«Tenemos que cruzarnos con muchos espectros, disolver muchos fantasmas, conversar con muchos muertos, dar la palabra a muchos enmudecidos, empezando con el infans que aún somos, debemos atravesar muchas sombras para, finalmente, quizás, encontrar una identidad que, aunque vacilante, soporte y nos soporte»(Jean Bertrand Pontalis, traducido por Jaime Velásquez).
Lo que hoy se denomina bipolaridad fue recogido por Freud en su libro Duelo y Melancolía. Entre la manía y la melancolía, ninguno acepta la pérdida.
Por un lado la euforia, la grandiosidad, la disminución del sueño, la impulsividad, la omnipotencia, el engañoso y aparente triunfo sobre la melancolía.
Por otro lado la melancolía: tristeza, inhibición, culpa, vacío. Disminución de la autoestima, tiranía superyoica, intensidad de la destructividad de las autoacusaciones, del retraimiento relacional y la regresión narcisista. Para Claude de Tychey (2012) es indispensable evaluar los efectos de la pérdida y su impacto en los cimientos narcisistas del sujeto, pero también las defensas movilizadas para enfrentar la pérdida, la hemorragia narcisista y los afectos depresivos que conlleva.
La melancolía hace oscilar entre vínculos simbióticos y proyección persecutoria. Ambas organizaciones relacionales son manifestaciones de una distancia con el objeto cuya pérdida no se puede aceptar. La manifestación de estos trastornos varía en su intensidad, en un continuo que puede ir de lo normal a lo patológico.
Mientras que el melancólico se deja aplastar por este complejo en torno a la pérdida, el maníaco lo trata con indiferencia. La economía de la manía es el desbordamiento de las defensas de la represión literalmente sumergidas en la marea pulsional.
Según Emmanuelli y Azoulay, la exacerbación de los afectos se ofrece como el medio para «crear o recrear un estado de simbiosis afectiva» con el objeto, cuyo propósito es eludir la pérdida. Los mecanismos de persecución presentes no rompen los vínculos con el objeto, sino que se nutren de una presencia afectiva aún viva.
En Duelo y melancolía, Freud plantea que la manía es una especie de “triunfo” sobre la melancolía. En la fase depresiva (melancólica), hay una pérdida (real o simbólica), en la que el objeto se introyecta en el Yo, dando lugar a la ambivalencia (amor + odio). El odio se dirige contra el Yo, con el consiguiente resultado de la culpa, el autodesprecio y la inhibición.
La manía como defensa no es simplemente “estar muy feliz”. Ocurre cuando el Yo se libera (temporalmente) del peso del objeto perdido, o niega la pérdida. Entonces aparece la euforia, la sensación de omnipotencia, la hiperactividad o la desinhibición. Freud lo formula así: Es como si el sujeto dijera: “No he perdido nada”.
Mientras la depresión reconoce (aunque sea inconscientemente) la pérdida, la manía la desmiente. Esto explica la grandiosidad, la sensación de invulnerabilidad o la desconexión con los límites. Pero la manía tampoco es estable, porque la pérdida no está elaborada. Freud pensaría el bipolar en términos de economía libidinal:
Depresión → libido retirada del mundo, fijada al objeto perdido. Manía → liberación masiva de libido, sin dirección estable.
Por eso en la manía, todo interesa, todo es posible, pero nada se sostiene. La oscilación también puede leerse en términos narcisistas. Depresión → colapso narcisista (“no valgo nada”). Manía → inflamiento narcisista (“lo puedo todo”). Ambas posiciones giran alrededor de un Yo frágil.
La fórmula freudiana sería:
Pérdida no elaborada + identificación con el objeto + ambivalencia + fracaso en el trabajo de duelo = oscilación entre melancolía (culpa) y manía (negación omnipotente). El trabajo que propone Freud no es “estabilizar el ánimo” únicamente, sino: historizar la pérdida, hacer consciente la ambivalencia, desmontar la ilusión maníaca, trabajar la culpa inconsciente.
Según Emmanuelli y Azoulay, la exacerbación de los afectos se ofrece como el medio para «crear o recrear un estado de simbiosis afectiva» con el objeto, cuyo propósito es eludir la pérdida. Los mecanismos de persecución presentes no rompen los vínculos con el objeto, sino que se nutren de una presencia afectiva aún viva.
En Duelo y melancolía, Freud plantea que la manía es una especie de “triunfo” sobre la melancolía. En la fase depresiva (melancólica), hay una pérdida (real o simbólica), en la que el objeto se introyecta en el Yo, dando lugar a la ambivalencia (amor + odio). El odio se dirige contra el Yo, con el consiguiente resultado de la culpa, el autodesprecio y la inhibición.
La manía como defensa no es simplemente “estar muy feliz”. Ocurre cuando el Yo se libera (temporalmente) del peso del objeto perdido, o niega la pérdida. Entonces aparece la euforia, la sensación de omnipotencia, la hiperactividad o la desinhibición. Freud lo formula así: Es como si el sujeto dijera: “No he perdido nada”.
Mientras la depresión reconoce (aunque sea inconscientemente) la pérdida, la manía la desmiente. Esto explica la grandiosidad, la sensación de invulnerabilidad o la desconexión con los límites. Pero la manía tampoco es estable, porque la pérdida no está elaborada. Freud pensaría el bipolar en términos de economía libidinal:
Depresión → libido retirada del mundo, fijada al objeto perdido. Manía → liberación masiva de libido, sin dirección estable.
Por eso en la manía, todo interesa, todo es posible, pero nada se sostiene. La oscilación también puede leerse en términos narcisistas. Depresión → colapso narcisista (“no valgo nada”). Manía → inflamiento narcisista (“lo puedo todo”). Ambas posiciones giran alrededor de un Yo frágil.
La fórmula freudiana sería:
Pérdida no elaborada + identificación con el objeto + ambivalencia + fracaso en el trabajo de duelo = oscilación entre melancolía (culpa) y manía (negación omnipotente). El trabajo que propone Freud no es “estabilizar el ánimo” únicamente, sino: historizar la pérdida, hacer consciente la ambivalencia, desmontar la ilusión maníaca, trabajar la culpa inconsciente.
En marzo de 1900, Freud revela que atravesó «una crisis interior muy profunda» que lo dejó «profundamente empobrecido» y de la que salió «con ayuda de una dieta especial en cosas intelectuales» (Freud [1900] 1986, 444). En junio de 1894, fecha probable de escritura del Manuscrito E (Freud [1894c] 1986), Freud hace de la melancolía el correspondiente de la neurosis de angustia. La persona melancólica, frígida, ávida de un amor psíquico, está así confrontada al aumento de la carga de excitación que, a falta de descarga, se acumula y conlleva una gran tensión psíquica. El Manuscrito F (Freud [1894d] 1986) analiza la existencia de una herencia melancólica que puede llevar a un cuadro de neurosis bajo la forma de un acceso de angustia e inhibición sexual. Así, antes de 1895, melancolía y depresión se unen para designar una patología de la angustia relacionada con la falta de descarga. Como señala Jean Guillaumin (1989b), los términos de pérdida, duelo y dolor no se presentan bajo la pluma de Freud en los inicios del Manuscrito G. Este manuscrito, con fecha de 1895, está completamente dedicado a la melancolía, en una reflexión que sigue ocupándose del lugar de la anestesia sexual y sus destinos. Freud diferencia claramente en estas líneas la neurosis de angustia de la melancolía; la concernencia de esta última con la anestesia tiene que ver con «una pérdida en la vida querencial» (Freud [1895] 1986, 98). El enfoque es decididamente económico, como lo ilustran las referencias a la herida melancólica, verdadera llaga abierta por donde escapa la cantidad de investidura que deja empobrecido al yo. La inhibición psíquica, resultado de esta enorme herida, ha de corresponderse con el afecto del duelo, «ansia de algo perdido»; «la melancolía consistiría en el duelo por la pérdida de la libido» (ibíd., 98-99). Esta visión energética de la melancolía metaforizada por la fuga de las investiduras prefigura los desarrollos de 1914 con la introducción del narcisismo y del nuevo dualismo pulsional.
Desde una perspectiva diagnóstica, hasta 1899 la melancolía queda en el campo de las psiconeurosis —marcada por esta razón por el sello de la represión y del conflicto pulsional—, aunque las preocupaciones económicas cubren los interrogantes etiopatogénicos. El Manuscrito N reflexiona sobre los vínculos entre la represión de las pulsiones hostiles que pueden reaparecer en la consciencia bajo la forma de ideas obsesivas, tales como la «idea de retribución» del duelo y los autorreproches tan propios de la melancolía (Freud [1897] 1986, 268). Si bien al alejarse de la neurosis de angustia la melancolía se acerca a la neurosis obsesiva, Freud insiste ante todo en sus raíces psiconeuróticas y, por tanto, histéricas, como lo refleja la denominación «melancolía histérica» (Freud [1899] 1986, 372).
Poco antes de la Primera Guerra Mundial, Freud se interesa por la vida social de los pueblos primitivos y propone un enfoque extraordinario sobre el problema del duelo y la muerte. A pesar de que el hecho de recurrir a la etnología y mitología despertó el escepticismo de los primeros lectores de Tótem y tabú, no es un texto menos esencial para quienes se interesan en el duelo y sus problemas. Freud desarrolla ampliamente el desvío filogenético por el tabú a los muertos en el origen de numerosas supersticiones y prohibiciones y apoya su reflexión en mecanismos psíquicos tales como la proyección, ya estudiada a partir de la paranoia (véase el caso del presidente Schreber). Porque los muertos, «poderosos señores» a la vez amados y odiados, se convierten en temibles enemigos bajo la acción de la ambivalencia (Freud [1912-1913] 1991, 58).
Sin embargo, si parece que el punto de vista económico sobre la melancolía abrió muchas líneas de trabajo, la perspectiva dinámica y la tópica aún en la sombra se revelarán con la introducción del narcisismo y en su rastro, lo que inicia formidables reorganizaciones metapsicológicas, particularmente valiosas ahora para esclarecer las patologías de los trastornos límite.
En Duelo y melancolía (1917, escrito en 1915), Freud propone el estudio más elaborado de las problemáticas de la pérdida y la muerte inherentes al psiquismo e incluso a la condición humana. Recordemos brevemente su dinámica en la consideración del duelo (normal) y la melancolía que sería su forma patológica. Al inicio, dice Freud a propósito de la melancolía, la elección del objeto debió comenzar preferentemente en un modo narcisista; el aspecto más objetal movilizaba débiles investiduras. Cuando surgen las dificultades, la regresión narcisista es ineluctable y «la identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en el sustituto de la investidura de amor», mecanismo que permite a la vez abandonar el objeto y mantener el amor a él (Freud [1917a] 1992, 247). A partir de la experiencia defraudadora, el movimiento normal debería implicar el retraimiento de la libido vinculada al objeto decepcionante y desplazarlo a un nuevo objeto, como sucede en el duelo, cuando al objeto amado perdido se le retiran las investiduras anteriores, las cuales buscan a continuación vincularse a un nuevo objeto.
Sin embargo, esta evolución natural no se produce en la melancolía: la investidura del objeto, poco resistente, se vuelve a traer al yo y forma parte de la identificación con el objeto abandonado. Ya no decepciona el objeto, sino el propio yo, de modo que se justifican tanto la autoacusación como la mortificación que ella causa implacablemente.
Así, la aversión moral tan intensa respecto al yo, expresada con un empecinamiento infatigable, disimula ataques que en realidad son «reproches contra» el objeto, confundido con el yo, debido al levantamiento narcisista operado en el proceso melancólico (ibíd., 246). De regresión en regresión, la investidura de amor del melancólico revela las derivaciones de un erotismo anal «arrancado de sus conexiones y mudado en sentido regresivo» (ibíd., 250). La identificación narcisista con el objeto amado decepcionante/odiado, convertido en el sustituto de la investidura de amor, permite la instalación y la persistencia del objeto abandonado/odiado en el interior del yo.
Así, el odio con respecto al objeto de amor perdido se desencadena contra el yo, identificado narcisísticamente con el objeto, humillándolo, maltratándolo. Puesto que la venganza con respecto a las figuras amadas se presenta bajo la máscara del autocastigo, el enfermo atormentado se convierte en atormentador. Si bien el concepto de superyó se desarrolla en la segunda teoría de las pulsiones y la segunda tópica (1920, 1923), su germen ya está presente en los rasgos de la función de autobservación, la consciencia moral o incluso la formación de ideales. Los estados de duelo patológico y melancolía dan lugar a una visión exacerbada a través de su función crítica y violentamente despreciadora. Mientras que la neurosis obsesiva evidencia el carácter inconsciente del sentimiento de culpabilidad, la melancolía revelaría las funciones de modelo y juicio del ideal del yo y el superyó, ya caricaturizadas bajo los rasgos del delirio de observación. Este, según Abraham, puede llegar a «alcanzar proporciones enormes, de modo que el paciente declara que él solo es culpable de todos los pecados cometidos desde el origen del mundo, o que es el único origen de la maldad» (Abraham [1911] 1994, 111).
Después de 1920, la melancolía se relaciona con la angustia de muerte, el yo del melancólico sometido a la crueldad de su superyó, «cultivo puro de la pulsión de muerte» (Freud [1923] 1992, 54) que puede conducirlo hasta la destrucción si el yo no puede defenderse de su atacante. Sin embargo, la anexión de la consciencia por parte del superyó parece suceder sin la protesta del yo, que «se confiesa [bekennen] culpable y se somete al castigo» (ibíd., 52). Esto se debe a que la defensa narcisista de la investidura idealizadora del objeto se derrumba tan pronto como el objeto falla y resulta ser decepcionante. La melancolía, verdadera enfermedad del odio «narcisista» —que, como no puede dirigirse al objeto, se vuelca contra el yo en un desencadenamiento sádico e incluso destructivo—, revela toda la complejidad de una solución psíquica que le jura lealtad a dos amos: al servicio de la vida, mientras el yo (y el superyó) velen por su preservación narcisista; al de la muerte, cuando la identificación melancólica empuja hacia la autodestrucción y reactiva la ineluctable atracción de los objetos desaparecidos o destruidos. Sin embargo, el dolor melancólico, radical y sin sentido aparente puede movilizar ciertas formas de masoquismo para intentar apoderarse de las fuentes de un goce oculto tras su miseria melancólica (Abraham [1911] 1994, 111). Es un punto que desarrollaremos más adelante (siguiente apartado) en la medida en que esta movilización masoquista podría constituir, en nuestra opinión, un elemento decisivo en cuanto a los destinos de los trastornos bipolares en la adolescencia, incluso un índice de diagnóstico diferencial entre funcionamiento límite y funcionamiento psicótico.Ciertamente, el final de la melancolía se produce cuando se agotan las tenaces fuerzas de la autodestrucción, pero el problema no está resuelto en absoluto en lo que se refiere a la condición económica del acaecimiento de la manía. El método comparativo apoya una vez más su argumentación, que insiste en la ausencia de aparición de un estado comparable a la manía al final del duelo. Así, la manía aparece como un final posible de la melancolía. Por muy narcisista que sea, la llamada al otro existe, la sombra del objeto que cayó sobre el yo permanece, lo que permite preservar un vínculo: «En la manía, se han vencido tanto el objeto como su sombra sobre el yo: al deshacerse del objeto y su sombra, el yo maníaco, triunfante, ¿no pierde lo que contenía esta sombra —los restos del objeto y los restos del yo melancólico—?» (Neau 2005, 49). El duelo y la melancolía tienen en común la pérdida del objeto y la ambivalencia, y el levantamiento de la libido hacia el yo es específico de la melancolía. Por lo tanto, Freud se interesa en este tercer factor, puesto que el conflicto en el interior del yo «tiene que operar a modo de una herida dolorosa que exige una contrainvestidura grande en extremo» (Freud [1917a] 1992, 255).(...)La manía consagra el triunfo del yo sobre el objeto: esta afirmación está presente tanto en Freud como en Melanie Klein, aunque aquel no lo relaciona con los mismos determinantes. Para Freud, el triunfo es producto de la satisfacción narcisista de seguir con vida, es una victoria sobre la muerte del objeto que no pudo llevarse consigo el yo hasta la tumba. Melanie Klein ve en esto la embriaguez que las pulsiones extraen del objeto así «sometido y dominado». «La exaltación maníaca, la orgía saturnal de la manía, sería por tanto una danza fúnebre sobre el cadáver de un enemigo odiado y reducido a la impotencia» (Green 1973, 163).
A la disforia de la melancolía responde la euforia de la manía. Las pulsiones destructivas también están presentes, las cuales empobrecen el yo melancólico y sirven a la omnipotencia maníaca. André Green señala los efectos en apariencia bastante opuestos de la acción de las pulsiones destructivas. Mientras que el objeto devora el yo del melancólico, el yo del maníaco se incorpora todo el poderío del objeto, «cuya capacidad de absorción es ilimitada» (ibíd., 164). Pero si domina la absorción, no hay una satisfacción duradera y aparece la compulsión. El maníaco consume sin nunca poder asimilar lo que ingirió, es bulímico de objetos cuyo consumo desenfrenado está acompañado de una evacuación instantánea, sin ningún «deseo de retención con respecto al objeto»; una explicación económica que, señala Green, es también insuficiente (ibíd.). El autor considera que la manía es una solución ruinosa que lleva al extremo la negación, que despoja de cualquier ilusión y conflicto, en una deformación deletérea, «ya que evidentemente las pulsiones eróticas no triunfaron sobre las pulsiones destructivas en su caso», aunque estas se deforman y «dan al acceso maníaco su aspecto carnavalesco» (ibíd.). Al dolor de la melancolía responde el goce maníaco, ordenados en torno a un mismo funesto festín, el del objeto muerto.
