Tratando de poner palabras a un cierre de ciclo, con algunos de los vídeos que mis compañeros de residencia me han compartido, y con un poco de fobia a verme en vídeos de más de 20 seg. En la jornada de muestra final de los proyectos del CAM de Lugo nos hemos sentido enormemente arropados y acompañados. Enormemente agradecida y ya con un poco de morriña.
La pieza de danza seguirá creciendo, pero este punto de inflexión en el CAM de Lugo le ha permitido expandirse acompañada de enormes y sensibles inteligencias con las que ha estado encantada de empaparse. Hoy, que la ciencia tiene, más que nunca, capacidad para monitorizar todas nuestras constantes vitales y supuestos deseos, ¿sabemos lo que significa estar vivos?
La oportunidad de convivir, compartir tiempo y espacio en el Coliving de Lugo, me ha permitido ir sintetizando, acotando, también agrandando o ampliando algunas reflexiones que han ido tomando cuerpo e historia en el día a día de la convivencia, desde lo más pequeño y aparentemente insignificante. En esos espacios que no quedan bien en las cámaras ni en la obsesión por el poder o la perfección. En los espacios en los que es posible hacer un hueco al error, a lo complicado de escuchar, expresar y atender, en ese imposible surge lo más esencialmente humano: la vulnerabilidad que nos hace humildes y necesitados del otro. El otro es quien nos da sostén para, a pesar de que una y otra vez necesitemos volver a decir las mismas cosas con diferentes palabras, pueda haber algún corazón ahí fuera que con paciencia acoja algo de lo que nosotros mismos no queremos escuchar. Un proceso creativo remueve, particularmente, muchos conflictos internos, hace salir a la luz muchas cosas que incomodan, de ahí surge la posibilidad de crecer. No es posible la perfección ni la completud pero perseguirla es tener en cuenta el sentido de lo que el otro escucha, y no únicamente el nuestro, por eso la fe y el deseo pasan necesariamente por el otro. Es en el encuentro con la palabra del otro en donde surge el deseo. No hay deseo individual y aislado, pues la palabra nunca está completamente en quien la dice, sino en el campo simbólico que se abre entre quien habla y quien escucha. Lo que nosotros queremos pasa, necesariamente, por lo que el otro quiere.



