La conexión con el otro, con el diferente, con el "diverso", es a través del vacío. La pretensión de obturar el vacío es lo propio de la modernidad, por más que se diga defensora de la diversidad, no hace otra cosa que obturar y tratar de negar al otro. La paradoja está en que un mismo objeto puede servir para obturar el vacío o para establecer una conexión con el otro a través del vacío.
Lacan distingue claramente diferentes formas de goce sexual en el varón y en la hembra (Aquiles y la tortuga). Mientras que en el primero se centra en el tener, en la medición, en el control, en el principio del rendimiento, en la apropiación del objeto, en su multiplicación serial, en la "idiotez del falo", el de la hembra se muestra sin medida, irreductible a un órgano, múltiple, invisible, infinito, no sometido al volumen fálico. En este sentido el goce femenino resulta radicalmente "hetero"; es un goce que escapa, por principio, a los espejismos del dominio fálico. Entre ellos, los hombres exorcizan el encuentro con este goce "infinito", ajeno al fálico, declarando a las mujeres "todas unas putas". Es un hecho, pero no deja de ser una forma fóbicamente defensiva para protegerse de lo que no entienden y no son capaces de controlar.
(...)
Frente al vértigo de un goce que no conoce dueños, como es el del cuerpo de la mujer, que no por casualidad Lacan definía como goce Otro, como un goce anárquico, nómada, excéntrico, no completamente sometido a la ley de la castración, se dispara la violencia masculina como un intento alocado y patológico de colonizar un territorio que carece de confines. Para el pscioanalista está claro que esta violencia -incluso cuando es ejercida por hombres socialmente considerados "poderosos"- no sólo expresa la arrogancia del poder y de los fuertes hacia los débiles, sino que está generada por una angustia profunda, por un auténtico terror hacia lo que no puede gobernarse, hacia ese límite insuperable que siempre representa una mujer para un hombre. En esto radica, por lo demás, la belleza y la alegría del amor, cuando existe: no en la unificación recíproca, no en el reflejo del propio poder a través del otro, no en la confusión del uno en el otro. Para un hombre, amar a una mujer es realmente una empresa en contra de su naturaleza fálica, es ser capaz de arrojarse al vacío sin pensárselo dos veces, es amar el eteros, el Otro como totalmente Otro, es ser capaz de amar la Ley de la palabra. Por esta razón, Lacan creía que el amor, como tal, como el amor del Otro, del eteros, es siempre el amor hacia una mujer.
(...)
Una mujer, para un hombre, no es solo la encarnación del límite, sino también la encarnación de todo aquello que nunca puede disciplinarse, someterse, poseerse íntegramente.
La Ley de la palabra, como hemos visto, afirma que la humanización de la vida implica la experiencia del límite y de la alteridad. Cuando se traspasa ese límite, lo que hay es destrucción, odio, ira, disipación, aniquilación del yo y del otro. Por eso, la condición que hace posible el amor -como forma plenamente humana del vínculo- es, como ha reflexionado Winnicott, la capacidad de permanecer solo, la capacidad de aceptar los propios límites. Cuando un joven o un hombre, en lugar de cuestionarse el fracaso de su vida amorosa, en lugar de elaborar el duelo por lo que se ha perdido, en lugar de medirse con su propia responsabilidad y su propia soledad, persigue, ataca, amenaza o mata a la chica o a la mujer que lo ha abandonado, demuestra que pare él ese vínculo no se basaba en la soledad recíproca, sino que actuaba como protección fóbica frente a la angustia de la soledad.
(...)
¿De qué naturaleza es la cosa freudiana? Si tomamos el ejemplo del carrete del pequeño Ernst, este objeto se nos aparece como el producto de una carencia. La cosa freudiana se produce siempre con el trasfondo de un vacío. Porque sólo con ese trasfondo se vuelve posible el juego del deseo. El objeto tecnológico se muestra, en cambio, como una superficie fágica que engulle al sujeto. Si la cosa freudiana se basa en el símbolo, si es una organización del vacío, si circunscribe el vacío, el objeto tecnológico cumple una función antidepresiva, medicinal, porque tiende a obstruir, a llenar el vacío. Y, sin embargo, para poder jugar el juego del deseo es necesario estar separados de la Cosa, es necesario producir el vacío. El juego del deseo sólo puede tener lugar en el contexto de una sublimación de la pérdida.
Massimo Recalcati - El complejo de Telémaco


