Max Ernst: Collage «Une semaine de bonté«. Miércoles: Edipo
La muerte de mi padre marcó un antes y un después en mi vida. Pero esa muerte fue progresiva, no sucedió el mismo día día de su fallecimiento, sino que se alargó durante años. La muerte real posibilitó traer a tierra el fruto de un trabajo psíquico de elaboración que me llevó años (y me sigue llevando) y por el cual fue posible empezar a aceptar la condición radical de orfandad. El heredero legítimo sólo puede ser un huérfano (simbólico), la expresión “matar al padre”, que popularizó Freud es una operación psíquica que requiere trabajo. La comprensión actual de lo que significa trabajar no siempre tiene en cuenta los procesos psíquicos y, sin embargo, un buen trabajo de elaboración psíquico puede ahorrarnos muchos años de esclavitud laboral, de ahí que los años de infancia sean tan cruciales para la vida adulta. La infancia es el periodo en el que más trabajo psíquico se realiza. Si algo se enquista en esos años lo cargamos de por vida, y no es fácil detectarlo cuando el paso del tiempo normaliza ciertos encasillamientos o refugios a los que el "infant" que fuimos tuvo que recurrir por falta de ayuda y recursos externos. Pocas personas se animan a seguir creciendo psíquicamente, porque muchas veces supone una irrupción conflictiva con el entorno que frena nuestra vida tal como la teníamos construida, con más o menos equilibrio. El crecimiento psíquico arrasa con toda nuestra comprensión del mundo heredada de ese trabajo psíquico infantil que a menudo hemos tenido que realizar sin ayuda en los primeros años de nuestra vida. Interrumpir el fluir de la estructura vital, tal como nuestros familiares y amigos la esperan y la entienden, suele generar rechazo, pues muchas de esas personas sostienen su identidad en nuestro encasillamiento, no en nuestro bienestar o felicidad sino en lo que esperan recibir de nosotros para que ellos puedan sostener también su máscara. Estar dispuesto a crecer psíquicamente pasa por ser capaz de enfrentar grandes dosis de rechazo y odio, aunque una intuye o sabe que, si se ha metido en tal empresa, es porque la soledad ya no le asusta como antes, y este es el primer paso para reconciliarse con esa niña a la que no sólo le asustaba la soledad, además era necesario que le asustase, porque sola no sobreviviría.
Aceptar la condición de huérfano se vuelve todavía más difícil cuando la imposibilidad de acceder a un padre real es la huella silenciosa de una transmisión generacional de madres a hijas que llega hasta mí con escaso trabajo psíquico previo. Un padre postizo taponando el lugar de un agujero innombrable, un vacío que queda marcado como signo diabólico del mal, cadáver bajo la alfombra. Un vacío que trata de obstruirse, generación tras generación. Pero unido a la necesidad simbólica de matar al padre está la necesidad de perder la Cosa Materna, ésta última se vuelve más mortífera cuanto más se ignora el conflicto con el padre. El anti-Edipo pretende no entrar en conflicto con el padre porque su aspiración es la voluntad de autoafirmación libre de todo vínculo con el Otro. Y en esta pretensión, olvida que puede quedar atrapado en las redes de la araña (la Cosa materna), cantando las alabanzas de un goce incestuoso que desemboca en impulso de muerte. Hubo una época en la que el conflicto entre padres e hijos podía leerse a través del paradigma de Edipo. El hijo-Edipo es el que desafía a las viejas generaciones en una lucha a muerte por la afirmación de su deseo. La Ley del padre se erige como insoportable barrera contra su deseo, esta es la inspiración de las grandes revueltas de 1968 y 1977. Una inspiración que hoy se ha transformado en imagen seductora entre los anti-Edipo modernos, agarrados a la estética reivindicadora, pero incapaces, ya no de enfrentar o desafiar al padre, sino de entrar en diálogo con él, refugiados en la estética revolucionaria para seguir gozando sin restricciones de la Cosa materna. Pero el auténtico crimen de Edipo no es el del conflicto con las viejas generaciones, sino el querer renegar de sus orígenes, el deseo de extirpar de sí mismo todo rastro del Otro. Atravesar el Edipo es aceptar la deuda simbólica con el Otro, es encontrar en ese conflicto necesario un lugar propio en la cadena simbólica de las generaciones. Pero negar el Edipo es negar la propia condición de hijo, tal como el Otro niega, en el mito, sus responsabilidades como padre. Es quejarse de no haber recibido nada, reprochando incesantemente al Otro el que no le haya dado lo que le correspondía, mostrándose al mismo tiempo incapaz de recibir realmente algo del Otro. Para heredar del Otro, en efecto, es necesario reconocerse como carente, como huérfano, como privado de consistencia propia, es necesario acoger el vacío. El anti-Edipo cultiva el sueño de una total autonomía respecto al Otro (no necesita nada de él), a pesar de que lo único que hace es esforzarse para que exista el Otro con el fin de soslayar la responsabilidad ética que le corresponde como sujeto. Odia al padre-amo, pero no puede prescindir de él, porque sin ese padre (o sin el odio hacia ese padre) su vida se vería amenazada por la ausencia de sentido. El anti-Edipo aspira a escapar de la Ley, a prescindir de la Ley, a hacer de la Ley de la palabra una cosa del pasado, quiere liberarse de conceptos como “límite”, “norma”, “castración”, “Nombre del Padre”. El anti-Edipo es incapaz de asumir, ni sus orígenes ni la verdad de su deseo inconsciente.
Foucault declaró que el siglo XXI sería deleuziano. Tenía razón, pero de una manera muy diferente a la que él esperaba. El deleuzismo se le ha escapado de las manos a Deleuze (como ocurre a menudo con todos los "ismos"). El Anti Edipo abrió involuntariamente las compuertas a una alabanza incondicional del carácter revolucionario del deseo contra la Ley, que ha acabado por coludir paradójicamente con la orgía disipadora que ha caracterizado los flujos, no de las máquinas deseantes que auguraban Deleuze y Guattari, sino de dinero y goce que han alimentado la máquina enloquecida del discurso del capitalista en la era de su globalización financiera. Ya Lacan trató en su momento de señalar a ambos esos peligros. En una entrevista concedida a la revista Rinascita en mayo de 1977, ante quien le pedía una opinión sobre El Anti Edipo, respondió: "El Edipo constituye por sí mismo un problema tal para mí que no creo que lo que Deleuze y Guattari han querido llamar el Anti Edipo pueda tener el mínimo interés." Lacan advierte que no se debe apretar el gatillo con demasiada rapidez contra el padre. La contraposición revolucionara entre las máquinas deseantes y la Ley, entre el impulso impersonal y desterritorializador del poder del deseo y la tendencia conservadora de la territorialización rígida del poder y de sus instituciones (Iglesia, Ejército, Familia, Psicoanálisis...), conllevaba el peligro de disolver el sentido ético de la responsabilidad subjetiva. Para Deleuze y Guattari la palabra "sujeto", al igual que la palabra "responsabilidad", es, en efecto, digna de proscripción, al igual que, de hecho, las de "Ley","castración", "carencia", "Nombre del Padre". El hijo Anti-Edipo elogia en sentido único la fuerza acéfala del instinto, lo que provoca, sin embargo, que resbale fatalmente hacia una perspectiva de naturalización vitalista (y algo fascista) de la condición humana. Tomemos como ejemplar la recuperación del concepto freudiano del Ello. Para el hijo-Anti-Edipo, el Ello es una expresión de la potencia anárquica del cuerpo que goza por doquier, más allá de todo límite, más allá de cualquier Ley: "Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come, ello caga, ello besa". En esta perspectiva, la Ley de castración sólo funcionaría como un escudo protector e inevitablemente represivo en contra de esta energía libre de las pulsiones del cuerpo. De forma diferente, la lectura lacaniana del Ello freudiano preserva la centralidad de la categoría ética de la responsabilidad. El Ello es la sede de una verdad escabrosa -la de mi deseo inconsciente- que corresponde al sujeto asumir o no. No se trata de liberar el poder natural e impersonal del Ello, sino de traducir este poder a la llamada que el deseo inconsciente dirige al sujeto, colocándolo frente a la tarea de un porvenir donde su vocación, su voluntad, se manifiesta. Mientras que el hijo-Anti-Edipo caga y folla por doquier, mofándose de la Ley de la palabra, Lacan insiste en preguntar al sujeto qué ha hecho de la trascendencia de su deseo, en situar al sujeto siempre como responsable de su posición. ¿Qué has hecho con tu deseo? ¿Has hecho de esa trascendencia fuente de satisfacción, de realización, de vida? ¿Has sido capaz de hacer algo? ¿O bien has evitado el encuentro con la realidad de esta llamada? ¿Has hecho como si nada? ¿Te has tapado los oídos? ¿Has retrocedido ante esa tarea imposible? ¿Has sentido miedo? ¿Has preferido ignorar la llamada inconsciente de tu deseo escogiendo la ruta neurótica de la represión o la ruta psicótica de la forclusión?
Si la liberación de los flujos del deseo reacciona no sin motivo ante el culto resignado del principio de realidad al que parece entregarse el psicoanálisis, no parece percatarse de estar generando un nuevo monstruo: el mito de la esquizofrenia como nombre de la vida que rechaza toda forma de límite, de la vida libre del padre, libre del Otro. El mito del "cuerpo-esquizo" como cuerpo anárquico, a pedazos, pleno, "sin órganos", construido como una máquina instintiva para gozar por doquier, antagonista irreductible de la jerarquía del complejo de Edipo, se ha traducido en los flujos de la máquina cínica y perversa del discurso del capitalismo.
Con todo, volver a leer hoy El Anti Edipo de Deleuze y Guattari es también mucho más que eso. No sólo es la celebración de un deseo que no consigue llegar a un acuerdo con la Ley de la castración. Hay una línea más sutil que lo recorre y que mi generación, probablemente, no ha sido capaz de captar en todo su alcance. Es un gran tema, yo diría que el tema central de ese libro. Deleuze y Guattari lo plantean a través de las palabras del psicoanalista Reich, el gran teórico de la psicología de masas del fascismo y del análisis del carácter, antes de dejarse arrastrar al delirio en torno a la teoría de la energía orgónica: "¿Por qué las masas han deseado el fascismo?" Problema que encontramos intacto ya en Spinoza: "¿ Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?".
En Mil mesetas, casi diez años después de El Anti Edipo, Deleuze y Guattari deben volver a la oposición entre deseo y Ley con una aclaración que hubiera habido que tomar más en serio. Mucho cuidado con los microfascismos, los micro-Edipos que se asientan justo donde pensábamos que sólo se hallaba el flujo liberatorio del deseo. "La madre", escriben, "puede creerse autorizada a masturbar a su hijo, el padre puede convertirse en una mamá." ¡Cuánto nos suena a afirmación precursora de nuestro tiempo esta autocrítica deonde la máquina deseante se ha transformado en la máquina sin Ley ni represión del discurso capitalista! Igual que Nietzsche, cuando advertía sabiamente a los hombres que vivían el anuncio liberador de la "muerte de Dios" del riesgo que corrían de generar nuevos ídolos (el cientificismo, el fanatismo ideológico, el propio ateísmo, cualquier tipo de fundamentalismo), de la misma manera Deleuze y Guattari advierten a sus "hijos" de que existe un peligro insidioso inscrito en la propia teoría del deseo como flujo infinito, como "línea de fuga" que supera constantemente el límite, como potencia eternamente desterritorializadora. Procurad con cuidado, parecen decirnos, que esa línea "no se convierta en destrucción, en abolición pura y simple, en pasión de abolición". Procurad con cuidado que esta "línea de fuga" que rechaza el límite no se convierta en una "línea de Muerte".
El hijo-Narciso
En esta época dominada por la evaporación del padre -en una época en la que el balcón de San Pedro está vacío y la memoria del secretario general del Partido Comunista se ha desvanecido (Nanni Moretti), en una época en la que todos los Ideales parecen estar cubiertos de mierda (Passolini)-, una falsa horizontalidad parece haber sustituido a la rígida jerarquía que había orientado nuestra vida colectiva. La especularidad narcisista ha ido ocupando gradualmente el lugar de la diferencia generacional y del conflicto que inevitablemente la anima. Los hijos han ocupado el lugar de los padres. No sólo porque, como se ha señalado con razón, el niño ha sometido el orden familiar a sus necesidades narcisistas; en vez de adaptarse a las leyes simbólicas y a los tiempos de la familia, el ídolo-niño impone el amoldamiento de la familia en torno a la arbitraria ley de su capricho. Pero, sobre todo, porque nuestro tiempo, enfatizando de manera unilateral los derechos universales del niño, acaba por considerar con recelo cualquier actividad educativa que asuma la responsabilidad vertical de su formación. ¡Como si reiterar la centralidad de una acción responsablemente educativa significara automáticamente recuperar un nostálgico modelo disciplinatorio y autoritario de la educación en lugar de comprender la necesidad que expresa el niño de que se le ayude a formarse como sujeto, para poder convertirse en sujeto gracias a la acción del Otro! ¿No era por eso por lo que Francoise Dolto propuso sustituir el término "educación" por el de "humanización"?
La época de la evaporación del padre es la época de la evaporación de los adultos. El narcisismo de los hijos depende de los padres. Si un padre adopta la felicidad despreocupada de sus hijos como parámetro de su acción educativa, dejando a un lado el de la transmisión del deseo y el compromiso subjetivo que esta transmisión implica, su acción se evapora fatalmente en apoyo de los caprichos de los hijos. De este modo, se ve aliviado de la angustia de tener que encarnar el límite, pero sus hijos se ven potenciados en su narcisismo intolerante a toda experiencia del límite. Incluso el "deseo de tener un hijo" no va ya necesariamente asociado al de asumir la responsabilidad de su formación, es decir, de su adopción simbólica. En nuestro tiempo, el narcisismo de hombres y mujeres les lleva a menudo a la experiencia real de la filiación -convertirse en padres o madres- como un capricho hecho posible por el progreso de la ciencia médica, que permite saltarse artificialmente la contingencia del encuentro sexual y el trauma de la inexistencia de la relación sexual, lo que, en otras palabras, permite hacer todo por uno mismo sin pasar por la mediación simbólica del Otro.
Si el cometido de un padre es el de excluir de la experiencia de sus hijos el encuentro con el obstáculo, con lo inasimilable, con la injusticia, si su preocupación se concentra en cómo allanarles el camino de toda protuberancia para evitar el encuentro con lo real, ese adulto acabará por criar a un hijo-Narciso que permanecerá encarcelado en la versión meramente especular del mundo. En este sentido, la transición del hijo-Edipo al hijo-Narciso -en el centro de las formulaciones sociológicas de Gillles Lipovetsky, retomadas en el ámbito del psicoanálisis por Pietropolli Charmet- no es sólo un paso que libera al nuevo hijo del tormento de la culpa y del castigo que afligían en cambio al antiguo hijo-Edipo. La ausencia de sentimiento de culpa nunca es, en efecto, un buen indicio clínico en psicoanálisis. La verdadera cuestión estriba en cómo no atribuir a la culpa una interpretación tan sólo en clave moralista y superegoica. Si la culpa -la única que merece, para Lacan, este nombre- es la de ceder, la de renunciar, la de abandonar el propio deseo y la responsabilidad que su asunción singular implica, el hijo-Narciso se muestra sin culpa no porque haya realizado la Ley de su deseo, sino porque se corre el riesgo de que esta Ley no pueda inscribirse en el inconsciente del sujeto. Porque, de forma aún más radical, el sujeto aparece sin deseo. No se trata por tanto, en mi opinión, de enfatizar en exceso el tránsito de Edipo a Narciso como una liberación del sentimiento de culpa, sino de entender, más bien, cómo en ese tránsito se corre el riesgo de atenuar la fuerza generativa del deseo que, incluso en la tragedia del conflicto mortal, aún persiste en el hijo-Edipo bajo la forma de la exigencia de subvertir el principio de realidad representado por la autoridad de los padres. En este sentido, como han señalado con razón también Lipovetsky y Pietropolli Charmet, el mito de la autogeneración es el mito más propio del hijo-Narciso.
Massimo Recalcati - El complejo de Telémaco
