verbo se encarnó» asume que, en un punto del tiempo, la Palabra eterna de Dios asumió la total naturaleza humana y entró en la historia. En la tradición oriental de los iconos ortodoxos podemos encontrar esta misma importancia del aspecto de la encarnación, una encarnación que es plenamente trascendente. En ese sentido se diferencia de las representaciones más habituales en el arte occidental (especialmente a partir del Renacimiento), que prestaron más atención a los aspectos naturalistas. Los iconógrafos no buscan la exactitud histórica, como podría ser la vestimenta de la época o el aspecto físico exacto, sin embargo, la importancia de la encarnación se pone de manifiesto en la propia persona que contempla un icono. Es en el observador en donde la encarnación de Jesús se vuelve posible y actualizable en la historia. En los iconos de la tradición ortodoxa, forma y contenido están tan unidos como en el propio Evangelio de Juan. En ambos, la materialidad de la palabra, como la de los pigmentos y los materiales, se ofrecen como un soporte vivo y abierto hacia un más allá del tiempo y el espacio. De hecho, a un buen pintor de iconos se le solía llamar escritor, pues intentaba plasmar la semejanza de la imagen con la verdad, pero manteniendo la superioridad de la verdad en relación con la imagen. El icono es una maravillosa expresión del arte sagrado cristiano en el que encarnación y trascendencia no tienen por qué contraponerse. Todas las narrativas del Antiguo y el Nuevo Testamento reflejan un impulso creativo en el que historia, literatura (o arte) y teología, no se contraponen, de hecho la confluencia de todos estos niveles de comprensión, o acercamiento divino, es lo que otorga a estos textos la consideración de ‘Sagrados’. En el esfuerzo dedicado en los recientes años a subrayar el genio literario de Juan vemos cómo el nivel artístico de la obra resulta fundamental en la comprensión de la teología de la revelación, tanto en el autor/narrador como en Jesús. Según R. Alan Culpepper, el cuarto evangelista comunica un aspecto de este punto de vista estereoscópicamente; es decir, con una doble óptica que le permite entender y presentar a Jesús como el pre-existente Logos, y como el ya exaltado y glorificado Hijo de Dios, mostrando la trascendencia de Cristo a través de la unión entre origen y destino. Este punto de vista doble es también el que nos ofrece el icono al representar dos ángulos de la arquitectura, la parte frontal y la lateral simultáneamente. El discurso del lavado de pies, junto con el discurso de despedida, se conectan con el propio conocimiento de Jesús en relación a su origen y destino. Él sabe que había venido del Padre, como pre-existente y revelador Logos, pero que ahora va a ser exaltado y glorificado, continuando la obra creativa del Logos en la propia existencia. El narrador joánico superpone continuamente dos realidades: el punto de vista histórico de los personajes (que no entienden lo que ocurre en el momento, y por eso no tienen sus pies en la tierra) y el punto de vista del narrador (que posee la revelación completa a la luz de la resurrección). La identidad de Jesús se entiende al combinar su humanidad terrenal, histórica, sufriente y encarnada, con su origen (y destino) divino y celestial.


2. INTERPRETACIÓN TEOLÓGICA
- Jn 13, 1-17

A lo largo del Evangelio de Juan se alude a que todavía no había llegado la hora (c.f. 2,4; 7,30; 8,20), pero al acercarse la última pascua y dirigirse Jesús hacia la muerte (11,55-57), anunció que ya había llegado la hora (12,20-24.27-33). Los dos «tiempos» que recorren la narración: las fiestas de «los judíos» y la «hora» de Jesús, se encuentran en el momento en el que Jesús debe regresar al Padre. Este encuentro se refleja también en el encuentro entre los tiempos verbales, pasado y presente, que utiliza el narrador en esta escena: “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (v.1b). El tiempo de la dimensión terrenal de Jesús está en pasado, y el tiempo de su dimensión divina está en un presente que se extiende hasta el fin, es decir, hasta un futuro total. Pero durante su tiempo histórico Jesús ha reunido a unos discípulos, un grupo al que llama «los suyos», y su paso a través de la hora será una demostración suprema del amor que les tiene. La muerte de Jesús en la cruz es una manifestación de su amor por los hombres, el mismo que se anticipa en el lavatorio de pies. Tras la referencia al amor que Jesús tiene a los suyos (v. 1) viene la referencia a la traición de Judas (v. 2), lo cual no impide que Jesús siga adelante con los preparativos para el lavatorio. El amor y el conocimiento lo conducen a la acción. El propósito de Dios, manifestado no sólo en el amor de Jesús a los suyos, sino también en la traición de Judas, es lo que determina que Jesús, plenamente consciente de su origen y destino, de comienzo a la acción de lavar los pies sin excluir de ella a Judas. Jesús se levanta de la mesa, se prepara para actuar como un siervo y comienza a lavar los pies a los discípulos (vv. 4-5). La acción del lavatorio forma parte del designio de Dios, pero este designio no es comprendido por ninguno de sus discípulos, aunque sólo Pedro se atreve a expresarlo, oponiéndose a que Jesús le lave los pies (v. 6). La objeción de Pedro indica que la forma en que entiende las acciones no está en sintonía con el motivo por el que Jesús las lleva a cabo. En las palabras, alineadas con sus actos, de Jesús, se esconde un camino a la revelación que todavía sus discípulos no pueden entender: «Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después» (v.7). Algo va a ocurrir entre el «ahora» y el «después». Jesús demuestra su amor infinito en la confianza que pone en ese «después» y que se extiende a toda la humanidad. La tensión entre Jesús y Pedro se intensifica al oponerse éste a que Jesús le lave los pies (v. 8a). Jesús advierte a Pedro que lo que está en juego es «tener parte» con Jesús (v. 8b). Se trata de una referencia velada al bautismo, aunque al autor no le interesa tanto el rito, sino la relación que el bautismo tiene con la muerte de Jesús. «Tener parte con Jesús» mediante el lavatorio significa formar parte del amor que se entrega incluso cuando nadie lo puede recibir, el mismo que entregará Jesús en la cruz. Pero Pedro continúa imponiendo sus criterios a Jesús, al limitarse al sometimiento de su cuerpo al ritual, como si lo que realmente importara fueran los miembros del cuerpo (v. 9). En la cultura hebrea el lavado de los pies tenía una larga tradición, práctica compartida por los pueblos nómadas de su alrededor. En Israel esta práctica está asentada en preceptos de la Ley mosaica, que se practica tanto en el culto como en el hogar. Lavar los pies del caminante era una obligación debidamente ritualizada (Gén 18,4; 19,2; 24,32; Jue 19,21). Siervos y criados tenían la misión de cumplir este deber, de manera que piedad y limpieza iban de la mano, como también pureza física y pureza ritual. Con esta acción transgresora, Jesús no sólo manifiesta un amor total a sus discípulos, además también actualiza el sentido verdadero de la ley mosaica. Un sentido que choca frontalmente con las prácticas a las que todos estaban acostumbrados, tanto en el mundo judío como en el pagano. Pero Jesús no abandona a Pedro en su incomprensión. Le explica los privilegios que tienen los que se han bañado y que, por tanto, no necesitan lavarse de nuevo (v. 10), puesto que la muerte de Jesús (y por tanto la participación en ella a través del bautismo) es definitiva. En medio de la ignorancia (v. 6), la malinterpretación (vv. 8-9) y la amenaza de la traición (vv. 10-11), Jesús manifiesta la hondura del amor que siente por los suyos lavándoles los pies. La sorpresa, que sus discípulos no pueden entender, es que Jesús adopta la posición de un esclavo cuando lava los pies de los doce. El gesto de Jesús es radicalmente transgresor, una conducta “educadamente incorrecta”; todavía más por ser un rabí con autoridad reconocida por el pueblo. En este acto transgresor y profundo Dios, hecho hombre, se acerca al ser humano para recordarle que la humildad no nace en el hombre, sino que proviene de Dios. Por otro lado, esta transgresión supone un mayor acercamiento al verdadero orden superior: «El siervo no es mayor que su señor» (Juan 13,16).

Todos los relatos simbólicos del viaje del héroe, el descenso de Odiseo y Eneas al Hades para hablar con los muertos, o el de Innana al inframundo, todos ellos quedan reducidos a cero, frente al acto absolutamente real y transgresor de Jesús. El testimonio, más allá de todo simbolismo, nos obliga al encuentro con lo real, el que nos hace asentar firmemente los pies en la tierra. Dios haciéndose debilidad para que la debilidad del ser humano pueda llegar a la plenitud divina. Es, si cabe, una de las acciones más revolucionarias de Jesús. La acción por la cual Cristo se encarna y se diviniza a la vez: la lógica divina del Cuarto Evangelio. Como sentencia Barrientos: “un descenso que es ascenso, único crecimiento posible en el amor”. Algo gira en el mundo, efectivamente, en este lavatorio. Este Dios arrojado a los pies de los hombres es un Dios que el mundo no conocía.

 

 

  

 

 

Bibliografía

Pou, A. Teología del Cuarto Evangelio. Apuntes de clase.

 

Webgrafía 

·        Bible Gateway. Reina-Valera 1960 [en línea]. Disponible en: Jesús lava los pies a sus discípulos [Consulta: 20 de mayo de 2026]

·         Reyes V. George. (1991). El Evangelio de Juan: ¿Historia o literatura? Revista Bíblica Año 61 1999/1 Págs. 1-21 [en línea]. Disponible en: El Evangelio de Juan Historia o Literatura - Revista Biblica

·         Rezando con los iconos – El lavatorio de los pies a los discípulos [en línea]. Disponible en: El lavatorio de los pies a los discípulos [Consulta: 22 de mayo de 2026]

·         Lectura continuada del Evangelio de Juan - Adaptación del comentario de F. J. Moloney  [en línea]. Disponible en: Juan 13,1-17  [Consulta: 26 de mayo de 2026]