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En el misterio de la Trinidad cristiana no hay inferioridad entre Padre e Hijo. Respetando el monoteísmo hebreo, la Trinidad introduce un misterio que elimina, no la jerarquía, sino la desigualdad. El Padre está siempre engendrando al Hijo y siempre el Hijo está siendo engendrado por el Padre, desde la eternidad hasta hoy. El fondo del alma es el único lugar en el que no puedes fingir, el único lugar que permite ser vaciado plenamente, ese fondo del alma se manifiesta en lo que haces, en lo que dices, pero nada lo puede encerrar. Principio y manifestación se necesitan mutuamente, esta misma idea es la que desarrolló Eckart para decir que el alma no es Dios, pero en el alma hay algo increado, en el corazón de cada uno de los hombres está Dios engendrando al Hijo, es decir, pariendo. Isaías ya nos habló del "Dios con nosotros", Emmanuel, que sería engendrado por una virgen. Como también Jeremías cuando nos habló de que la Nueva Alianza pondría la ley en nuestros corazones. El Hijo no es menos que el Padre, de la misma manera que Eva tampoco es menos que Adán, son iguales pero diferentes. Toda la teología cristiana se desarrolló en torno a ese gran misterio que todavía hoy sigue siendo motivo de conflicto entre las personas.